Primer capítulo de “Sangre Inmortal”

 

Capítulo I: Corazón de acero.

 

            Resiste.

            Zarco apretó los dientes. Su cuerpo se estremecía dolorido. La oscuridad a su alrededor era un tupido manto de sombras. Se hallaba tendido sobre un lecho informe de huesos, inmundicia y otros elementos. Los Dioses habían decidido que las criaturas que reptaban a lo largo del pequeño pozo encontrasen un final tan amargo como el de las víctimas que eran arrojadas para alimentar su inhumana sed de muerte. La sangre de Inmortal era letal para las criaturas de la noche, por lo que el fugaz resplandor carmesí que iluminaba sus miradas se apagó entre estertores de agonía como una maldición arrojada desde el exterior.

            El aire enrarecido era nauseabundo. La serpiente era la imagen que representaba al dios Seth, y el lugar en el que Zarco permanecía malherido era un pozo de sacrificios, un cubil habitado por numerosas criaturas similares, alimentadas con la sangre de vampiros y humanos sacrificados en honor al tenebroso dios egipcio. Después de la muerte de los ofidios el silencio era abrumador, casi más enloquecedor que el más escalofriante de los siseos de las imágenes de Seth. Sus pensamientos acudían como imágenes dolorosas, torturando su mente y su alma.

            Una traición le había conducido allí.

            Las heridas físicas podrían sanar con rapidez, pero la traición de Galad le causaba aún más dolor en su alma. Su propio tío le había despreciado, como un azote propinado a un niño revoltoso. Ni tan siquiera había valorado la posibilidad de mantenerle preso junto a Kyra, su hermana: le había arrojado al pozo como un sacrificio a Seth, su dios, mientras conservaba a ella como su prisionera. Él era menos valioso.

            Pero debía resistir, porque él había iniciado la Senda del Acero ¿Acaso no había derrotado al poderoso Soleyman, el vampiro más anciano del Imperio Almohade, transformado en un títere bajo la voluntad del Anciano Amenophis? ¿No había vencido también a Galad en singular combate? ¿No le convertía a él en el mejor guerrero Inmortal después de su maestro Gratos? Su garganta emitió un leve rugido furioso. ¿Era aquella la recompensa por tanto esfuerzo y sacrificio?

            Las imágenes de su caída aún lo torturaban. Desconfiaba de la extraña alianza pactada entre Galad, su tío, y La Compañía de los Hombres Libres, comandada por Don Álvaro. El objetivo era derrotar a Soleyman, reforzado por los poderes de Amenophis, asaltando su refugio, donde por añadidura mantenía presa a su hermana Kyra. Y el plan había sido ejecutado con precisión y maestría: los soldados al mando de Galad se coordinaron de manera soberbia junto a los miembros de la Compañía, pero cuando el cuerpo de Soleyman quedó reducido a cenizas, Galad decidió quebrantar la alianza y atacarles. La maldad del Ignobili era infinita. Aún así, el combate entre ambas facciones se mostró igualado, hasta que Zarco logró derrotar a su propio tío. Galad de Ebla era uno de los Inmortales más poderosos que aún se mantenían con vida, y él apenas era un muchacho recién nacido en El Mundo de las Sombras, por lo que su sorpresa se reflejó en su mirada. Entonces los soldados enemigos se arrojaron sobre él, y los contuvo no sin dificultad. Pero la traición y la magia habían conducido a dos sombras tras él mientras mantenía a raya a sus enemigos, y los aguijones mortíferos de sus espadas le atacaron por la espalda postrándolo de rodillas, humillado y derrotado. Había sido vencido con traición y sombras.

            ¿Por qué Los Dioses lo consentían?

            Los días transcurrieron con la lentitud de largos años. Las tinieblas se habían transformado en sus más firmes aliadas, y logró incorporarse. Estudió las paredes palpando cada recoveco con detenimiento. Su entrenamiento le había enseñado a ignorar el hambre y la sed, pero necesitaba recuperar la libertad. De pronto, una voz precedida por un haz de luz, quebró la quietud más allá de la superficie del pozo. Contuvo el aliento concentrado: parecía que el salón superior se encontraba habitado de nuevo. Comenzó a escalar con precaución aprovechando los resquicios que la humedad y el paso del tiempo habían tallado en las paredes del pozo. Sus dedos se estremecieron de dolor con cada centímetro que ascendía. Un coro de voces se elevó de manera solemne. Zarco se detuvo un instante: reconoció numerosas palabras en latín en el salmo que resonaba entre las paredes del pozo. Era un nuevo sacrificio a Seth. Sonrió con astucia y continuó ascendiendo con mayor rapidez, espoleado por las melodiosas voces e ignorando el cansancio, hambre y sed que lo invadían. El cántico se detuvo un instante. Zarco gruñó contrariado cuando un líquido viscoso, procedente del exterior, le tiñó el rostro y las manos. Al instante un cuerpo desnudo fue arrojado y pudo distinguir el hermoso rostro de un joven. Un nuevo sacrificio, una nueva víctima inocente enviada para alimentar a los hijos de Seth. Pero sus monjes ignoraban que la vida se había extinguido por completo en el interior del pozo. La luz cegaba sus ojos a medida que ascendía, lo que le obligó a permanecer durante unos reconfortantes instantes inmóvil. Un movimiento en vano supondría una rápida caída. Pero anhelaba recuperad la libertad.

            — Venganza, Zarco Mantoscuro. El acero se moldea también con los golpes del martillo de la venganza. Nunca perdones una afrenta, porque eres uno de los elegidos por los Dioses.”

            La voz de su maestro le guiaba en el ascenso. Venganza. Él era un iniciado en la Senda del Acero, el camino que los elegidos entre los Inmortales recorrían. Había sido traicionado y despreciado. Y sus propios compañeros perecieron en su caída. Quizá permaneciesen prisioneros. Y él debía forjar su corazón como el más poderoso acero templado, controlando sus sentimientos.

            Galad de Ebla. El nombre de su tío encendió una luz de odio en su mirada, y cuando finalizó la ascensión su rostro se encontraba iluminado por la rabia y el odio.

 

            El grupo de hombres retrocedió asombrado. La estancia era un lugar ruinoso. Los fragmentos del mobiliario destrozado cubrían el suelo entremezclados con los restos de soldados caídos en una refriega anterior. Vestían túnicas blancas con el emblema de Seth tejido en el pecho: el rostro de una serpiente con las fauces preparadas para atacar. El líder del grupo empuñaba con las dos manos una espléndida espada. Su hoja aparecía teñida del color de la sangre y su longitud era superior a la de una convencional. Observaron con reverencia a la sombra que había surgido desde el interior del pozo y se arrodillaron ante ella. Era un cuerpo humano vestido con jirones y cubierto por un manto de sangre y suciedad. Dos brasas incandescentes refulgían en su rostro. Era, sin duda, un hijo de Seth que acudía como respuesta a sus plegarias. La criatura observó el arma que portaba el sacerdote principal y alzó una mano. Inmediatamente éste acudió.

            —Mi señor —se arrodilló y ofreció la espada con rostro humillado hacia el suelo en muestra de sumisión.

            La empuñadura se ajustó a su mano como un guante. La espada era ligera a pesar de su tamaño. Arrojó un ligero destello cuando fue alzada, como si aceptase al nuevo dueño de buen grado. El siguiente movimiento seccionó la nuca del sacerdote con suavidad implacable. La luz de las antorchas iluminó un rápido baile de acero carmesí que arrebató las vidas del resto de humanos con la rapidez de un suspiro.

            Zarco retrocedió sorprendido. Había ejecutado a los sacerdotes de manera inconsciente, como conducido por la seductora voz de la espada. Había sido embriagador, dulce y placentero como la caricia de una mujer. Un escalofrío estremeció ligeramente su cuerpo. Tomó asiento durante unos instantes y recorrió la estancia con la mirada. Registró a los monjes y descubrió que todos eran hombres acaudalados, vestían caros ropajes y sus bolsas eran pesadas. No portaban armas debajo de sus impías túnicas, por lo que dedujo que una escolta de soldados quizá aguardase en el exterior. Le arrebató un anillo al más importante de ellos, quien le había ofrecido la espada y el primero en caer traspasado por ella; contenía un escudo de armas tallado en el interior de un minúsculo sello dorado. Reemplazó sus harapos por los ropajes de calidad de uno de los caídos. Su estómago rugió furioso.

            Recordó el lugar perfectamente. Era uno de los sótanos de la Torre del Sarraceno, situada cerca de la villa de Myaifa, en el interior de las tierras fronterizas situadas entre Castilla, Aragón y el Imperio Almohade. Don Luis Álvarez de Montemayor, Xabier de Toledo y él habían accedido al interior de la torre desde la azotea, y Galad de Ebla hizo lo propio desde la puerta principal. El objetivo fue aprisionar al Visir Soleyman en el interior de la torre y derrotarle. Los sucesos ocurridos aquella fatídica noche volvieron a dibujarse una vez más ante sus ojos como velados por una espesa bruma. Ascendió por las escaleras con precaución. El día era claro y su luz se filtraba entre las ventanas de la planta principal. La torre había sido abandonada. El relincho de un corcel indicó el lugar donde aguardaba la escolta de los nobles recién caídos. Aunque la sed y el hambre eran acuciantes, sonrió.

 

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            El soldado ascendió por la pendiente con paso fatigado. Vestía una armadura ligera de placas y cota de malla cubierta de sangre y barro. Su capa era apenas un jirón y sus ropas empapadas y sucias pesaban como otra sobreañadida. Era corpulento, de mediana estatura, cabello largo castaño y barba descuidada. El terreno embarrado entorpecía la ascensión del soldado y un ligero manto de lluvia cubría con su mano fría el terreno. Una pequeña columna de caballeros se dirigía hacia la ciudad conquistada de Bonne. Los observó con la vista fatigada: era la guardia personal del Duque Willem de Jumne, su señor. Soldados de bruñidas armaduras bajo la sobrevesta con el escudo señorial, pero inútiles para el asalto de la ciudad que yacía malherida a sus espaldas. Guerreros pesados, lentos, torpes, centauros acorazados más útiles para impresionar a las damas en los torneos que para obtener la victoria en aquel campo de batalla embarrado.

            Habían vencido. Ellos siempre vencían.

            En lo más alto de la colina encontró a Ambrosio, recostado sobre los maderos de un carromato desvencijado. Era un hombre alto y corpulento, rostro afeitado a la manera romana, de mirada autoritaria, dura y fiera. Y era un Inmortal, como él. Vestía una larga loriga de placas de acero y mantenía la espada desenvainada a un palmo de distancia de él, como si temiera el ataque traicionero de algún enemigo oculto. Comía con avidez un trozo de pan duro y observó con curiosidad la llegada de su amigo.

            —Nuestro Duque se dirige a tomar posesión de la ciudad –dijo mientras ofrecía a su compañero un pellejo de piel—. Bebe algo de vino, Damra.

            El recién llegado tomó asiento junto a su amigo. El madero crujió. Frente a ellos el ejército del Duque se arrebolaba alrededor de las murallas de Bonne, levantando tiendas y cobertizos para protegerse del frío y la lluvia. Su señor había prohibido el pillaje dentro de la ciudad, y tan sólo sus caballeros podían alojarse en el interior. Una medida injusta, puesto que los soldados que tomaron la ciudad a cuchillo vieron frustrada su oportunidad de obtener una justa recompensa, apartados de los cálidos muros de la ciudad y arrojados al exterior a merced de las inclemencias del tiempo.

            —He sido convocado para una reunión clandestina esta noche –dijo Damra.

            Su compañero alzó el rostro y observó la ciudad con preocupación.

            —La decisión del Duque ha soliviantado a sus propios hombres –replicó—. También he sido convocado, pero no acudiré.

            —Hemos recibido la orden de no saquear la ciudad con la sangre aún humeante de los últimos defensores en nuestras espadas. Los caballeros han irrumpido como si nosotros formásemos parte de la guarnición de la ciudad. Y al instante los rumores en contra del Duque se han levantado como una polvareda.

            Damra negó con la cabeza y bebió un largo trago del pellejo. Ambrosio contempló la humareda que se levantaba sobre la ciudad. La actividad era muy intensa a su alrededor, puesto que el campamento de asedio había sido desmantelado parcialmente y los soldados regresaban a sus tiendas.

            —Voy a renunciar –afirmó con voz seca—. No deseo continuar bajo las órdenes del Duque.

            Su compañero depositó el pellejo en el suelo y mantuvo la mirada distante.

            —Hemos tomado en dos ocasiones esta ciudad, soportando terribles penurias –Damra hablaba con firmeza—. Los hombres no han recibido sus soldadas, el Duque se equivoca al no mantener contento un ejército compuesto por su gran mayoría por mercenarios.

            —No son labriegos, amigo mío –Ambrosio se incorporó lentamente y fijó su mirada en su compañero—. El Duque los dirige como si fuesen campesinos asustadizos. No deseo enfrentarme a un motín.

            Descendió la mirada y contempló sus manos enguantadas. Flexionó los dedos pensativo.

            —Soy Inmortal –murmuró—. Nací en un monasterio hace tantos años que casi no logro recordarlo. Mi infancia fue dura: huí del monasterio y una compañía de mercenarios Alanos me acogió. Crecí combatiendo, saqueando y asesinando, pero siempre respeté a mis compañeros de armas, jamás forcé a mujer alguna y siempre fui generoso con las limosnas. Fueron años felices, puesto que los despojos del Imperio Romano ofrecían botines cuantiosos para las hordas que saqueábamos sus tierras. Pero jamás levanté mi arma contra un compañero. Si se forma un motín, me veré en la obligación de derramar sangre de mis compañeros. No deseo formar parte de ello.

            Alzó el rostro y buscó la mirada de su compañero.

            —Compartes mi naturaleza. Dios ha deseado que nuestros caminos se crucen. Acompáñame.

            Damra sonrió y se sacudió el cabello empapado.

            —Al anochecer –concedió—. Partiremos hacia el sur. Debemos buscar una compañía.

            —¿Hacia dónde? –inquirió Ambrosio sonriente.

            —Hacia el sur, amigo. Debemos hallar a la Compañía de los Hombres Libres.

 

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