Inmortal: Primer capítulo gratis

Capítulo primero: Hundimiento.

 

“Sabed, ¡oh Rey!, que más allá de las miradas de los hombres mortales, protegidas por un velo intangible, se extiende un Reino donde las Sombras dictan su implacable voluntad, al que sirven extrañas criaturas poderosas y malignas. Sabed ¡oh Rey! que todo lo que suceda en este Reino tiene su eco en nuestras vidas. Las guerras, plagas y demás calamidades son consecuencia de la lucha insaciable que se extiende en el Reino de las Sombras. Sabed, ¡oh Rey! que vuestro destino y el de vuestros vasallos esta dictado por Ellos, aunque el Velo os aparte de la locura, os proteja de sus criaturas y os oculte su horror. Pero sabed, ¡oh Rey!, que no conviene enfurecer a estas Criaturas, puesto que el Velo que las protege de nosotros es tan etéreo como una nube y estas Criaturas caminan por nuestros caminos, se alimentan de nuestros víveres y sus destinos están entrelazados con los nuestros. Sabed,¡ Oh Rey!, que nosotros habitamos en el Mundo de las Sombras, aunque lo ignoremos.”

 

            Diciembre A.D. 1150. Cerca de Toledo.

Era un grupo reducido, hombres de mirada feroz y áspera. Sus armaduras estaban parcialmente cubiertas por mantos gruesos bordados con extraños símbolos y la luz del atardecer se reflejaba de manera tenue en las placas de las armaduras que permanecían al descubierto. Los pocos viajeros con los que se cruzaron fueron incapaces de reconocer la orden a la que pertenecían, aunque se apartaban temerosos, algunos incluso se ocultaban más allá del camino que conducía a las tierras de Don Ruy González de Ayala. Recorrieron el camino montados en sus imponentes corceles, bestias poderosas que infundían tanto temor como sus jinetes. Una hora después del anochecer la comitiva llegó a las puertas del hogar de Ruy González de Ayala. Era una poderosa construcción rectangular, firmemente fortificada y coronada por un torreón que dominaba las tierras circundantes.

            Un sirviente se asomó y su rostro se transformó en una mueca de pánico.

            —Queremos hablar con tu señor. Dile que Carlos Torralba aguarda en sus puertas. Ven pronto, no me hagas esperar.

            El hombre que había dado las órdenes era el mayor de todos: aunque el color níveo de sus cabellos y de su barba describían a un hombre de edad avanzada, su complexión y vigor lo contradecían, de manera que parecía un joven caballero con el rostro de un anciano.

            El sirviente no perdió tiempo y se apresuró a comunicar la llegada de los extraños.

            Los goznes chirriaron y la puerta se abrió inmediatamente. Bajo la trémula luz de la luna la comitiva entró en el patio interior del baluarte y fueron conducidos hacia el interior de la casa principal. Los sirvientes se encargaron de los caballos, intimidados por el aspecto sobrenatural de las bestias. Recorrieron los pasillos precedidos por el quejido áspero del roce de sus armaduras con las protecciones, pasos poderosamente sonoros, seguros y rápidos como un martilleo. Ruy González les aguardaba en un salón en el que recibía a las visitas. Tomó una jarra de vino y sirvió seis copas.

                        —Cierra la puerta, Miguel.

            Ruy González de Ayala era un hombre de mediana altura, largo cabello castaño y barba frondosa. De complexión fuerte, mirada adusta y fuerte temperamento, comparado con sus visitantes parecía un niño entre adultos. Mantenía la mirada de Carlos Torralba y le tendió una copa de vino.

            —Aunque no alcanzo a saber los motivos por los que me honráis visitándome, sois bienvenidos.

            El anciano tomó la copa y la vació de un trago.

            —No perdamos tiempo, Ruy. Sabes a lo que venimos

            Ruy observó como los acompañantes de Carlos vaciaban las copas de un trago. Escanció una nueva copa de vino a sus huéspedes.

            —Suelo aceptar encargos, pero jamás en persona. Es una costumbre que he seguido durante muchos años, con vosotros no voy a hacer ninguna excepción.

            Varios de los acompañantes del anciano se sintieron molestos con aquellas palabras y acercaron las manos a las empuñaduras de sus espadas.

            —No seáis necios –gritó tajantemente Carlos. Sus compañeros alejaron la amenaza y tomaron de nuevo las copas de vino.

            —Estamos cansados de un largo viaje, pero hemos de volver inmediatamente. Ruy, venimos a proponerte un trabajo que a buen seguro se encuentra a la altura de tu fama.

            Ruy se aproximó al anciano y apoyó sus manos sobre sus hombros amistosamente.

            —No dudo que me vais a ofrecer algo soberbio, Carlos, puesto que teméis proponérmelo mediante un correo. Vuestro miedo es ser descubiertos.

           Carlos, el anciano al mando del grupo, sonrió.

            —Quiero ser breve, un barco nos espera y hemos de ser rápidos. Queremos eliminar al Emperador de Constantinopla.

Un silencio cargado de tensión se extendió durante unos minutos. Ruy tomó la jarra y se sirvió una copa de vino para él.

            —¿Desde cuándo la Orden del Fénix es dirigida por un lunático? —bebió de la copa mientras Carlos contuvo a sus hombres con una orden.

            —¡Estúpidos! –gritó enfurecido—. Este hombre os despedazaría con sus manos desnudas. ¡Quietos!. ¡No sabéis quién es!.

            Ruy lanzó una larga carcajada.

            —Desde luego es reconfortante comprobar que mi fama os inspira precaución, aunque los nuevos cachorros de la Orden del Fénix sean desconocedores de ella.

            —¿Aceptáis? Si lo hacéis os contaré el plan a lo largo del viaje de vuelta.

            —Hace veinte años que os dije que no volvería a aceptar un encargo semejante, Carlos. Tu viaje es en vano. Lo rechazo.

            —El pago, Ruy, es algo que has estado persiguiendo desde hace mucho tiempo —apuntó Carlos con un tono suplicante—. Ruy, es una oportunidad única.

            —Y me duele tener que rechazarla. Primero porque me la ofreces tú, viejo amigo. Pero no debo atentar contra el humano más poderoso del mundo. Es una locura.

            —Entonces no tenemos nada más que hacer aquí.

            Ambos hombres estrecharon sus manos y los visitantes volvieron al patio donde les aguardaban sus corceles. Cuando se dispusieron a traspasar el portón de entrada Ruy surgió a su paso como como una sombra que se materializaba ante ellos. Los caballos piafaron y patearon el suelo nerviosos.

            —¿Por qué la Orden del Fénix desea la muerte del Emperador de Constantinopla? –preguntó ajeno a la sorpresa que había causado su aparición repentina—. No es costumbre para ellos convertirse en vulgares matones.

            —Venganza, Ruy. Clamamos venganza.

            Un brillo extraño surgió de la mirada de Carlos mientras espoleaba a su montura. La comitiva se alejó al galope mientras las puertas del hogar de Ruy se cerraban a sus espaldas.

            ¿La Orden del Fénix clama venganza?. ¿Contra quién?. Desde luego que no contra el Emperador, sino contra aquel que controla al emperador. ¿Pero quién dirige los pensamientos del humano más poderoso del Mundo?. La familia de los Sunaci dominaba Constantinopla la última vez que Ruy la visitó. Pero habían pasado diez años desde entonces y los Sunaci tenían un pacto con la Orden del Fénix. ¿Traición?. Ruy se dirigió hacia la biblioteca sumido en un mar de dudas. Tomó un candil y se aproximó hacia una vitrina que presidía el centro de la sala. La luz de las velas iluminó una hermosa armadura, ligera como el lino pero resistente como el acero más templado. Ruy contempló melancólicamente el grabado que adornaba el peto. Llamó a Miguel, su más leal sirviente.

            —Recoge la armadura y mis armas. Forma una caravana y dirígete a Constantinopla con ellas. Puedes transportar lana o cualquier mercancía que tengamos en las bodegas, para disfrazar el envío como una caravana comercial. No utilices mi nombre habitual en Constantinopla. No quiero que ninguno de nuestros contactos en la ciudad esté al día de la llegada de la caravana.

            Ruy aguardó pensativo unos instantes. Su fiel servidor aguardó pacientemente.

            —Espérame con la familia Manfredi. No desveles tu identidad jamás.

Miguel asintió con la cabeza. Ruy se giró y abandonó la biblioteca lentamente, distraído por las incógnitas que la visita había generado. La luz de las velas se ensombreció lentamente, reflejándose orgullosa en la armadura. En ella, el grabado de un enorme Ave Fénix fue perdiendo luminosidad hasta que Ruy se alejó definitivamente.

            Mayo del 1151 D.C. Cerca de Toledo.  

            —La Orden del Fénix es una leyenda, un cuento de niños con el que se asusta a los pajes cuando comienzan su periodo de instrucción.

            El Capitán de la Guardia del Rey de Castilla, Luis Álvarez de Montemayor, observó a su lugarteniente con extrañeza.

            —¿Afirmáis entonces que el envío de un destacamento de mil hombres para apresar   uno sólo es un acto guiado por una leyenda de niños?.

            Nuño Blázquez se estremeció.

            —No deseaba decir eso, mi señor. Solamente que esa Orden es una leyenda.

            —Entonces enviar a mil soldados del Rey de Castilla es una estupidez, pues.

            —No, porque si nos ofrecen resistencia deberemos asediar la fortaleza. Hacéis bien en reunir a los hombres, señor.

            —Entonces habla cuando tengas algo interesante que decir. De lo contrario guarda silencio.

            La marcha continuó sin más comentarios de Nuño Blázquez. Al cabo de poco tiempo llegaron a las puertas de la fortaleza de Ruy. Una hilera de hombres había rodeado todo el perímetro, asediando la fortificación. La puerta se abrió y apareció Ruy. Vestía ropas sencillas y alzaba la mano derecha.

            —Voy a hablar con él. Espero que acceda a acompañarnos de manera pacífica –comentó Luis mientras descendía de su caballo—. Quédate aquí.

            Los dos hombres se encontraron bajo el quicio de la puerta.

            —Ruy tienes que acompañarnos, el Rey lo ordena.

            Ruy sonrió.

            —¿De qué se me acusa?.

            El Capitán de la Guardia del Rey inclinó la mirada levemente.

            —Parece ser que intentaste asesinar al Emperador de Constantinopla – murmuró.

            —Es una idiotez, Luis. Lo sabes. Soy inocente.

            —Eso lo dictaminará el propio Emperador. Aunque parezca imposible debemos conducirte hasta Constantinopla.

            Ruy miró a los ojos al soldado.

            —Sabes que soy inocente –insistió.

            —¿Por qué motivo, Ruy?. ¿El Emperador, Ruy?. Eres un insensato. Ni el propio Rey puede protegerte de la ira del Emperador.

            —El Rey me debe mucho, Luis.

            —El Rey te ha encomendado trabajos que te fueron pagados generosamente señaló Luis disgustado—. El Rey no le debe nada a nadie.

            —Os equivocáis. Yo no hice aquel trabajo.

            —¿Por qué?.

            Ruy frunció el ceño disgustado.

            —Porque yo no hubiera fallado, Luis. Y vosotros no estaríais aquí. Nadie estaría aquí.

            —¿Vienes a demostrar tu inocencia?.

            —Estoy sentenciado antes de ser juzgado, pero te acompañaré, Luis. No es necesario que tus soldados atemoricen a mis sirvientes.

            Ruy acompañó al Capitán y entró en un pequeño carro de madera. Luis suspiró aliviado, puesto que sabía que si Ruy hubiera mostrado resistencia tomar aquella fortaleza suponía una tarea muy difícil. Y el Rey no quería hacer esperar al Emperador de Constantinopla.

La comitiva comenzó un arduo viaje a través de las tierras de Castilla. Durante diez días el prisionero se negó a probar la comida y solamente aceptó beber agua. Acurrucado en una esquina de su transporte, agachó la cabeza meditabundo, mientras permitió que el tiempo transcurriese lentamente. Cuando llegaron a un puerto desconocido el hombre que descendió del carromato apenas se parecía a aquel orgulloso terrateniente que había ingresado en ella voluntariamente: la barba larga y sucia, delgado por la inanición, aunque caminaba sin dificultad. Aspiró profundamente la cálida brisa de la noche.

            —Te esperan en la nave —apuntó uno de sus guardianes. Señaló la enorme masa de un bajel que se recortaba bajo la luz de la luna. Tomó un farol del carromato y lo levantó sobre su cabeza. Inmediatamente un grupo de hombres descendió del barco.

            —Gracias, soldado —dijo uno de ellos con un acento extraño—. Sin duda nuestro emperador tendrá en cuenta la celeridad con la que vuestro Rey ha cumplido con su palabra.

            —Lleva diez días sin comer — informó el castellano—. Me sorprende verle en pie.

            —Descuida —contestó el bizantino. Dos hombres se acercaron a Ruy y le encadenaron las manos y los pies—. No creo que vaya a morir de hambre. Hemos de partir de inmediato.

            Ruy embarcó con los pesados grilletes y le condujeron hacia las bodegas del bajel, donde habían habilitado una celda: una jaula de hierro con un enorme signo grabado en el suelo de madera. Engancharon los grilletes de Ruy en una argolla clavada en el suelo. Al cabo de unos minutos un hombre entró en la celda. Portaba un candil que apoyó en el suelo antes de sentarse y mirar a Ruy a los ojos.

            —Me llamo Hyeros y soy el Capitán de la guardia personal del Emperador —Susurró en griego—. Me figuro que me entiendes.

Ruy afirmó con la cabeza lentamente.

            —Eres un ser excepcional, Ruy González de Ayala.

            El griego dejó transcurrir unos segundos de silencio antes de retomar la palabra. El barco se estremeció levemente y sintieron como giraban.

            —Todos los que ocupamos puestos de gran responsabilidad somos seres excepcionales. Es nuestro destino. Creo que me conoces, o al menos has oído hablar de mí y de mis hombres.

            Ruy volvió a asentir. Sentía que el griego le clavaba la mirada y trataba de entrar en el interior de su cabeza, como si tratara de adivinar sus pensamientos..

            —Somos diferentes a ti, Ruy

Hyeros sonrió.

            —Hemos utilizado todo nuestro poder y toda nuestra sabiduría para evitar que te fugues. No eres un enigma para nosotros, aunque es cierto que sabes que nos es imposible acceder al interior de tu pensamiento, por lo que no seremos tan despreocupados como tus amigos castellanos.

            —No tengo intención de huir — replicó Ruy —. Sé que me espera un juicio justo en Constantinopla.

            —Nuestro destino no es Constantinopla. En realidad el destino es secreto y solamente lo conozco yo. Donde te conducimos nadie podrá encontrarte, puesto que ya has sido juzgado y sentenciado.

            Ruy alzó la cabeza y clavó la mirada furiosa en el griego. Éste se levantó lentamente y se apoyó en los barrotes.

            —La Orden del Fénix desaparece contigo. Tus compañeros que sobrevivieron a los interrogatorios han sido confinados a prisiones similares a la tuya acusados de traición. Jamás volverán a ver la luz del Sol. Las cadenas que te apresan están compuestas por una aleación de acero con Vis. Además los barrotes de esta prisión han sido reforzados por nuestro poder y jamás podrás salir. Esta runa fue tallada por mí mismo durante dos lunas. Sé que la falta de alimento y bebida no pueden conducirte a la muerte, puesto que eres lo que algunos llaman Inmortal. Reconozco que habéis acumulado tanto poder como nosotros, por lo que vuestro destino no me conmueve.

            —Hyeros de la Casa Draco —interrumpió Ruy—. Mucho antes de que tú fueses creado yo servía para la Casa Julia y fui aliado suyo. Nunca subestimes el poder de la Orden del Fénix, ni el mío propio. Cuando recobre la libertad, y créeme que la recobraré, descubriré los sucios ritos que utilizaste contra mis hermanos. Conozco la Taumaturgia. No formas parte de la Guardia del Emperador, aunque hayas engañado a los mortales, pero no lo has conseguido conmigo. Te buscaré.

            —De nada te servirá. Yo mismo interrogué a tus “hermanos”. Pero yo no acabé con ellos, fueron ellos mismos. Los tormentos a los que les sometí agotaron toda esperanza de vida en ellos. Porque es así como perecéis, ¿no?. Simplemente deseáis morir.

            Ruy no contestó. Apenas podía contener la rabia que le invadía.

            Hyeros abandonó la jaula y desapareció. El cerrojo crujió cuando el centinela introdujo la llave y lo cerró.

Y entonces la rabia emergió. Surgió de su garganta, apenas un gemido al inicio que creció furibundo en un alarido de dolor, un grito desgarrador que estremeció al barco entero y a su tripulación. Y Ruy comprobó que las cadenas resistieron todos los embates a los que las sometió, contemplando desconsolado la enorme runa tallada en el suelo y con él de epicentro. Aquella cárcel era inexpugnable.

Mantener la cuenta de los días y las noches que Ruy permaneció en aquella prisión flotante fue una tarea vana. Durante los primeros días deseó que fueran asaltados por bandidos, piratas o cualquier enemigo del Imperio Bizantino que navegaba por aquellas aguas. Pero al cabo de varias semanas perdió la esperanza. Después, la curiosidad por conocer su destino le mantuvo en vilo durante varias lunas; pero comprendió que o aquel bajel era su prisión para siempre, o el destino se encontraba más allá de lo que él podría conocer. Pero cuando su mente comenzó a vagar por tierras mucho más lejanas de las que su cuerpo se encontraba, sintió algo extraño en el barco. Se detuvo en seco. Escuchó atento el sonido de varios chapoteos alrededor del barco. Las pisadas de su centinela se alejaban hacia el exterior y la calma comenzaba a embargarlo todo hasta que sintió un ligero vaivén desde la popa. Al cabo de los minutos sintió como el barco comenzó a inclinarse, las maderas crujían y el suelo comenzaba a ceder. ¡Era aquel el destino que le aguardaba!. ¡Era aquella la prisión de la que no podría escapar!. Ruy comprendió horrorizado que se encontraba perdido, ya que jamás podría deshacerse ni de los grilletes ni de los barrotes en el inmenso mar que pronto le cubriría. Descubrió como el agua comenzaba a llegar hasta él y lentamente fue sumergiéndose. La cárcel en la que Ruy estaba confinado se hundió lentamente como un inmenso juguete en un estanque, hasta que chocó con un risco submarino. Ruy era un inmortal y permanecer sumergido indefinidamente no era letal para su raza, aunque el temor de permanecer sumergido en aquella prisión para siempre comenzaba a sumirle en la desesperación. El frío entumeció todos sus músculos y se sumergió en un lento letargo, como un muñeco inservible arrojado al mar, como el titan Prometeo, sentenciado a permanecer encadenado mientas un águila devoraba su hígado noche tras noche, al mismo tiempo que él sufría agónicamente y regeneraba una herida que a las pocas horas sería abierta nuevamente. Un sufrimiento eterno.

            Pero Ruy aguantó con férrea determinación hasta que varias horas o quizá días, un golpe del destino le ofreció un ápice de esperanza y le arrancó de su letargo. Con el cuerpo cubierto de llagas y en carne viva reunió las pocas fuerzas que mantenía y tensó las cadenas, concentrado todo su poder. Las aguas oscuras se arremolinaron alrededor del barco agitándolo como un débil muñeco mientras Ruy se concentraba cada vez con mayor determinación. El suelo sobre el que estaba tallada la runa comenzó a estremecerse y minúsculas grietas comenzaron a desquebrajar una parte. Apretó los dientes ignorando el dolor y el agotamiento y continuó con el ritual. Escuchó un leve crujido durante unos instantes. Si en algún momento se hubiese separado un milímetro de la línea que trazaba la runa, de manera que el círculo se hubiera interrumpido, el poder que le encerraba desaparecería. Pero necesitaba reunir más fuerzas todavía para abandonar el letargo en el que las frías aguas del mar le habían envuelto. Escuchó un nuevo chasquido y tiró violentamente de las cadenas. Y descubrió que aquel ritual formidable que le mantuvo apresado había sido vencido: las cadenas crujieron y liberaron a Ruy. Los barrotes cedieron lentamente ante su renovada fuerza y por fin Ruy pudo ascender al exterior libre. El destino le había concedido una nueva oportunidad y cuando surgió desde las profundidades del mar el manto estrellado de la noche le dio la bienvenida a la vida.

Desfalleció exhausto a merced de las corrientes marinas. Su piel se había cuarteado de tal manera que en muchas zonas se había desprendido. Había perdido la vista víctima de la sal y había quedado ensordecido por la presión excesiva a la que había sido sometido. Durante aquellos interminables momentos sufrió el mayor de los tormentos que podía sufrir, una agonía que no tenía final, una muerte lenta y dolorosa. Como si miles de aguijones se clavaran sin piedad en su carne, como una maceración eterna que rasgaba en miles de pedazos su alma. Ni la magia, ni la casualidad, ni el favor de los dioses se acordaron de él para proporcionarle misericordia. Durante días sufrió sin poder gritar, pero con un deseo grabado a fuego en el fondo de su mente: venganza. Podría haber puesto fin a su sufrimiento simplemente deseando no seguir sobreviviendo, la única forma que tienen de perecer los que pertenecen a su linaje. Pero caer en la tentación del descanso eterno sería sucumbir ante el deseo de sus enemigos. Aunque existiese la más mínima oportunidad Ruy lucharía para sobrevivir, porque el odio y la rabia que había almacenado eran más poderosas que el peor de los tormentos. Al cabo de muchos días el mar expulsó de su interior el cuerpo de Ruy durante una tormenta. Como un epílogo macabro estrelló su cuerpo destrozado contra las piedras de un acantilado. Sus huesos crujieron como miles de astillas endebles, tiñendo de carmesí las piedras afiladas que se alzaban majestuosas en la costa. Con una reacción inconsciente expulsó el agua que inundaba sus pulmones y por fin consiguió respirar. Y entonces, consciente de la nueva oportunidad que la vida le había brindado, dejó de combatir y por fin descansó.

“Mi Rey. Ellos nos observan. Pero nos temen. Temen que seamos conscientes de que son ellos los que nos gobiernan tras sus engaños. Sabed, ¡oh Rey!, que las Sombras de la Noche nos protegen. Nos protege de la Eterna lucha que encarnan entre ellos, la lucha por el poder que nos mantiene apartados. Sabed, ¡oh Rey!, que mientras ninguno de ellos venza en su lucha nosotros estaremos seguros en nuestro reino de luz.”

            —¡Maldita sea!.

El anciano lanzó la carta sobre el escritorio con furia. Lucciano Moeggi tomó un pergamino en blanco y esperó a que su pulso se hubiese calmado para comenzar a redactar. Pronto comenzó a escribir con una perfecta caligrafía:

Que la fortuna nos sonría en estos momentos sombríos, querido frater. El mar de la desesperanza comienza a cubrir nuestras costas con sus aguas manchadas por la sangre de nuestros aliados, pero la fortuna a veces se encapricha con nosotros y nos sonríe con una mueca enigmática. Es posible que descubramos una nueva pieza en este enorme tablero de ajedrez. Heme aquí que me encuentro con que un desconocido es expulsado por el mar en una noche de rugiente tempestad. Su cuerpo parecía una masa inanimada de carne, pero el corazón latía con fuerza y mantenía un tenue aliento. Le recogió un viejo barón amigo mío desde hace años. Es por esta vieja amistad por la que acudió a mí en aquel momento y me permitió asistir al herido. Desde el primer momento en el que le observé pude descubrir fascinado que era un ser no—humano. Las heridas que mostraba eran de una gravedad extrema, pero era capaz de regenerarse lentamente. No con la rapidez de otros seres de los que tenemos conocimiento, como vampiros o licántropos, sino más parecido a nosotros. En verdad jamás he podido observar un castigo semejante al que el desdichado sobrevivió. Al cabo de dos décadas en las que toda esperanza había desaparecido recibo una carta de mi viejo amigo informándome que por fin recuperó la consciencia. Más aún, mi viejo amigo no puso objeción alguna en proporcionarle a nuestro enigmático desconocido los medios necesarios para emprender el camino, destino a Constantinopla, apenas pudo caminar su huésped. Desde el primer momento que recobró el ánimo insistió en partir. Es aquí donde espero que vuestros contactos y el dominio que Vos tenéis en la ciudad encuentren al desconocido y desentrañen a que Hermandad pertenece. Seguramente visitará al Patriarca de la Noche de Constantinopla para rendirle homenaje y en ese momento es cuando Vos podéis identificarle: Posee una férrea voluntad, imposible de forzar y creedme que lo he intentado inútilmente durante varias lunas. Es imposible escrutar el contenido de su interior, por lo que le convierte en un peón imposible de dominar. Huelga obviar que el equilibrio de poder entre las familias puede verse amenazado si toma partido por alguna de ellas. El mensajero que porta esta carta es uno de mis mejores hombres, podéis tomarlo bajo Vuestro servicio hasta que logre visitar Constantinopla. Por desgracia mis deberes con nuestra Hermandad me conducen hacia derroteros opuestos a los que se dirigen mis pensamientos. Pero os prometo que en el momento en el que pueda llegar a Constantinopla para visitar Vuestra casa llegará pronto.

Vuestro hermano en la inmortalidad os desea suerte.

L.M.”

El anciano plegó el pergamino y lo lacró con su sello. Permaneció durante unos instantes pensativo. Necesitaba movilizar todos sus recursos de inmediato para localizar a su presa. Descendió hasta la misma puerta de la villa en la que se mantenía oculto a las miradas de los extraños y le entregó la carta a uno de sus sirvientes más leales y poderosos, quien partió a galope tendido. La noche envolvía la casa en un silencio lúgubre, levemente interrumpido por los pasos de los centinelas que custodiaban los muros. Lucciano se dirigió hacia la entrada al sótano y descendió los escalones con premura. Las escaleras le condujeron a la entrada de una bodega habilitada como cárcel, donde Lucciano hospedaba a sus huéspedes más ilustres. Uno de sus sirvientes le condujo hacia los únicos huéspedes que se encontraban alojados allí.

            —Déjame sólo con ellos. –ordenó.

Cuatro hombres se incorporaron en el interior de la jaula apenas entró el anciano.

            —Queridos amigos, la suerte está de vuestro lado esta noche —exclamó sonriente.

            La oscuridad envolvía a los prisioneros. No obtuvo respuesta.

            —No me gustan los Licántropos, como bien sabéis. Y que uno de mis poblados albergue a

alguno de ellos desde luego que me desagrada, a pesar de que se trate de parientes suyos.

Lucciano aguardó unos instantes antes de continuar.

            —En cualquier momento puedo aniquilar vuestro poblado y creedme que no me costaría nada. Lo sabéis y por este motivo habéis permanecido ocultos a mis ojos durante toda vuestra vida. Pero creo que podemos colaborar juntos. Creo que podemos llegar a un acuerdo beneficioso.

            El hechicero no recibió contestación por parte de sus prisioneros, pero le escuchaban ávidos por conocer el trato y asegurar la subsistencia de sus familiares. Lucciano sabía que aquellos jóvenes licántropos estaban dispuestos a cualquier cosa.

            —Hace una semana partió desde el Castillo de Obrante un amigo mío. Parte hacia

Constantinopla. Necesito que le encontréis y no perdáis su rastro. Quiero saber donde se alojará y todos sus movimientos. Quiero que me mantengáis informado. Llegado el momento quizá tengáis que matarlo, pero espero que no sea necesario. Es un hombre de mediana altura, cabello castaño y ojos oscuros. Seguramente sea un soldado y esté en buena forma. Desconozco su nombre, pero eso es algo que vosotros tendréis que descubrir. En su hombro izquierdo oculta una inscripción: “S. P. Q. R. I Hispana.”. ¿Aceptáis?.

Uno de los prisioneros se aproximó a las rejas y la luz trémula de las antorchas iluminó su rostro: una luz carmesí se encendió en su mirada mientras pronunció lentamente con voz gutural:

            —Trato hecho.

            Luggiano sonrió. Se giró y abandonó el sótano satisfecho.

            —Mis huéspedes son libres. No temáis daño alguno. Proveedles con el material que deseen. Al amanecer parto, lo quiero todo preparado.

            “De Caio Leptino a Luciano Spiros, Gran Maestro de la Casa Veritas en Constantinopla

 

            Toledo, A.D. 1175.

            ¡Salve Frater!

            Creo que tengo malas noticias con respecto a la Orden del Fénix. Me temo que su último superviviente haya sido eliminado definitivamente. Como bien sabéis la Orden del Fénix fue fundada por Urabi de Ukesh, un inmortal Maestro en la Senda del Acero. Desde hace varios cientos de años Urabi ha permanecido ajeno a las actividades de la hermandad que él creó y se dedicó a otras actividades… más lucrativas. Mis informadores han descubierto que Urabi embarcó en una trirreme del Emperador de Constantinopla encadenado bajo la acusación de conspirar contra el Emperador. Partió de un puerto de levante y no llegó a atracar en Constantinopla… mucho me temo que durante el viaje la trirreme fue hundida con Urabi encadenado en su interior. He tardado demasiado tiempo en hallar esta información, pero un funcionario del Rey me la reveló hace muy pocas fechas. Son demasiados años los que llevamos desconociendo el paradero de Urabi y por fin hemos encontrado su funesto final. Si es cierto, el Equilibrio queda destruido y nos encontramos en un grave aprieto, ya que mucho temo que decidan recuperar la supremacía en Constantinopla, lo que nos abocaría a una guerra de incierto resultado. He investigado y nadie está al corriente de estos acontecimientos, ya que todos los integrantes de la Orden del Fénix desaparecieron hace ya muchos años y de momento ninguna Familia ha realizado algún movimiento. Me temo que en el momento en el que la Muerte Definitiva de Urabi sea conocida los acontecimientos se precipiten. Debemos redoblar nuestros esfuerzos en permanecer alerta ante cualquier signo que desencadene la Tempestad y alertar a nuestro Señor. Pero hemos de ser prudentes, puesto que no deseo alertar a nuestros hermanos de forma precipitada e infundada. La supremacía de nuestra raza sobre los Inmortales depende de nuestra capacidad de descubrir los movimientos de nuestros enemigos. Me siento apenado, además, por la pérdida del último Maestro en la Senda del Acero. Albergaba la esperanza de que esta disciplina unida a los poderes de nuestros hermanos podría ser de gran utilidad.

            Permanece alerta, pues.

            Caio Leptino.”

            “ De Luciano Spiros a Caio Leptino, Gran Maestro de la Casa Veritas en Toledo.

Constantinopla, A.D. 1176.

            ¡Salve Frater!.

            Temo que las noticias a las que te refieres en tu última misiva podrían ser en todo punto revolucionarias si llegan a oídos equivocados. Te informo que he puesto en funcionamiento todos mis mecanismos para recabar más información al respecto y he conseguido resultados francamente sorprendentes. A mediados del 1151 fue apresado Urabi de Ukesh en una pequeña hacienda propiedad suya, cerca de Toledo, bajo cargo de conspiración contra el Emperador de Constantinopla. Urabi se escondía, en efecto, bajo el nombre de Ruy González de Ayala. Al parecer había amasado una enorme fortuna gracias al comercio de especias, lo que sin duda disfrazaba sus verdaderas ocupaciones . Fue entregado a Hyeros, de la Casa Draco, para llevarle ante el Emperador. He descubierto que en verdad nunca se abrió un procedimiento para investigar el intento de asesinato del Emperador en Febrero del Anno Domini 1151. No se encontró a los culpables, ya que no hubo supervivientes entre los asaltantes. El caso fue investigado por el Patriarca de la Noche, nuestro amado señor. El resultado de las pesquisas arrojó luz en dirección a los integrantes de la Orden del Fénix. El misterio envuelve la historia de esta hermandad tan inusual, pero el Patriarca consiguió encontrar a sus miembros y les castigó con la Muerte Definitiva. Urabi fue el último al que encontraron y le castigaron de la manera más cruel: construyeron un navío que haría las funciones de cárcel y lo hundieron con él en su interior. Es una grave pérdida puesto que como bien conocéis ellos mantenían el Equilibrio. Debemos ser prudentes puesto que no es conocido de momento el destino de Urabi, ya que el Patriarca ha mantenido el secreto hasta ahora.

            Permanece alerta, pues.

            Luciano Spiros.”

El salón anexo a la Villa de Don Mario Bauri lucía flamante bañado por la luz de los candiles. La estancia había sido elegantemente engalanada con motivo de la visita del embajador de la Corte de la Sangre de Castilla, Don Álvaro González. El Patriarca de la Noche había accedido gustoso a una consulta privada con su fiel consejero Don Mario Bauri, puesto que él mismo se encontraba inmerso en un mar de quehaceres. Don Álvaro era un vampiro alto y delgado, de complexión vigorosa aunque no corpulento. Vestía de manera elegante, con bordados de oro y joyas incrustadas en su túnica. De porte educado y sereno, era un diplomático sagaz y altamente respetado en la corte bizantina, tanto en la humana como en la Corte de la Sangre. Le acompañaba un leal servidor, Luis de Alquezar. Al contrario que su señor, Luis era un guerrero y no se preocupaba en ocultarlo: alto, de espaldas amplias y vigoroso. Lucía una cota de malla ligera con finas figuras ribeteadas con hilo de oro en su pecho, pero su espada permanecía custodiada por la guardia del Patriarca en la entrada del la Villa.

Apenas tomaron asiento Don Mario Bauri hizo acto de presencia. Era varios palmos más bajo que sus interlocutores, moreno de hermosos rasgos mediterráneos. Con una rápida mirada escrutó a los dos castellanos mientras sonreía disimuladamente. No parecía que estuviesen excesivamente nerviosos, observó. O al menos mantienen las apariencias magistralmente. Tras los saludos preceptivos Don Álvaro tomó la iniciativa.

—Mi Señor desea expresaros su preocupación al respecto del caso de de Don Ruy González de Ayala. En realidad estamos preocupados por la falta de noticias al respecto.

            Mario Bauri entrelazó los dedos de la mano y clavó su mirada en Don Álvaro.

            —Desconocía que el destino de ese traidor perturbase el sueño de Su Excelencia –espetó arrogante—. Es un asunto secreto que hemos diligenciado con la mayor cautela.

            Luis de Alquezar se removió en su asiento inquieto. Don Álvaro le lanzó una mirada gélida y prosiguió:

            —Solicitásteis que mi Señor intercediera ante Vuestro Emperador para conseguir que le arrestasen en Castilla por una causa en el extranjero. Mi señor tuvo que interceder ante el Rey para que lo permitiese, ya que Ruy era un colaborador muy apreciado.

            —Pero que muy apreciado –interrumpió Mario de forma socarrona—. Vuestro amigo era un miembro muy peligroso de una banda de asesinos. Y cuando intentaron derrocar al Emperador de Constantinopla mi señor tuvo que actuar. El equilibrio entre los dos mundos así lo exigía.

            —Pruebas –Don Álvaro escupió las palabras con una mezcla de odio e indignación—. La lex romana se basa en la existencia de pruebas para condenar. Quiero ver esas pruebas.

            Mario sonrió mientras mantenía la mirada sin expresar sentimiento alguno. Parecía un duelo entre las dos miradas gélidas, pugnando por penetrar entre la guardia de su enemigo y acceder a sus pensamientos.

            —No puede ser –objetó fríamente el bizantino—. No hubo causa. El barco en el que viajaban encalló en las costas italianas una noche de tormenta.

            —Es curioso. No obstante quiero ver la acusación sobre la que vuestro señor se apoyó para acusar a Ruy. Quiero ver la investigación, tengo derecho a ello puesto que era un súbdito de mi señor.

            —Mi querido Don Álvaro González –la expresión de Mario se endureció—. Sois un miembro muy apreciado en nuestra corte. Vuestra discreción y sabiduría son ampliamente elogiadas. Sois un representante soberbio. No estropeéis vuestra reputación fisgoneando en los asuntos internos de nuestro señor. No es aconsejable, teniendo en cuenta que afectan al Emperador de Constantinopla. Sois un representante extranjero que debe dejarnos hacer nuestro trabajo. Por desgracia el barco en el que viajaba Ruy naufragó en las costas italianas. El caso quedó zanjado.

            — Tu señor conoce la repercusión que puede generar que la Orden del Fénix haya sido diezmada. El equilibrio que conseguían puede verse gravemente afectado.

            —La Orden del Fénix se excedió cuando metió sus narices en los asuntos mortales del Imperio –Mario se levantó y dio la espalda a sus invitados mientras hablaba—. Una sociedad en la que los vampiros llamaban hermanos a los inmortales. Es obvio que la ambición pudo con ellos. No afecta para nada a la posición de mi señor. De hecho la traición que perpetraron puso en peligro a todos nosotros, puesto que pudo haber sido roto el Velo que nos mantiene ocultos del mundo mortal. Tuvimos que actuar de forma contundente. Era una enfermedad que había que erradicar.

            —¿Debo pues informar a mi señor que Ruy ha perecido en un naufragio?. ¿Debemos informarle al Rey de Castilla que uno de sus colaboradores ha muerto?— Don Álvaro ocultó la satisfacción al poder descubrir, lentamente, los pensamientos de su interlocutor.

            —¡Un asesino! –bramó Mario enfurecido—. Un bastardo inmortal que amasó una fortuna descomunal al poner sus inmundos poderes al servicio del Rey de Castilla —Mario calló unos segundos luchando por recuperar la serenidad. Don Álvaro no apartó su mirada penetrante.

            —Un insensato –continuó Mario más calmado—. Daré orden terminante de que copien los informes que acusan a tu amigo del crimen por el que tuvo que ser juzgado. Es obvio deciros que es un asunto secreto.

            —Lo ha sido desde hace más de veinte años y no dudes de que seguirá siéndolo. Tienes mi palabra de honor.

            Don Álvaro dio por terminada la entrevista y abandonó la estancia seguido por su fiel guardaespaldas. En el exterior del recinto aguardaba su escolta y les fueron devueltas sus armas y sus cabalgaduras. Al cabo de un corto tramo, lejos ya del Barrio Imperial, se detuvieron.

            —El tiempo apremia –susurró Don Álvaro en el oído de Luis —. No regreséis a vuestro hogar. En el puerto de Teodosio tenemos amarrada una trirreme que puede partir inmediatamente. Hazlo sin demora. Relata a nuestro señor las nuevas noticias. Añade que he podido descubrir que las andanzas de Ruy eran conocidas en Constantinopla. He podido leer parte del pensamiento de Mario. Es posible que el mismo Emperador hubiese encomendado algún trabajo a Ruy en el pasado. En el momento en el que nos hablaba sobre el naufragio del barco de Ruy pude leer un nombre en su pensamiento: Nicaea. ¡Nicea!. Allí es donde ejecutaron a Ruy. ¡Cabalga rápido antes de que decidan vigilar nuestros pasos!.

            Luis asintió con la cabeza y se desvió al galope. Don Álvaro continuó pensativo.

            “Es una manera muy antigua de acabar con un inmortal: sumergirle en una cárcel submarina para que acabe con su deseo de vivir. La tortura es espantosa, una de las más crueles. La piel se diluye y la sal del mar tortura incesantemente el pensamiento. La presión destroza los huesos, los pulmones y el resto de los órganos internos revientan. Le compadezco. Y era inocente… por este motivo accedimos a que le juzgasen. Si él hubiera tomado parte en esta insensatez, hubiera matado al Emperador…

            Si ha sobrevivido, temo más su sed de venganza que el desequilibrio provocado por la desaparición de la Orden del Fénix.“

Primeros dias de Mayo. A.D. 1176. Cerca de Toledo.

            La hacienda se encontraba exactamente como él la recordaba. Ruy detuvo el paso de su corcel para poder aspirar con deleite la dulce brisa de su hogar. Avanzó lentamente y observó complaciente cómo los campos que rodeaban la casa habían ganado en prosperidad. No consiguió reconocer a ninguno de los hombres que se apostaban en lo alto de los muros que protegían la casa, pero no le otorgó importancia. No en vano habían pasado más de veinte años. Un joven salió al paso cuando traspuso el portalón principal. El bullicio de la actividad de los sirvientes de la casa era acogedor, después de tantos años de penuria.

            —Vengo a ver a Doña Alba –dijo mientras descabalgaba lentamente.

            El sirviente permaneció callado mientras observaba al extraño descender del caballo.

            —Señor, creo que debéis acompañarme.

            Ruy acompañó al sirviente hasta el interior de la casa. El tiempo había pasado y la decoración y la distribución habían cambiado radicalmente. Entraron en una pequeña sala. El sirviente desapareció y dejó paso a su señora.

            No era Doña Alba. Demasiado joven le pareció a Ruy. La muchacha se aproximo con una amplia sonrisa en su hermoso rostro.

            —Soy un pariente lejano de Doña Alba –se presentó Ruy—.

            —Mi señor, Doña Alba falleció hace ocho años.

            Ruy sintió que el corazón dejó de latir. Tomó asiento torpemente, pálido como si hubiera tenido una entrevista con la misma muerte. Le faltaba el aliento. La joven mandó traer vino y se lo ofreció amablemente.

            —Don Ruy González de Ayala fue apresado hace muchos años. Doña Alba le esperó, pero según me relataron los sirvientes perdió toda esperanza. Cada año que transcurría parecía que se transformaba en diez sobre sus hombros, de manera que se desvaneció su deseo por vivir. A su muerte, como no existían herederos, el Rey reclamó las tierras y se las concedió a mi padre, Don Arturo de Toledo.

            Las lágrimas comenzaron a surcar furtivamente el rostro de Ruy.

            —¿La enterraron en el camposanto de la casa? –preguntó trémulamente. Había enfrentado a innumerables peligros y enemigos, había sufrido los peores castigos, pero aquel dolor que sentía era el más intenso que había padecido jamás.

            —Apenas han sobrevivido los sirvientes de aquella época, pero la cocinera creo que podrá informarnos mejor. El camposanto de la casa es un lugar lóbrego que nunca he visitado. Mandaré que os guíe, mi señor.

            La espera ayudó a Ruy a recuperar la compostura. A pesar del dolor que arrasaba su corazón no podía revelar su mascarada. La mujer entró y pareció reconocerle, puesto que permaneció durante unos segundos aturdida. Era una mujer de mediana edad, pero conservaba una excelente memoria. Ruy rogó a la mujer que le condujese hacia la tumba de su amada “prima”. El camposanto era un pequeño recinto situado en la parte trasera de la villa, donde descansaba una docena de tumbas mal conservadas. La anciana señaló una de ellas y dejó solo a Ruy, quien se aproximó a la tumba y se arrodilló. Bajo la luz del atardecer de la primavera Ruy recordó emocionado los años que había compartido con aquella mujer, los únicos en los que había conocido la felicidad verdadera, alejado de las intrigas de las cortes y de las grandes batallas. Había soñado con volver a su hogar y estrechar los brazos de Alba, a pesar de la edad que a buen seguro los habría debilitado. Pero la locura que había guiado sus pasos había provocado la mayor pérdida sufrida en toda su larga vida inmortal. Una voz interrumpió sus lamentaciones. Era la voz de la cocinera.

            —Permitidme el atrevimiento, Don Ruy, pero creo que debo entregarle algo.

            Ruy se incorporó sorprendido y secó las lágrimas con una manga. Entonces reconoció a aquella mujer: la esposa del sirviente más fiel de Ruy, Miguel.

            —¿María, qué ha sido de Miguel?.

El rostro de la mujer se entristeció.

            —Mi señor, Miguel permanece en Constantinopla esperándoos. Nunca perdió la fe en vuestra llegada. Permanezco en la casa por orden suya. Estaba convencido que volveríais a la casa en algún momento. Reconozco que no le creí jamás, pero obedecí. Miguel nos visitaba cada lustro pero siempre escondido y oculto por múltiples disfraces.

            Ruy sonrió.

            —Mi buen Miguel —suspiró.

            —Tomad –La anciana le entregó una pequeña bolsa de terciopelo—. Guardé la alianza y su crucifijo de plata que le regalasteis en su boda.

            Ruy tomó la alianza y el crucifijo y los depositó en las manos de la anciana.

            —María, necesito que sigáis custodiando estos tesoros. Son para mí de un valor incalculable y allí donde me dirijo quizá corran peligro. Debo marcharme. Muchas gracias por confiar en mi regreso, no lo olvidaré jamás.

            Ruy se despidió con un tierno abrazo.

               El fuego crepitaba furioso arrojando figuras ensombrecidas hacia el interior de la habitación. Ruy no apartaba los ojos de la danza hipnótica que arrojaba un inmenso candil situado en el techo de la habitación, aunque en realidad no prestara atención. Estaba desnudo, sentado con una copa llena de vino en la mano. Sus ojos se humedecieron a medida que recordaba tiempos pasados. Tras él, tumbada en un lecho mullido, la silueta sinuosa de una mujer se encogía presa del cansancio. Amaba a Alba, y ahora más que nunca lo recordaba, pero necesitaba aliviar el fuego interior que ardía como un enorme incendio. Aquella mujer no significaba nada, simplemente una forma de satisfacer una necesidad. Como la jarra de vino que mantenía cerca de él, o como la comida que había devorado en el salón de aquella casa tan especial. Conocía bien este lugar, puesto que en sus últimos años en Toledo había acudido allí en numerosas ocasiones, buscando el olvido de una jarra de vino y el placer de una mujer antes de conocer a Doña Alba. La casa era una enorme villa cerca de Toledo, ignorante a las numerosas voces que claman por su cierre en la Corte. Pero era algo más que un prostíbulo: era un punto de encuentro entre vampiros, inmortales y mortales, que encontraban una forma de satisfacer sus necesidades más impías. Y allí había regresado tanto tiempo después.

               La mujer era hermosa y joven, de sedosa piel, labios lujuriosos, pelo azabache y mirada ardiente. Era considerada la más hermosa y la más cara. Respondía al nombre de Laya. Descendió de la cama y se aproximó a Ruy, abrazándole tiernamente. El cuerpo de Ruy había recuperado el vigor y la velocidad de antaño. El calvario que había soportado le había proporcionado más fuerza todavía. Aunque la pérdida de Alba le había sumido en la mayor de la desesperanza, sentía que lo único que le mantenía con vida eran sus deseos de venganza y una vez que cumpliese su venganza ya nada le quedaría. Se encontraba perdido.

            —Parece que no llevas demasiado tiempo en esta profesión —murmuró Ruy sin apartar la mirada del hogar—. Siempre dejáis beber al cliente todo lo que desee, así tendréis menos trabajo.

            La mujer recorrió el cuerpo de Ruy con una mirada ardiente. Después de varias horas de pasión aún ansiaba con lujuria ser poseída por aquel extraño de músculos de acero.

            —Muy pocos hombres han podido pagar lo que valgo, por lo que no tengo demasiada experiencia. Si os molesto me retiraré.

            —Tráeme más vino.

            La muchacha comprobó que las cuatro jarras que permanecían en la mesa estaban vacías. Se incorporó de mala gana y abandonó la habitación. Varios minutos después regresó con dos jarras más. Las depositó sobre la mesa y continuó acariciando el cuerpo de Ruy lentamente.

            —Estáis lleno de cicatrices, mi señor —observó asombrada—. Habéis corrido grandes peligros.

            Ruy se giró lentamente. Tomó las manos de Laya lentamente y clavó la mirada en sus ojos.

            —¿Habéis terminado? — preguntó con una sonrisa socarrona—. Me imagino que el no poder descubrir mis pensamientos esta llenando de dudas los vuestros, ¿me equivoco?. No pareces un vampiro, lo habría notado. Pero aún así tengo curiosidad.

            La muchacha se apartó avergonzada.

            —No soy vampiro, aunque he conocido a algunos en este lugar. No me gustan. Pero sí, no poder descubrir que dolor es el que os embarga el corazón hace que me entristezca. Sois un buen hombre.

            Ruy lanzó una carcajada. Se aproximó a la cama y se tumbó divertido.

            —No soy un buen hombre. Te sorprendería saber la cantidad de maldades que he cometido en el pasado y la cantidad de vidas que he segado, y las que segaré.

            Laya se tumbó y comenzó a acercarse lentamente. Mantenía la mirada en los ojos de Ruy mientras retomaba las caricias.

            —Sois más fuerte de lo que parecéis, mi señor. Más anciano y más sabio de lo que un guerrero debería ser…

            Ruy se relajó, a merced de las placenteras caricias de la muchacha. Cerró los ojos.

            —Si sois vampiro o no, me da igual —murmuró—. Simplemente lo decía para avisaros de que no probéis mi sangre, me dolería que un ser tan hermoso pereciese. Vuestra belleza me sorprendería más si no fuese cainita, me compensaría más por el desorbitado precio que he pagado.

            Laya se aproximó más todavía. Ruy se estremeció de placer.

            —No soy un vampiro, tranquilo. En cuanto al precio… sois el primero que lo paga, así que tendré que complaceros. Incluso nos podríamos ver más en el futuro… ¿dónde os alojáis?

            —Laya –interrumpió Ruy mientras abría los ojos—. Ya has terminado, no te necesito. Puedes marcharte.

            —Pero mi señor –protestó la joven— la noche acaba de comenzar, tenemos todo el tiempo del mundo.

            Ruy se incorporó rechazando las manos de la mujer.

            —Tiempo, eso es lo único que me sobra. Pero tengo que hacer cosas y cuanto antes comience mejor –comenzó a vestirse. La muchacha permanecía tumbada en la cama con expresión de asombro y fastidio—. Puedes quedarte si lo deseas, pero yo me marcho. Cuídate, Laya.

            Ruy abandonó la estancia sin titubear, a pesar de la enorme tentación que suponía pasar la noche con la muchacha y del desproporcionado desembolso que le había supuesto, pero el interés de Laya le inquietó. Simplemente deseaba olvidar todas las penas que había sufrido, pero no esperaba tanto interés por parte de una meretriz. No encajaba.

            Partió al galope veloz como una sombra en la noche. Al cabo de una hora sintió que alguien seguía sus pasos. Era casi imposible que quien le siguiera supiese realmente su identidad, por lo que no se inquietó. Se detuvo en el camino y desmontó. El corcel agradeció la pausa y piafó nervioso. Incluso el animal era consciente que se acercaba un peligro. No tardaron en aparecer varias figuras a través del camino. Se detuvieron sorprendidos al ser descubiertos. Uno de ellos encendió una pequeña antorcha que iluminó sus caras. Ruy no les reconoció pero sí descubrió que eran vampiros: mirada altiva y grave, tez algo pálida, ropas de calidad y bien armados.

            —Una noche oscura para seguir a un humilde viajero —saludó Ruy con tono sarcástico.

            —Os equivocáis, amigo —replicó uno de ellos—. Nosotros no os seguimos.

            —Entonces no tendréis objeción en continuar vuestro camino, pues. Yo me encontraba descansando, admirando el bello firmamento toledano.

            Uno de ellos dudó unos instantes

            —Quizá podamos recorrer el camino juntos —continuó el anterior—. Estos caminos están infestados de bandidos.

            —Vampiros, querréis decir —espetó burlón—. No temo ni a unos ni a otros.

            —Sea, pues. Nosotros continuamos, buenas noches, viajero.

            —¿Cuándo vais a tenderme la emboscada? —preguntó Ruy—. Es obvio que me perseguís, por lo que camino adelante encontraréis algún lugar adecuado para atacarme.

            —Viajero, creo que debéis cuidar vuestras palabras —amenazó el líder. Descabalgó lentamente, imitado por sus compañeros—. Creo que ahora tenemos nosotros alguna pregunta que hacer. ¿Quién sois y a dónde viajáis?.

            Ruy estudió la situación. Eran tres vampiros, uno o dos de ellos quizá buenos luchadores. Hacía tiempo que no tenía la ocasión de poner en prueba sus habilidades después de tanto tiempo convaleciente.

            —Mi nombre y mi destino no son asunto de tres vampiros recién liberados del yugo de su amo.

            Ruy desenvainó la espada y empuñó su daga. Dibujó en el suelo una linea recta con la punta de la espada frente a él. Se inclinó, invitándoles a traspasarla.

            Casi le sorprendió el primer ataque. Había olvidado la velocidad a la que sus enemigos podían desplazarse, pero no suponía ningún problema para él. Paró los primeros ataques que dos de sus oponentes le dirigieron. Observó que el líder del grupo permanecía apartado portando la antorcha. Durante varios segundos que parecieron horas sus enemigos lanzaron numerosas estocadas, pero demasiado torpes para sorprender a Ruy. Sabía que una sola podía herirle de gravedad, así que no tuvo prisa alguna en atacar. Al cabo de poco tiempo descubrió una pequeña duda en uno de ellos y se lanzó sobre él como un lobo ante su presa. Primero propinó un terrible codazo que derribó a su compañero, para lanzarse con una sonrisa burlona sobre su presa. Dirigía los mandobles con una velocidad moderadamente estudiada, con el objetivo de que su rival se confiase. Observó que el otro contendiente comenzaba a ponerse en pie lentamente. Amagó una estocada hacia el cuello y cuando presintió que su enemigo iba a detenerla alzando la guardia descargó un terrible golpe en su cintura. Sintió que los huesos se quebraron con un grito agónico de dolor. Este golpe le proporcionaría algo de tiempo para ocuparse de su otro rival. Recibió un ataque furibundo que esquivó y contraatacó con un tajo en la pierna derecha. Su rival ignoró el daño y se lanzó de nuevo al ataque. Con la daga detuvo una estocada alta y atravesó el corazón de su rival con la espada. El vampiro cayó envuelto en un charco de sangre justo en el momento en el que su compañero se incorporó de nuevo. No había tardado demasiado tiempo en regenerar el terrible daño que le había causado Ruy y se encontraba evidentemente debilitado. Mostró los colmillos como si de una fiera acorralada se tratase y se lanzó sobre Ruy. Éste se agachó y esquivo el ataque, pero no consiguió evitar un terrible zarpazo que le había lanzado su rival a traición. No era grave, una herida molesta en el abdomen, pero Ruy ya había tenido demasiada diversión. Lanzó una estocada fugaz que destrozó la pierna izquierda de su oponente y antes de que tocase el suelo ya había hundido la espada en su corazón. Cayó al suelo inerte, como un objeto ensangrentado y sin valor. Ruy se dirigió hacia el único que no había combatido. Mantenía en alto un farolillo que apenas lanzaba unos rayos de luz mortecinos.

            —¿Quien te manda? —preguntó Ruy con los ojos incandescentes de rabia—. Habla o te empalo ahora mismo, escoria.

            De pronto la luz se apagó y la oscuridad cayó sobre ellos como un gélido manto. Ruy se lanzó sobre el vampiro pero éste había desaparecido como si las mismas sombras se lo hubieran llevado. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, inquieto por una magia que al cabo de tantos años era incapaz de comprender. Se acercó a los cuerpos inconscientes de sus rivales y sopesó cual sería la siguiente acción a seguir: podía decapitarles y acabar con ellos o podría dejarles allí regenerando sus heridas. Sintió un pequeño pinchazo en la herida. La noche pronto acabaría y si la luz del amanecer les sorprendía morirían abrasados. Ruy montó en su corcel y les dejó a merced de sus propias habilidades: si se recuperaban a tiempo sobrevivirían. Le preocupaba más el otro vampiro hechicero, parecía el líder del grupo y el más poderoso. Aquella desaparición envuelto en sombras mostraba un poder que había podido sufrir tiempo atrás.

            Las primeras luces del alba le dieron la bienvenida cuando llegó a la posada en la que había elegido alojarse mientras durase su estancia en Toledo. En realidad era una posada alejada a más de diez kilómetros de la ciudad, que le permitiría permanecer de manera discreta. Un siervo atendió al caballo y le informó que Don Carlos de Orleans le esperaba en su habitación. Ruy sonrió y le ordenó traer una jofaina con agua muy caliente. Don Mario apenas había tardado unas horas en acudir a su llamamiento, ya que había dejado un mensaje a principio de noche en el lupanar en el que había conocido a Laya. Entró al vestíbulo y apenas reparó en el hombre que permanecía sentado en una de las mesas frente a la puerta. Ascendió por las escaleras cuidadosamente y entró en la alcoba que había alquilado por unos días.

            La habitación era la mejor de la posada. Amplia, confortable, limpia, el calor de una pequeña chimenea le proporcionaba una calidez única en toda la posada. Sentado frente al fuego permanecía un hombre de edad avanzada que se incorporó al aparecer Ruy. Era un hombre fuerte, de torso amplio y fornido, alto y con facciones angulosas. La edad había arqueado levemente sus hombros y encanecido su cabello y una barba perfectamente cuidada. Vestía ropas de calidad con el emblema de la Real Orden de Espaderos de Toledo. El anciano sonrió y saludó con una suave reverencia.

            —¡Por favor, Don Carlos! —exclamó Ruy abrumado mientras estrechaba las manos de su interlocutor—. Recordad que ya no me debéis lealtad, ya no sois uno de los míos.

            —Temí por vuestra seguridad cuando me llegó la noticia de vuestro apresamiento. Lamentablemente no pude reaccionar a tiempo.

            —Mi presidio fue… instructivo –apuntó Ruy—. Pero de ello ya me ocuparé. ¿Qué fue de Don Luis Álvarez de Montemayor?.

            Don Carlos tomó asiento con una mueca de preocupación.

            —Don Luis se dirigió a Constantinopla hace diez años para buscarte, Ruy. Nunca se perdonó haberte dejado en manos de Hyeros. Desde entonces no hemos recibido noticias suyas, mucho me temo que haya caído.

            —Una lástima. Don Luis me parecía un excelente soldado, leal a Su Majestad ante todo. Y un viejo amigo al que aprecio.

            El sirviente interrumpió portando una pequeña palangana repleta de agua humeante. Ruy se incorporó y extrajo una pequeña bolsa de uno de los pliegues de su camisa. Vertió en la palangana unas hierbas. Tomó una sábana del lecho y la desgarró en varias tiras.

            —Equisetum arvense –apuntó Don Carlos—. ¿Estáis herido?.

            Ruy se desnudó el torso y contempló la herida que había recibido horas antes.

            —Hace tiempo que no combato, Don Carlos. Un vampiro me lo ha recordado.

            Preparó una cataplasma que aplicó a la herida y la vendó cuidadosamente.

            —Nosotros no nos recuperamos como nuestros enemigos, ¿recuerdas? –Ruy tomó asiento junto a su amigo—. Por cierto… ¿cómo te sientes?.

            Don Carlos permaneció algunos segundos silencioso antes de contestar. Cuando lo hizo su voz sonó apagada.

            —Viejo… ¡sí, viejo!. No te imaginas lo feliz que soy de envejecer junto a Ana.

            —En verdad que me sorprendió el sacrificio que realizasteis, Don Carlos. Renunciar a la inmortalidad….

            —¡No te compadezcas!. El Don que tienen los mortales es algo que les distingue de nosotros. Los últimos años que he vivido como mortal son los más dichosos de toda mi existencia. Aprendes a apreciar cada día que pasa. Disfrutas más. El Don de la Muerte es algo que como Inmortales hemos anhelado en nuestro interior. Yo lo tengo y jamás me arrepentiré.

            Ruy apoyó sus manos en los hombros de su amigo.

            — Siempre he respetado vuestras decisiones.

            Don Carlos sonrió.

            —¿En verdad me respetas, Ruy?.

            Éste afirmó con la cabeza sonriente.

            —Entonces debo pedirte un favor, viejo amigo.

            —Estoy en deuda con Vos, mi señor.

            Don Carlos se incorporó enérgicamente.

            —¡No soy tu señor! —rugió colérico—. Cuando renuncié a la inmortalidad dejé de ser miembro de la Orden del Fénix.

            —Don Carlos –interrumpió Ruy con una sonrisa socarrona—. Queríais pedirme algo…

            —En efecto –continuó más calmado—. Quizá sepas que al renunciar a la Inmortalidad recibí el Don de la Muerte. Bien. Digamos que no es el único Don que he recibido y del que los inmortales carecemos…

            —¡Por todos los dioses, Don Carlos! ¡Tenéis descendencia!.

            El rostro del anciano se encendió de alegría.

            —¡Y qué descendencia! – exclamó sonriente—. ¡Una docena de hijos, ni más ni menos!.

            —En verdad os envidio, Don Carlos —afirmó Ruy sorprendido—. ¡Y os felicito!.

            —Gracias, gracias – Don Carlos tomó asiento de nuevo junto a Ruy—. Amigo mío, de la misma forma que entre mis hermanos yo fui el único que recibió la Inmortalidad, y así como tú fuiste el único de entre tus hermanos que lo recibiste, uno de mis hijos la ha heredado…

            —¡Por Belcebú que no me lo puedo creer! –Ruy estalló en una carcajada—. Sois una fuente inagotable de sorpresas.

            —Créeme que esta sorpresa es demasiado desagradable. Sospeché que mi primogénito había heredado mi vigor porque jamás enfermó durante la infancia. Se mostraba más rápido que los demás, creció más fuerte y más inteligente. Me recordaba a mis viejos tiempos, a mi infancia tantos años atrás. Xabier, así se llama, recibió una herida mortal durante una cacería y se repuso de ella en apenas una semana. Logré alejar toda sospecha al atribuir semejante proeza a los milagrosos poderes de un mártir cristiano. Pero necesito que mi hijo abandone su hogar, Ruy, como lo hicimos tú y yo. Aunque me duela, necesito separarme de mi hijo. No puedo consentir que al cabo de los años se descubra que es Inmortal, le acarrearía más problemas a él y a mi familia.

            —Debe marcharse, estoy de acuerdo –asintió Ruy.

            —Ruy me gustaría que le tomases como tu aprendiz.

            Ruy permaneció pensativo durante varios minutos.

            —Don Carlos, sabéis que mi camino es muy peligroso. Debo aclarar el motivo por el que fui apresado, así como averiguar el paradero de nuestros camaradas desaparecidos. Debo encontrar venganza, amigo mío. Y es demasiado peligroso para el muchacho.

            —La Orden del Fénix se extingue, ¡Urabi de Ukesh!. ¿Esperas ser el último miembro de la Orden? –Don Carlos se incorporó majestuoso, como un altivo rey de antaño enfurecido—. La Senda del Acero se perderá contigo, ¿es que no deseas que su conocimiento perdure?. ¿Olvidas que incluso tú, Gran Maestro, le debes tus conocimientos a tu Mentor?. ¿Quién mejor que tú para guiar los primeros pasos de mi primogénito?.

            Ruy evitó la colérica mirada de su amigo. Aguardó en silencio durante varios minutos, pero le parecieron horas.

            —De acuerdo, Don Carlos. En verdad no tenemos otra alternativa, ¿conocéis a otro Inmortal acaso?.

            El anciano sonrió complacido.

            —Muchas gracias, viejo amigo. No esperaba menos de ti.

            Los dos hombres descendieron y encontraron el rellano de la posada repleto de actividad. Aquel que había vigilado a Ruy se incorporó y se acercó a Don Carlos.

            —Así que era tu hijo –apuntó Ruy mientras contemplaba como padre e hijo se despedían. Los tres se dirigieron a las cuadras mientras un sirviente ensillaba su corcel. La mañana se había levantado con un sol caluroso y radiante. El hijo de Don Carlos, Xabier, era un hombre alto, no tan fornido como su padre pero con los mismos rasgos angulosos de su rostro, idéntica mirada e incluso voz parecida.

            —Hijo mío –comenzó Don Carlos. Había luchado durante varios minutos para contener la emoción y parecía que lo había logrado levemente—. Quizá sea la última vez que nos veamos. Créeme si te digo que no hay nadie mejor que Ruy para mostrarte el camino correcto.

            —Honraré vuestra memoria, padre –contestó emocionado el joven.

—Hazlo, hijo mío. Y hazme sentir orgulloso si en alguna ocasión tengo noticias tuyas. Recuerda cuales son tus orígenes. Recuerda que yo seguiré el camino que elegí recorrer, y cuando encuentre el final lo haré gustoso.

            Padre e hijo se fundieron en un abrazo emotivo en silencio. Don Carlos evitó cruzar su mirada con la de su hijo. Se giró y montó en su corcel.

            —Tienes que aprender a convivir con el dolor que te puede producir despedirte de tus seres amados –apuntó Ruy mientras ambos contemplaban la marcha lenta de Don Carlos —. Este es el primero de ellos y no el más doloroso. Acostúmbrate, Xabier. Pero vamos, este no es el mejor lugar para hablar de estas cosas. Tenemos que ponernos en marcha.

            —¿Cuál es nuestro destino? –pregunto el muchacho con voz trémula.

            —Constantinopla. No nos esperan allí, creo. No al menos a mí. Pero antes vamos a hacer una visita a un viejo amigo.

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