Extracto del primer capítulo de “INMORTAL”

Inmortal, libro I de El Mundo de las Sombras

Aquí tenéis, amigos lectores, un extracto del primer capítulo de “Inmortal“. Pinchad en la portada de la novela para acceder a la sinopsis y más información al respecto. ¡Espero que os guste!

Capítulo primero: Hundimiento.

 

“Sabed, ¡oh Rey!, que más allá de las miradas de los hombres mortales, protegidas por un velo intangible, se extiende un Reino donde las Sombras dictan su implacable voluntad, al que sirven extrañas criaturas  poderosas y malignas. Sabed ¡oh Rey! que todo lo que suceda en este Reino tiene su eco en nuestras vidas. Las guerras, plagas y demás calamidades son consecuencia de la lucha insaciable que se extiende en el Reino de las Sombras. Sabed, ¡oh Rey! que vuestro destino y el de vuestros vasallos esta dictado por Ellos, aunque el Velo os aparte de la locura, os proteja de sus criaturas y os oculte su horror. Pero sabed, ¡oh Rey!, que no conviene enfurecer a estas Criaturas, puesto que el Velo que las protege de nosotros es tan etéreo como una nube y estas Criaturas caminan por nuestros caminos, se alimentan de nuestros víveres y sus destinos están entrelazados con los nuestros. Sabed,¡ Oh Rey!, que nosotros habitamos en el Mundo de las Sombras, aunque lo ignoremos.”

 

            Diciembre A.D. 1150. Cerca de Toledo.

Era un grupo reducido, hombres de mirada feroz y áspera. Sus armaduras estaban parcialmente cubiertas por mantos gruesos bordados con extraños símbolos y la luz del atardecer se reflejaba de manera tenue en las placas de las armaduras que permanecían al descubierto. Los pocos viajeros con los que se cruzaron fueron incapaces de reconocer la orden a la que pertenecían, aunque se apartaban temerosos, algunos incluso se ocultaban más allá del camino que conducía a  las tierras de Don Ruy González de Ayala. Recorrieron el camino montados en sus imponentes corceles, bestias poderosas que infundían tanto temor como sus jinetes. Una hora después del anochecer la comitiva llegó a las puertas del hogar de Ruy González de Ayala. Era una poderosa construcción rectangular, firmemente fortificada y coronada por un torreón que dominaba las tierras circundantes.

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Tiempos Aciagos

Capítulo I. Praga.

 

Últimos días de Mayo. 1204 A.D. Praga.

 

            La sombra se deslizaba sigilosa entre los callejones de la ciudad. Xabier corría tras ella siguiendo su rastro casi imperceptible. En su corazón ardía la necesidad de alcanzar a su presa y en su mente se apartaban las dudas que podrían haberle detenido en algún momento: ¿Sería capaz de enfrentarse a aquel ser que había derrotado al Golem del barrio judío?  Pero la pregunta yacía apartada en el pensamiento de Xabier, y cuando consiguiese alcanzar a su presa trataría de encontrar alguna solución. Las paredes de piedra de las casas del Barrio Antiguo  apenas parecían obstáculos insignificantes ante el deseo del Inmortal. Después de varios meses en la ciudad, por fin había encontrado la solución al problema. Y aquella carrera le ayudaba a desahogar su frustración acumulada. Praga era una ciudad  asombrosa, la más enigmática que había conocido, por encima de Toledo, Paris, Roma e incluso Constantinopla. En ella no reinaba un poderoso vampiro como en el resto de las ciudades conocidas. En cada distrito, protegido por gruesas murallas y patrullas nocturnas, gobernaba un pequeño señor que debía lealtad al Consejo de las Sombras, que se reunía en los salones del Palacio de Praga. Y solo uno de ellos era un vampiro.

            “Un muro. La sombra se dirige al Barrio Nuevo”. Xabier frunció los labios contrariado.  En este barrio gobernaba Laernes de Viena, un vampiro poderoso aunque taciturno y solitario. Se extendían rumores por la ciudad que indicaban la presencia de ignobili  y defectori entre aquellos muros apenas inacabados en algunos tramos.. Laernes lo había negado sistemáticamente y nadie hasta ahora ha podido proporcionar pruebas al respecto. Era el único barrio en el que los vampiros podían cazar con libertad entre sus calles. En el resto de la ciudad estaba terminantemente prohibido, por lo que los vampiros se alimentaban de los humanos que se agolpan en el exterior de la ciudad o en el Barrio Nuevo.

            “No es el mejor lugar para perseguir una sombra que acaba de derrotar al ser más poderoso que la magia Cabalística puede invocar”.

            El muro no representó un gran obstáculo para Xabier. El centinela apenas pudo distinguir ni a la sombra ni al Inmortal que la perseguía. Ambos se  habían transformado en una ráfaga de viento nocturno. Una ráfaga gélida y sobrehumana.

            Por fin, después de una marcha frenética, la sombra se detuvo frente a la fachada de la Iglesia de Santa Marta. Xabier se detuvo a varios metros de ella. Era una figura humana, alta y corpulenta. Un grueso nubarrón ocultó la luz de la luna y la oscuridad creció en la plaza. Xabier se abalanzó sobre la sombra y lanzó un mandoble al costado. El impacto fue terrible, casi como si hubiera golpeado una pared de mármol. El dolor fue insoportable y Xabier soltó la espada con la mano entumecida. La sombra retrocedió lentamente. No parecía herida. Xabier tomó la espada con la mano izquierda. La sombra alzó una mano y Xabier tropezó con un pequeño bache del suelo, pero consiguió recuperar el equilibrio. Alzó la vista hacia la sombra y le pareció que ésta sonrió en su interior. Tras su figura los muros de la iglesia se alzaban imponentes y amenazadores envueltos en la oscuridad de la noche. Volvió a atacar y la sombra retrocedió varios pasos más. Un bloque de piedra se desprendió de una de las paredes de la iglesia y golpeó a Xabier en el hombro izquierdo. La sombra se internó en el interior del edificio ante la mirada frustrada de su perseguidor. No podía continuar, puesto que era incapaz de  empuñar el arma. Se encontraba indefenso en el peor lugar de la ciudad.

            El rumor de pasos precedió a las sombras que le rodearon. Podía distinguir en ellas el brillo inhumano de sus ojos, una sed de sangre imposible de agotar. Tomó la espada con la mano izquierda malherida y se irguió. La mano derecha parecía rota, aunque no le dolía. Se desembarazó de la capa y se aproximó hasta un pequeño claro iluminado por la luna. Pero de nuevo una inoportuna nube alejó la luz de la plazuela.

            No lo deseaba, pero era inevitable. Se encontraba indefenso, rodeado por vampiros. Cerró los ojos y se concentró.

            Una luz serpenteante comenzó a brillar en el pecho de Xabier dibujando un ave Fénix con las alas desplegadas, orgullosa y desafiante. Xabier empuñó la espada con la mano derecha y con la izquierda desenvainó un pequeño sable curvo. El dolor y el entumecimiento que había sentido anteriormente era ya un vago recuerdo. La luz que emanaba de la armadura iluminó la hoja de su espada, mostrando las runas que bailaban en el acero. Garra Negra, la espada maldita. El azote de los vampiros. Xabier abrió los ojos y una luz dorada centelleó en ellos fugazmente. Una de las sombras que se cernía sobre él masculló un nombre que se extendió entre el círculo de vampiros.

            El Fénix Negro.

            Habían atrapado al Fénix Negro, el Inmortal más implacable desde la caída del poderoso Urabi de Ukesh, su propio mentor. Y en su mano refulgía como con luz propia el arma maldita: Garra Negra.. El número de sombras comenzó a crecer alrededor del Inmortal.

            Xabier aspiró profundamente.

            Nox Irae.

Prologo y primer capítulo gratis de El Filo de la Espada, libro II de El Mundo de las Sombras.

El Filo de la Espada

PROLOGO.

 

            “Sabed, ¡oh Rey!, que más allá de las miradas de los hombres mortales, protegidas por un velo intangible, se extiende un reino donde las Sombras dictan su implacable voluntad, al que sirven extrañas criaturas  poderosas y malignas. Sabed ¡oh Rey! que todo lo que suceda en este reino tiene su eco en nuestras vidas. Las guerras, plagas y demás calamidades son consecuencia de la lucha insaciable que se extiende en el Reino de las Sombras. Sabed, ¡oh Rey! que vuestro destino y el de vuestros vasallos esta dictado por “Ellos”, aunque el Velo os aparte de la locura, os proteja de sus Criaturas y os oculte su horror. Pero sabed, ¡oh Rey!, que no conviene enfurecerlas, puesto que el Velo que las protege de nosotros es tan etéreo como una nube y estas Criaturas caminan por nuestros caminos, se alimentan de nuestros víveres y sus destinos están entrelazados con los nuestros. Sabed,¡ Oh Rey!, que nosotros habitamos en el Mundo de las Sombras, aunque lo ignoremos.”

 

Cárcel de Goznur, treinta kilómetros al norte de  Constantinopla.

Mayo de 1190 Anno Domini.

 

            El tañido de una campana despertó a Herion. Las tinieblas de la noche lo envolvían en su fría celda pero la luna iluminó su rostro a hurtadillas, ofreciendo su  resplandor para reconfortarle. Recostado en un rincón escondió la cabeza entre sus brazos rechazando la luz. Volvió a cerrar los ojos sin intención de dormir. Una rata correteó en la oscuridad ante la indiferencia de su invitado. Movió levemente una pierna y todo su cuerpo se estremeció entumecido. La sangre había dejado de manar en su rostro y en las múltiples heridas que cubrían su cuerpo. La puerta de la celda se abrió con un crujido. Alguien entró en la celda y colocó una pequeña antorcha en la pared.

            -Buenas noches, Herion -dijo el desconocido-. Tenéis un aspecto deplorable.

            La celda se cerró con un nuevo crujido. El prisionero alzó el rostro y con una mano se protegió de la luz nocturna. Al cabo de unos instantes Herion se incorporó dolorosamente. Era alto, de largos cabellos sucios y enmarañados y barba  frondosa, torso amplio y robusto, como un toro griego.

            -No deseo hablar con Dios -protestó.

            El sacerdote tomó asiento en un taburete y abrió un pequeño libro de cuero.

            -¿No deseáis poner en paz vuestra alma?

            -No -gruñó Herion.

            -¿No os arrepentís de las muertes que habéis ocasionado? -exclamó el clérigo.

            Alzó una mano pálida y huesuda:

            -Dios no os perdonará. Os aguarda la horca, de nuevo.

            -Espero que en esta ocasión las cadenas sean más robustas -añadió Herion con una sonrisa velada en su rostro entumecido.

            El sacerdote se levantó enfurecido.

            -Habéis sido condenado a muerte por innumerables crímenes durante demasiados años. No habéis respetado la vida humana.

            -He matado a criminales y forajidos -interrumpió el reo con voz orgullosa. Tensó las cadenas que aprisionaban sus manos y se recostó en el rincón más oscuro de la celda.

            -¿Y qué me decís de la docena de guardias que habéis asesinado esta mañana?.

            -Las cadenas cedieron. Nunca esperéis que me entregue a la horca como una cordero manso. Lucharé por mi vida con todas mis fuerzas.

            -¡Y a fé mía que luchásteis!. Extendisteis el pánico entre la muchedumbre.

            -Fue un buen combate -susurró Herion orgulloso.

            Sus ojos brillaban en la oscuridad como brasas incandescentes:

            -Me divertí.

            -Tu diversión terminará con la salida del sol.

            -Eso espero, aunque creo que no terminará. No todavía.

            El sacerdote tomó asiento de nuevo en el taburete.

            -¿Tenéis familia? -dijo con voz calmada.

            La luz de los ojos se apagó en el rostro de Herion durante un instante.

            -La tuve -musitó.

            El clérigo sonrió maliciosamente.

            -¿Y qué fue de ella?. ¿Tuvisteis mujer e hijos?.

            -Hace demasiados años que ella murió. Nunca tuvimos hijos.

            -¿Cuándo falleció? -el sacerdote parecía disfrutar con el sufrimiento de Herion. Había encontrado un resquicio en la muralla que había formado el preso y quería aprovecharlo.

            -Hace tiempo. Ya no mantengo la cuenta de los años que pasan, no merece la pena. Sin ella la vida no tiene sentido.

            Herion se incorporó y contempló la luna más allá de los barrotes de la celda.

            -¿Vivíais cerca? -inquirió el sacerdote-. No os recuerdo de antes de estas fechas por estas tierras, aunque sois griego.

            Herion sintió como su corazón se encogía de pena. Desvió la mirada triste y agachó la cabeza.

            -¿Tu familia muerta?¿Sin herederos? ¿Sin fortuna?

            Cada pregunta parecía una saeta que se clavaba en su corazón. Herion aspiró el aire viciado de la celda. Las tinieblas se extendían alrededor del sacerdote, quien parecía que deseara hurgar en el interior de su cerebro sin éxito.  

            -No deseo confesarme, por lo que puedes marcharte -contestó Herion.

            -No me iré hasta que no respondas a todas mis preguntas -replicó el confesor.

            Se alisó los pliegues de su sotana lentamente.         

            -¿Donde vivíais?.

            Herion comenzó a removerse con impaciencia, sacudiendo las cadenas como un león enfurecido dentro de una jaula. Sus ojos se encendieron de nuevo.

            -No te importa -escupió por fin.

            -El destino de las almas de mi rebaño es de mi incumbencia. ¿Cómo murió tu mujer?. Tuvo que ser motivada por alguna horrible enfermedad, sois demasiado joven, aunque nunca sabemos el destino que Nuestro Señor nos tiene reservado.

            Herion se acercó al clérigo.

            -¡Vete! -ordenó.

            El sacerdote se incorporó asustado ante la mirada amenazadora de Herion. Observó las cadenas y suspiró aliviado. Tenía la obligación de indagar en el pasado del prisionero y no podía marcharse si no obtenía información relevante. Temía la ira de su señor mucho más que la de Herion.

            -Tu mujer pereció y por ello encuentras placer violando y matando -dijo el sacerdote con renovado ánimo.

            Herion sonrió.

            -Yo no violo a las mujeres. Y todos a los que he matado los deberíais haber ajusticiado vosotros. Eran criminales.

            -Como lo eres tú -gritó el sacerdote. Alzó la mano y señaló la ventana:

            -¡El alba te verá mecerte en la horca y arderás en el infierno!.

            Herion ignoró al sacerdote.

            -Pero si confiesas, encontrarás un consuelo y el perdón de tus pecados. Podrás descansar junto a tu mujer. ¿Es lo que deseas?.

            Y entonces el preso se giró y se encaró al sacerdote.

            -Mi mujer murió en la época de Arcadio, cuando las invasiones bárbaras arrasaron Boecia. Hace tanto tiempo que ni recuerdo su nombre, aunque lloro su pérdida cada noche. Pero tú vas a conocerla esta noche…

            El grito del sacerdote atrajo a los guardias, aunque nada pudieron hacer cuando llegaron a la celda. Herion alzó las manos y el sacerdote cayó con el cuello quebrado. Se aproximaron a recogerlo y entonces atacó como un león acorralado; y los gritos de dolor recorrieron la prisión como un poderoso trueno retumbante. 

           

            Frontera septentrional del Imperio Bizantino.

Mayo de 1190 A.D.

 

            De nuevo solo. Una constante en su existencia. Una rodilla falló y cayó de rodillas al suelo carmesí. Resbaló exhausto en un suelo demasiado resbaladizo a causa de la sangre allí derramada. La mirada se nubló pero apretó los dientes y logró incorporarse. El sonido metálico de la retirada del enemigo no le reconfortó. Sabía que volverían pronto, y entonces él sería el único en recibirles. El sol lucía orgulloso en el cielo iluminando el paso de las montañas con destellos ocres. La sangre manaba por el suelo como un funesto arroyo. Retrocedió lentamente y se apoyó en la pared de la montaña. Sentía el sabor ferroso de la sangre en los labios. Se despojó del yelmo tratando de buscar una nueva bocanada de aire. Sus pulmones se estremecieron lacerados. Era el final.

            Hace muchos años, en los albores de sus recuerdos, había vivido una situación parecida. Fue largo tiempo atrás, en su adorada patria muchos kilómetros al norte. Cayó protegiendo su poblado y despertó en una fosa común, junto a los rostros deformados de sus amigos y vecinos. Pero habían pasado demasiados años para recordar con nitidez aquel horrible sufrimiento. Cerró los ojos y se frotó los párpados. ¿Cuántos años había servido en la Guardia Varega?. Había contado varias vidas de humanos, siempre adoptando nuevas identidades cuando su eterna juventud comenzaba a levantar sospechas entre sus más allegados. Y siempre comenzaba de nuevo, solo, sin nadie a su lado. Como siempre, la soledad era su compañera. Y aquella tarde de nuevo encontraba su compañía. Abrió los ojos y contempló apenado la alfombra de cadáveres que sembraba el suelo de piedra. En aquel paso olvidado él escribía de nuevo las últimas líneas de una historia épica. Como los trescientos de Leónidas, ellos habían resistido durante días los embates de los enemigos bárbaros del norte. Pero sus fuerzas se habían extinguido.

            Recordó a su antiguo amigo Harald. Habían recorrido Europa juntos, formando una pequeña guardia de mercenarios leal y feroz. Recordó los hermosos ojos de la emperatriz Alejandra cuando les reclutó para la Guardia Varega. Al frente de los ejércitos de Bizancio habían logrado grandes hazañas. Pero la fama, el poder y las riquezas nunca fueron suficientes para su amigo y hermano. Cayeron en desgracia cuando fueron descubiertos apoderándose de un botín que pertenecía al Emperador. Lograron escapar y Harald decidió volver a su patria y reclamar sus derechos al trono. Él, Lanson, prefirió continuar combatiendo para el emperador bajo otra identidad, lejos de la capital, en la frontera del norte. Así había logrado ascender hasta el puesto de Strategos, capitán de la guarnición. Pero sus tropas yacían inertes sobre las duras rocas de las montañas y él de nuevo se encontraba solo. Hoy debía comenzar de nuevo. Pasaron los minutos y recobró las fuerzas. Trató de recomponer su armadura destrozada, se colocó el yelmo y apretó con fuerza sus armas. Su mano diestra sostenía un gran hacha de doble filo, símbolo del poder de su pueblo. Su mano siniestra alzaba una hermosa espada manchada por la sangre de sus enemigos. Avanzó lentamente hacia la entrada del paso y se colocó desafiante. Escuchó los pasos metálicos de una nueva avanzadilla. Más de una docena de hombres, en filas de dos, ascendían por el paso. El nórdico respiró profundamente y lanzó un grito: grave, ronco, poderoso como el bramido de un cuerno de batalla. Sintió una furia irresistible que comenzaba a extenderse en su interior, un fuego colérico que insuflaba renovadas energías a sus miembros agotados. Y cuando su mirada se convirtió en un resplandor lacerante se arrojó hacia el interior del paso en pos de su destino. Los gritos del combate resonaron en las paredes de las montañas y estremeció sus cimientos. La hora había llegado.

 

 

Cárcel de Goznur, treinta kilómetros al norte de  Constantinopla.

Mayo de 1190 A.D.

 

            La noche ofreció una gélida bienvenida al fugitivo. Alzó la mirada feroz como un lobo hambriento y buscó más guardias en el patio. Dos figuras se movían en la oscuridad hacia él. Con las manos libres de las cadenas se precipitó hacia ellos y los derribó golpeándoles con su puño como si de un martillo de herrero se tratara. El silencio de la muerte se alzaba siniestro tras él  para ocultar su ira y locura. Ni siquiera los presos cautivos en la cárcel se atrevieron a festejar la siniestra matanza que se había ejecutado entre los muros mugrientos, porque un demonio surgido del Infierno había azotado el lugar. Temieron que fijase su atención en ellos y se acurrucaron asustados en los rincones más oscuros de sus celdas, conteniendo el aliento y elevando oraciones a sus dioses. ¿Acaso era un ángel vengador?.

            Herion abrió la puerta principal y se alejó de la prisión a través de la floresta. Se detuvo a los pies de una suave colina y recuperó el aliento. Observó sus manos manchadas de sangre y alzó el rostro hacia la luna que le saludaba jubilosa. Pero su sonrisa se borró de inmediato: la sombra de un jinete y su corcel se recortaban en lo alto de la colina, como una extraña visión nocturna. Sintió que la figura tenía clavada en él la mirada. El jinete descendió y Herion se aproximó hacia él a la carrera, con los rescoldos de furia encendiendo todavía su corazón. La luna iluminó al jinete: bajo una hermosa capa de terciopelo brilló un símbolo extraño en su pecho, como una estrella plateada en forma de ave. Herion no se detuvo y lanzó un poderoso puñetazo al rostro del extraño desconocido, pero trastabilló al no encontrar oposición. Se giró y encontró a su rival a su espalda. Lanzó un nuevo puñetazo pero una mano enguantada detuvo en seco el impacto. Herion pudo ver el rostro del desconocido: de mirada fiera y adusta, de larga cabellera, mantenía aferrada la mano de Herion como un lazo de acero. El desconocido sonrió y con un gruñido propinó una patada brutal en el pecho de Herion, que cayó proyectado varios metros atrás. Se incorporó lentamente y descubrió al extraño frente a él. Alzó la mano pero una nueva patada destrozó su pecho y le lanzó rodando hasta la base de la colina. La luna despidió a Herion mientras perdía el conocimiento a merced de su enemigo.

 

 

 

 

 

 

Capítulo primero: Historias del pasado.

 

            Torre de la Muerte, Constantinopla.

Mayo 1190 A.D.

            -Abre la puerta, Trocero.

            El extraño se descubrió el rostro. Trocero gritó sorprendido y las puertas se abrieron. El interior del recinto se alborotó jubiloso. Diez años después, Ruy González de Ayala había regresado. Vestía una larga capa de terciopelo sobre su hermosa armadura con el emblema de su Orden. Era un hombre corpulento, de mirada profunda, cabello largo y barba corta.  Sostenía con una mano las bridas de un corcel auxiliar que marchaba tras él con dos enormes fardos en su lomo, dos cuerpos insconscientes. Trocero era un hombre moreno y muy corpulento, mucho más que Ruy, tenía una  mirada grave y fiera, rostro poblado de barba y cabello corto. Ambos, viejos amigos, se saludaron efusivamente. Luis Álvarez de Montemayor, señor de la Torre de la Muerte,  aguardaba en el salón principal de la Torre. Ruy se dirigió hacia allí presuroso, mientras ordenó a los sirvientes que condujeran a sus dos “invitados” inconscientes, a las habitaciones de la primera planta. La torre lucía hermosa en todo su esplendor, con casi una centena de hombres en su interior convirtiéndola en un baluarte inexpugnable.  Una docena de desconocidos combatían con espadas de madera, entre un murmullo de gritos de esfuerzo, sufrimiento y dolor. Ruy entró en el salón principal y Luis se aproximó sonriente. Era más alto que Trocero, corpulento y de tez  clara y facciones afiladas y hermosas. Luis abrazó a Ruy sonriente. 

            -Mi corazón se alegra al ver la recuperación de la Orden -dijo Ruy  mientras recibía una copa de vino de manos de Luis. -¡El trabajo realizado es soberbio!.

            El sol comenzaba a descender lentamente en el horizonte. Luis aceptó halagado el elogio.

            -Trocero, Jacques y los demás han demostrado ser dignos de confianza durante estos años. Y Don Carlos ha demostrado ser un gran líder.

            -Lo predije en dos ocasiones -replicó complacido Ruy. Se aproximó a un sillón y tomó asiento.

            -¿Quienes son los dos hombres que has apresado?.

            -Inmortales descarriados. Los encontré en el camino de vuelta. A uno de ellos lo hallé dentro de una enorme tumba, junto a los restos del destacamento fronterizo que dirigía.  Al otro me lo encontré huyendo de la prisión de Goznur. .

            -Es una muy buena noticia en estos tiempos de escasez. -dijo Luis- Pero has llegado en el momento preciso, Ruy. Teodosio vendrá esta noche a la Torre. Tenemos que discutir las consecuencias de una excursión que realicé hace varias lunas. Le he encargado que investigue algunas pistas y esta noche me expondrá los resultados de sus indagaciones.

            -Espero que no sean preocupantes.

            -Pues yo espero lo contrario -repuso el castellano mientras se frotaba el rostro con las manos. Había cambiado el tono de voz y se mostraba serio y preocupado.

            -Cuéntame que ocurrió.

            Luis Alvarez de Montemayor se recostó en un viejo sillón y alejó la mirada más allá de la ventana, en lontananza.

            -En el norte del Reino de Egipto, cerca de las estribaciones septentrionales de las colinas que rodean al Nilo, encontré el acceso a una serie de túneles desconocidos para mí. Me había guiado hasta la zona un raro presentimiento, una sospecha que necesitaba aclarar. Encontré un extraño símbolo, cuatro trazos paralelos como la huella de unas garras animales, en la entrada del túnel principal. Tomé una antorcha y entré en el laberinto.

            Luis permaneció unos segundos en silencio. Sin apartar la mirada del atardecer continuó:

            -A medida que me adentraba en la cueva sentía que una presencia maligna habitaba allí. A cada paso encontraba que las sombras revoloteaban a mi alrededor, como siniestros remolinos de oscuridad reptante. El túnel se estremecía bajo mis pies y sentía una extraña respiración que lo envolvía todo. Entré en una cavidad más amplia y pude encontrar en las paredes frescos pintados, imágenes que reconocí como antiguos seres que habían habitado en Enoch, hace demasiados años. Pude distinguir la figura de Caín, Abel y Mefisto, con sus poderosos cuernos. Cuando traté de entrar en una de las bocas de la cueva, una pared de un material viscoso se alzó ante mí. Retrocedí y una gélida corriente apagó la luz de mi antorcha. No encontré dificultad en acostumbrar mis ojos a la oscuridad, como bien sabes, y cuando logré descifrar las tinieblas que me envolvían me encontré con la presencia de un ser que se alzaba frente a la salida de la cueva. Grité en Sumerio, y la  criatura me habló.

            -¿En Sumerio?  -exclamó Ruy sorprendido.

            Luis afirmó con la cabeza y continuó:

            -El ser me contestó prohibiéndome el paso a la cripta. Reconocí en sus formas a Jashid. Ataqué con todas mis fuerzas pero el demonio era demasiado poderoso y me repelió con facilidad. El combate fue muy breve. Caí inconsciente y desperté a varios kilómetros de la cueva, como si me hubiera sumergido en un sueño letárgico. Logré regresar a Constantinopla y relaté mi historia a Teodosio.

            -¿Quién ha podido convocar a Jashid para proteger la cueva? -preguntó pensativo Ruy. Miró a su compañero y añadió:

            -Invocar a un demonio tan poderoso es un acto que requiere un poder muy elevado.

            -Sin duda que lo que protege es importante -replicó Luis-, pero el demonio respetó mi vida, Ruy. Reconoció mi estirpe y se conformó con expulsarme de la cueva. Todavía recuerda lo poderosos que podemos ser guiados por la venganza. La noche comienza a extenderse, no tardaremos en gozar de la compañía de Teodosio

            Ruy borró la preocupación de su rostro y sonrió. Luis descubrió nuevas cicatrices en aquel viejo rostro, aunque mantenía la misma mirada enigmática y melancólica.

            -Pero antes cenemos. ¡Hablaremos de otros asuntos menos lúgubres! -afirmó

            Luis y Trocero habían convertido la Torre de la Muerte en una de las construcciones más importantes de Constantinopla, a excepción de los edificios imperiales. Habilitada como base de instrucción militar, habían adquirido los solares limítrofes y  construido una pequeña red de barracones y almacenes donde se alojaban los reclutas. Ruy sonrió complacido al comprobar que habían cumplido con creces una de las últimas tareas que les había encomendado antes de partir, diez años atrás. Era un centro de reclutamiento y adiestramiento para el ejército imperial, pero tras el Velo era la base de operaciones de la Orden del Fénix, comunicada con pasadizos secretos con la Ciudadela de Petrion, donde habían establecido el cuartel general de la Orden.  Luis condujo a Ruy al salón comedor.

            En el sótano habían habilitado una de las estancias como comedor principal y allí compartían idénticos alimentos reclutas e instructores. Ruy declinó ocupar el asiento principal, ocupado habitualmente por Luis.

            -Deseo permanecer lo más inadvertido posible -afirmó mientras tomaba asiento junto a Luis.

            Los criados comenzaron a servir la cena y Ruy escanció su copa.

            -Estoy orgulloso de vuestro trabajo -afirmó sonriente.

            -Cumplimos con nuestra obligación lo mejor que podemos. Aquí, en la Torre, acogemos a los hijos menores de los nobles que desean ingresar en las órdenes militares. Los adiestramos según las viejas normas y aquellos que destacan son reclutados para la Orden.

            -Como siempre ha sido -añadió Ruy. Bebió de la copa y observó a los reclutas:

            – ¿Qué nuevas hay de los Defectori?.

            -Ruy, has permanecido demasiados años en tierras lejanas. ¿No te han llegado noticias de Bellum Umbrae?.

            Ruy frunció el ceño.

            -La Guerra de las Sombras… -musitó pensativo.

            -Los Defectori lograron huir de Constantinopla. Sus doctrinas se expandieron como una plaga virulenta a lo largo de todos los territorios conocidos, incendiando numerosas villas. La Orden ha conseguido mantener una paz relativa gracias a los esfuerzos conjuntos de los vampiros, licántropos y magos leales al Equilibrio. Cuando la amenaza surge en cualquiera de nuestros territorios recibimos la alerta y enviamos un destacamento a erradicar el mal. Hasta el momento hemos acudido con éxito a todas las misiones de auxilio, pero con cada luna recibimos más llamadas. Cuando descubrí la tumba, en Egipto, habíamos acudido a una llamada del Sultán de El Cairo.

            -En estos tiempos extraños la Orden es más necesaria que nunca. Lamento haber desaparecido durante tantos años, amigos míos -afirmó Ruy con preocupación.

            La cena transcurrió plácida y Ruy relató las aventuras que le habían ocupado en el reino de Kiev. Diez años en los que había seguido el rastro de Viktoria con la esperanza oculta de encontrar el cuerpo en el que pudiera regenerarse, pero la desgracia le arrojó una y otra vez contra innumerables peligros y enemigos implacables. Trabó amistad con el Patriarca de Kiev, Vlad Establesi, y combatió contra criaturas surgidas desde los mismísimos abismos del infierno. Había descubierto nuevos territorios y adquirido nuevos conocimientos, pero jamás halló el rastro de Viktoria. Luis no lograba adivinar la importancia que podría tener encontrar a aquella dryada, una hechicera inmortal pagana. Ruy había obrado al margen de la Orden durante los últimos doscientos años, pero su aventura en la última década era imposible de comprender por nadie. Concluyeron la cena y se dirigieron al salón principal. Ruy continuó su relato:

            -Es una tierra  hermosa. Pero más dura y salvaje que nuestra amada Castilla. Los inviernos son largos y crueles; los estíos suaves y cortos. El sol luce sin fuerza durante meses enteros para cubrirse en una noche perpetua, donde las criaturas de las sombras extienden sus redes de forma impune. Son tierras peligrosas, amigo mío.     

            Llegaron a la estancia y Teodosio se encontraba sentado frente a la chimenea apagada. Vestía una larga túnica oscura, parecida a una sotana, y una fina máscara de lino ocultaba su rostro deforme. Se arrodilló ante Ruy cuando éste entró en la estancia.

            -Mi gratitud, y la de mi familia, será eterna con Vos. Os debemos nuestra existencia -dijo Teodosio sonriente-. ¿A quién debo saludar, mi señor?. ¿Acaso sois el misterioso Josepth Moutinho, mago, alquimista y sabio?. ¿O el poderoso Urabi de Ukesh?. O quizá el humilde Ruy González de Ayala, súbdito castellano. Os advierto que desde hace una década estos tres nombres se mencionan con respeto y temor en los rincones de nuestra ciudad.

            Ruy devolvió la sonrisa cómplice.

            -A los tres a la vez, según donde me encuentre -replicó.

            -La familia de Teodosio obra una labor vital -afirmó Luis-. Han tejido una vasta red de espionaje que nos mantiene alerta ante nuestros enemigos. Son nuestros más valiosos aliados.

            Ruy ayudó al vampiro a incorporarse y sonrió:

            -Nuestra gratitud es recíproca, buen Teodosio.

            -Mis señores. Me abrumáis con vuestras consideraciones. Pero el resultado de mis pesquisas es más abrumador…

            El vampiro titubeó.

            -He puesto al día a Ruy -informó Luis-. Puedes hablar con libertad.

            Teodosio se dejó caer sobre uno de los sillones del salón. Ruy se sirvió una copa de vino y bebió silencioso mientras escuchaba las palabras de Teodosio:

            -Alarmado por tu descripción, me dirigí a los más sabios de mi familia, más allá de estos muros. Investigué el origen del extraño símbolo, familiar para algunos de los componentes más ancianos de mi familia. 

            Teodosio hizo un silencio. Dirigió la mirada a Ruy y prosiguió:

            -Zoe Feriae fue uno de los primogénitos nacidos en Enoch. Fundador de la estirpe Feriae, formó parte de la vanguardia de las huestes de Caín en las guerras de Enoch. Huyó junto a su señor cuando fueron derrotados. La marca que distingue a sus  descendientes, vampiros inhumanos más parecidos a las bestias que a los humanos, es  la huella de cuatro zarpas poderosas. Varios años antes del nacimiento de Cristo Zoe despertó de su letargo y asoló una de las provincias más despobladas de Roma. Su furia y sed de sangre fueron implacables. El Senado envió a tres campeones inmortales a eliminar al Anciano y les armaron con las míticas espadas calídbicas, utilizadas por los antiguos en las guerras contra Mefisto. Ilias, Gratos y Hermes  contaron con la ayuda de los licántropos, eternos enemigos de los Feriae. Acudieron a su encuentro y derrotaron a Zoe y al resto de aliados que le protegían.

            Ruy añadió:

            -Ilias, Gratos y Hermes forman parte de nuestra historia como los mejores guerreros de nuestra especie. Desarrollaron la Senda del Acero.

            –Creo que Luis descubrió la tumba de Zoe. Y los augurios nos alertan del comienzo de su despertar -afirmó pensativo Teodosio.

            El silencio envolvió la estancia. Ruy se incorporó y abrió la contraventana. Las luces de la ciudad brillaban en la oscuridad de la noche como un firmamento terrestre titilante. La luna se alzaba orgullosa y el viento mecía las copas de los árboles suavemente. Una brisa fragante entró en la estancia.

            -Debemos evitar el despertar de Zoe -dijo al fin Ruy. Sus ojos brillaban emocionados.

            -Ruy, si los tres héroes no lograron derrotar al Anciano, nosotros no podremos culminar su trabajo. No poseemos ni un ápice del poder antiguo -protestó Luis agriamente.

            -Pero podemos encontrar las tres espadas calíbdicas -replicó  Ruy-. O al menos una.

            Se aproximó a Teodosio y sonrió:

            -Con la ayuda de tu familia podremos encontrar el paradero de las tres espadas. Entonces estaremos preparados para hacer frente al despertar de Zoe.

            Luis inclinó la cabeza pensativo. Se incorporó y añadió:

            -Debemos ser cautos. No podemos proporcionar pistas a nuestros enemigos. Si el despertar de Zoe fuese conocido por los Defectori tendría consecuencias fatales.

            -Mi destino debe cruzarse con Zoe, lo presiento. Buscaré las espadas -afirmó Ruy.

            – La guerra nos desborda. Necesitamos tu liderazgo, ¡no podemos perder hombres! -reprochó Luis.

            -Y no los perderéis, buen amigo. Soy consciente que nos encontramos en una situación muy delicada, pero puede complicarse más aún con el despertar de Zoe. De momento contamos con la ayuda de la mayoría de las familias de vampiros, pero si Zoe despierta…¿crees acaso que nos ayudarán?.

            -La familia Sculo permanecerá a vuestro lado, leales a nuestra palabra -afirmó Teodosio con energía.

            Ruy sonrió al vampiro.

            -Nunca dudaré de vuestra lealtad, amigo mío. Voy a necesitaros de nuevo.

            La reunión finalizó y Ruy dejó solos a Teodosio y a Luis.

            -Ruy siempre había deseado emular las hazañas de Ilias. Mucho me temo que esta empresa sea demasiado grande incluso para él -afirmó Luis mientras contemplaba a su amigo atravesando el patio.

            -Es un ser poderoso, el más poderoso de cuantos he conocido. Pero está solo. No lo conseguirá él solo. Necesitará aliados.

            Luis replicó:

            -La Orden del Fénix debe permanecer en su tarea. Nos hallamos en un momento sombrío en el que necesitamos todas nuestras fuerzas preparadas para neutralizar la amenaza. Mucho me temo que no podremos ayudarle. La Guerra de las Sombras absorbe toda nuestra atención.

            Teodosio se asomó a la ventana y observó la noche.

            -Me pregunto cual será el próximo paso de Ruy -susurró pensativo.

            Luis se acercó al vampiro. Teodosio se giró y miró a su compañero a los ojos:

            -Me conforta saber que no todos los inmortales sois iguales. Su destino se encuentra constantemente entrelazado al de alguna mujer, seguramente conocida en alguna taberna de infame reputación. Desaprovecha todo su poder.

            -Amigo mío, los inmortales no somos como los vampiros. Somos más humanos. Nos gusta disfrutar el tiempo que nos ha tocado vivir, paladear los placeres humanos. Vuestra ansia de sangre os ciega ante nuestras emociones. Las necesitamos para afrontar cada mañana que se alza.

            -¿Y qué te hace levantar cada mañana? -inquirió el vampiro afable.

            Luis rió y apoyó una mano en el hombro de Teodosio:

            -Sois un vampiro inteligente, pero no debéis sobrepasaros con vuestras preguntas. El destino del Equilibrio renueva mis energías. La responsabilidad que me une a los míos es lo que me obliga a saludar al sol cuando se alza cada mañana. Mi lealtad a la Orden es mi vida, Teodosio, aunque actualmente no formemos parte de ella de manera oficial. Pero no olvides que nosotros permanecemos bajo las órdenes del Maestre de la Orden del Fénix.

            Luis sonrió y añadió:

            -De la misma manera que el emblema no luce orgulloso en la Torre, lo que provoca gran pesar a Ruy. No desesperéis, amigo mio.

            -Cuando se desencadena la tempestad, nuestra familia es la primera en perecer -dijo Teodosio-. Somos conscientes que necesitamos ocultar nuestra colaboración con la Orden, puesto que muchos de nuestros hermanos de especie nunca lo entenderían. Pero vosotros sois los únicos que nos han auxiliado en momentos de necesidad, y nuestra familia no olvida.

—————————————–

            El Gran Barrio Imperial apenas había renovado alguna lujosa villa desde la última vez que Ruy había visitado sus muros, diez años atrás. La villa de los Sweird se alzaba orgullosa junto a las ruinas del Palacio de las Luces. Sonrió con melancolía al recordar la noche en la que la ira le condujo hasta aquellos muros, cuando la Orden del Fénix resurgió. Sacudió la cabeza y trató de borrar aquellos recuerdos que siempre le conducían hacia el hermoso rostro de Viktoria, postrada en su lecho, susurrandole con su hermosa voz.  Llegó a la puerta de la villa y se dirigió a los centinelas con voz firme y autoritaria:

            -Decidle a vuestro señor que Josepth Moutinho espera en la puerta.

            Aguardó varios minutos y fué conducido hasta un gran salón en el interior de la villa.  Allí, Julian Sweird, patriarca de la familia en Constantinopla, saludó a su viejo aliado con los brazos abiertos y exclamó sonriente:

            -¡Por todos los dioses!. Me alegro de veros, viejo amigo. Aparecéis como un espectro surgido de la nada, algo que es costumbre vuestra.

            Ruy inclinó la cabeza.

            -Mi corazón rebosa de alegría al pisar vuestro refugio, Don Julian.

            El vampiro batió palmas y ordenó a sus sirvientes traer comida y bebida para su invitado. Tomaron asiento en un rincón de la estancia, junto a un balcón que conducía al exterior. La brisa de la noche jugueteaba con la cortina de seda.

            -Don Julian, seré breve. Estoy interesado en compraros la espada que Marco Tempone os vendió hace tiempo.

            El vampiro frunció el ceño tratando de recordar. Una sirvienta depositó una jarra de plata con una copa y escanció el vino. Ruy bebió mientras aguardaba la contestación.

            -Lamentablemente no puedo ayudaros. Se la regalé a un pariente mío como contraprestación a un favor realizado.

            -Y grande tuvo que ser el favor para merecer semejante presente -objetó Ruy mientras depositaba la copa.

            -Ruy, los asuntos de los vampiros son demasiado intrincados para comprenderlos. ¿Por qué deseáis encontrar esa espada? -replicó el vampiro incómodo.  

            -Era una de las espadas calíbdicas, un tesoro para cualquier inmortal que pueda poseerla. Según la historia fue empuñada por el mismo Julio Cesar en sus guerras.

            -La espada que intercambié con el inefable Marco Tempone era un arma muy hermosa, en verdad. Pero desconocía hasta ahora su verdadero precio. Se la regalé a mi hermano, Vikav Sweird, patriarca de mi familia en Obuda.

            Ruy se incorporó sonriente.

            -Entonces es a vuestro hermano a quien debo comprársela, pues. No deseo molestaros, amigo mío -concluyó Ruy mientras ofrecía su mano al vampiro-. Simplemente os visitaba para saludaros.

            -Nunca sois una molestia -dijo el vampiro más afable. La arruga se había disipado en su frente y se mostraba sonriente. Estrechó la mano de Ruy y le acompañó hasta la salida.

            -¿Permaneceréis mucho tiempo en Constantinopla?.

            Ruy se encogió de brazos:

            -No soy dueño de mi tiempo -dijo-. Corren tiempos peligrosos.

            Ruy abandonó la villa y se aproximó a la villa de Mariona, cercana a la del patriarca Sweird. Las sombras de la noche le proporcionaron el cobijo necesario para saltar sus muros y perderse entre los setos del hermoso jardín. La noche era joven todavía y encontró a la mujer vampiro caminando entre sus setos de rosas favoritos.

            -Sois un vampiro de costumbres fijas -dijo mientras salía de su protección.          

            Mostró sorpresa al escuchar las palabras de Ruy, pero cuando se dejó ver sonrió. Era un ser radiante, una belleza sublime como lo había sido Anna Govella en el pasado. Sus ojos, grandes y expresivos como estrellas plateadas, brillaron con sensualidad. Vestía una hermosa túnica de seda ceñida. Un collar de radiantes rubíes adornaban su escote generoso. Lucía el cabello recogido en una diadema plateada y numerosas perlas se engarzaban en los mechones como pequeñas piedras preciosas. 

            -Y tú eres un inmortal impertinente -replicó ella-. Tomas demasiados riesgos. Deberías solicitar una audiencia si deseas verme. Ya no soy la hija menor del Patriarca de la Noche, como hace diez años.

            Se acercó a Ruy y le ofreció con una sonrisa radiante una rosa carmesí. Ruy tomó la rosa con el rostro serio.

            -No ignorarás que soy la Matriarca de Constantinopla, sucesora de mi padre.

            -Estoy al corriente, mi señora.

            Ambos caminaron juntos por los senderos de gravilla del amplio jardín.

            -La Guerra de las Sombras está consumiendo a mi pueblo -dijo ella después de un largo silencio.

            -La Orden combate a los rebeldes con todas sus fuerzas -replicó vagamente Ruy. Desconocía qué palabras utilizar, ni el propósito de la visita. Simplemente necesitaba ver de nuevo a aquella mujer tan fascinante.

            Mariona miró al suelo y se mordió ligeramente el labio inferior.

            -No puedo dudar de ello, mi señor. ¿Puedo haceros una pregunta personal?.

            Ruy se detuvo. Contempló la luna indiferente.

            -Preferiría que un vampiro no me formulara preguntas personales -respondió con cierta acritud.

            -Conocíamos vuestra mascarada en Toledo antes de apresarte.

            Ruy continuó en silencio. Cruzó los brazos y dio la espalda a la mujer.

            -Mi padre había trazado el plan con años de antelación, desde vuestra última visita a Constantinopla. ¿ Recordáis?.

            Ruy inclinó la cabeza.

            -Él me contrató -replicó.

            -Y también tejió la trampa que os atrapó -continuó ella-. Ambicionaba vuestro poder, anhelaba ocupar vuestra posición.

            -Pues no lo consiguió -refutó ásperamente Ruy.

            Se giró y mantuvo la mirada en la de la mujer vampiro.

            -¿Vas a formular la pregunta?.

            Mariona contuvo el aliento.

            -¿Por qué te entregaste?.

            Ruy cerró los ojos y se cubrió el rostro con las manos.

            -Erais inocente, Urabi, y os conducían a una emboscada. ¿Por qué os entregasteis?.

            -Han pasado muchos años desde entonces, y los míos han sufrido más tormentos a manos de vuestra gente que en los últimos cuatro siglos.  La herida no ha cicatrizado todavía, por lo que no contestaré a tu pregunta, Mariona.

            Ella se acercó y acarició suavemente el rostro de Ruy. Su mirada era límpida, clara como la nieve en las montañas. Pero Ruy se apartó:

            -¿Gabriel sigue siendo el Protospatharios, Capitán de la Guardia Personal del Emperador?.

            -Megas Domestikos -contestó Mariona.

            -Comandante en jefe del ejercito imperial…

            Mariona se aproximó de nuevo a Ruy con la mirada refulgente.

            -Le amo. Pero pertenecemos a dos mundos diferentes.

            -Comprendo.

            Ruy retrocedió hasta las sombras de los rosales.

            -Buenas noches, Matriarca.

            Desapareció entre las sombras llevado por la brisa de la noche. Mariona sonrió con admiración. Aquel enigmático inmortal no había contestado a su pregunta, ni había aclarado los motivos de tan fugaz e inesperada visita.

            Las aguas del Mar del Mármara se mecían suavemente  en el puerto de Teodosio. Ruy observó el rielar de las estrellas en las aguas. El puerto se encontraba vacío y el silencio se quebraba por el susurro de las olas. Hubiera deseado contestar a la pregunta de Mariona, pero no podía confiar en un vampiro. Era imposible. No podía revelar el amor que había sentido  por Alba, una mortal, porque no encontraba la manera de expresar los sentimientos que le habían arrastrado a unirse a ella. Y cuando su viejo amigo, Luis Álvarez de Montemayor, acudió a apresarle acompañado por un pequeño ejército no pudo arriesgar a lo que más quería. El tiempo curó la herida que aquella traición había abierto en su corazón, ya que el inmortal castellano desconocía el destino que le aguardaba. Suspiró apenado: el tiempo siempre curaba las heridas, incluso las más profundas. Y un inmortal poseía tiempo de sobra. No se arrepentía de su decisión. En aquel momento necesitaba conocer al autor de la traición pero desconocía los sufrimientos que padecería después. El destino siempre reserva extrañas sorpresas y sin aquella decisión jamás hubiera conocido a Viktoria. Sintió un pinchazo en el corazón al recordar de nuevo su hermosa mirada, tan azul como un cielo despejado de primavera. Por un momento deseó que el tiempo también hubiera curado aquella herida, olvidar  aquellos sentimientos que le atenazaban el estómago. El sol comenzaba a asomar más allá de los muros. Inició el regreso a la Torre.

            La sombra se escurrió entre los muros del puerto a medida que avanzaba Ruy camino a su refugio. Etérea, como surgida de la nada, traspuso los callejones y siguió el rastro del inmortal. Le había encontrado por casualidad, en el refugio de  Julian Sweird, y decidió seguir los pasos de aquel extraño ser, que recorría los tejados de la ciudad como si de un gato callejero se tratara. Era una presa poderosa y su señor le recompensaría por la información. Los primeros rayos del sol le obligaron a regresar a la morada de su señor, el monasterio de Santa Marta, en las faldas occidentales de la cuarta colina. Atravesó los pasillos empedrados y vacíos y descendió por las escaleras que conducían al sótano, donde le esperaba una jugosa recompensa. Allí se encontraba su amo, Salonio, hablando con sus sirvientes, Bara y Ugluk. La sombra se acercó a su señor y le susurró al oído aquello que había descubierto durante la noche.

            -Bien -dijo Salonio -. Puedes alimentarte.

            La sombra se escurrió entre los barrotes de una jaula y se introdujo en el interior de ella, entre las ratas que albergaba. Salonio alzó la mirada a sus sirvientes.

            -Hemos encontrado algo interesante, amigos míos. -dijo sonriente.

            Era un hombre bajo y corpulento, de mirada vivaz y rostro pulcramente afeitado. Vestía un hábito ocre y tonsura en el cráneo. Bara y Ugluk eran más altos y de tez más morena, aunque delgados y enjutos. Ambos lucían el mismo hábito que su señor.

            -Idos a la Torre de la Muerte y vigilad al recién llegado -ordenó Salonio-. Durante la noche la sombra os relevará.

            Observó alejarse a sus siervos y tomó asiento frente a un escritorio. Releyó una de las cartas que se encontraban en el escritorio, la firmó y la acercó a una de las velas. El papiro se consumió lentamente en un pequeño montón de cenizas. Salonio las introdujo dentro de una copa de madera y volvió a prenderles fuego. Las cenizas desaparecieron y en el interior se quedó vacío. Limpió la copa con un trozo de lino blanco y se incorporó. Sentía curiosidad por conocer al nuevo huésped de la Orden.

 

————————————————–

 

            El campanario de la Iglesia de Santa María Diakonissa tocó la hora tercia, con los primeros rayos de luz. Ruy descendió al patio y encontró un amplio grupo de hombres practicando el combate con espadas de madera. Trocero y Luis eran los instructores y mostraban mano férrea en cada error cometido. Ruy permaneció varios minutos observando complacido la instrucción, pero cuando Luis advirtió su presencia  se aproximó sonriente:

            -En esta hora formamos a los más prometedores. Aquellos cuyas aptitudes son menores entrenan en el exterior de los muros.

            -He realizado el conjuro que transforma las reservas de aqua vitae que aguardaban mi llegada -dijo Ruy.-. Si tenéis algún herido podéis darle de beber, pero disimuladlo en algún brebaje medicinal. No es recomendable que se descubra que poseemos semejante tesoro. Las ánforas se encuentran en mi habitación.    

            -Allí permanecerán en secreto, Ruy.

            Se llevó una mano a la cabeza y lanzó una mirada al perímetro de la Torre.

            -Tengo la sensación de que la torre no me pertenece, me siento como un extraño en mi propio hogar -afirmó con tono melancólico.

            -Has pasado demasiados años fuera de aquí -replicó Luis-. Tú mismo nos encomendaste la misión de utilizar la Torre como centro de reclutamiento. ¿Vas a participar en el entrenamiento?.

            -Así es -contestó Ruy mientras estiraba los brazos-. ¡Necesito algo de acción!.

            Se despojó de la camisa y guiñó un ojo a su viejo amigo. Reunieron a los hombres alrededor de ellos y contemplaron con extrañeza la infinidad de viejas cicatrices que surcaban el cuerpo de Ruy. Algunas voces susurraron su nombre y pudo distinguir las miradas de admiración entre los jóvenes reclutas. Luis señaló a cuatro de ellos y les entregó espadas de madera. Ruy tomó otras dos espadas de madera y se colocó en el centro del patio. Depositó una de las espadas en el suelo y colocó la otra a la altura de la cintura, sosteniéndola con la mano izquierda como si se encontrara envainada en un cinto imaginario.

            -¡Dadles armas de verdad! -ordenó Ruy con tono severo.

            Un murmullo se elevó en el grupo de espectadores mientras reemplazaban las armas de madera por armas verdaderas a los adversarios de Ruy. Éste cerró los ojos y se concentró. Empuñó la espada con la mano derecha pero no la desenvainó. Aguardó al primer ataque y entonces desenvainó ejecutando un giro que golpeó a su oponente en la parte posterior de las rodillas, quien cayó al suelo aturdido mientras otros dos compañeros atacaron a la vez. Ruy esquivó los dos golpes con facilidad y golpeó la mano que esgrimía el arma de uno de ellos, desarmándole; detuvo un nuevo golpe y propinó una fuerte patada en el torso del siguiente rival. Antes de que su rival más cercano alzase de nuevo su arma asestó un golpe violento en su estómago y lo derribó escupiendo sangre al suelo. Rodó sobre su costado, recuperó la segunda espada y se incorporó. Paró un nuevo golpe con una de ellas y con la otra  contraatacó golpeando el rostro del atacante. Se giró y esquivó las estocadas del último rival que permanecía en pie, jugando con sus ataques y sonriendo complacido. Por último detuvo el ataque con las dos espadas y seguidamente ejecutó un círculo imparable, golpeando con cada espada en los dos costados de su desdichado rival. Un silencio se extendió mientras se incorporaban los maltrechos vencidos. Ruy les ayudó y sonrió a los espectadores, quienes habían enmudecido ante su demostración.

            Luis ordenó con un grito retomar los combates.  Ruy permaneció en el patio atento a los movimientos de los soldados hasta que el sol ascendió a lo alto del cielo, momento en el que finalizó el entrenamiento. Entonces dos desconocidos entraron en el patio. Caminaban despacio, con cautela, y observaban a su alrededor con miradas de extrañeza. Eran altos y corpulentos, de miradas feroces, facciones afiladas y adustas. Parecían dos estatuas surgidas del Foro de Constantino: uno rubio como el trigo maduro en estío, otro moreno como una noche de invierno,  de músculos perfectos como tallados en una estatua de carne, pero similares como hermanos. Lanzaban miradas serenas pero calculadoras, escudriñando el lugar para encontrar la salida más próxima o buscando algún enemigo acechante, y Luis percibió en aquellos inmortales la misma llama que ardía en el interior de Ruy. Éste se aproximó a ellos sonriente y levantó una mano:

            -¡Salve, hermanos! -gritó desde la distancia. Los dos extraños detuvieron el paso.

            Contestaron al saludo de Ruy con un gesto breve. Éste les condujo al interior de la Torre, entraron en el salón principal y cerró las puertas. Se aproximó a una mesa y sirvió vino en tres copas.

            -Mi nombre es Ruy González de Ayala -dijo mientras les entregaba una copa a cada uno de ellos-. Os encontráis en Constantinopla, en mi refugio.

            -Sois quien me venció la pasada noche -afirmó el moreno.

            -Te rescaté -interrumpió Ruy-. Te salvé de un final incierto. Y a ti -miró al nórdico rubio- te encontré en una fosa común, entre los restos de un batallón imperial aniquilado.

            -Mi nombre…

            -Herion de Boecia -volvió a interrumpir Ruy- y Lanson, de tierras nórdicas. Os he estado buscando en los últimos años.

            Guardaron silencio durante unos minutos. Ruy volvió a llenar las copas vacías de sus invitados.

            -¿Cuántas veces habéis muerto en los últimos años? -preguntó con el rostro serio.

            -Incontables -replicó Lanson-. Siempre en la batalla.

            -¿Nunca habéis deseado conocer vuestra verdadera naturaleza?.

            -Siempre he creído que la maldición de Dios había caído sobre mi cabeza -contestó Herion-. Condenado a levantarme siempre que caía, sin conocer el descanso eterno.

            -Supongo que estaréis hambrientos

            Ruy abrió la puerta y ordeno traer comida y bebida. Minutos después Lanson y Herion devoraban las viandas con hambre sobrehumana. Ruy sonrió y despidió a los sirvientes.

            -Somos Inmortales -comenzó con voz solemne-. La historia de nuestro linaje se remonta a los albores de la historia, cuando los dioses caminaban por nuestro mundo y se confundían entre los mortales.

            Ruy continuó su relato durante varias horas. Desde el origen de sus antepasados, hasta los días actuales en los que eran protagonistas. Lanson y Herion encontraron las respuestas que habían buscado durante tanto tiempo: los motivos por los que no podían morir, los poderes sobrehumanos que desarrollaban y que a la vez los aislaban de los mortales. Relató con exactitud la soledad que habían sentido y la extraña sensación de vacío que les recorría el cuerpo cuando recordaban los tiempos pasados. La soledad habría acabado con sus deseos de vivir si no les hubiera encontrado. Pero nada dijo sobre el extraño presentimiento que había sentido, como si hubiera encontrado dos hermanos iguales a él. Poseían la misma mirada triste y vacía cuando vaciaban las copas de vino y permitían que sus pensamientos vagaran por el lejano pasado; Ruy podía leer en sus almas atormentadas el dolor y los remordimientos  que les causaba haber sido incapaces de evitar la pérdida de aquello que más amaban. La noche cayó cuando Luis interrumpió la reunión y se presentó con el rostro grave. Mostró un pergamino a Ruy y habló con la voz agitada:

            -Hemos recibido noticias de los enviados de Teodosio. Son las indicaciones exactas de un pozo de Defectori. Debemos desinfectarlo de inmediato, antes de que se escurran de entre nuestros dedos. Ésta es la orden de Don Carlos.

            -Lanson y Herion nos acompañarán -ordenó Ruy mientras se incorporaba.

            -Pero apenas conocemos sus habilidades -replicó Luis-. Don Carlos jamás lo aprobará, no son ni escuderos de la Orden.

            -Son algo más que aprendices -afirmó Ruy-. Son dos inmortales que han sobrevivido a las miserias que nuestra especie nos tiene reservadas durante siglos. Conocen tan bien como nosotros mismos sus propias capacidades, y son más ancianos que la mayoría de los seres que habitan en esta Torre y la Ciudadela de Petrion, a excepción de Carlos, tú y yo.

            Luis inclinó la cabeza.

            -Además deseo verles en combate -finalizó Ruy-. No serán molestia alguna. Te garantizo que estarán a la altura del mejor de los nuestros.

            Un pequeño destacamento de jinetes formó en el patio. Ruy aguardaba a pie luciendo su hermosa armadura con el emblema del Fénix grabado en el pecho. En el cinto ceñía Demoledora, espada forjada en Toledo por el maestro inmortal Helkias, y no portaba protección alguna para el rostro. El destacamento lo formaban Lanson, Herion, Luis, Trocero, Martín de Ávila, quien era un inmortal viejo amigo de ambos, y él. Acarició las crines de su corcel y montó en la silla con un salto vigoroso.

            -Tú nos guías, Luis -dijo Ruy con una sonrisa en el rostro.

            Su corazón latía con fuerza y de nuevo sentía el placer y la tensión de una cacería, como en los viejos tiempos. Respiró el aire húmedo de la noche y vaticinó lluvias para antes del amanecer. La puerta se abrió y el grupo partió entre los relinchos de los corceles y el restallido de los cascos en el empedrado.

            El grupo atravesó la Avenida Central como un rayo entre la neblina. Los pocos transeúntes que frecuentaban los puestos nocturnos se apartaban temerosos ante la llegada del grupo atronador; y algunos, lo más píos, se santiguaban y se apartaban ante aquellos extraños jinetes. Luis conocía las contraseñas de las puertas que custodiaban el Muro de Constantinopla y ascendieron por la Avenida a través de las estribaciones de la Quinta Colina, rumbo al Exokionion. Traspusieron la quinta puerta, en el cauce del Lycus, y avanzaron en la oscuridad de la noche hacia un suburbio de chozas de barro a una milla de distancia. Se detuvieron a varios cientos de metros del conjunto de casuchas y se desplegaron en semicírculo al trote. La luna se alzaba orgullosa ante sus cabezas y los caballos sudorosos. Se aproximaron en silencio, pero a una señal de Ruy desenvainaron sus espadas y espolearon las monturas, arrancándoles un quejido sobrenatural que surcó la noche como una advertencia. El ataque fue rápido y mortal. Irrumpieron entre las casas incendiándolas mientras abatían a cuantos hombres, vampiros y otras bestias se alzaban contra ellos, como un poderoso ejército conquistador. Al cabo de pocos minutos arrinconaron a un grupo de vampiros en uno de los descampados del suburbio. Ruy desmontó y alzó la mano deteniendo el ataque. Frente a él seis vampiros se alzaban armados con espadas y escudos, mostrando sus dientes sobrenaturales como fieras acorraladas. Ruy se aproximó lentamente  a los vampiros.

            -Luis, registra las casas con la ayuda de Martín -ordenó sin perder de vista a los vampiros-. Herion y Lanson, acompañadme. Trocero permanece alerta, no quiero que nos sorprendan por la espalda.

            El resto del grupo desmontó en silencio. El fuego que incendiaba algunas chozas crepitaba con furia arrojando sombras grotescas. Ruy tomó una daga con la mano izquierda y la lanzó con todas sus fuerzas. Uno de los vampiros cayó al suelo con el corazón perforado y lanzando gritos de dolor. Lanson se abalanzó sobre dos vampiros y Herion atrajo otros tres, de manera que dejaron solo a Ruy. Trocero contuvo el aliento: incluso para Luis, el mejor guerrero que conocía después de Ruy, tres vampiros eran demasiados enemigos. Ruy atravesó con una tosca estaca el corazón del vampiro caído y se apoyó en su espada, a modo de bastón, contemplando el combate con una mueca divertida en el rostro. No esperaba aquella muestra de estupidez por parte de sus nuevos amigos.

            Pero no fue estupidez.

            Lanson decapitó al primer vampiro que atacó con un movimiento rápido y certero con su hacha de doble filo. Manejaba el arma pesada con una mano con aparente facilidad, y se movía como un felino nórdico. Saltó para evitar el ataque a los pies que le lanzó el segundo enemigo, bloqueó con su mano izquierda el siguiente ataque y destrozó su estómago con un brutal giro de su hacha. Mientras, Lanson se movía con mayor velocidad que su compañero para evitar los ataques de sus tres enemigos. Rodaba, saltaba, fintaba y contraatacaba con una sonrisa en el rostro. Combatía con dos espadas anchas y en dos movimientos rápidos y coordinados abatió a sendos rivales, como un movimiento de baile mil veces ensayado. Se aproximó lentamente al vampiro sobreviviente, paladeando su superioridad y girando lentamente las espadas, hasta que el vampiro atacó. Con la espada derecha barrió sus pies, se giró con rapidez y aprovechó el movimiento para decapitar al vampiro con la espada izquierda. Mientras Herion remataba a su rival en el suelo Ruy decapitó a los dos caídos y cruzó una mirada cómplice con Trocero. Ambos sonrieron. Tomó por el cuello al vampiro paralizado por la estaca y entró en una de las chozas que no había perecido por el fuego. Allí aguardaban Luis y Martín sentados en taburetes de madera contemplando un pequeño trozo de manuscrito depositado en una mesa. En el centro ardía una vela de cera iluminando tenuemente el lugar.

            Trocero, Herion y Lanson permanecieron fuera montando guardia. Ruy arrojó el cuerpo inmóvil del vampiro aterrorizado a los pies de Luis. Éste no movió ni un músculo de su rostro. Permanecía absorto escudriñando el pequeño trozo de pergamino.

            -Ruy, debes mirar esto.

            Martín se incorporó y dejó su sitio a Ruy.

            -Parece la marca de Zoe -afirmó Ruy mientras acercaba el trozo de pergamino a la luz de la vela. Junto a  lo que parecía la marca de la familia Feriae se alzaba una pequeña figura grotesca, medio humano medio murciélago, rodeado de extraños caracteres cuneiformes.

            Ruy comenzó a leer lentamente los caracteres:

            -Contemplad el hermoso rostro de nuestro Anciano, mitad bestia mitad vampiro. Pues es su poder lo que debéis adorar ante su mirada aterradora. Y debéis alimentar su despertar con la sangre inmaculada de vuestros súbditos.

            Alzó el rostro preocupado.

            -El idioma es sumerio, un idioma olvidado utilizado en los albores del tiempo -prosiguió-. Tenemos entre nuestras manos los restos de una copia del “Libro de los Sueños”, donde se relatan terribles secretos de los vampiros más ancianos.

            -Es evidente que los Defectori conocen el paradero de la tumba de Zoe -afirmó Luis pensativo.

            -No creo que sea tan evidente -refutó Ruy-. Pero ahora vamos a despejar nuestras dudas.

            Tomó el pergamino y se lo ofreció a Luis. Despejó la mesa y depositó en ella el cuerpo inmóvil del vampiro. Amarró sus manos y pies a la mesa con una cuerda y extrajo la estaca. El vampiro permaneció quieto, observando a sus enemigos aterrado.

            -Soy Urabi de Ukesh -dijo Ruy mientras clavaba la mirada en el vampiro-. Sé que me conoces, o al menos a quien crees que soy. No hace falta que lo reconozcas.

            Aproximó la vela al vampiro.

            -¿Te gusta el calor del fuego? -preguntó amenazante.

            Entonces colocó su muñeca izquierda sobre la llama de la vela y permaneció varios segundos mientras la carne se quemaba lentamente. Apretó los dientes y no desvió la mirada de los ojos del vampiro mientras apartaba la vela de la muñeca

            -Si soy capaz de hacerme esto a mi mismo sin pestañear -continuó- imaginate de lo que soy capaz de hacer con un vampiro. Y con un poco más de fuego.

            El vampiro palideció. Comenzó a sudar sangre y a temblar.

            -Además, me encanta saludar al amanecer… ¿Quieres que lo saludemos juntos?.

            El cautivo negó con la cabeza aterrado.

            -Entonces nos vas a contar lo que queremos saber -replicó sonriente Ruy. Tomó un trozo de tela y vendó la herida de su muñeca.

            El vampiro confesó con mayor sinceridad que un penitente arrepentido en un confesionario. Relató que el pergamino se lo había entregado un vampiro llamado Merido de Salonica, en una taberna cerca del foro de Constantino, “La Jarra Llena”. Les había sugerido atacar la mansión Sweird durante las últimas semanas y hace dos días que habían detenido los ataques, ya que su líder había caído en el último asalto. Con las primeras sombras de la siguiente noche debían verse de nuevo en la taberna para recibir nuevas órdenes. Ruy sonrió satisfecho antes de decapitar al joven vampiro aterrado. Guardó el pergamino en una pequeña bolsa anudada en el cinto.

            -Era un grupo de vampiros jóvenes, como muchos grupos de Defectori -afirmó Luis-. Pero aún así poseían un fragmento del “Libro de los Sueños”. Es difícil de entender.

            -Es evidente que el verdadero fragmento posee un valor importante para los vampiros -contestó Ruy-.  Poseerlo les otorga poder, aunque desconozco qué clase de poder. Y una copia de él puede suponer un tesoro incalculable para el vampiro incapaz de distinguir el original de una copia.

            El grupo montó en los corceles y regresó a la Torre, aunque Ruy se desvió durante el camino y se dirigió de nuevo al distrito del Palacio. En las puertas del Palacio de las Luces encomendó el corcel a un sirviente y solicitó una audiencia con la Matriarca de la Noche. Fue conducido hasta uno de los jardines del interior del recinto, donde se celebraba una suntuosa fiesta. Un grupo de músicos desgranaba una hermosa melodía, mientras los invitados se reunían en pequeños grupos. Alguno de los invitados se escurría en compañía con discreción entre la espesura del jardín, aprovechando los descansos de los músicos,  y regresaba con las mejillas sonrosadas y un brillo de satisfacción en la mirada.

            -Como puedes observar mantenemos el Velo como antaño -afirmó una voz a su espalda.

            Ruy se giró y contempló a Mariona: lucía un espléndido vestido de seda, con numerosas joyas incrustadas en los pliegues, y su melena se recogía en una delicada red de plata con pequeñas piedras preciosas que relucían con cada destello de luz. Sonreía con fingida displicencia, hermosa como una estrella refulgente en una noche de verano. Su voz, aterciopelada y dulce, envolvía sus oídos como un embrujante sortilegio.

            Ruy cerró los ojos durante un instante y sintió cómo la mirada de la mujer trataba de acceder al interior de su mente.

            -No albergaba duda alguna sobre vuestra lealtad -replicó al cabo de unos segundos-. Vuestra belleza es mayor que las estrellas del firmamento, mi señora.

            Ella se acercó y tomó del brazo a Ruy:

            -Hermosas palabras -añadió indolente-. ¿Son las mismas que le susurrabas a Viktoria hace años?.

            Ruy sintió un aguijón clavado en su corazón. Mariona sonrió.

            -Veo que todavía sentís algo por ella.

            -¿Disfrutáis viendo el dolor en mi rostro? -protestó suavemente Ruy.

            Tomó la mano de la mujer vampiro y la apretó con suavidad, pero ella  se liberó  y giró el rostro:

            -A la vez disfruto y a la vez lo padezco. Ver el dolor en un ser tan poderoso me reconforta, porque me recuerda que todos poseemos alguna debilidad. Pero a la vez envidio a aquella mujer que supo arrancar vuestro amor.

            -Cometí un error en el pasado, Mariona, y no deseo volver a repetirlo.

            La Matriarca de la Noche de Constantinopla se giró de nuevo. Había recuperado la compostura y su rostro era una hermosa máscara pálida e inescrutable.

            -Habla, Urabi. Debo regresar con mis invitados cuanto antes. -dijo con voz fría.

            Ruy tendió el trozo de pergamino.

            -Hemos encontrado ésto en un pozo de Defectori.

            Mariona examinó cuidadosamente el trozo de pergamino.

            -Es una copia del “Libro de los Sueños”,  aunque no logro leer las inscripciones. ¿Por qué me lo mostráis si lo conocéis perfectamente?.

            Ruy recuperó el trozo de pergamino.

            -Eran vampiros jóvenes, es improbable que conociesen en profundidad las tradiciones de vuestra raza. Estad alerta, Mariona, porque algún Anciano ha despertado y desea vuestro poder.

            La mujer vampiro desvió la mirada.

            -Gracias por vuestra recomendación, maese Ruy. Pero no necesito que me aviséis sobre conspiraciones entre mi propia estirpe. Creo que puedo cubrirme las espaldas perfectamente.

            Una figura se aproximó hacia el jardín y reclamó su atención.

            -Hermosa noche –dijo Carlos Torralba. El Maestre de la Orden del Fénix vestía una larga capa  de seda color añil, donde se podía apreciar la librea de la Orden del Temple, pero ninguna enseña referente a su verdadera Orden.

            -Creo que debo atender a mis invitados –dijo Mariona de manera precipitada. Se despidió de Ruy con una fría mirada y regresó al tumulto de la fiesta. Los dos inmortales, tras un breve saludo, se internaron en la espesura del jardín.

            -¿No pensabas acudir a saludar a los viejos amigos? –inquirió Carlos.

            -Siempre que regreso a Constantinopla no soy dueño de mi tiempo –replicó Ruy seriamente.

            -Ya me han llegado noticias sobre vuestra incursión con dos novatos.

            -¿La desapruebas?.

            Llegaron ante el pórtico de una pequeña ermita en el centro del jardín.

            -No puedo desaprobar nada que hagas, Ruy –contestó Carlos.

            Tomaron asiento en uno de los  bancos dentro de la ermita. Carlos sentía que su viejo camarada se encontraba muy irritado, demasiado tenso para ser un encuentro entre dos viejos amigos. Varios candiles diminutos iluminaban suavemente el rostro de una virgen esculpida en piedra. Su mirada fría y adusta recordó a Ruy la mirada de Mariona pocos minutos antes.

-¿Tan débil es la Orden del Fénix que debe ocultarse bajo el emblema del Temple? –preguntó Ruy molesto.

-Debemos adaptarnos a los tiempos que corren, Ruy. No podemos quemar edificios y combatir a nuestros enemigos bajo el emblema del Fénix. Romperíamos el Velo.

La ermita era pequeña pero acogedora. Ruy se incorporó y se apoyó en un muro. Fijó la mirada en su antiguo camarada. Sus ojos parecían dos brasas incandescentes.

-Nuestros enemigos crecen en los lugares más insospechados –comenzó Carlos, pero Ruy le interrumpió colérico:

-¡Somos inmortales! –gritó-. ¡Inmortales!. ¿Cómo se lo explicaremos a los cristianos?.

Carlos alzó las manos.

-Ruy, cálmate, te lo ruego.

-¡Nos confundirán con los vampiros!. ¿Estáis todos locos?. Tantos siglos de orgullo y poder malgastados ocultándonos bajo una cruz, la misma que cobija a nuestros enemigos.

            Carlos se incorporó.

            -¿Y qué nos hubieras aconsejado, Ruy? –replicó enfadado-. ¿Qué hubieras aconsejado?. Mientras tú perdías el tiempo persiguiendo el rastro de una mujer muerta hace una década, nosotros derramábamos nuestra sangre en esta cruenta guerra.

            Ruy se giró y contempló el rostro de la virgen pétrea. Apretó los puños conteniendo una ira que comenzaba a crecer implacable. Pero Carlos continuó:

            -¡Qué nos recomendaste cuando te visitamos en Toledo, hace tanto tiempo?. Fui a rogar tu ayuda ante lo que parecía una traición  y nos abandonaste a nuestra suerte, una vez más.

            Ruy no contestó. Agachó la cabeza con los ojos cerrados.

            -Nos echaste a patadas, Ruy, nos trataste como desconocidos que habíamos usurpado tu puesto en la Orden. Y nunca te lo hemos reprochado. Tampoco lo hicimos cuando anteriormente abandonaste la Orden junto a Don Carlos de Toledo y a Don Luis. Te fuiste persiguiendo sombras, enemigos ocultos, a las ordenes de un rey mortal. Despreciándonos. Con el recuerdo de una mujer amargando tu viejo corazón y con el consuelo de una botella de vino para apagarlo.

            Ruy contestó débilmente. Su voz sonaba apagada, apenas un susurro herido. Nada quedaba de la cólera que le había embargado anteriormente:

            -No sigas hablando de lo que desconoces. De los motivos que nos llevaron a dejar la Orden. No tienes derecho a hablar de ello.

            Pero Carlos se aproximó y apoyó las manos en los hombros de su compañero tratando de confortarlo.

            -No puedo ni imaginar los motivos, amigo mío, pero los disculpo. Porque os aprecio como a un padre y como tal  os respeto. Pero me he preguntado durante años los motivos por los que nos trataste con tanta frialdad.

            Ruy se llevó las manos a la cabeza.

            -Llevo demasiado tiempo lamentando mi decisión en Toledo –musitó-. Mi vida se desmoronó entonces, y vosotros caísteis en una trampa que yo podría haber evitado. Cuando regresé a Constantinopla no podía miraros a la cara, amigo mío. Porque vinisteis a solicitar mi ayuda y os rechacé. Rechacé a la Orden del Fénix.

            Don Carlos tomó asiento de nuevo y elevó la vista al altar.

            -Ruy, tu naturaleza es lo que te hace sobrevivir al tiempo. Tu pasión por vivir es lo que te diferencia de los demás inmortales. Posees todavía la naturaleza de los primeros nacidos, y su poder.

            Ruy se acercó a su camarada y tomó asiento junto a él.

            -¿Cómo contener tanto poder sin enloquecer? – prosiguió Carlos -. Te admiro, Ruy. No has caído ni a la tentación de las tinieblas, como tu hermano, ni a la tentación de la muerte definitiva, como tantos de nuestros hermanos. Eres diferente a nosotros, puedes desenvolverte en el mundo de la magia con la facilidad de un hechicero arcano. Pero a veces eres demasiado  imprevisible e implacable, como un huracán que lo destruye todo a su paso.

            -Me alejé de la Orden porque los ignobili la atacaban para derrotarme. Debía proteger a la orden alejándome de ella. Pero fue inútil. Urdieron la traición de Constantinopla para apresarme, Carlos.

            -¿Quién?.

            -Estriba. Cayó derrotado, desconozco durante cuánto tiempo permanecerá caído.

            -Ruy no podemos combatir a los ignobili. La mayoría de ellos son demasiado poderosos para nosotros. Y Estriba a buen seguro que no se encontrará solo.

            -Por este causa me alejé de la Orden y os rechacé en Toledo. No persiguen a la Orden, no la temen porque permanecen ocultos en las sombras, urdiendo sus planes junto a los más tenebrosos de los vampiros.  Desean mi muerte definitiva porque yo conozco sus oscuros secretos.

            -Y por ese motivo utilizamos la insignia de la Orden del Temple: para obrar con libertad, Ruy. Nos ocultamos para protegernos. Debes comprenderlo.

            Ruy asintió con la cabeza pensativo. La voz de Carlos retumbó en la capilla como un salmo durante la misa.

            -Cuando la Orden te necesitó acudiste a rescatarla. Como un hermano mayor que acude a proteger a su familia. Te lo agradecemos de corazón. Te debemos la vida, amigo mío.

            -No comparto vuestra decisión de acogeros a la Orden del Temple –afirmó Ruy severo-. Pero no puedo discutirla. Tú eres quien la dirige, y debo acatar tus decisiones.

            Carlos se incorporó y se acercó a la imagen de la virgen.

            -¿Incluso si te ordeno permanecer en Constantinopla combatiendo a los Defectori?. Necesitamos aliados en esta cruenta guerra.

            Ruy se aproximó a su amigo y le mostró el pequeño trozo de pergamino.

            -Seguramente estarás al corriente de los hallazgos de Luis.

            Carlos estudió el pergamino en silencio durante unos minutos.

            -Sí -respondió.

            Devolvió el pergamino y se cruzó de brazos con la mirada baja.

            -Y estoy de acuerdo en que halló la tumba del Antiguo Zoe.

            -Luis tiene un don para presentir el futuro, debemos investigar quién proporcionó esta reliquia a los Defectori.

            Carlos continuó con la mirada fija en el suelo.

            -Hoy han llegado noticias de Venecia, Burgos, Antioquía y Tripoli. Necesitan nuestra ayuda para contener a los Defectori. Investigar algo que no es más que un rumor nos puede hacer perder valiosas ciudades. Tenemos otras preocupaciones, Ruy.

            -No estoy pidiendo nada a la Orden -replicó Ruy molesto.

            -Entonces eres libre de hacer lo que desees. No puedo retenerte con nosotros. Pero no podemos ayudarte.

            Ruy se dirigió hacia el portalón. La suave luz de las velas recortó su figura en el vano. Giró la cabeza y sonrió a su camarada. Se despidió inclinando levemente la cabeza y se precipitó en la profunda oscuridad de la noche.

            -Que los dioses te guarden, amigo mío -susurró Carlos, mientras clavaba la mirada en las tinieblas que cubrían el jardín de Mariona. Cerró la puerta de la ermita lentamente.

            Una sombra se escurrió sigilosa entre las piedras de la ermita, oculta a la mirada de Carlos. Un fuerte viento comenzó a soplar y agitó las ramas de los rosales.

            -Corren extraños rumores entre nuestra gente.

            La voz sorprendió a Carlos y se giró hacia la puerta de la ermita. Allí permanecía Mariona, apoyada en una columna.

            -Es descortés espiar a los invitados -reprochó Carlos molesto.

            -De nada me ha servido. No hablo castellano. Apenas he descifrado algunas palabras inconexas. Habláis demasiado rápido.

            Carlos sonrió. No se había percatado de que Ruy y él habían hablando en castellano con total naturalidad.

            -En todo caso no es correcto espiarnos.

            -Ésta es mi casa, puedo hacer lo que me plazca en ella.

            Carlos dio la espalda a la mujer y se alejó en dirección al salón principal.

            -Corren extraños rumores entre nuestra gente -repitió la Matriarca con tono burlón.

            Carlos se giró. Los ojos de la mujer chisporroteaban como brasas plateadas centelleantes.

            -No deseo conocer los rumores que propagan los vampiros -replicó agriamente-. Debo contener las tropelías que cometen tus hermanos vampiros.

            Mariona se aproximó a Carlos, quien retuvo el aliento impresionado por su belleza.

            -Dicen que Ruy se enamoró de un vampiro en el pasado.

            Carlos trató de alejarse del embrujo, pero apenas retrocedió dos pasos torpemente.

            -Lo desconocía.

            -¿Desconocías que uno de los tuyos se enamoró de un vampiro? -reprochó ella desafiante.

            Carlos guardó silencio. En verdad lo desconocía y se encontraba estupefacto. Era imposible que Ruy hubiera caído bajo la seducción de un vampiro.

            -Fue breve -continuó la Matriarca-. Apenas unas noches de pasión  mientras viajaban juntos a través del Languedoc.

            -Es imposible – objetó Carlos confuso.

            -¿Imposible?.

            Mariona se aproximó con rapidez. La luna iluminó su hermoso rostro, perfecto como una estatua plateada. Acarició el cabello del inmortal con un gesto rebosante de sensualidad, mientras acercaba sus labios al cuello. Percibió que Carlos se estremeció.

            -Lo sé porque me lo confesó su maestro -susurró-. Mientras se estremecía bajo el fuego de mis verdugos, confesó sus más ocultos secretos.

            Carlos logró sobreponerse al embrujo y se alejó de la mujer con determinación.

            -Urabi es el más poderoso de los nuestros. Es libre de actuar como desee.

            -¿Crees que podría enamorarse de mí?

            Carlos sacudió la cabeza furioso. Reprimió la ira y guardó silencio. Mariona sonrió y alzó la mirada a la luna.

            -Juntos seríamos infinitamente poderosos -dijo-. Incluso los más poderosos de nuestras estirpes tendrían que arrodillarse ante nosotros. Yo sería temida, la Dama de las Sombras.  Y durante el día El Señor de la Luz gobernaría a los vuestros con mano de hierro.  Incluso los dioses envidiarían nuestro poder.

            -Mi señora, lo que soñáis es imposible. Completamente imposible.

            Mariona no se inmutó. Permaneció contemplando la luna distraída.

            -Cuidate de mis sueños -sus palabras parecieron una advertencia.

             Y sus ojos se posaron en Carlos, de nuevo incandescentes como llamas salvajes. Su figura creció como influida por la luna, alta, poderosa y majestuosa como una diosa de la antigüedad. Las facciones de su rostro se afilaron y enmarcaron aquella mirada flamígera, inhumana y horrible. Su voz había cambiado, sonaba hueca, poderosa; a la vez fría y amenazadora, como surgida desde las profundidades de la tierra:

            -Cuidate de los sueños y de quien posee el poder para hacerlos realidad.

            Carlos corrió hacia la fiesta y la atravesó atropelladamente. Montó en su corcel sin mediar palabra y regresó a la Ciudadela de Petrion aterrorizado.

            Había descubierto el verdadero rostro de la Matriarca de la Noche.

Inmortal: ¡Primer capítulo gratis!

Inmortal, libro I de El Mundo de las Sombras

Capítulo primero: Hundimiento.

 

“Sabed, ¡oh Rey!, que más allá de las miradas de los hombres mortales, protegidas por un velo intangible, se extiende un Reino donde las Sombras dictan su implacable voluntad, al que sirven extrañas criaturas  poderosas y malignas. Sabed ¡oh Rey! que todo lo que suceda en este Reino tiene su eco en nuestras vidas. Las guerras, plagas y demás calamidades son consecuencia de la lucha insaciable que se extiende en el Reino de las Sombras. Sabed, ¡oh Rey! que vuestro destino y el de vuestros vasallos esta dictado por Ellos, aunque el Velo os aparte de la locura, os proteja de sus criaturas y os oculte su horror. Pero sabed, ¡oh Rey!, que no conviene enfurecer a estas Criaturas, puesto que el Velo que las protege de nosotros es tan etéreo como una nube y estas Criaturas caminan por nuestros caminos, se alimentan de nuestros víveres y sus destinos están entrelazados con los nuestros. Sabed,¡ Oh Rey!, que nosotros habitamos en el Mundo de las Sombras, aunque lo ignoremos.”

 

            Diciembre A.D. 1150. Cerca de Toledo.

Era un grupo reducido, hombres de mirada feroz y áspera. Sus armaduras estaban parcialmente cubiertas por mantos gruesos bordados con extraños símbolos y la luz del atardecer se reflejaba de manera tenue en las placas de las armaduras que permanecían al descubierto. Los pocos viajeros con los que se cruzaron fueron incapaces de reconocer la orden a la que pertenecían, aunque se apartaban temerosos, algunos incluso se ocultaban más allá del camino que conducía a  las tierras de Don Ruy González de Ayala. Recorrieron el camino montados en sus imponentes corceles, bestias poderosas que infundían tanto temor como sus jinetes. Una hora después del anochecer la comitiva llegó a las puertas del hogar de Ruy González de Ayala. Era una poderosa construcción rectangular, firmemente fortificada y coronada por un torreón que dominaba las tierras circundantes.

Un sirviente se asomó y su rostro se transformó en una mueca de pánico.

-Queremos hablar con tu señor. Dile que Carlos Torralba aguarda en sus puertas. Ven pronto, no me hagas esperar.

El hombre que había dado las órdenes era el mayor de todos: aunque el color níveo de sus cabellos y de su barba describían a un hombre de edad avanzada, su complexión y vigor lo contradecían, de manera que parecía un joven caballero con el rostro de un anciano.

El sirviente no perdió tiempo y se apresuró a comunicar la llegada de los extraños.

Los goznes chirriaron y la puerta se abrió inmediatamente. Bajo la trémula luz de la luna la comitiva entró en el patio interior del baluarte y fueron conducidos hacia el interior de la casa principal. Los sirvientes  se encargaron de los caballos, intimidados por el aspecto sobrenatural de las bestias. Recorrieron los pasillos precedidos por el quejido áspero del roce de sus armaduras con las protecciones, pasos poderosamente sonoros, seguros y rápidos como un martilleo. Ruy González les aguardaba en un salón en el que recibía a las visitas. Tomó una jarra de vino y sirvió seis copas.

-Cierra la puerta, Miguel.

Ruy González de Ayala era un hombre de mediana altura, largo cabello castaño y barba frondosa. De complexión fuerte, mirada adusta y fuerte temperamento, comparado con sus visitantes parecía un niño entre adultos. Mantenía la mirada de Carlos Torralba y le tendió una copa de vino.

-Aunque no alcanzo a saber los motivos por los que me honráis visitándome, sois bienvenidos.

El anciano tomó la copa y la vació de un trago.

-No perdamos tiempo, Ruy. Sabes a lo que venimos

Ruy observó  como los acompañantes de Carlos vaciaban las copas de un trago. Escanció una nueva copa de vino a sus huéspedes.

-Suelo aceptar encargos, pero jamás en persona. Es una costumbre que he seguido durante muchos años, con vosotros no voy a hacer ninguna excepción.

Varios de los acompañantes del anciano se sintieron molestos con aquellas palabras y acercaron las manos a las empuñaduras de sus espadas.

-No seáis necios –gritó tajantemente Carlos. Sus compañeros

alejaron la amenaza y tomaron de nuevo las copas de vino.

-Estamos cansados de un largo viaje, pero hemos de volver

inmediatamente. Ruy, venimos a proponerte un trabajo que a buen seguro se encuentra a la altura de tu fama.

Ruy se aproximó al anciano y apoyó sus manos sobre sus hombros amistosamente.

-No dudo que me vais a ofrecer algo soberbio, Carlos, puesto que teméis proponérmelo mediante un correo. Vuestro miedo es ser descubiertos.

Carlos, el anciano al mando del grupo, sonrió.

-Quiero ser breve, un barco nos espera y hemos de ser

rápidos. Queremos eliminar al Emperador de Constantinopla.

Un silencio cargado de tensión se extendió durante unos minutos. Ruy tomó la jarra y se sirvió una copa de vino para él.

-¿Desde cuándo la Orden del Fénix es dirigida por un

lunático? -bebió de la copa mientras Carlos contuvo a sus hombres con una orden.

-¡Estúpidos! –gritó enfurecido-. Este hombre os despedazaría

con sus manos desnudas. ¡Quietos!. ¡No sabéis quién es!.

Ruy lanzó una larga carcajada.

-Desde luego es reconfortante comprobar que mi fama os

inspira precaución, aunque los nuevos cachorros de la Orden del Fénix sean desconocedores de ella.

-¿Aceptáis?. Si lo hacéis os contaré el plan a lo largo del viaje

de vuelta.

-Hace veinte años que os dije que no volvería a aceptar un encargo semejante, Carlos. Tu viaje es en vano. Lo rechazo.

-El pago, Ruy, es algo que has estado persiguiendo desde hace

mucho tiempo -apuntó Carlos con un tono suplicante-. Ruy, es una oportunidad única.

-Y me duele tener que rechazarla. Primero porque me la ofreces tú, viejo amigo. Pero no debo atentar contra el humano más poderoso del mundo. Es una locura.

-Entonces no tenemos nada más que hacer aquí.

Ambos hombres estrecharon sus manos y los visitantes volvieron al patio donde les aguardaban sus corceles. Cuando se dispusieron a traspasar el portón de entrada Ruy surgió a su paso como  como una sombra que se materializaba ante ellos. Los caballos piafaron y patearon el suelo nerviosos.

-¿Por qué la Orden del Fénix desea la muerte del Emperador de Constantinopla? –preguntó ajeno a la sorpresa que había causado su aparición repentina-. No es costumbre para ellos convertirse en vulgares matones.

-Venganza, Ruy. Clamamos venganza.

Un brillo extraño surgió de la mirada de Carlos mientras espoleaba a su montura. La comitiva se alejó al galope mientras las puertas del hogar de Ruy se cerraban a sus espaldas.

¿La Orden del Fénix clama venganza?. ¿Contra quién?. Desde luego que no contra el Emperador, sino contra aquel que controla al emperador. ¿Pero quién dirige los pensamientos del humano más poderoso del Mundo?. La familia de los Sunaci dominaba Constantinopla la última vez que Ruy la visitó. Pero habían pasado diez años desde entonces y los Sunaci tenían un pacto con la Orden del Fénix. ¿Traición?.  Ruy se dirigió hacia la biblioteca sumido en un mar de dudas. Tomó un candil y se aproximó hacia una vitrina que presidía el centro de la sala. La luz de las velas iluminó una hermosa armadura, ligera como el lino pero resistente como el acero más templado. Ruy contempló melancólicamente el grabado que adornaba el peto. Llamó a Miguel, su más leal sirviente.

-Recoge la armadura y mis armas. Forma una caravana y

dirígete a Constantinopla con ellas. Puedes transportar lana o cualquier mercancía que tengamos en las bodegas, para disfrazar el envío como una caravana comercial. No utilices mi nombre habitual en Constantinopla. No quiero que ninguno de nuestros contactos en la ciudad esté al día de la llegada de la caravana.

Ruy aguardó pensativo unos instantes. Su fiel servidor aguardó pacientemente.

-Espérame con la familia Manfredi. No desveles tu identidad

jamás.

Miguel asintió con la cabeza. Ruy se giró y abandonó la biblioteca lentamente, distraído por las incógnitas que la visita había generado. La luz de las velas se ensombreció lentamente, reflejándose orgullosa en la armadura. En ella, el grabado de un enorme Ave Fénix fue perdiendo luminosidad hasta que Ruy se alejó definitivamente.

            Mayo del 1151 D.C. Cerca de Toledo.  

-La Orden del Fénix es una leyenda, un cuento de niños con el que se asusta a los pajes cuando comienzan su periodo de instrucción.

El Capitán de la Guardia del Rey de Castilla, Luis Álvarez de Montemayor, observó a su lugarteniente con extrañeza.

-¿Afirmáis entonces que el envío de un destacamento de mil

hombres para apresar a uno sólo es un acto guiado por una leyenda de niños?.

Nuño Blázquez se estremeció.

-No deseaba decir eso, mi señor. Solamente que esa Orden es

una leyenda.

-Entonces enviar a mil soldados del Rey de Castilla es una estupidez, pues.

-No, porque si nos ofrecen resistencia deberemos asediar la fortaleza. Hacéis bien en reunir a los hombres, señor.

-Entonces habla cuando tengas algo interesante que decir. De

lo contrario guarda silencio.

La marcha continuó sin más comentarios de Nuño Blázquez. Al cabo de poco tiempo llegaron a las puertas de la fortaleza de Ruy. Una hilera de hombres había rodeado todo el perímetro, asediando la fortificación. La puerta se abrió y apareció Ruy. Vestía ropas sencillas y alzaba la mano derecha.

-Voy a hablar con él. Espero que acceda a acompañarnos de

manera pacífica –comentó Luis mientras descendía de su caballo-. Quédate aquí.

Los dos hombres se encontraron bajo el quicio de la puerta.

-Ruy tienes que acompañarnos, el Rey lo ordena.

Ruy sonrió.

-¿De qué se me acusa?.

El Capitán de la Guardia del Rey inclinó la mirada levemente.

-Parece ser que intentaste asesinar al Emperador de

Constantinopla – murmuró.

-Es una idiotez, Luis. Lo sabes. Soy inocente.

-Eso lo dictaminará el propio Emperador. Aunque parezca imposible debemos conducirte hasta Constantinopla.

Ruy miró a los ojos al soldado.

-Sabes que soy inocente –insistió.

-¿Por qué motivo, Ruy?. ¿El Emperador, Ruy?. Eres un insensato. Ni el propio Rey puede protegerte de la ira del Emperador.

-El Rey me debe mucho, Luis.

-El Rey te ha encomendado trabajos que te fueron pagados generosamente señaló Luis disgustado-. El Rey no le debe nada a nadie.

-Os equivocáis. Yo no hice aquel trabajo.

-¿Por qué?.

Ruy frunció el ceño disgustado.

-Porque yo no hubiera fallado, Luis. Y vosotros no estaríais

aquí. Nadie estaría aquí.

-¿Vienes a demostrar tu inocencia?.

-Estoy sentenciado antes de ser juzgado, pero te acompañaré, Luis. No es necesario que tus soldados atemoricen a mis sirvientes.

Ruy acompañó al Capitán y entró en un pequeño carro de madera. Luis suspiró aliviado, puesto que sabía que si Ruy hubiera mostrado resistencia tomar aquella fortaleza suponía una tarea muy difícil. Y el Rey no quería hacer esperar al  Emperador de Constantinopla.

La comitiva comenzó un arduo viaje a través de las tierras de Castilla. Durante diez días el prisionero se negó a probar la comida y solamente aceptó beber agua. Acurrucado en una esquina de su transporte, agachó la cabeza meditabundo, mientras permitió que el tiempo transcurriese lentamente. Cuando llegaron a un puerto desconocido el hombre que descendió del carromato apenas se parecía a aquel orgulloso terrateniente que había ingresado en ella voluntariamente: la barba larga y sucia, delgado por la inanición, aunque caminaba sin dificultad. Aspiró profundamente la cálida brisa de la noche.

-Te esperan en la nave -apuntó uno de sus guardianes. Señaló

la enorme masa de un bajel que se recortaba bajo la luz de la luna. Tomó un farol del carromato y lo levantó sobre su cabeza. Inmediatamente un grupo de hombres descendió del barco.

-Gracias, soldado -dijo uno de ellos con un acento extraño-.

Sin duda nuestro emperador tendrá en cuenta la celeridad con la que vuestro Rey ha cumplido con su palabra.

-Lleva diez días sin comer – informó el castellano-. Me

sorprende verle en pie.

-Descuida -contestó el bizantino. Dos hombres se acercaron a Ruy y le encadenaron las manos y los pies-. No creo que vaya a morir de hambre. Hemos de partir de inmediato.

Ruy embarcó con los pesados grilletes y le condujeron hacia

las bodegas del bajel, donde habían habilitado una celda: una jaula de hierro con un enorme signo grabado en el suelo de madera. Engancharon los grilletes de Ruy en una argolla clavada en el suelo. Al cabo de unos minutos un hombre entró en la celda. Portaba un candil que apoyó en el suelo antes de sentarse y mirar a Ruy a los ojos.

-Me llamo Hyeros y soy el Capitán de la guardia personal del

Emperador -Susurró en griego-. Me figuro que me entiendes.

Ruy afirmó con la cabeza lentamente.

-Eres un ser excepcional, Ruy González de Ayala.

El griego dejó transcurrir unos segundos de silencio antes de retomar la palabra. El barco se estremeció levemente y sintieron como giraban.

-Todos los que ocupamos puestos de gran responsabilidad

somos seres excepcionales. Es nuestro destino. Creo que me conoces, o al menos has oído hablar de mí y de mis hombres.

Ruy volvió a asentir. Sentía que el griego le clavaba la mirada

y trataba de entrar en el interior de su cabeza, como si tratara de adivinar sus pensamientos..

-Somos diferentes a ti, Ruy

Hyeros sonrió.

-Hemos utilizado todo nuestro poder y toda nuestra sabiduría para evitar que te fugues. No eres un enigma para nosotros, aunque es cierto que sabes que nos es imposible acceder al interior de tu pensamiento, por lo que no seremos tan despreocupados como tus amigos castellanos.

-No tengo intención de huir – replicó Ruy -. Sé que me espera

un juicio justo en Constantinopla.

-Nuestro destino no es Constantinopla. En realidad el destino

es secreto y solamente lo conozco yo. Donde te conducimos nadie podrá encontrarte, puesto que ya has sido juzgado y sentenciado.

Ruy alzó la cabeza y clavó la mirada furiosa en el griego. Éste

se levantó lentamente y se apoyó en los barrotes.

-La Orden del Fénix desaparece contigo. Tus compañeros que

sobrevivieron a los interrogatorios han sido confinados a prisiones similares a la tuya acusados de traición. Jamás volverán a ver la luz del Sol. Las cadenas que te apresan están compuestas por una aleación de acero con Vis. Además los barrotes de esta prisión han sido reforzados por nuestro poder y jamás podrás salir. Esta runa fue tallada por mí mismo durante dos lunas. Sé que la falta de alimento y bebida no pueden conducirte a la muerte, puesto que eres lo que algunos llaman Inmortal. Reconozco que habéis acumulado tanto poder como nosotros, por lo que vuestro destino no me conmueve.

-Hyeros de la Casa Draco -interrumpió Ruy-. Mucho antes de

que tú fueses creado yo servía para la Casa Julia y fui aliado suyo. Nunca subestimes el poder de la Orden del Fénix, ni el mío propio. Cuando recobre la libertad, y créeme que la recobraré, descubriré los sucios ritos que utilizaste contra mis hermanos. Conozco la Taumaturgia. No formas parte de la Guardia del Emperador, aunque hayas engañado a los mortales, pero no lo has conseguido conmigo. Te buscaré.

-De nada te servirá. Yo mismo interrogué a tus “hermanos”.

Pero yo no acabé con ellos, fueron ellos mismos. Los tormentos a los que les sometí agotaron toda esperanza de vida en ellos. Porque es así como perecéis, ¿no?. Simplemente deseáis morir.

Ruy no contestó. Apenas podía contener la rabia que le invadía.

Hyeros abandonó la jaula y desapareció. El cerrojo crujió cuando el centinela introdujo la llave y lo cerró.

Y entonces la rabia emergió. Surgió de su garganta, apenas un gemido al inicio que creció furibundo en un alarido de dolor, un grito desgarrador que estremeció al barco entero y a su tripulación. Y  Ruy comprobó que las cadenas resistieron todos los embates a los que las sometió, contemplando desconsolado la enorme runa tallada en el suelo y con él de epicentro. Aquella cárcel era inexpugnable.

Mantener la cuenta de los días y las noches que Ruy permaneció en aquella prisión flotante fue una tarea vana. Durante los primeros días deseó que fueran asaltados por bandidos, piratas o cualquier enemigo del Imperio Bizantino que navegaba por aquellas aguas. Pero al cabo de varias semanas perdió la esperanza. Después, la curiosidad por conocer su destino le mantuvo en vilo durante varias lunas; pero comprendió que o aquel bajel era su prisión para siempre, o el destino se encontraba más allá de lo que él podría conocer. Pero cuando su mente comenzó a vagar por tierras mucho más lejanas de las que su cuerpo se encontraba, sintió algo extraño en el barco. Se detuvo en seco. Escuchó atento el sonido de varios chapoteos alrededor del barco. Las pisadas de su centinela se alejaban hacia el exterior y la calma comenzaba a embargarlo todo hasta que sintió un ligero vaivén desde la popa. Al cabo de los minutos sintió como el barco comenzó a inclinarse, las maderas crujían y el suelo comenzaba a ceder. ¡Era aquel el destino que le aguardaba!. ¡Era aquella la prisión de la que no podría escapar!. Ruy comprendió horrorizado que se encontraba perdido, ya que jamás podría deshacerse ni de los grilletes ni de los barrotes en el inmenso mar que pronto le cubriría. Descubrió como el agua comenzaba a llegar hasta él y lentamente fue sumergiéndose. La cárcel en la que Ruy estaba confinado se hundió lentamente como un inmenso juguete en un estanque, hasta que chocó con un risco submarino. Ruy era un inmortal  y permanecer sumergido indefinidamente no era letal para su raza, aunque el temor de permanecer sumergido en aquella prisión para siempre comenzaba a sumirle en la desesperación. El frío entumeció todos sus músculos y se sumergió en un lento letargo, como un muñeco inservible arrojado al mar, como el titan Prometeo, sentenciado a permanecer encadenado mientas un águila devoraba su hígado noche tras noche, al mismo tiempo que él sufría agónicamente y regeneraba una herida que a las pocas horas sería abierta nuevamente. Un sufrimiento eterno.

Pero Ruy aguantó con férrea determinación hasta que varias horas o quizá días, un golpe del destino le ofreció un ápice de esperanza y le arrancó de su letargo. Con el cuerpo cubierto de llagas y en carne viva reunió las pocas fuerzas que mantenía y tensó las cadenas, concentrado todo su poder. Las aguas oscuras se arremolinaron alrededor del barco agitándolo como un débil muñeco mientras Ruy se concentraba cada vez con mayor determinación.  El suelo sobre el que estaba tallada la runa comenzó a estremecerse y minúsculas grietas comenzaron a desquebrajar una parte. Apretó los dientes ignorando el dolor y el agotamiento y continuó con el ritual. Escuchó un leve crujido durante unos instantes. Si en algún momento se hubiese separado un milímetro de la línea que trazaba la runa, de manera que el círculo se hubiera interrumpido, el poder que le encerraba desaparecería. Pero necesitaba reunir más fuerzas todavía para abandonar el letargo en el que las frías aguas del mar le habían envuelto. Escuchó un nuevo chasquido y tiró violentamente de las cadenas. Y descubrió que aquel ritual formidable que le mantuvo apresado había sido vencido: las cadenas crujieron y liberaron a Ruy. Los barrotes cedieron lentamente ante su renovada fuerza y por fin Ruy pudo ascender al exterior libre. El destino le había concedido una nueva oportunidad y cuando surgió desde las profundidades del mar el manto estrellado de la noche le dio la bienvenida a la vida.

Desfalleció exhausto a merced de las corrientes marinas. Su piel se había cuarteado de tal manera que en muchas zonas se había desprendido. Había perdido la vista víctima de la sal y había quedado ensordecido por la presión excesiva a la que había sido sometido. Durante aquellos interminables momentos sufrió el mayor de los tormentos que podía sufrir, una agonía que no tenía final, una muerte lenta y dolorosa. Como si miles de aguijones se clavaran sin piedad en su carne, como una maceración eterna que rasgaba en miles de pedazos su alma. Ni la magia, ni la casualidad, ni el favor de los dioses se acordaron de él para proporcionarle misericordia. Durante días sufrió sin poder gritar, pero con un deseo grabado a fuego en el fondo de su mente: venganza. Podría haber puesto fin a su sufrimiento simplemente deseando no seguir sobreviviendo, la única forma que tienen de perecer los que pertenecen a su linaje. Pero caer en la tentación del descanso eterno sería sucumbir ante el deseo de sus enemigos. Aunque existiese la más mínima oportunidad Ruy lucharía para sobrevivir, porque el odio y la rabia que había almacenado eran más poderosas que el peor de los tormentos. Al cabo de muchos días el mar expulsó de su interior el cuerpo de Ruy durante una tormenta. Como un epílogo macabro estrelló su cuerpo destrozado contra las piedras de un acantilado. Sus huesos crujieron como miles de astillas endebles, tiñendo de carmesí las piedras afiladas que se alzaban majestuosas en la costa. Con una reacción inconsciente expulsó el agua que inundaba sus pulmones y por fin  consiguió respirar. Y entonces, consciente de la nueva oportunidad que la vida le había brindado, dejó de combatir y por fin descansó.

“Mi Rey. Ellos nos observan. Pero nos temen. Temen que seamos conscientes de que son ellos los que nos gobiernan tras sus engaños. Sabed, ¡oh Rey!, que las Sombras de la Noche nos protegen. Nos protege de la Eterna lucha que encarnan entre ellos, la lucha por el poder que nos mantiene apartados. Sabed, ¡oh Rey!, que mientras ninguno de ellos venza en su lucha nosotros estaremos seguros en nuestro reino de luz.”

 

 

-¡Maldita sea!.

El anciano lanzó la carta sobre el escritorio con furia. Lucciano Moeggi tomó un pergamino en blanco y esperó a que su pulso se hubiese calmado para comenzar a redactar. Pronto comenzó a escribir con una perfecta caligrafía:

Que la fortuna nos sonría en estos momentos sombríos, querido frater. El mar de la desesperanza comienza a cubrir nuestras costas con sus aguas manchadas por la sangre de nuestros aliados, pero la fortuna a veces se encapricha con nosotros y nos sonríe con una mueca enigmática. Es posible que descubramos una nueva pieza en este enorme tablero de ajedrez. Heme aquí que me encuentro con que un desconocido es expulsado por el mar en una noche de rugiente tempestad. Su cuerpo parecía una masa inanimada de carne, pero el corazón latía con fuerza y mantenía un tenue aliento. Le recogió un viejo barón amigo mío desde hace años. Es por esta vieja amistad por la que acudió a mí en  aquel momento y me permitió asistir al herido. Desde el primer momento en el que le observé pude descubrir fascinado que era un ser no-humano. Las heridas que mostraba eran de una gravedad extrema, pero era capaz de regenerarse lentamente. No con la rapidez de otros seres de los que tenemos conocimiento, como vampiros o licántropos, sino más parecido a nosotros. En verdad jamás he podido observar un castigo semejante al que el desdichado sobrevivió. Al cabo de dos décadas en las que toda esperanza había desaparecido  recibo una carta de mi viejo amigo informándome que por fin recuperó la consciencia. Más aún, mi viejo amigo no puso objeción alguna en proporcionarle a nuestro enigmático desconocido los medios necesarios para emprender el camino, destino a Constantinopla, apenas pudo caminar su huésped. Desde el primer momento que recobró el ánimo insistió en partir. Es aquí donde espero que vuestros contactos y el dominio que Vos tenéis en la ciudad encuentren al desconocido y desentrañen a que Hermandad pertenece. Seguramente visitará al Patriarca de la Noche de Constantinopla para rendirle homenaje y en ese momento es cuando Vos podéis identificarle: Posee una férrea voluntad, imposible de forzar y creedme que lo he intentado inútilmente durante varias lunas. Es imposible escrutar el contenido de su interior, por lo que le convierte en un peón imposible de dominar. Huelga obviar que el equilibrio de poder entre las familias puede verse amenazado si toma partido por alguna de ellas. El mensajero que porta esta carta es uno de mis mejores hombres, podéis tomarlo bajo Vuestro servicio hasta que logre visitar Constantinopla. Por desgracia mis deberes con nuestra Hermandad me conducen hacia derroteros opuestos a los que se dirigen mis pensamientos. Pero os prometo que en el momento en el que pueda llegar a Constantinopla para visitar Vuestra casa llegará pronto.

Vuestro hermano en la inmortalidad os desea suerte.

L.M.”

El anciano plegó el pergamino y lo lacró con su sello. Permaneció durante unos instantes pensativo. Necesitaba movilizar todos sus recursos de inmediato para localizar a su presa. Descendió hasta la misma puerta de la villa en la que se mantenía oculto a las miradas de los extraños y le entregó la carta a uno de sus sirvientes más leales y poderosos, quien partió a galope tendido. La noche envolvía la casa en un silencio lúgubre, levemente interrumpido por los pasos de los centinelas que custodiaban los muros. Lucciano se dirigió hacia la entrada al sótano y descendió los escalones con premura. Las escaleras le condujeron a la entrada de una bodega habilitada como cárcel, donde Lucciano hospedaba a sus huéspedes más ilustres. Uno de sus sirvientes le condujo hacia los únicos huéspedes que se encontraban alojados allí.

-Déjame sólo con ellos. –ordenó.

Cuatro hombres se incorporaron en el interior de la jaula

apenas entró el anciano.

-Queridos amigos, la suerte está de vuestro lado esta noche

-exclamó sonriente.

La oscuridad envolvía a los prisioneros. No obtuvo respuesta.

-No me gustan los Licántropos, como bien sabéis. Y que uno

de mis poblados albergue a alguno de ellos desde luego que me desagrada, a pesar de que se trate de parientes suyos.

Lucciano aguardó unos instantes antes de continuar.

-En cualquier momento puedo aniquilar vuestro poblado y creedme que no me costaría nada. Lo sabéis y por este motivo habéis permanecido ocultos a mis ojos durante toda vuestra vida. Pero creo que podemos colaborar juntos. Creo que podemos llegar a un acuerdo beneficioso.

El hechicero no recibió contestación por parte de  sus

prisioneros, pero le escuchaban ávidos por conocer el trato y asegurar la subsistencia de sus familiares. Lucciano sabía que aquellos jóvenes licántropos estaban dispuestos a cualquier cosa.

-Hace una semana partió desde el Castillo de Obrante un

amigo mío. Parte hacia Constantinopla. Necesito que le encontréis y no perdáis su rastro. Quiero saber donde se alojará y todos sus movimientos. Quiero que me mantengáis informado. Llegado el momento quizá tengáis que matarlo, pero espero que no sea necesario. Es un hombre de mediana altura, cabello castaño y ojos oscuros. Seguramente sea un soldado y esté en buena forma. Desconozco su nombre, pero eso es algo que vosotros tendréis que descubrir. En su hombro izquierdo oculta una inscripción: “S. P. Q. R. I Hispana.”. ¿Aceptáis?.

Uno de los prisioneros se aproximó a las rejas y la luz trémula de las antorchas iluminó su rostro: una luz carmesí se encendió en su mirada mientras pronunció lentamente con voz gutural:

-Trato hecho.

Luggiano sonrió. Se giró y abandonó el sótano satisfecho.

-Mis huéspedes son libres. No temáis daño alguno. Proveedles con el material que deseen. Al amanecer parto, lo quiero todo preparado.

De Caio Leptino a Luciano Spiros, Gran Maestro de la Casa Veritas en Constantinopla

 

            Toledo, A.D. 1175.

            ¡Salve Frater!

            Creo que tengo malas noticias con respecto a la Orden del Fénix. Me temo que su último superviviente haya sido eliminado definitivamente. Como bien sabéis la Orden del Fénix fue fundada por Urabi de Ukesh, un inmortal Maestro en la Senda del Acero. Desde hace varios cientos de años Urabi  ha permanecido ajeno a las actividades de la hermandad que él creó y se dedicó a otras actividades… más lucrativas. Mis informadores han descubierto que Urabi  embarcó en una trirreme del Emperador de Constantinopla encadenado bajo la acusación de conspirar contra el Emperador. Partió de un puerto de levante y no llegó a atracar en Constantinopla… mucho me temo que durante el viaje la trirreme fue hundida con Urabi encadenado en su interior. He tardado demasiado tiempo en hallar esta información, pero un funcionario del Rey  me la reveló hace muy pocas fechas. Son demasiados años los que llevamos desconociendo el paradero de Urabi y por fin hemos encontrado su funesto final. Si es cierto, el Equilibrio queda destruido y nos encontramos en un grave aprieto, ya que mucho temo que decidan recuperar la supremacía en Constantinopla, lo que nos abocaría a una guerra de incierto resultado. He investigado y nadie está al corriente de estos acontecimientos, ya que todos los integrantes de la Orden del Fénix desaparecieron hace ya muchos años y de momento ninguna Familia ha realizado algún movimiento. Me temo que en el momento en el que la Muerte Definitiva de Urabi sea conocida los acontecimientos se precipiten. Debemos redoblar nuestros esfuerzos en permanecer alerta ante cualquier signo que desencadene la Tempestad y alertar a nuestro Señor. Pero hemos de ser prudentes, puesto que no deseo alertar a nuestros hermanos de forma precipitada e infundada. La supremacía de nuestra raza sobre los Inmortales depende de nuestra capacidad de descubrir los movimientos de nuestros enemigos. Me siento apenado, además, por la pérdida del último Maestro en la Senda del Acero. Albergaba la esperanza de que esta disciplina unida a los poderes de nuestros hermanos podría ser de gran utilidad.

            Permanece alerta, pues.

            Caio Leptino.”

De Luciano Spiros a Caio Leptino, Gran Maestro de la Casa Veritas en Toledo.

Constantinopla, A.D. 1176.

            ¡Salve Frater!.

            Temo que las noticias a las que te refieres en tu última misiva podrían ser en todo punto revolucionarias si llegan a oídos equivocados. Te informo que he puesto en funcionamiento todos mis mecanismos para recabar más información al respecto y he conseguido resultados francamente sorprendentes. A mediados del 1151 fue apresado Urabi de Ukesh en una pequeña hacienda propiedad suya, cerca de Toledo, bajo cargo de conspiración contra el Emperador de Constantinopla. Urabi se escondía, en efecto, bajo el nombre de Ruy González de Ayala. Al parecer había amasado una enorme fortuna gracias al comercio de especias, lo que sin duda disfrazaba sus verdaderas ocupaciones . Fue entregado a Hyeros, de la Casa Draco, para llevarle ante el  Emperador. He descubierto que en verdad nunca se abrió un procedimiento para investigar el intento de asesinato del Emperador en Febrero del Anno Domini 1151. No se encontró a los culpables, ya que no hubo supervivientes entre los asaltantes. El caso fue investigado por el  Patriarca de la Noche, nuestro amado señor. El resultado de las pesquisas arrojó luz en dirección a los integrantes de la Orden del Fénix. El misterio envuelve la historia de esta hermandad tan inusual, pero el Patriarca consiguió encontrar a sus miembros y les castigó con la Muerte Definitiva. Urabi fue el último al que encontraron y le castigaron de la manera más cruel: construyeron un navío que haría las funciones de cárcel y lo hundieron con él en su interior. Es una grave pérdida puesto que como bien conocéis ellos mantenían el Equilibrio. Debemos ser prudentes puesto que no es conocido de momento el destino de Urabi, ya que el Patriarca ha mantenido el secreto hasta ahora.

            Permanece alerta, pues.

            Luciano Spiros.”

El salón anexo a la Villa de Don Mario Bauri lucía flamante bañado por la luz de los candiles. La estancia había sido elegantemente engalanada con motivo de la visita del embajador de la Corte de la Sangre de Castilla, Don Álvaro González. El Patriarca de la Noche había accedido gustoso a una consulta privada con su fiel consejero Don Mario Bauri, puesto que él mismo se encontraba inmerso en un mar de quehaceres. Don Álvaro era un vampiro alto y delgado, de complexión vigorosa aunque no corpulento. Vestía de manera elegante, con bordados de oro y joyas incrustadas en su túnica. De porte educado y sereno, era un diplomático sagaz y altamente respetado en la corte bizantina, tanto en la humana como en la Corte de la Sangre. Le acompañaba un leal servidor, Luis de Alquezar. Al contrario que su señor, Luis era un guerrero y no se preocupaba en ocultarlo: alto, de espaldas amplias y vigoroso. Lucía una cota de malla ligera con finas figuras ribeteadas con hilo de oro en su pecho, pero su espada permanecía custodiada por la guardia del Patriarca en la entrada del la Villa.

Apenas tomaron asiento Don Mario Bauri hizo acto de presencia. Era varios palmos más bajo que sus interlocutores, moreno de hermosos rasgos mediterráneos. Con una rápida mirada escrutó a los dos castellanos mientras sonreía disimuladamente. No parecía que estuviesen excesivamente nerviosos, observó. O al menos mantienen las apariencias magistralmente. Tras los saludos preceptivos Don Álvaro tomó la iniciativa.

-Mi Señor desea expresaros su preocupación al respecto del caso de de Don Ruy González de Ayala. En realidad estamos preocupados por la falta de noticias al respecto.

Mario Bauri entrelazó los dedos de la mano y clavó su mirada en Don Álvaro.

-Desconocía que el destino de ese traidor perturbase el sueño de Su Excelencia –espetó arrogante-. Es un asunto secreto que hemos diligenciado con la mayor cautela.

Luis de Alquezar se removió en su asiento inquieto. Don Álvaro le lanzó una mirada gélida y prosiguió:

-Solicitásteis que mi Señor intercediera ante Vuestro Emperador para conseguir que le arrestasen en Castilla por una causa en el extranjero. Mi señor tuvo que interceder ante el Rey para que lo permitiese, ya que Ruy era un colaborador muy apreciado.

-Pero que muy apreciado –interrumpió Mario de forma socarrona-. Vuestro amigo era un miembro muy peligroso de una banda de asesinos. Y cuando intentaron derrocar al Emperador de Constantinopla mi señor tuvo que actuar. El equilibrio entre los dos mundos así lo exigía.

-Pruebas –Don Álvaro escupió las palabras con una mezcla de odio e indignación-. La lex romana se basa en la existencia de pruebas para condenar. Quiero ver esas pruebas.

Mario sonrió mientras mantenía la mirada sin expresar sentimiento alguno. Parecía un duelo entre las dos miradas gélidas, pugnando por penetrar entre la guardia de su enemigo y acceder a sus pensamientos.

-No puede ser –objetó fríamente el bizantino-. No hubo causa. El barco en el que viajaban encalló en las costas italianas una noche de tormenta.

-Es curioso. No obstante quiero ver la acusación sobre la que vuestro señor se apoyó para acusar a Ruy. Quiero ver la investigación, tengo derecho a ello puesto que era un súbdito de mi señor.

-Mi querido Don Álvaro González –la expresión de Mario se endureció-. Sois un miembro muy apreciado en nuestra corte. Vuestra discreción y sabiduría son ampliamente elogiadas. Sois un representante soberbio. No estropeéis vuestra reputación fisgoneando en los asuntos internos de nuestro señor. No es aconsejable, teniendo en cuenta que afectan al Emperador de Constantinopla. Sois un representante extranjero que debe dejarnos hacer nuestro trabajo. Por desgracia el barco en el que viajaba Ruy naufragó en las costas italianas. El caso quedó zanjado.

– Tu señor conoce la repercusión que puede generar que la Orden del Fénix haya sido diezmada. El equilibrio que conseguían puede verse gravemente afectado.

-La Orden del Fénix se excedió cuando metió sus narices en los asuntos mortales del Imperio –Mario se levantó y dio la espalda a sus invitados mientras hablaba-. Una sociedad en la que los vampiros llamaban hermanos a los inmortales. Es obvio que la ambición pudo con ellos. No afecta para nada a la posición de mi señor. De hecho la traición que perpetraron puso en peligro a todos nosotros, puesto que pudo haber sido roto el Velo que nos mantiene ocultos del mundo mortal. Tuvimos que actuar de forma contundente. Era una enfermedad que había que erradicar.

-¿Debo pues informar a mi señor que Ruy ha perecido en un naufragio?. ¿Debemos informarle al Rey de Castilla que uno de sus colaboradores ha muerto?- Don Álvaro ocultó la satisfacción al poder descubrir, lentamente, los pensamientos de su interlocutor.

-¡Un asesino! –bramó Mario enfurecido-. Un bastardo inmortal que amasó una fortuna descomunal al poner sus inmundos poderes al servicio del Rey de Castilla -Mario calló unos segundos luchando por recuperar la serenidad. Don Álvaro no apartó su mirada penetrante.

-Un insensato –continuó Mario más calmado-. Daré orden terminante de que copien los informes que acusan a tu amigo del crimen por el que tuvo que ser juzgado. Es obvio deciros que es un asunto secreto.

-Lo ha sido desde hace más de veinte años y no dudes de que seguirá siéndolo. Tienes mi palabra de honor.

Don Álvaro dio por terminada la entrevista y abandonó la estancia seguido por su fiel guardaespaldas. En el exterior del recinto aguardaba su escolta y les fueron devueltas sus armas y sus cabalgaduras. Al cabo de un corto tramo, lejos ya del Barrio Imperial, se detuvieron.

-El tiempo apremia –susurró Don Álvaro en el oído de Luis -. No regreséis a vuestro hogar. En el puerto de Teodosio tenemos amarrada una trirreme que puede partir inmediatamente. Hazlo sin demora. Relata a nuestro señor las nuevas noticias. Añade que he podido descubrir que las andanzas de Ruy eran conocidas en Constantinopla. He podido leer parte del pensamiento de Mario. Es posible que el mismo Emperador hubiese encomendado algún trabajo a Ruy en el pasado. En el momento en el que nos hablaba sobre el naufragio del barco de Ruy pude leer un nombre en su pensamiento: Nicaea. ¡Nicea!. Allí es donde ejecutaron a Ruy. ¡Cabalga rápido antes de que decidan vigilar nuestros pasos!.

Luis asintió con la cabeza y se desvió al galope. Don Álvaro continuó pensativo.

“Es una manera muy antigua de acabar con un inmortal: sumergirle en una cárcel submarina para que acabe con su deseo de vivir. La tortura es espantosa, una de las más crueles. La piel se diluye y la sal del mar tortura incesantemente el pensamiento. La presión destroza los huesos, los pulmones y el resto de los órganos internos revientan. Le compadezco. Y era inocente… por este motivo accedimos a que le juzgasen. Si él hubiera tomado parte en esta insensatez, hubiera matado al Emperador…

Si ha sobrevivido, temo más su sed de venganza que el desequilibrio provocado por la desaparición de la Orden del Fénix.“

           

Primeros dias de Mayo. A.D. 1176. Cerca de Toledo.

La hacienda se encontraba exactamente como él la recordaba. Ruy detuvo el paso de su corcel para poder aspirar con deleite la dulce brisa de su hogar. Avanzó lentamente y observó complaciente cómo los campos que rodeaban la casa habían ganado en prosperidad. No consiguió reconocer a ninguno de los hombres que se apostaban en lo alto de los muros que protegían la casa, pero no le otorgó importancia. No en vano habían pasado más de veinte años. Un joven salió al paso cuando traspuso el portalón principal. El bullicio de la actividad de los sirvientes de la casa era acogedor, después de tantos años de penuria.

-Vengo a ver a Doña Alba –dijo mientras descabalgaba lentamente.

El sirviente permaneció callado mientras observaba al extraño descender del caballo.

-Señor, creo que debéis acompañarme.

Ruy acompañó al sirviente hasta el interior de la casa. El tiempo había pasado y la decoración y la distribución habían cambiado radicalmente. Entraron en una pequeña sala. El sirviente desapareció y dejó paso a su señora.

No era Doña Alba. Demasiado joven le pareció a Ruy. La muchacha se aproximo con una amplia sonrisa en su hermoso rostro.

-Soy un pariente lejano de Doña Alba –se presentó Ruy-.

-Mi señor, Doña Alba falleció hace ocho años.

Ruy sintió que el corazón dejó de latir. Tomó asiento torpemente, pálido como si hubiera tenido una entrevista con la misma muerte. Le faltaba el aliento. La joven mandó traer vino y se lo ofreció amablemente.

-Don Ruy González de Ayala fue apresado hace muchos años. Doña Alba le esperó, pero según me relataron los sirvientes perdió toda esperanza. Cada año que transcurría parecía que se transformaba en diez sobre sus hombros, de manera que se desvaneció su deseo por vivir. A su muerte, como no existían herederos, el Rey reclamó las tierras y se las concedió a mi padre, Don Arturo de Toledo.

Las lágrimas comenzaron a surcar furtivamente el rostro de Ruy.

-¿La enterraron en el camposanto de la casa? –preguntó trémulamente. Había enfrentado a innumerables peligros y enemigos, había sufrido los peores castigos, pero aquel dolor que sentía era el más intenso que había padecido jamás.

-Apenas han sobrevivido los sirvientes de aquella época, pero la cocinera creo que podrá informarnos mejor. El camposanto de la casa es un lugar lóbrego que nunca he visitado. Mandaré que os guíe, mi señor.

La espera ayudó a Ruy a recuperar la compostura. A pesar del dolor que arrasaba su corazón no podía revelar su mascarada. La mujer entró y pareció reconocerle, puesto que permaneció durante unos segundos aturdida. Era una mujer de mediana edad, pero conservaba una excelente memoria. Ruy rogó a la mujer que le condujese hacia la tumba de su amada “prima”. El camposanto era un pequeño recinto situado en la parte trasera de la villa, donde descansaba una docena de tumbas mal conservadas. La anciana señaló una de ellas y dejó solo a Ruy, quien se aproximó a la tumba y se arrodilló. Bajo la luz del atardecer de la primavera Ruy recordó emocionado los años que había compartido con aquella mujer, los únicos en los que había conocido la felicidad verdadera, alejado de las intrigas de las cortes y de las grandes batallas. Había soñado con volver a su hogar y estrechar los brazos de Alba, a pesar de la edad que a buen seguro los habría debilitado. Pero la locura que había guiado sus pasos había provocado la mayor pérdida sufrida en toda su larga vida inmortal. Una voz interrumpió sus lamentaciones. Era la voz de la cocinera.

-Permitidme el atrevimiento, Don Ruy, pero creo que debo entregarle algo.

Ruy se incorporó sorprendido y secó las lágrimas con una manga. Entonces reconoció a aquella mujer: la esposa del sirviente más fiel de Ruy, Miguel.

-¿María, qué ha sido de Miguel?.

El rostro de la mujer se entristeció.

-Mi señor, Miguel permanece en Constantinopla esperándoos. Nunca perdió la fe en vuestra llegada. Permanezco en la casa por orden suya. Estaba convencido que volveríais a la casa en algún momento. Reconozco que no le creí jamás, pero obedecí. Miguel nos visitaba cada lustro pero siempre escondido y oculto por múltiples disfraces.

Ruy sonrió.

-Mi buen Miguel -suspiró.

-Tomad –La anciana le entregó una pequeña bolsa de terciopelo-. Guardé la alianza y su crucifijo de plata que le regalasteis en su boda.

Ruy tomó la alianza y el crucifijo y los depositó en las manos de la anciana.

-María, necesito que sigáis custodiando estos tesoros. Son para mí de un valor incalculable y allí donde me dirijo quizá corran peligro. Debo marcharme. Muchas gracias por confiar en mi regreso, no lo olvidaré jamás.

Ruy se despidió con un tierno abrazo.

El fuego crepitaba furioso arrojando figuras ensombrecidas hacia el interior de la habitación. Ruy no apartaba los ojos de la danza hipnótica que arrojaba un inmenso candil situado en el techo de la habitación, aunque en realidad no prestara atención. Estaba desnudo, sentado con una copa llena de vino en la mano. Sus ojos se humedecieron a medida que recordaba tiempos pasados. Tras él, tumbada en un lecho mullido, la silueta sinuosa de una mujer se encogía presa del cansancio. Amaba a Alba, y ahora más que nunca lo recordaba, pero necesitaba aliviar el fuego interior que ardía como un enorme incendio. Aquella mujer no significaba nada, simplemente una forma de satisfacer una necesidad. Como la jarra de vino que mantenía cerca de él, o como la comida que había devorado en el salón de aquella casa tan especial. Conocía bien este lugar, puesto que en sus últimos años en Toledo había acudido allí en numerosas ocasiones, buscando el olvido de una jarra de vino y el placer de una mujer antes de conocer a Doña Alba. La casa era una enorme villa cerca de Toledo, ignorante a las numerosas voces que claman por su cierre en la Corte. Pero era algo más que un prostíbulo: era un punto de encuentro entre vampiros, inmortales y mortales, que encontraban una forma de satisfacer sus necesidades más impías. Y allí había regresado tanto tiempo después.

La mujer era hermosa y joven, de sedosa piel, labios lujuriosos, pelo azabache y mirada ardiente. Era considerada la más hermosa y la más cara. Respondía al nombre de Laya. Descendió de la cama y se aproximó a Ruy, abrazándole tiernamente. El cuerpo de Ruy  había recuperado el vigor y la velocidad de antaño. El calvario que había soportado le había proporcionado más fuerza todavía. Aunque la pérdida de Alba le había sumido en la mayor de la desesperanza, sentía que lo único que le mantenía con vida eran sus deseos de venganza y una vez que cumpliese su venganza ya nada le quedaría. Se encontraba perdido.

-Parece que no llevas demasiado tiempo en esta profesión -murmuró Ruy sin apartar la mirada del hogar-. Siempre dejáis beber al cliente todo lo que desee, así tendréis menos trabajo.

La mujer recorrió el cuerpo de Ruy con una mirada ardiente. Después de varias horas de pasión aún ansiaba con lujuria ser poseída por aquel extraño de músculos de acero.

-Muy pocos hombres han podido pagar lo que valgo, por lo que no tengo demasiada experiencia. Si os molesto me retiraré.

-Tráeme más vino.

La muchacha comprobó que las cuatro jarras que permanecían en la mesa estaban vacías. Se incorporó de mala gana y abandonó la  habitación. Varios minutos después regresó con dos jarras más. Las depositó sobre la mesa y continuó acariciando el cuerpo de Ruy lentamente.

-Estáis lleno de cicatrices, mi señor -observó asombrada-. Habéis corrido grandes peligros.

Ruy se giró lentamente. Tomó las manos de Laya lentamente y clavó la mirada en sus ojos.

-¿Habéis terminado? – preguntó con una sonrisa socarrona-. Me imagino que el no poder descubrir mis pensamientos esta llenando de dudas los vuestros, ¿me equivoco?. No pareces un vampiro, lo habría notado. Pero aún así tengo curiosidad.

La muchacha se apartó avergonzada.

-No soy vampiro, aunque he conocido a algunos en este lugar. No me gustan. Pero sí, no poder descubrir que dolor es el que os embarga el corazón hace que me entristezca. Sois un buen hombre.

Ruy lanzó una carcajada. Se aproximó a la cama y se tumbó divertido.

-No soy un buen hombre. Te sorprendería saber la cantidad de maldades que he cometido en el pasado y  la cantidad de vidas que he segado, y las que segaré.

Laya se tumbó y comenzó a acercarse lentamente. Mantenía la mirada en los ojos de Ruy mientras retomaba las caricias.

-Sois más fuerte de lo que parecéis, mi señor. Más anciano y más sabio de lo que un guerrero debería ser…

Ruy se  relajó, a merced de las placenteras caricias de la muchacha. Cerró los ojos.

-Si sois vampiro o no, me da igual -murmuró-. Simplemente lo decía para avisaros de que no probéis mi sangre, me dolería que un ser tan hermoso pereciese. Vuestra belleza me sorprendería más si no fuese cainita, me compensaría más por el desorbitado precio que he pagado.

Laya se aproximó más todavía. Ruy se estremeció de placer.

-No soy un vampiro, tranquilo. En cuanto al precio… sois el primero que lo paga, así que tendré que complaceros. Incluso nos podríamos ver más en el futuro… ¿dónde os alojáis?

-Laya –interrumpió Ruy mientras abría los ojos-. Ya has terminado, no te necesito. Puedes marcharte.

-Pero mi señor –protestó la joven- la noche acaba de comenzar, tenemos todo el tiempo del mundo.

Ruy se incorporó rechazando las manos de la mujer.

-Tiempo, eso es lo único que me sobra. Pero tengo que hacer cosas y cuanto antes comience mejor –comenzó a vestirse. La muchacha permanecía tumbada en la cama con expresión de asombro y fastidio-. Puedes quedarte si lo deseas, pero yo me marcho. Cuídate, Laya.

Ruy abandonó la estancia sin titubear, a pesar de la enorme tentación que suponía pasar la noche con la muchacha y del desproporcionado desembolso que le había supuesto, pero el interés de Laya le inquietó. Simplemente deseaba olvidar todas las penas que había sufrido, pero no esperaba tanto interés por parte de una meretriz. No encajaba.

Partió al galope veloz como una sombra en la noche. Al cabo de una hora sintió que alguien seguía sus pasos. Era casi imposible que quien le siguiera supiese realmente su identidad, por lo que no se inquietó. Se detuvo en el camino y desmontó. El corcel agradeció la pausa y piafó nervioso. Incluso el animal era consciente que se acercaba un peligro. No tardaron en aparecer varias figuras a través del camino. Se detuvieron sorprendidos al ser descubiertos. Uno de ellos encendió una pequeña antorcha que iluminó sus caras. Ruy no les reconoció pero sí descubrió que eran vampiros: mirada altiva y grave, tez algo pálida, ropas de calidad y bien armados.

-Una noche oscura para seguir a un humilde viajero -saludó Ruy con tono sarcástico.

-Os equivocáis, amigo -replicó uno de ellos-. Nosotros no os seguimos.

-Entonces no tendréis objeción en continuar vuestro camino, pues. Yo me encontraba descansando, admirando el bello firmamento toledano.

Uno de ellos dudó unos instantes

-Quizá podamos recorrer el camino juntos -continuó el anterior-. Estos caminos están infestados de bandidos.

-Vampiros, querréis decir -espetó burlón-. No temo ni a unos ni a otros.

-Sea, pues. Nosotros continuamos, buenas noches, viajero.

-¿Cuándo vais a tenderme la emboscada? -preguntó Ruy-. Es obvio que me perseguís, por lo que camino adelante encontraréis algún lugar adecuado para atacarme.

-Viajero, creo que debéis cuidar vuestras palabras -amenazó el líder. Descabalgó lentamente, imitado por sus compañeros-. Creo que ahora tenemos nosotros alguna pregunta que hacer. ¿Quién sois y a dónde viajáis?.

Ruy estudió la situación. Eran tres vampiros, uno o dos de ellos quizá buenos luchadores. Hacía tiempo que no tenía la ocasión de poner en prueba sus habilidades después de tanto tiempo convaleciente.

-Mi nombre y mi destino no son asunto de tres vampiros recién liberados del yugo de su amo.

Ruy desenvainó la espada y empuñó su daga. Dibujó en el suelo una linea recta con la punta de la espada frente a él. Se inclinó, invitándoles a traspasarla.

Casi le sorprendió el primer ataque. Había olvidado la velocidad a la que sus enemigos podían desplazarse, pero no suponía ningún problema para él. Paró los primeros ataques que dos de sus oponentes le dirigieron. Observó que el líder del grupo permanecía apartado portando la antorcha. Durante varios segundos que parecieron horas sus enemigos lanzaron numerosas estocadas, pero demasiado torpes para sorprender a Ruy. Sabía que una sola podía herirle de gravedad, así que no tuvo prisa alguna en atacar. Al cabo de poco tiempo descubrió una pequeña duda en uno de ellos y se lanzó sobre él como un lobo ante su presa. Primero propinó un terrible codazo que derribó a su compañero, para lanzarse con una sonrisa burlona sobre su presa. Dirigía los mandobles con una velocidad moderadamente estudiada, con el objetivo de que su rival se confiase. Observó que el otro contendiente comenzaba a ponerse en pie lentamente. Amagó una estocada hacia el cuello y cuando presintió que su enemigo iba a detenerla alzando la guardia descargó un terrible golpe en su cintura. Sintió que los huesos se quebraron con un grito  agónico de dolor. Este golpe le proporcionaría algo de tiempo para ocuparse de su otro rival. Recibió un ataque furibundo que esquivó y contraatacó con un tajo en la pierna derecha. Su rival ignoró el daño y se lanzó de nuevo al ataque. Con la daga detuvo una estocada alta y atravesó el corazón de su rival con la espada. El vampiro cayó envuelto en un charco de sangre justo en el momento en el que su compañero se incorporó de nuevo. No había tardado demasiado tiempo en regenerar el terrible daño que le había causado Ruy y se encontraba evidentemente debilitado. Mostró los colmillos como si de una fiera acorralada se tratase y se lanzó sobre Ruy. Éste se agachó y esquivo el ataque, pero no consiguió evitar un terrible zarpazo que le había lanzado su rival a traición. No era grave, una herida molesta en el abdomen, pero Ruy ya había tenido demasiada diversión. Lanzó una estocada fugaz que destrozó la pierna izquierda de su oponente y antes de que tocase el suelo ya había hundido la espada en su corazón. Cayó al suelo inerte, como un objeto ensangrentado y sin valor. Ruy se dirigió hacia el único que no había combatido. Mantenía en alto un farolillo que apenas lanzaba unos rayos de luz mortecinos.

-¿Quien te manda? -preguntó Ruy con los ojos incandescentes de rabia-. Habla o te empalo ahora mismo, escoria.

De pronto la luz se apagó y la oscuridad cayó sobre ellos como un gélido manto. Ruy se lanzó sobre el vampiro pero éste había desaparecido como si las mismas sombras se lo hubieran llevado. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, inquieto por una magia que al cabo de tantos años era incapaz de comprender. Se acercó a los cuerpos inconscientes de sus rivales y sopesó cual sería la siguiente acción a seguir: podía decapitarles y acabar con ellos o podría dejarles allí regenerando sus heridas. Sintió un pequeño pinchazo en la herida. La noche pronto acabaría y si la luz del amanecer les sorprendía morirían abrasados. Ruy montó en su corcel y les dejó a merced de sus propias habilidades: si se recuperaban a tiempo sobrevivirían. Le preocupaba más el otro vampiro hechicero, parecía el líder del grupo y el más poderoso. Aquella desaparición envuelto en sombras mostraba un poder que había podido sufrir tiempo atrás.

Las primeras luces del alba le dieron la bienvenida cuando llegó a la posada en la que había elegido alojarse mientras durase su estancia en Toledo. En realidad era una posada alejada a más de diez kilómetros de la ciudad, que le permitiría permanecer de manera discreta. Un siervo atendió al caballo y le informó que Don Carlos de Orleans le esperaba en su habitación. Ruy sonrió y le ordenó traer una jofaina con agua muy caliente. Don Mario apenas había tardado unas horas en acudir a su llamamiento, ya que había dejado un mensaje a principio de noche en el lupanar en el que había conocido a Laya. Entró al vestíbulo y apenas reparó en el hombre que permanecía sentado en una de las mesas frente a la puerta. Ascendió por las escaleras cuidadosamente y entró en la alcoba que había alquilado por unos días.

La habitación era la mejor de la posada. Amplia, confortable, limpia, el calor de una pequeña chimenea le proporcionaba una calidez única en toda la posada. Sentado frente al fuego permanecía un hombre de edad avanzada que se incorporó al aparecer Ruy. Era un hombre fuerte, de torso amplio y fornido, alto y con facciones angulosas. La edad había arqueado levemente sus hombros y encanecido su cabello y una barba perfectamente cuidada. Vestía ropas de calidad con el emblema de la Real Orden de Espaderos de Toledo. El anciano sonrió y saludó con una suave reverencia.

-¡Por favor, Don Carlos! -exclamó Ruy abrumado mientras estrechaba las manos de su interlocutor-. Recordad que ya no me debéis lealtad, ya no sois uno de los míos.

-Temí por vuestra seguridad cuando me llegó la noticia de vuestro apresamiento. Lamentablemente no pude reaccionar a tiempo.

-Mi presidio fue… instructivo –apuntó Ruy-. Pero de ello ya me ocuparé. ¿Qué fue de Don Luis Álvarez de Montemayor?.

Don Carlos tomó asiento con una mueca de preocupación.

-Don Luis se dirigió a Constantinopla hace diez años para buscarte, Ruy. Nunca se perdonó haberte dejado en manos de Hyeros. Desde entonces no hemos recibido noticias suyas, mucho me temo que haya caído.

-Una lástima. Don Luis me parecía un excelente soldado, leal a Su Majestad ante todo. Y un viejo amigo al que aprecio.

El sirviente interrumpió portando una pequeña palangana repleta de agua humeante. Ruy se incorporó y extrajo una pequeña bolsa de uno de los pliegues de su camisa. Vertió en la palangana unas hierbas. Tomó una sábana del lecho y la desgarró en varias tiras.

Equisetum arvense –apuntó Don Carlos-. ¿Estáis herido?.

Ruy se desnudó el torso y contempló la herida que había recibido horas antes.

-Hace tiempo que no combato, Don Carlos. Un vampiro me lo ha recordado.

Preparó una cataplasma que aplicó a la herida y la vendó cuidadosamente.

-Nosotros no nos recuperamos como nuestros enemigos, ¿recuerdas? –Ruy tomó asiento junto a su amigo-. Por cierto… ¿cómo te sientes?.

Don Carlos permaneció algunos segundos silencioso antes de contestar. Cuando lo hizo su voz sonó apagada.

-Viejo… ¡sí, viejo!.  No te imaginas lo feliz que soy de envejecer junto a Ana.

-En verdad que me sorprendió el sacrificio que realizasteis, Don Carlos. Renunciar a la inmortalidad….

-¡No te compadezcas!. El Don que tienen los mortales es algo que les distingue de nosotros. Los últimos años que he vivido como mortal son los más dichosos de toda mi existencia. Aprendes a apreciar cada día que pasa. Disfrutas más. El Don de la Muerte es algo que como Inmortales hemos anhelado en nuestro interior. Yo lo tengo y jamás me arrepentiré.

Ruy apoyó sus manos en los hombros de su amigo.

– Siempre he respetado vuestras decisiones.

Don Carlos sonrió.

-¿En verdad me respetas, Ruy?.

Éste afirmó con la cabeza sonriente.

-Entonces debo pedirte un favor, viejo amigo.

-Estoy en deuda con Vos, mi señor.

Don Carlos se incorporó enérgicamente.

-¡No soy tu señor! -rugió colérico-. Cuando renuncié a la inmortalidad dejé de ser miembro de la Orden del Fénix.

-Don Carlos –interrumpió Ruy con una sonrisa socarrona-. Queríais pedirme algo…

-En efecto –continuó más calmado-. Quizá sepas que al renunciar a la Inmortalidad recibí el Don de la Muerte. Bien. Digamos que no es el único Don que he recibido y del que los inmortales carecemos…

-¡Por todos los dioses, Don Carlos! ¡Tenéis descendencia!.

El rostro del anciano se encendió de alegría.

-¡Y qué descendencia! – exclamó sonriente-. ¡Una docena de hijos, ni más ni menos!.

-En verdad os envidio, Don Carlos  -afirmó Ruy sorprendido-. ¡Y os felicito!.

-Gracias, gracias – Don Carlos tomó asiento de nuevo junto a Ruy-. Amigo mío, de la misma forma que entre mis hermanos yo fui el único que recibió la Inmortalidad,  y así como tú fuiste el único de entre tus hermanos que lo recibiste, uno de mis hijos la ha heredado…

-¡Por Belcebú que no me lo puedo creer! –Ruy estalló en una carcajada-. Sois una fuente inagotable de sorpresas.

-Créeme que esta sorpresa es demasiado desagradable. Sospeché que mi primogénito había heredado mi vigor porque jamás enfermó durante la infancia. Se mostraba más rápido que los demás, creció más fuerte y más inteligente. Me recordaba a mis viejos tiempos, a mi infancia tantos años atrás. Xabier, así se llama, recibió una herida mortal durante una cacería y se repuso de ella en apenas una semana. Logré alejar toda sospecha al atribuir semejante proeza a los milagrosos poderes de un mártir cristiano. Pero necesito que mi hijo abandone su hogar, Ruy, como lo hicimos tú y yo. Aunque me duela, necesito separarme de mi hijo. No puedo consentir que al cabo de los años se descubra que es Inmortal, le acarrearía más problemas a él y a mi familia.

-Debe marcharse, estoy de acuerdo –asintió Ruy.

-Ruy me gustaría que le tomases como tu aprendiz.

Ruy permaneció pensativo durante varios minutos.

-Don Carlos, sabéis que mi camino es muy peligroso. Debo aclarar el motivo por el que fui apresado, así como averiguar el paradero de nuestros camaradas desaparecidos. Debo encontrar venganza, amigo mío. Y es demasiado peligroso para el muchacho.

-La Orden del Fénix se extingue, ¡Urabi de Ukesh!. ¿Esperas ser el último miembro de la Orden? –Don Carlos se incorporó majestuoso, como un altivo rey de antaño enfurecido-. La Senda del Acero se perderá contigo, ¿es que no deseas que su conocimiento perdure?. ¿Olvidas que incluso tú, Gran Maestro, le debes tus conocimientos a tu Mentor?. ¿Quién mejor que tú para guiar los primeros pasos de mi primogénito?.

Ruy evitó la colérica mirada de su amigo. Aguardó en silencio durante varios minutos, pero le parecieron horas.

-De acuerdo, Don Carlos. En verdad no tenemos otra alternativa, ¿conocéis  a otro Inmortal acaso?.

El anciano sonrió complacido.

-Muchas gracias, viejo amigo. No esperaba menos de ti.

Los dos hombres descendieron y encontraron el rellano de la posada repleto de actividad. Aquel que había vigilado a Ruy se incorporó y se acercó a Don Carlos.

-Así que era tu hijo –apuntó Ruy mientras contemplaba como padre e hijo se despedían. Los tres se dirigieron a las cuadras mientras un sirviente ensillaba su corcel. La mañana se había levantado con un sol caluroso y radiante. El hijo de Don Carlos, Xabier, era un hombre alto, no tan fornido como su padre pero con los mismos rasgos angulosos de su rostro, idéntica mirada e incluso voz parecida.

-Hijo mío –comenzó Don Carlos. Había luchado durante varios minutos para contener la emoción y parecía que lo había logrado levemente-. Quizá sea  la última vez que nos veamos. Créeme si te digo que no hay nadie mejor que Ruy para mostrarte el camino correcto.

-Honraré vuestra memoria, padre –contestó emocionado el joven.

-Hazlo, hijo mío. Y hazme sentir orgulloso si en alguna ocasión tengo noticias tuyas. Recuerda cuales son tus orígenes. Recuerda que yo seguiré el camino que elegí recorrer, y cuando encuentre el final lo haré gustoso.

Padre e hijo se fundieron en un abrazo emotivo en silencio. Don Carlos evitó cruzar su mirada con la de su hijo. Se giró y montó en su corcel.

-Tienes que aprender a convivir con el dolor que te puede producir despedirte de tus seres amados –apuntó Ruy mientras ambos contemplaban la marcha lenta de Don Carlos -. Este es el primero de ellos y no el más doloroso. Acostúmbrate, Xabier. Pero vamos, este no es el mejor lugar para hablar de estas cosas. Tenemos que ponernos en marcha.

-¿Cuál es nuestro destino? –pregunto el muchacho con voz trémula.

-Constantinopla. No nos esperan allí, creo. No al menos a mí. Pero antes vamos a hacer una visita a un v