Prólogo y primer capítulo de El Filo de la Espada gratis.

 

El Filo de la Espada

 

 

 

 

          

Dimidium facti qui coepit habet; sapere aude; incipe!

            “Quien ha comenzado, sólo está a medias: atrévete a saber, empieza.”

                        Horacio, Epistolarum liber primus.

            Atrévete a romper el Velo.

            Nacerás en un mundo diferente al que hayas vivido durante toda tu larga vida. Aquí, tus simples habilidades humanas nada pueden hacer frente al poder que la sangre concede a los vampiros. Tus ambiciones se mostrarán insignificantes comparadas a las de las criaturas que se esconden tras el Velo que has roto. Te enfrentarás a enemigos capaces de regenerar una herida en segundos y a seres que leen el pensamiento como si de un libro abierto se tratara. Aprenderás que el ser humano nunca podrá ser el cazador, porque en este mundo tú serás la presa. Serás testigo de grandes hazañas silenciadas para siempre. Podrás comprobar que la vida de tus hermanos mortales transcurre plácida al margen de tu vida. Y aunque serás capaz de descubrir que los hilos que guían a los humanos los mueven los vampiros, jamás podrás romperlos. Serás testigo del sufrimiento que aflige a los Inmortales, iguales que tú en muchos aspectos pero condenados a no morir, condenados a vigilar a las criaturas que habitan en este mundo como pastores. Pero las ovejas son lobos y a ellos les ha tocado la misión de vigilarlos. A ellos les corresponde velar por el Equilibrio entre lobos, vampiros y hechiceros.

            Atrévete a romper el Velo, humano.

            Atrévete a descubrir el Mundo de Sombras.

            “Sabed, ¡oh Rey!, que más allá de las miradas de los hombres mortales, protegidas por un velo intangible, se extiende un reino donde las Sombras dictan su implacable voluntad, al que sirven extrañas criaturas poderosas y malignas. Sabed ¡oh Rey! que todo lo que suceda en este reino tiene su eco en nuestras vidas. Las guerras, plagas y demás calamidades son consecuencia de la lucha insaciable que se extiende en el Reino de las Sombras. Sabed, ¡oh Rey! que vuestro destino y el de vuestros vasallos esta dictado por “Ellos”, aunque el Velo os aparte de la locura, os proteja de sus Criaturas y os oculte su horror. Pero sabed, ¡oh Rey!, que no conviene enfurecerlas, puesto que el Velo que las protege de nosotros es tan etéreo como una nube y estas Criaturas caminan por nuestros caminos, se alimentan de nuestros víveres y sus destinos están entrelazados con los nuestros. Sabed,¡ Oh Rey!, que nosotros habitamos en el Mundo de las Sombras, aunque lo ignoremos.”

 

Cárcel de Goznur, treinta kilómetros al norte de Constantinopla.

Mayo de 1190 Anno Domini.

 

            El tañido de una campana despertó a Herion. Las tinieblas de la noche lo envolvían en su fría celda pero la luna iluminó su rostro a hurtadillas, ofreciendo su resplandor para reconfortarle. Recostado en un rincón escondió la cabeza entre sus brazos rechazando la luz. Volvió a cerrar los ojos sin intención de dormir. Una rata correteó en la oscuridad ante la indiferencia de su invitado. Movió levemente una pierna y todo su cuerpo se estremeció entumecido. La sangre había dejado de manar en su rostro y en las múltiples heridas que cubrían su cuerpo. La puerta de la celda se abrió con un crujido. Alguien entró en la celda y colocó una pequeña antorcha en la pared.

 

            —Buenas noches, Herion —dijo el desconocido—. Tenéis un aspecto deplorable.

            La celda se cerró con un nuevo crujido. El prisionero alzó el rostro y con una mano se protegió de la luz nocturna. Al cabo de unos instantes Herion se incorporó dolorosamente. Era alto, de largos cabellos sucios y enmarañados y barba frondosa, torso amplio y robusto, como un toro griego.

            —No deseo hablar con Dios —protestó.

            El sacerdote tomó asiento en un taburete y abrió un pequeño libro de cuero.

            —¿No deseáis poner en paz vuestra alma?

            —No —gruñó Herion.

            —¿No os arrepentís de las muertes que habéis ocasionado? —exclamó el clérigo.

            Alzó una mano pálida y huesuda:

            —Dios no os perdonará. Os aguarda la horca, de nuevo.

            —Espero que en esta ocasión las cadenas sean más robustas —añadió Herion con una sonrisa velada en su rostro entumecido.

            El sacerdote se levantó enfurecido.

            —Habéis sido condenado a muerte por innumerables crímenes durante demasiados años. No habéis respetado la vida humana.

            —He matado a criminales y forajidos —interrumpió el reo con voz orgullosa. Tensó las cadenas que aprisionaban sus manos y se recostó en el rincón más oscuro de la celda.

            —¿Y qué me decís de la docena de guardias que habéis asesinado esta mañana?

            —Las cadenas cedieron. Nunca esperéis que me entregue a la horca como una cordero manso. Lucharé por mi vida con todas mis fuerzas.

            —¡Y a fé mía que luchásteis! Extendisteis el pánico entre la muchedumbre.

            —Fue un buen combate —susurró Herion orgulloso.

            Sus ojos brillaban en la oscuridad como brasas incandescentes:

            —Me divertí.

            —Tu diversión terminará con la salida del sol.

            —Eso espero, aunque creo que no terminará. No todavía.

            El sacerdote tomó asiento de nuevo en el taburete.

            —¿Tenéis familia? —dijo con voz calmada.

            La luz de los ojos se apagó en el rostro de Herion durante un instante.

            —La tuve —musitó.

            El clérigo sonrió maliciosamente.

            —¿Y qué fue de ella? ¿Tuvisteis mujer e hijos?

            —Hace demasiados años que ella murió. Nunca tuvimos hijos.

            —¿Cuándo falleció? —el sacerdote parecía disfrutar con el sufrimiento de Herion. Había encontrado un resquicio en la muralla que había formado el preso y quería aprovecharlo.

            —Hace tiempo. Ya no mantengo la cuenta de los años que pasan, no merece la pena. Sin ella la vida no tiene sentido.

            Herion se incorporó y contempló la luna más allá de los barrotes de la celda.

            —¿Vivíais cerca? —inquirió el sacerdote—. No os recuerdo de antes de estas fechas por estas tierras, aunque sois griego.

            Herion sintió como su corazón se encogía de pena. Desvió la mirada triste y agachó la cabeza.

            —¿Tu familia muerta?¿Sin herederos? ¿Sin fortuna?

            Cada pregunta parecía una saeta que se clavaba en su corazón. Herion aspiró el aire viciado de la celda. Las tinieblas se extendían alrededor del sacerdote, quien parecía que deseara hurgar en el interior de su cerebro sin éxito.

            —No deseo confesarme, por lo que puedes marcharte —contestó Herion.

            —No me iré hasta que no respondas a todas mis preguntas —replicó el confesor.

            Se alisó los pliegues de su sotana lentamente.

            —¿Donde vivíais?

            Herion comenzó a removerse con impaciencia, sacudiendo las cadenas como un león enfurecido dentro de una jaula. Sus ojos se encendieron de nuevo.

            —No te importa —escupió por fin.

            —El destino de las almas de mi rebaño es de mi incumbencia. ¿Cómo murió tu mujer? Tuvo que ser motivada por alguna horrible enfermedad, sois demasiado joven, aunque nunca sabemos el destino que Nuestro Señor nos tiene reservado.

            Herion se acercó al clérigo.

            —¡Vete! —ordenó.

            El sacerdote se incorporó asustado ante la mirada amenazadora de Herion. Observó las cadenas y suspiró aliviado. Tenía la obligación de indagar en el pasado del prisionero y no podía marcharse si no obtenía información relevante. Temía la ira de su señor mucho más que la de Herion.

            —Tu mujer pereció y por ello encuentras placer violando y matando —dijo el sacerdote con renovado ánimo.

            Herion sonrió.

            —Yo no violo a las mujeres. Y todos a los que he matado los deberíais haber ajusticiado vosotros. Eran criminales.

            —Como lo eres tú —gritó el sacerdote. Alzó la mano y señaló la ventana:

            —¡El alba te verá mecerte en la horca y arderás en el infierno!

            Herion ignoró al sacerdote.

            —Pero si confiesas, encontrarás un consuelo y el perdón de tus pecados. Podrás descansar junto a tu mujer. ¿Es lo que deseas?

            Y entonces el preso se giró y se encaró al sacerdote.

            —Mi mujer murió en la época de Arcadio, cuando las invasiones bárbaras arrasaron Boecia. Hace tanto tiempo que ni recuerdo su nombre, aunque lloro su pérdida cada noche. Pero tú vas a conocerla esta noche…

            El grito del sacerdote atrajo a los guardias, aunque nada pudieron hacer cuando llegaron a la celda. Herion alzó las manos y el sacerdote cayó con el cuello quebrado. Se aproximaron a recogerlo y entonces atacó como un león acorralado; y los gritos de dolor recorrieron la prisión como un poderoso trueno retumbante.

            Frontera septentrional del Imperio Bizantino.

Mayo de 1190 A.D.

 

            De nuevo solo. Una constante en su existencia. Una rodilla falló y cayó de rodillas al suelo carmesí. Resbaló exhausto en un suelo demasiado resbaladizo a causa de la sangre allí derramada. La mirada se nubló pero apretó los dientes y logró incorporarse. El sonido metálico de la retirada del enemigo no le reconfortó. Sabía que volverían pronto, y entonces él sería el único en recibirles. El sol lucía orgulloso en el cielo iluminando el paso de las montañas con destellos ocres. La sangre manaba por el suelo como un funesto arroyo. Retrocedió lentamente y se apoyó en la pared de la montaña. Sentía el sabor ferroso de la sangre en los labios. Se despojó del yelmo tratando de buscar una nueva bocanada de aire. Sus pulmones se estremecieron lacerados. Era el final.

            Hace muchos años, en los albores de sus recuerdos, había vivido una situación parecida. Fue largo tiempo atrás, en su adorada patria mucho kilómetros al norte. Cayó protegiendo su poblado y despertó en una fosa común, junto a los rostros deformados de sus amigos y vecinos. Pero habían pasado demasiados años para recordar con nitidez aquel horrible sufrimiento. Cerró los ojos y se frotó los párpados. ¿Cuántos años había servido en la Guardia Varega? Había contado varias vidas de humanos, siempre adoptando nuevas identidades cuando su eterna juventud comenzaba a levantar sospechas entre sus más allegados. Y siempre comenzaba de nuevo, solo, sin nadie a su lado. Como siempre, la soledad era su compañera. Y aquella tarde de nuevo encontraba su compañía. Abrió los ojos y contempló apenado la alfombra de cadáveres que sembraba el suelo de piedra. En aquel paso olvidado él escribía de nuevo las últimas líneas de una historia épica. Como los trescientos de Leónidas, ellos habían resistido durante días los embates de los enemigos bárbaros del norte. Pero sus fuerzas se habían extinguido.

            Recordó a su antiguo amigo Harald. Habían recorrido Europa juntos, formando una pequeña guardia de mercenarios leal y feroz. Recordó los hermosos ojos de la emperatriz Alejandra cuando les reclutó para la Guardia Varega. Al frente de los ejércitos de Bizancio habían logrado grandes hazañas. Pero la fama, el poder y las riquezas nunca fueron suficientes para su amigo y hermano. Cayeron en desgracia cuando fueron descubiertos apoderándose de un botín que pertenecía al Emperador. Lograron escapar y Harald decidió volver a su patria y reclamar sus derechos al trono. Él, Lanson, prefirió continuar combatiendo para el emperador bajo otra identidad, lejos de la capital, en la frontera del norte. Así había logrado ascender hasta el puesto de Strategos, capitán de la guarnición. Pero sus tropas yacían inertes sobre las duras rocas de las montañas y él de nuevo se encontraba solo. Hoy debía comenzar de nuevo. Pasaron los minutos y recobró las fuerzas. Trató de recomponer su armadura destrozada, se colocó el yelmo y apretó con fuerza sus armas. Su mano diestra sostenía un gran hacha de doble filo, símbolo del poder de su pueblo. Su mano siniestra alzaba una hermosa espada manchada por la sangre de sus enemigos. Avanzó lentamente hacia la entrada del paso y se colocó desafiante. Escuchó los pasos metálicos de una nueva avanzadilla. Más de una docena de hombres, en filas de dos, ascendían por el paso. El nórdico respiró profundamente y lanzó un grito: grave, ronco, poderoso como el bramido de un cuerno de batalla. Sintió una furia irresistible que comenzaba a extenderse en su interior, un fuego colérico que insuflaba renovadas energías a sus miembros agotados. Y cuando su mirada se convirtió en un resplandor lacerante se arrojó hacia el interior del paso en pos de su destino. Los gritos del combate resonaron en las paredes de las montañas y estremeció sus cimientos. La hora había llegado.

Cárcel de Goznur, treinta kilómetros al norte de Constantinopla.

Mayo de 1190 A.D.

 

            La noche ofreció una gélida bienvenida al fugitivo. Alzó la mirada feroz como un lobo hambriento y buscó más guardias en el patio. Dos figuras se movían en la oscuridad hacia él. Con las manos libres de las cadenas se precipitó hacia ellos y los derribó golpeándoles con su puño como si de un martillo de herrero se tratara. El silencio de la muerte se alzaba siniestro tras él para ocultar su ira y locura. Ni siquiera los presos cautivos en la cárcel se atrevieron a festejar la siniestra matanza que se había ejecutado entre los muros mugrientos, porque un demonio surgido del Infierno había azotado el lugar. Temieron que fijase su atención en ellos y se acurrucaron asustados en los rincones más oscuros de sus celdas, conteniendo el aliento y elevando oraciones a sus dioses. ¿Acaso era un ángel vengador?

            Herion abrió la puerta principal y se alejó de la prisión a través de la floresta. Se detuvo a los pies de una suave colina y recuperó el aliento. Observó sus manos manchadas de sangre y alzó el rostro hacia la luna que le saludaba jubilosa. Pero su sonrisa se borró de inmediato: la sombra de un jinete y su corcel se recortaban en lo alto de la colina, como una extraña visión nocturna. Sintió que la figura tenía clavada en él la mirada. El jinete descendió y Herion se aproximó hacia él a la carrera, con los rescoldos de furia encendiendo todavía su corazón. La luna iluminó al jinete: bajo una hermosa capa de terciopelo brilló un símbolo extraño en su pecho, como una estrella plateada en forma de ave. Herion no se detuvo y lanzó un poderoso puñetazo al rostro del extraño desconocido, pero trastabilló al no encontrar oposición. Se giró y encontró a su rival a su espalda. Lanzó un nuevo puñetazo pero una mano enguantada detuvo en seco el impacto. Herion pudo ver el rostro del desconocido: de mirada fiera y adusta, de larga cabellera, mantenía aferrada la mano de Herion como un lazo de acero. El desconocido sonrió y con un gruñido propinó una patada brutal en el pecho de Herion, que cayó proyectado varios metros atrás. Se incorporó lentamente y descubrió al extraño frente a él. Alzó la mano pero una nueva patada destrozó su pecho y le lanzó rodando hasta la base de la colina. La luna despidió a Herion mientras perdía el conocimiento a merced de su enemigo.

 

 

 

 

 

 

Capítulo primero: Historias del pasado.

            Torre de la Muerte, Constantinopla.

Mayo 1190 A.D.

            —Abre la puerta, Trocero.

            El extraño se descubrió el rostro. Trocero gritó sorprendido y las puertas se abrieron. El interior del recinto se alborotó jubiloso. Diez años después, Ruy González de Ayala había regresado. Vestía una larga capa de terciopelo sobre su hermosa armadura con el emblema de su Orden. Era un hombre corpulento, de mirada profunda, cabello largo y barba corta. Sostenía con una mano las bridas de un corcel auxiliar que marchaba tras él con dos enormes fardos en su lomo, dos cuerpos inconscientes. Trocero era un hombre moreno y muy corpulento, mucho más que Ruy, tenía una mirada grave y fiera, rostro poblado de barba y cabello corto. Ambos, viejos amigos, se saludaron efusivamente. Luis Álvarez de Montemayor, señor de la Torre de la Muerte, aguardaba en el salón principal de la Torre. Ruy se dirigió hacia allí presuroso, mientras ordenó a los sirvientes que condujeran a sus dos “invitados” inconscientes, a las habitaciones de la primera planta. La torre lucía hermosa en todo su esplendor, con casi una centena de hombres en su interior convirtiéndola en un baluarte inexpugnable. Una docena de desconocidos combatían con espadas de madera, entre un murmullo de gritos de esfuerzo, sufrimiento y dolor. Ruy entró en el salón principal y Luis se aproximó sonriente. Era más alto que Trocero, corpulento y de tez clara y facciones afiladas y hermosas. Luis abrazó a Ruy sonriente.

            —Mi corazón se alegra al ver la recuperación de la Orden —dijo Ruy mientras recibía una copa de vino de manos de Luis. —¡El trabajo realizado es soberbio!

            El sol comenzaba a descender lentamente en el horizonte. Luis aceptó halagado el elogio.

            —Trocero, Jacques y los demás han demostrado ser dignos de confianza durante estos años. Y Don Carlos ha demostrado ser un gran líder.

            —Lo predije en dos ocasiones —replicó complacido Ruy. Se aproximó a un sillón y tomó asiento.

            —¿Quienes son los dos hombres que has apresado?

            —Inmortales descarriados. Los encontré en el camino de vuelta. A uno de ellos lo hallé dentro de una enorme tumba, junto a los restos del destacamento fronterizo que dirigía. Al otro me lo encontré huyendo de la prisión de Goznur. .

            —Es una muy buena noticia en estos tiempos de escasez. —dijo Luis— Pero has llegado en el momento preciso, Ruy. Teodosio vendrá esta noche a la Torre. Tenemos que discutir las consecuencias de una excursión que realicé hace varias lunas. Le he encargado que investigue algunas pistas y esta noche me expondrá los resultados de sus indagaciones.

            —Espero que no sean preocupantes.

            —Pues yo espero lo contrario —repuso el castellano mientras se frotaba el rostro con las manos. Había cambiado el tono de voz y se mostraba serio y preocupado.

            —Cuéntame que ocurrió.

            Luis Alvarez de Montemayor se recostó en un viejo sillón y alejó la mirada más allá de la ventana, en lontananza.

            —En el norte del Reino de Egipto, cerca de las estribaciones septentrionales de las colinas que rodean al Nilo, encontré el acceso a una serie de túneles desconocidos para mí. Me había guiado hasta la zona un raro presentimiento, una sospecha que necesitaba aclarar. Encontré un extraño símbolo, cuatro trazos paralelos como la huella de unas garras animales, en la entrada del túnel principal. Tomé una antorcha y entré en el laberinto.

            Luis permaneció unos segundos en silencio. Sin apartar la mirada del atardecer continuó:

            —A medida que me adentraba en la cueva sentía que una presencia maligna habitaba allí. A cada paso encontraba que las sombras revoloteaban a mi alrededor, como siniestros remolinos de oscuridad reptante. El túnel se estremecía bajo mis pies y sentía una extraña respiración que lo envolvía todo. Entré en una cavidad más amplia y pude encontrar en las paredes frescos pintados, imágenes que reconocí como antiguos seres que habían habitado en Enoch, hace demasiados años. Pude distinguir la figura de Caín, Abel y Mefisto, con sus poderosos cuernos. Cuando traté de entrar en una de las bocas de la cueva, una pared de un material viscoso se alzó ante mí. Retrocedí y una gélida corriente apagó la luz de mi antorcha. No encontré dificultad en acostumbrar mis ojos a la oscuridad, como bien sabes, y cuando logré descifrar las tinieblas que me envolvían me encontré con la presencia de un ser que se alzaba frente a la salida de la cueva. Grité en Sumerio, y la criatura me habló.

            —¿En Sumerio? —exclamó Ruy sorprendido.

            Luis afirmó con la cabeza y continuó:

            —El ser me contestó prohibiéndome el paso a la cripta. Reconocí en sus formas a Jashid. Ataqué con todas mis fuerzas pero el demonio era demasiado poderoso y me repelió con facilidad. El combate fue muy breve. Caí inconsciente y desperté a varios kilómetros de la cueva, como si me hubiera sumergido en un sueño letárgico. Logré regresar a Constantinopla y relaté mi historia a Teodosio.

            —¿Quién ha podido convocar a Jashid para proteger la cueva? —preguntó pensativo Ruy. Miró a su compañero y añadió:

            —Invocar a un demonio tan poderoso es un acto que requiere un poder muy elevado.

            —Sin duda que lo que protege es importante —replicó Luis—, pero el demonio respetó mi vida, Ruy. Reconoció mi estirpe y se conformó con expulsarme de la cueva. Todavía recuerda lo poderosos que podemos ser guiados por la venganza. La noche comienza a extenderse, no tardaremos en gozar de la compañía de Teodosio

            Ruy borró la preocupación de su rostro y sonrió. Luis descubrió nuevas cicatrices en aquel viejo rostro, aunque mantenía la misma mirada enigmática y melancólica.

            —Pero antes cenemos. ¡Hablaremos de otros asuntos menos lúgubres! —afirmó

            Luis y Trocero habían convertido la Torre de la Muerte en una de las construcciones más importantes de Constantinopla, a excepción de los edificios imperiales. Habilitada como base de instrucción militar, habían adquirido los solares limítrofes y construido una pequeña red de barracones y almacenes donde se alojaban los reclutas. Ruy sonrió complacido al comprobar que habían cumplido con creces una de las últimas tareas que les había encomendado antes de partir, diez años atrás. Era un centro de reclutamiento y adiestramiento para el ejército imperial, pero tras el Velo era la base de operaciones de la Orden del Fénix, comunicada con pasadizos secretos con la Ciudadela de Petrion, donde habían establecido el cuartel general de la Orden. Luis condujo a Ruy al salón comedor.

            En el sótano habían habilitado una de las estancias como comedor principal y allí compartían idénticos alimentos reclutas e instructores. Ruy declinó ocupar el asiento principal, ocupado habitualmente por Luis.

            —Deseo permanecer lo más inadvertido posible —afirmó mientras tomaba asiento junto a Luis.

            Los criados comenzaron a servir la cena y Ruy escanció su copa.

            —Estoy orgulloso de vuestro trabajo —afirmó sonriente.

            —Cumplimos con nuestra obligación lo mejor que podemos. Aquí, en la Torre, acogemos a los hijos menores de los nobles que desean ingresar en las órdenes militares. Los adiestramos según las viejas normas y aquellos que destacan son reclutados para la Orden.

            —Como siempre ha sido —añadió Ruy. Bebió de la copa y observó a los reclutas:

            —¿Qué nuevas hay de los Defectori?

            —Ruy, has permanecido demasiados años en tierras lejanas. ¿No te han llegado noticias de Bellum Umbrae?

            Ruy frunció el ceño.

            —La Guerra de las Sombras… —musitó pensativo.

            —Los Defectori lograron huir de Constantinopla. Sus doctrinas se expandieron como una plaga virulenta a lo largo de todos los territorios conocidos, incendiando numerosas villas. La Orden ha conseguido mantener una paz relativa gracias a los esfuerzos conjuntos de los vampiros, licántropos y magos leales al Equilibrio. Cuando la amenaza surge en cualquiera de nuestros territorios recibimos la alerta y enviamos un destacamento a erradicar el mal. Hasta el momento hemos acudido con éxito a todas las misiones de auxilio, pero con cada luna recibimos más llamadas. Cuando descubrí la tumba, en Egipto, habíamos acudido a una llamada del Sultán de El Cairo.

            —En estos tiempos extraños la Orden es más necesaria que nunca. Lamento haber desaparecido durante tantos años, amigos míos —afirmó Ruy con preocupación.

            La cena transcurrió plácida y Ruy relató las aventuras que le habían ocupado en el reino de Kiev. Diez años en los que había seguido el rastro de Viktoria con la esperanza oculta de encontrar el cuerpo en el que pudiera regenerarse, pero la desgracia le arrojó una y otra vez contra innumerables peligros y enemigos implacables. Trabó amistad con el Patriarca de Kiev, Vlad Establesi, y combatió contra criaturas surgidas desde los mismísimos abismos del infierno. Había descubierto nuevos territorios y adquirido nuevos conocimientos, pero jamás halló el rastro de Viktoria. Luis no lograba adivinar la importancia que podría tener encontrar a aquella dryada, una hechicera inmortal pagana. Ruy había obrado al margen de la Orden durante los últimos doscientos años, pero su aventura en la última década era imposible de comprender por nadie. Concluyeron la cena y se dirigieron al salón principal. Ruy continuó su relato:

            —Es una tierra hermosa. Pero más dura y salvaje que nuestra amada Castilla. Los inviernos son largos y crueles; los estíos suaves y cortos. El sol luce sin fuerza durante meses enteros para cubrirse en una noche perpetua, donde las criaturas de las sombras extienden sus redes de forma impune. Son tierras peligrosas, amigo mío.

            Llegaron a la estancia y Teodosio se encontraba sentado frente a la chimenea apagada. Vestía una larga túnica oscura, parecida a una sotana, y una fina máscara de lino ocultaba su rostro deforme. Se arrodilló ante Ruy cuando éste entró en la estancia.

            —Mi gratitud, y la de mi familia, será eterna con Vos. Os debemos nuestra existencia —dijo Teodosio sonriente—. ¿A quién debo saludar, mi señor? ¿Acaso sois el misterioso Josepth Moutinho, mago, alquimista y sabio? ¿O el poderoso Urabi de Ukesh? O quizá el humilde Ruy González de Ayala, súbdito castellano. Os advierto que desde hace una década estos tres nombres se mencionan con respeto y temor en los rincones de nuestra ciudad.

            Ruy devolvió la sonrisa cómplice.

            —A los tres a la vez, según donde me encuentre —replicó.

            —La familia de Teodosio obra una labor vital —afirmó Luis—. Han tejido una vasta red de espionaje que nos mantiene alerta ante nuestros enemigos. Son nuestros más valiosos aliados.

            Ruy ayudó al vampiro a incorporarse y sonrió:

            —Nuestra gratitud es recíproca, buen Teodosio.

            —Mis señores. Me abrumáis con vuestras consideraciones. Pero el resultado de mis pesquisas es más abrumador…

            El vampiro titubeó.

            —He puesto al día a Ruy —informó Luis—. Puedes hablar con libertad.

            Teodosio se dejó caer sobre uno de los sillones del salón. Ruy se sirvió una copa de vino y bebió silencioso mientras escuchaba las palabras de Teodosio:

            —Alarmado por tu descripción, me dirigí a los más sabios de mi familia, más allá de estos muros. Investigué el origen del extraño símbolo, familiar para algunos de los componentes más ancianos de mi familia.

            Teodosio hizo un silencio. Dirigió la mirada a Ruy y prosiguió:

            —Zoe Feriae fue uno de los primogénitos nacidos en Enoch. Fundador de la estirpe Feriae, formó parte de la vanguardia de las huestes de Caín en las guerras de Enoch. Huyó junto a su señor cuando fueron derrotados. La marca que distingue a sus descendientes, vampiros inhumanos más parecidos a las bestias que a los humanos, es la huella de cuatro zarpas poderosas. Varios años antes del nacimiento de Cristo Zoe despertó de su letargo y asoló una de las provincias más despobladas de Roma. Su furia y sed de sangre fueron implacables. El Senado envió a tres campeones inmortales a eliminar al Anciano y les armaron con las míticas espadas calídbicas, utilizadas por los antiguos en las guerras contra Mefisto. Ilias, Gratos y Hermes contaron con la ayuda de los licántropos, eternos enemigos de los Feriae. Acudieron a su encuentro y derrotaron a Zoe y al resto de aliados que le protegían.

            Ruy añadió:

            —Ilias, Gratos y Hermes forman parte de nuestra historia como los mejores guerreros de nuestra especie. Desarrollaron la Senda del Acero.

            —Creo que Luis descubrió la tumba de Zoe. Y los augurios nos alertan del comienzo de su despertar —afirmó pensativo Teodosio.

            El silencio envolvió la estancia. Ruy se incorporó y abrió la contraventana. Las luces de la ciudad brillaban en la oscuridad de la noche como un firmamento terrestre titilante. La luna se alzaba orgullosa y el viento mecía las copas de los árboles suavemente. Una brisa fragante entró en la estancia.

            —Debemos evitar el despertar de Zoe —dijo al fin Ruy. Sus ojos brillaban emocionados.

            —Ruy, si los tres héroes no lograron derrotar al Anciano, nosotros no podremos culminar su trabajo. No poseemos ni un ápice del poder antiguo —protestó Luis agriamente.

            —Pero podemos encontrar las tres espadas calíbdicas —replicó Ruy—. O al menos una.

            Se aproximó a Teodosio y sonrió:

            —Con la ayuda de tu familia podremos encontrar el paradero de las tres espadas. Entonces estaremos preparados para hacer frente al despertar de Zoe.

            Luis inclinó la cabeza pensativo. Se incorporó y añadió:

            —Debemos ser cautos. No podemos proporcionar pistas a nuestros enemigos. Si el despertar de Zoe fuese conocido por los Defectori tendría consecuencias fatales.

            —Mi destino debe cruzarse con Zoe, lo presiento. Buscaré las espadas —afirmó Ruy.

            — La guerra nos desborda. Necesitamos tu liderazgo, ¡no podemos perder hombres! —reprochó Luis.

            —Y no los perderéis, buen amigo. Soy consciente que nos encontramos en una situación muy delicada, pero puede complicarse más aún con el despertar de Zoe. De momento contamos con la ayuda de la mayoría de las familias de vampiros, pero si Zoe despierta…¿crees acaso que nos ayudarán?

            —La familia Sculo permanecerá a vuestro lado, leales a nuestra palabra —afirmó Teodosio con energía.

            Ruy sonrió al vampiro.

            —Nunca dudaré de vuestra lealtad, amigo mío. Voy a necesitaros de nuevo.

            La reunión finalizó y Ruy dejó solos a Teodosio y a Luis.

            —Ruy siempre había deseado emular las hazañas de Ilias. Mucho me temo que esta empresa sea demasiado grande incluso para él —afirmó Luis mientras contemplaba a su amigo atravesando el patio.

            —Es un ser poderoso, el más poderoso de cuantos he conocido. Pero está solo. No lo conseguirá él solo. Necesitará aliados.

            Luis replicó:

            —La Orden del Fénix debe permanecer en su tarea. Nos hallamos en un momento sombrío en el que necesitamos todas nuestras fuerzas preparadas para neutralizar la amenaza. Mucho me temo que no podremos ayudarle. La Guerra de las Sombras absorbe toda nuestra atención.

            Teodosio se asomó a la ventana y observó la noche.

            —Me pregunto cual será el próximo paso de Ruy —susurró pensativo.

            Luis se acercó al vampiro. Teodosio se giró y miró a su compañero a los ojos:

            —Me conforta saber que no todos los inmortales sois iguales. Su destino se encuentra constantemente entrelazado al de alguna mujer, seguramente conocida en alguna taberna de infame reputación. Desaprovecha todo su poder.

            —Amigo mío, los inmortales no somos como los vampiros. Somos más humanos. Nos gusta disfrutar el tiempo que nos ha tocado vivir, paladear los placeres humanos. Vuestra ansia de sangre os ciega ante nuestras emociones. Las necesitamos para afrontar cada mañana que se alza.

            —¿Y qué te hace levantar cada mañana? —inquirió el vampiro afable.

            Luis rió y apoyó una mano en el hombro de Teodosio:

            —Sois un vampiro inteligente, pero no debéis sobrepasaros con vuestras preguntas. El destino del Equilibrio renueva mis energías. La responsabilidad que me une a los míos es lo que me obliga a saludar al sol cuando se alza cada mañana. Mi lealtad a la Orden es mi vida, Teodosio, aunque actualmente no formemos parte de ella de manera oficial. Pero no olvides que nosotros permanecemos bajo las órdenes del Maestre de la Orden del Fénix.

            Luis sonrió y añadió:

            —De la misma manera que el emblema no luce orgulloso en la Torre, lo que provoca gran pesar a Ruy. No desesperéis, amigo mio.

            —Cuando se desencadena la tempestad, nuestra familia es la primera en perecer —dijo Teodosio—. Somos conscientes que necesitamos ocultar nuestra colaboración con la Orden, puesto que muchos de nuestros hermanos de especie nunca lo entenderían. Pero vosotros sois los únicos que nos han auxiliado en momentos de necesidad, y nuestra familia no olvida.

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            El Gran Barrio Imperial apenas había renovado alguna lujosa villa desde la última vez que Ruy había visitado sus muros, diez años atrás. La villa de los Sweird se alzaba orgullosa junto a las ruinas del Palacio de las Luces. Sonrió con melancolía al recordar la noche en la que la ira le condujo hasta aquellos muros, cuando la Orden del Fénix resurgió. Sacudió la cabeza y trató de borrar aquellos recuerdos que siempre le conducían hacia el hermoso rostro de Viktoria, postrada en su lecho, susurrandole con su hermosa voz. Llegó a la puerta de la villa y se dirigió a los centinelas con voz firme y autoritaria:

            —Decidle a vuestro señor que Josepth Moutinho espera en la puerta.

            Aguardó varios minutos y fué conducido hasta un gran salón en el interior de la villa. Allí, Julian Sweird, patriarca de la familia en Constantinopla, saludó a su viejo aliado con los brazos abiertos y exclamó sonriente:

            —¡Por todos los dioses! Me alegro de veros, viejo amigo. Aparecéis como un espectro surgido de la nada, algo que es costumbre vuestra.

            Ruy inclinó la cabeza.

            —Mi corazón rebosa de alegría al pisar vuestro refugio, Don Julian.

            El vampiro batió palmas y ordenó a sus sirvientes traer comida y bebida para su invitado. Tomaron asiento en un rincón de la estancia, junto a un balcón que conducía al exterior. La brisa de la noche jugueteaba con la cortina de seda.

            —Don Julian, seré breve. Estoy interesado en compraros la espada que Marco Tempone os vendió hace tiempo.

            El vampiro frunció el ceño tratando de recordar. Una sirvienta depositó una jarra de plata con una copa y escanció el vino. Ruy bebió mientras aguardaba la contestación.

            —Lamentablemente no puedo ayudaros. Se la regalé a un pariente mío como contraprestación a un favor realizado.

            —Y grande tuvo que ser el favor para merecer semejante presente —objetó Ruy mientras depositaba la copa.

            —Ruy, los asuntos de los vampiros son demasiado intrincados para comprenderlos. ¿Por qué deseáis encontrar esa espada? —replicó el vampiro incómodo.

            —Era una de las espadas calíbdicas, un tesoro para cualquier inmortal que pueda poseerla. Según la historia fue empuñada por el mismo Julio Cesar en sus guerras.

            —La espada que intercambié con el inefable Marco Tempone era un arma muy hermosa, en verdad. Pero desconocía hasta ahora su verdadero precio. Se la regalé a mi hermano, Vikav Sweird, patriarca de mi familia en Obuda.

            Ruy se incorporó sonriente.

            —Entonces es a vuestro hermano a quien debo comprársela, pues. No deseo molestaros, amigo mío —concluyó Ruy mientras ofrecía su mano al vampiro—. Simplemente os visitaba para saludaros.

            —Nunca sois una molestia —dijo el vampiro más afable. La arruga se había disipado en su frente y se mostraba sonriente. Estrechó la mano de Ruy y le acompañó hasta la salida.

            —¿Permaneceréis mucho tiempo en Constantinopla?

            Ruy se encogió de brazos:

            —No soy dueño de mi tiempo —dijo—. Corren tiempos peligrosos.

            Ruy abandonó la villa y se aproximó a la villa de Mariona, cercana a la del patriarca Sweird. Las sombras de la noche le proporcionaron el cobijo necesario para saltar sus muros y perderse entre los setos del hermoso jardín. La noche era joven todavía y encontró a la mujer vampiro caminando entre sus setos de rosas favoritos.

            —Sois un vampiro de costumbres fijas —dijo mientras salía de su protección.

            Mostró sorpresa al escuchar las palabras de Ruy, pero cuando se dejó ver sonrió. Era un ser radiante, una belleza sublime como lo había sido Anna Govella en el pasado. Sus ojos, grandes y expresivos como estrellas plateadas, brillaron con sensualidad. Vestía una hermosa túnica de seda ceñida. Un collar de radiantes rubíes adornaban su escote generoso. Lucía el cabello recogido en una diadema plateada y numerosas perlas se engarzaban en los mechones como pequeñas piedras preciosas.

            —Y tú eres un inmortal impertinente —replicó ella—. Tomas demasiados riesgos. Deberías solicitar una audiencia si deseas verme. Ya no soy la hija menor del Patriarca de la Noche, como hace diez años.

            Se acercó a Ruy y le ofreció con una sonrisa radiante una rosa carmesí. Ruy tomó la rosa con el rostro serio.

            —No ignorarás que soy la Matriarca de Constantinopla, sucesora de mi padre.

            —Estoy al corriente, mi señora.

            Ambos caminaron juntos por los senderos de gravilla del amplio jardín.

            —La Guerra de las Sombras está consumiendo a mi pueblo —dijo ella después de un largo silencio.

            —La Orden combate a los rebeldes con todas sus fuerzas —replicó vagamente Ruy. Desconocía qué palabras utilizar, ni el propósito de la visita. Simplemente necesitaba ver de nuevo a aquella mujer tan fascinante.

            Mariona miró al suelo y se mordió ligeramente el labio inferior.

            —No puedo dudar de ello, mi señor. ¿Puedo haceros una pregunta personal?

            Ruy se detuvo. Contempló la luna indiferente.

            —Preferiría que un vampiro no me formulara preguntas personales —respondió con cierta acritud.

            —Conocíamos vuestra mascarada en Toledo antes de apresarte.

            Ruy continuó en silencio. Cruzó los brazos y dio la espalda a la mujer.

            —Mi padre había trazado el plan con años de antelación, desde vuestra última visita a Constantinopla. ¿ Recordáis?

            Ruy inclinó la cabeza.

            —Él me contrató —replicó.

            —Y también tejió la trampa que os atrapó —continuó ella—. Ambicionaba vuestro poder, anhelaba ocupar vuestra posición.

            —Pues no lo consiguió —refutó ásperamente Ruy.

            Se giró y mantuvo la mirada en la de la mujer vampiro.

            —¿Vas a formular la pregunta?

            Mariona contuvo el aliento.

            —¿Por qué te entregaste?

            Ruy cerró los ojos y se cubrió el rostro con las manos.

            —Erais inocente, Urabi, y os conducían a una emboscada. ¿Por qué os entregasteis?

            —Han pasado muchos años desde entonces, y los míos han sufrido más tormentos a manos de vuestra gente que en los últimos cuatro siglos. La herida no ha cicatrizado todavía, por lo que no contestaré a tu pregunta, Mariona.

            Ella se acercó y acarició suavemente el rostro de Ruy. Su mirada era límpida, clara como la nieve en las montañas. Pero Ruy se apartó:

            —¿Gabriel sigue siendo el Protospatharios, Capitán de la Guardia Personal del Emperador?

            —Megas Domestikos —contestó Mariona.

            —Comandante en jefe del ejercito imperial…

            Mariona se aproximó de nuevo a Ruy con la mirada refulgente.

            —Le amo. Pero pertenecemos a dos mundos diferentes.

            —Comprendo.

            Ruy retrocedió hasta las sombras de los rosales.

            —Buenas noches, Matriarca.

            Desapareció entre las sombras llevado por la brisa de la noche. Mariona sonrió con admiración. Aquel enigmático inmortal no había contestado a su pregunta, ni había aclarado los motivos de tan fugaz e inesperada visita.

            Las aguas del Mar del Mármara se mecían suavemente en el puerto de Teodosio. Ruy observó el rielar de las estrellas en las aguas. El puerto se encontraba vacío y el silencio se quebraba por el susurro de las olas. Hubiera deseado contestar a la pregunta de Mariona, pero no podía confiar en un vampiro. Era imposible. No podía revelar el amor que había sentido por Alba, una mortal, porque no encontraba la manera de expresar los sentimientos que le habían arrastrado a unirse a ella. Y cuando su viejo amigo, Luis Álvarez de Montemayor, acudió a apresarle acompañado por un pequeño ejército no pudo arriesgar a lo que más quería. El tiempo curó la herida que aquella traición había abierto en su corazón, ya que el inmortal castellano desconocía el destino que le aguardaba. Suspiró apenado: el tiempo siempre curaba las heridas, incluso las más profundas. Y un inmortal poseía tiempo de sobra. No se arrepentía de su decisión. En aquel momento necesitaba conocer al autor de la traición pero desconocía los sufrimientos que padecería después. El destino siempre reserva extrañas sorpresas y sin aquella decisión jamás hubiera conocido a Viktoria. Sintió un pinchazo en el corazón al recordar de nuevo su hermosa mirada, tan azul como un cielo despejado de primavera. Por un momento deseó que el tiempo también hubiera curado aquella herida, olvidar aquellos sentimientos que le atenazaban el estómago. El sol comenzaba a asomar más allá de los muros. Inició el regreso a la Torre.

            La sombra se escurrió entre los muros del puerto a medida que avanzaba Ruy camino a su refugio. Etérea, como surgida de la nada, traspuso los callejones y siguió el rastro del inmortal. Le había encontrado por casualidad, en el refugio de Julian Sweird, y decidió seguir los pasos de aquel extraño ser, que recorría los tejados de la ciudad como si de un gato callejero se tratara. Era una presa poderosa y su señor le recompensaría por la información. Los primeros rayos del sol le obligaron a regresar a la morada de su señor, el monasterio de Santa Marta, en las faldas occidentales de la cuarta colina. Atravesó los pasillos empedrados y vacíos y descendió por las escaleras que conducían al sótano, donde le esperaba una jugosa recompensa. Allí se encontraba su amo, Salonio, hablando con sus sirvientes, Bara y Ugluk. La sombra se acercó a su señor y le susurró al oído aquello que había descubierto durante la noche.

            —Bien —dijo Salonio —. Puedes alimentarte.

            La sombra se escurrió entre los barrotes de una jaula y se introdujo en el interior de ella, entre las ratas que albergaba. Salonio alzó la mirada a sus sirvientes.

            —Hemos encontrado algo interesante, amigos míos. —dijo sonriente.

            Era un hombre bajo y corpulento, de mirada vivaz y rostro pulcramente afeitado. Vestía un hábito ocre y tonsura en el cráneo. Bara y Ugluk eran más altos y de tez más morena, aunque delgados y enjutos. Ambos lucían el mismo hábito que su señor.

            —Idos a la Torre de la Muerte y vigilad al recién llegado —ordenó Salonio—. Durante la noche la sombra os relevará.

            Observó alejarse a sus siervos y tomó asiento frente a un escritorio. Releyó una de las cartas que se encontraban en el escritorio, la firmó y la acercó a una de las velas. El papiro se consumió lentamente en un pequeño montón de cenizas. Salonio las introdujo dentro de una copa de madera y volvió a prenderles fuego. Las cenizas desaparecieron y en el interior se quedó vacío. Limpió la copa con un trozo de lino blanco y se incorporó. Sentía curiosidad por conocer al nuevo huésped de la Orden.

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            El campanario de la Iglesia de Santa María Diakonissa tocó la hora tercia, con los primeros rayos de luz. Ruy descendió al patio y encontró un amplio grupo de hombres practicando el combate con espadas de madera. Trocero y Luis eran los instructores y mostraban mano férrea en cada error cometido. Ruy permaneció varios minutos observando complacido la instrucción, pero cuando Luis advirtió su presencia se aproximó sonriente:

            —En esta hora formamos a los más prometedores. Aquellos cuyas aptitudes son menores entrenan en el exterior de los muros.

            —He realizado el conjuro que transforma las reservas de aqua vitae que aguardaban mi llegada —dijo Ruy.—. Si tenéis algún herido podéis darle de beber, pero disimuladlo en algún brebaje medicinal. No es recomendable que se descubra que poseemos semejante tesoro. Las ánforas se encuentran en mi habitación.

            —Allí permanecerán en secreto, Ruy.

            Se llevó una mano a la cabeza y lanzó una mirada al perímetro de la Torre.

            —Tengo la sensación de que la torre no me pertenece, me siento como un extraño en mi propio hogar —afirmó con tono melancólico.

            —Has pasado demasiados años fuera de aquí —replicó Luis—. Tú mismo nos encomendaste la misión de utilizar la Torre como centro de reclutamiento. ¿Vas a participar en el entrenamiento?

            —Así es —contestó Ruy mientras estiraba los brazos—. ¡Necesito algo de acción!

            Se despojó de la camisa y guiñó un ojo a su viejo amigo. Reunieron a los hombres alrededor de ellos y contemplaron con extrañeza la infinidad de viejas cicatrices que surcaban el cuerpo de Ruy. Algunas voces susurraron su nombre y pudo distinguir las miradas de admiración entre los jóvenes reclutas. Luis señaló a cuatro de ellos y les entregó espadas de madera. Ruy tomó otras dos espadas de madera y se colocó en el centro del patio. Depositó una de las espadas en el suelo y colocó la otra a la altura de la cintura, sosteniéndola con la mano izquierda como si se encontrara envainada en un cinto imaginario.

            —¡Dadles armas de verdad! —ordenó Ruy con tono severo.

            Un murmullo se elevó en el grupo de espectadores mientras reemplazaban las armas de madera por armas verdaderas a los adversarios de Ruy. Éste cerró los ojos y se concentró. Empuñó la espada con la mano derecha pero no la desenvainó. Aguardó al primer ataque y entonces desenvainó ejecutando un giro que golpeó a su oponente en la parte posterior de las rodillas, quien cayó al suelo aturdido mientras otros dos compañeros atacaron a la vez. Ruy esquivó los dos golpes con facilidad y golpeó la mano que esgrimía el arma de uno de ellos, desarmándole; detuvo un nuevo golpe y propinó una fuerte patada en el torso del siguiente rival. Antes de que su rival más cercano alzase de nuevo su arma asestó un golpe violento en su estómago y lo derribó escupiendo sangre al suelo. Rodó sobre su costado, recuperó la segunda espada y se incorporó. Paró un nuevo golpe con una de ellas y con la otra contraatacó golpeando el rostro del atacante. Se giró y esquivó las estocadas del último rival que permanecía en pie, jugando con sus ataques y sonriendo complacido. Por último detuvo el ataque con las dos espadas y seguidamente ejecutó un círculo imparable, golpeando con cada espada en los dos costados de su desdichado rival. Un silencio se extendió mientras se incorporaban los maltrechos vencidos. Ruy les ayudó y sonrió a los espectadores, quienes habían enmudecido ante su demostración.

            Luis ordenó con un grito retomar los combates. Ruy permaneció en el patio atento a los movimientos de los soldados hasta que el sol ascendió a lo alto del cielo, momento en el que finalizó el entrenamiento. Entonces dos desconocidos entraron en el patio. Caminaban despacio, con cautela, y observaban a su alrededor con miradas de extrañeza. Eran altos y corpulentos, de miradas feroces, facciones afiladas y adustas. Parecían dos estatuas surgidas del Foro de Constantino: uno rubio como el trigo maduro en estío, otro moreno como una noche de invierno, de músculos perfectos como tallados en una estatua de carne, pero similares como hermanos. Lanzaban miradas serenas pero calculadoras, escudriñando el lugar para encontrar la salida más próxima o buscando algún enemigo acechante, y Luis percibió en aquellos inmortales la misma llama que ardía en el interior de Ruy. Éste se aproximó a ellos sonriente y levantó una mano:

            —¡Salve, hermanos! —gritó desde la distancia. Los dos extraños detuvieron el paso.

            Contestaron al saludo de Ruy con un gesto breve. Éste les condujo al interior de la Torre, entraron en el salón principal y cerró las puertas. Se aproximó a una mesa y sirvió vino en tres copas.

            —Mi nombre es Ruy González de Ayala —dijo mientras les entregaba una copa a cada uno de ellos—. Os encontráis en Constantinopla, en mi refugio.

            —Sois quien me venció la pasada noche —afirmó el moreno.

            —Te rescaté —interrumpió Ruy—. Te salvé de un final incierto. Y a ti —miró al nórdico rubio— te encontré en una fosa común, entre los restos de un batallón imperial aniquilado.

            —Mi nombre…

            —Herion de Boecia —volvió a interrumpir Ruy— y Lanson, de tierras nórdicas. Os he estado buscando en los últimos años.

            Guardaron silencio durante unos minutos. Ruy volvió a llenar las copas vacías de sus invitados.

            —¿Cuántas veces habéis muerto en los últimos años? —preguntó con el rostro serio.

            —Incontables —replicó Lanson—. Siempre en la batalla.

            —¿Nunca habéis deseado conocer vuestra verdadera naturaleza?

            —Siempre he creído que la maldición de Dios había caído sobre mi cabeza —contestó Herion—. Condenado a levantarme siempre que caía, sin conocer el descanso eterno.

            —Supongo que estaréis hambrientos

            Ruy abrió la puerta y ordeno traer comida y bebida. Minutos después Lanson y Herion devoraban las viandas con hambre sobrehumana. Ruy sonrió y despidió a los sirvientes.

            —Somos Inmortales —comenzó con voz solemne—. La historia de nuestro linaje se remonta a los albores de la historia, cuando los dioses caminaban por nuestro mundo y se confundían entre los mortales.

            Ruy continuó su relato durante varias horas. Desde el origen de sus antepasados, hasta los días actuales en los que eran protagonistas. Lanson y Herion encontraron las respuestas que habían buscado durante tanto tiempo: los motivos por los que no podían morir, los poderes sobrehumanos que desarrollaban y que a la vez los aislaban de los mortales. Relató con exactitud la soledad que habían sentido y la extraña sensación de vacío que les recorría el cuerpo cuando recordaban los tiempos pasados. La soledad habría acabado con sus deseos de vivir si no les hubiera encontrado. Pero nada dijo sobre el extraño presentimiento que había sentido, como si hubiera encontrado dos hermanos iguales a él. Poseían la misma mirada triste y vacía cuando vaciaban las copas de vino y permitían que sus pensamientos vagaran por el lejano pasado; Ruy podía leer en sus almas atormentadas el dolor y los remordimientos que les causaba haber sido incapaces de evitar la pérdida de aquello que más amaban. La noche cayó cuando Luis interrumpió la reunión y se presentó con el rostro grave. Mostró un pergamino a Ruy y habló con la voz agitada:

            —Hemos recibido noticias de los enviados de Teodosio. Son las indicaciones exactas de un pozo de Defectori. Debemos desinfectarlo de inmediato, antes de que se escurran de entre nuestros dedos. Ésta es la orden de Don Carlos.

            —Lanson y Herion nos acompañarán —ordenó Ruy mientras se incorporaba.

            —Pero apenas conocemos sus habilidades —replicó Luis—. Don Carlos jamás lo aprobará, no son ni escuderos de la Orden.

            —Son algo más que aprendices —afirmó Ruy—. Son dos inmortales que han sobrevivido a las miserias que nuestra especie nos tiene reservadas durante siglos. Conocen tan bien como nosotros mismos sus propias capacidades, y son más ancianos que la mayoría de los seres que habitan en esta Torre y la Ciudadela de Petrion, a excepción de Carlos, tú y yo.

            Luis inclinó la cabeza.

            —Además deseo verles en combate —finalizó Ruy—. No serán molestia alguna. Te garantizo que estarán a la altura del mejor de los nuestros.

            Un pequeño destacamento de jinetes formó en el patio. Ruy aguardaba a pie luciendo su hermosa armadura con el emblema del Fénix grabado en el pecho. En el cinto ceñía Demoledora, espada forjada en Toledo por el maestro inmortal Helkias,y no portaba protección alguna para el rostro. El destacamento lo formaban Lanson, Herion, Luis, Trocero, Martín de Ávila, quien era un inmortal viejo amigo de ambos, y él. Acarició las crines de su corcel y montó en la silla con un salto vigoroso.

            —Tú nos guías, Luis —dijo Ruy con una sonrisa en el rostro.

            Su corazón latía con fuerza y de nuevo sentía el placer y la tensión de una cacería, como en los viejos tiempos. Respiró el aire húmedo de la noche y vaticinó lluvias para antes del amanecer. La puerta se abrió y el grupo partió entre los relinchos de los corceles y el restallido de los cascos en el empedrado.

            El grupo atravesó la Avenida Central como un rayo entre la neblina. Los pocos transeúntes que frecuentaban los puestos nocturnos se apartaban temerosos ante la llegada del grupo atronador; y algunos, lo más píos, se santiguaban y se apartaban ante aquellos extraños jinetes. Luis conocía las contraseñas de las puertas que custodiaban el Muro de Constantinopla y ascendieron por la Avenida a través de las estribaciones de la Quinta Colina, rumbo al Exokionion. Traspusieron la quinta puerta, en el cauce del Lycus, y avanzaron en la oscuridad de la noche hacia un suburbio de chozas de barro a una milla de distancia. Se detuvieron a varios cientos de metros del conjunto de casuchas y se desplegaron en semicírculo al trote. La luna se alzaba orgullosa ante sus cabezas y los caballos sudorosos. Se aproximaron en silencio, pero a una señal de Ruy desenvainaron sus espadas y espolearon las monturas, arrancándoles un quejido sobrenatural que surcó la noche como una advertencia. El ataque fue rápido y mortal. Irrumpieron entre las casas incendiándolas mientras abatían a cuantos hombres, vampiros y otras bestias se alzaban contra ellos, como un poderoso ejército conquistador. Al cabo de pocos minutos arrinconaron a un grupo de vampiros en uno de los descampados del suburbio. Ruy desmontó y alzó la mano deteniendo el ataque. Frente a él seis vampiros se alzaban armados con espadas y escudos, mostrando sus dientes sobrenaturales como fieras acorraladas. Ruy se aproximó lentamente a los vampiros.

            —Luis, registra las casas con la ayuda de Martín —ordenó sin perder de vista a los vampiros—. Herion y Lanson, acompañadme. Trocero permanece alerta, no quiero que nos sorprendan por la espalda.

            El resto del grupo desmontó en silencio. El fuego que incendiaba algunas chozas crepitaba con furia arrojando sombras grotescas. Ruy tomó una daga con la mano izquierda y la lanzó con todas sus fuerzas. Uno de los vampiros cayó al suelo con el corazón perforado y lanzando gritos de dolor. Lanson se abalanzó sobre dos vampiros y Herion atrajo otros tres, de manera que dejaron solo a Ruy. Trocero contuvo el aliento: incluso para Luis, el mejor guerrero que conocía después de Ruy, tres vampiros eran demasiados enemigos. Ruy atravesó con una tosca estaca el corazón del vampiro caído y se apoyó en su espada, a modo de bastón, contemplando el combate con una mueca divertida en el rostro. No esperaba aquella muestra de estupidez por parte de sus nuevos amigos.

            Pero no fue estupidez.

            Lanson decapitó al primer vampiro que atacó con un movimiento rápido y certero con su hacha de doble filo. Manejaba el arma pesada con una mano con aparente facilidad, y se movía como un felino nórdico. Saltó para evitar el ataque a los pies que le lanzó el segundo enemigo, bloqueó con su mano izquierda el siguiente ataque y destrozó su estómago con un brutal giro de su hacha. Mientras, Lanson se movía con mayor velocidad que su compañero para evitar los ataques de sus tres enemigos. Rodaba, saltaba, fintaba y contraatacaba con una sonrisa en el rostro. Combatía con dos espadas anchas y en dos movimientos rápidos y coordinados abatió a sendos rivales, como un movimiento de baile mil veces ensayado. Se aproximó lentamente al vampiro sobreviviente, paladeando su superioridad y girando lentamente las espadas, hasta que el vampiro atacó. Con la espada derecha barrió sus pies, se giró con rapidez y aprovechó el movimiento para decapitar al vampiro con la espada izquierda. Mientras Herion remataba a su rival en el suelo Ruy decapitó a los dos caídos y cruzó una mirada cómplice con Trocero. Ambos sonrieron. Tomó por el cuello al vampiro paralizado por la estaca y entró en una de las chozas que no había perecido por el fuego. Allí aguardaban Luis y Martín sentados en taburetes de madera contemplando un pequeño trozo de manuscrito depositado en una mesa. En el centro ardía una vela de cera iluminando tenuemente el lugar.

            Trocero, Herion y Lanson permanecieron fuera montando guardia. Ruy arrojó el cuerpo inmóvil del vampiro aterrorizado a los pies de Luis. Éste no movió ni un músculo de su rostro. Permanecía absorto escudriñando el pequeño trozo de pergamino.

            —Ruy, debes mirar esto.

            Martín se incorporó y dejó su sitio a Ruy.

            —Parece la marca de Zoe —afirmó Ruy mientras acercaba el trozo de pergamino a la luz de la vela. Junto a lo que parecía la marca de la familia Feriae se alzaba una pequeña figura grotesca, medio humano medio murciélago, rodeado de extraños caracteres cuneiformes.

            Ruy comenzó a leer lentamente los caracteres:

            —Contemplad el hermoso rostro de nuestro Anciano, mitad bestia mitad vampiro. Pues es su poder lo que debéis adorar ante su mirada aterradora. Y debéis alimentar su despertar con la sangre inmaculada de vuestros súbditos.

            Alzó el rostro preocupado.

            —El idioma es sumerio, un idioma olvidado utilizado en los albores del tiempo —prosiguió—. Tenemos entre nuestras manos los restos de una copia del “Libro de los Sueños”, donde se relatan terribles secretos de los vampiros más ancianos.

            —Es evidente que los Defectori conocen el paradero de la tumba de Zoe —afirmó Luis pensativo.

            —No creo que sea tan evidente —refutó Ruy—. Pero ahora vamos a despejar nuestras dudas.

            Tomó el pergamino y se lo ofreció a Luis. Despejó la mesa y depositó en ella el cuerpo inmóvil del vampiro. Amarró sus manos y pies a la mesa con una cuerda y extrajo la estaca. El vampiro permaneció quieto, observando a sus enemigos aterrado.

            —Soy Urabi de Ukesh —dijo Ruy mientras clavaba la mirada en el vampiro—. Sé que me conoces, o al menos a quien crees que soy. No hace falta que lo reconozcas.

            Aproximó la vela al vampiro.

            —¿Te gusta el calor del fuego? —preguntó amenazante.

            Entonces colocó su muñeca izquierda sobre la llama de la vela y permaneció varios segundos mientras la carne se quemaba lentamente. Apretó los dientes y no desvió la mirada de los ojos del vampiro mientras apartaba la vela de la muñeca

            —Si soy capaz de hacerme esto a mi mismo sin pestañear —continuó— imaginate de lo que soy capaz de hacer con un vampiro. Y con un poco más de fuego.

            El vampiro palideció. Comenzó a sudar sangre y a temblar.

            —Además, me encanta saludar al amanecer… ¿Quieres que lo saludemos juntos?

            El cautivo negó con la cabeza aterrado.

            —Entonces nos vas a contar lo que queremos saber —replicó sonriente Ruy. Tomó un trozo de tela y vendó la herida de su muñeca.

            El vampiro confesó con mayor sinceridad que un penitente arrepentido en un confesionario. Relató que el pergamino se lo había entregado un vampiro llamado Merido de Salonica, en una taberna cerca del foro de Constantino, “La Jarra Llena”. Les había sugerido atacar la mansión Sweird durante las últimas semanas y hace dos días que habían detenido los ataques, ya que su líder había caído en el último asalto. Con las primeras sombras de la siguiente noche debían verse de nuevo en la taberna para recibir nuevas órdenes. Ruy sonrió satisfecho antes de decapitar al joven vampiro aterrado. Guardó el pergamino en una pequeña bolsa anudada en el cinto.

            —Era un grupo de vampiros jóvenes, como muchos grupos de Defectori —afirmó Luis—. Pero aún así poseían un fragmento del “Libro de los Sueños”. Es difícil de entender.

            —Es evidente que el verdadero fragmento posee un valor importante para los vampiros —contestó Ruy—. Poseerlo les otorga poder, aunque desconozco qué clase de poder. Y una copia de él puede suponer un tesoro incalculable para el vampiro incapaz de distinguir el original de una copia.

            El grupo montó en los corceles y regresó a la Torre, aunque Ruy se desvió durante el camino y se dirigió de nuevo al distrito del Palacio. En las puertas del Palacio de las Luces encomendó el corcel a un sirviente y solicitó una audiencia con la Matriarca de la Noche. Fue conducido hasta uno de los jardines del interior del recinto, donde se celebraba una suntuosa fiesta. Un grupo de músicos desgranaba una hermosa melodía, mientras los invitados se reunían en pequeños grupos. Alguno de los invitados se escurría en compañía con discreción entre la espesura del jardín, aprovechando los descansos de los músicos, y regresaba con las mejillas sonrosadas y un brillo de satisfacción en la mirada.

            —Como puedes observar mantenemos el Velo como antaño —afirmó una voz a su espalda.

            Ruy se giró y contempló a Mariona: lucía un espléndido vestido de seda, con numerosas joyas incrustadas en los pliegues, y su melena se recogía en una delicada red de plata con pequeñas piedras preciosas que relucían con cada destello de luz. Sonreía con fingida displicencia, hermosa como una estrella refulgente en una noche de verano. Su voz, aterciopelada y dulce, envolvía sus oídos como un embrujante sortilegio.

            Ruy cerró los ojos durante un instante y sintió cómo la mirada de la mujer trataba de acceder al interior de su mente.

            —No albergaba duda alguna sobre vuestra lealtad —replicó al cabo de unos segundos—. Vuestra belleza es mayor que las estrellas del firmamento, mi señora.

            Ella se acercó y tomó del brazo a Ruy:

            —Hermosas palabras —añadió indolente—. ¿Son las mismas que le susurrabas a Viktoria hace años?

            Ruy sintió un aguijón clavado en su corazón. Mariona sonrió.

            —Veo que todavía sentís algo por ella.

            —¿Disfrutáis viendo el dolor en mi rostro? —protestó suavemente Ruy.

            Tomó la mano de la mujer vampiro y la apretó con suavidad, pero ella se liberó y giró el rostro:

            —A la vez disfruto y a la vez lo padezco. Ver el dolor en un ser tan poderoso me reconforta, porque me recuerda que todos poseemos alguna debilidad. Pero a la vez envidio a aquella mujer que supo arrancar vuestro amor.

            —Cometí un error en el pasado, Mariona, y no deseo volver a repetirlo.

            La Matriarca de la Noche de Constantinopla se giró de nuevo. Había recuperado la compostura y su rostro era una hermosa máscara pálida e inescrutable.

            —Habla, Urabi. Debo regresar con mis invitados cuanto antes. —dijo con voz fría.

            Ruy tendió el trozo de pergamino.

            —Hemos encontrado ésto en un pozo de Defectori.

            Mariona examinó cuidadosamente el trozo de pergamino.

            —Es una copia del “Libro de los Sueños”, aunque no logro leer las inscripciones. ¿Por qué me lo mostráis si lo conocéis perfectamente?

            Ruy recuperó el trozo de pergamino.

            —Eran vampiros jóvenes, es improbable que conociesen en profundidad las tradiciones de vuestra raza. Estad alerta, Mariona, porque algún Anciano ha despertado y desea vuestro poder.

            La mujer vampiro desvió la mirada.

            —Gracias por vuestra recomendación, maese Ruy. Pero no necesito que me aviséis sobre conspiraciones entre mi propia estirpe. Creo que puedo cubrirme las espaldas perfectamente.

            Una figura se aproximó hacia el jardín y reclamó su atención.

            —Hermosa noche –dijo Carlos Torralba. El Maestre de la Orden del Fénix vestía una larga capa de seda color añil, donde se podía apreciar la librea de la Orden del Temple, pero ninguna enseña referente a su verdadera Orden.

            —Creo que debo atender a mis invitados –dijo Mariona de manera precipitada. Se despidió de Ruy con una fría mirada y regresó al tumulto de la fiesta. Los dos inmortales, tras un breve saludo, se internaron en la espesura del jardín.

            —¿No pensabas acudir a saludar a los viejos amigos? –inquirió Carlos.

            —Siempre que regreso a Constantinopla no soy dueño de mi tiempo –replicó Ruy seriamente.

            —Ya me han llegado noticias sobre vuestra incursión con dos novatos.

            —¿La desapruebas?

            Llegaron ante el pórtico de una pequeña ermita en el centro del jardín.

            —No puedo desaprobar nada que hagas, Ruy –contestó Carlos.

            Tomaron asiento en uno de los bancos dentro de la ermita. Carlos sentía que su viejo camarada se encontraba muy irritado, demasiado tenso para ser un encuentro entre dos viejos amigos. Varios candiles diminutos iluminaban suavemente el rostro de una virgen esculpida en piedra. Su mirada fría y adusta recordó a Ruy la mirada de Mariona pocos minutos antes.

—¿Tan débil es la Orden del Fénix que debe ocultarse bajo el emblema del Temple? –preguntó Ruy molesto.

—Debemos adaptarnos a los tiempos que corren, Ruy. No podemos quemar edificios y combatir a nuestros enemigos bajo el emblema del Fénix. Romperíamos el Velo.

La ermita era pequeña pero acogedora. Ruy se incorporó y se apoyó en un muro. Fijó la mirada en su antiguo camarada. Sus ojos parecían dos brasas incandescentes.

—Nuestros enemigos crecen en los lugares más insospechados –comenzó Carlos, pero Ruy le interrumpió colérico:

—¡Somos inmortales! –gritó—. ¡Inmortales! ¿Cómo se lo explicaremos a los cristianos?

Carlos alzó las manos.

—Ruy, cálmate, te lo ruego.

—¡Nos confundirán con los vampiros! ¿Estáis todos locos? Tantos siglos de orgullo y poder malgastados ocultándonos bajo una cruz, la misma que cobija a nuestros enemigos.

            Carlos se incorporó.

            —¿Y qué nos hubieras aconsejado, Ruy? –replicó enfadado—. ¿Qué hubieras aconsejado? Mientras tú perdías el tiempo persiguiendo el rastro de una mujer muerta hace una década, nosotros derramábamos nuestra sangre en esta cruenta guerra.

            Ruy se giró y contempló el rostro de la virgen pétrea. Apretó los puños conteniendo una ira que comenzaba a crecer implacable. Pero Carlos continuó:

            —¡Qué nos recomendaste cuando te visitamos en Toledo, hace tanto tiempo? Fui a rogar tu ayuda ante lo que parecía una traición y nos abandonaste a nuestra suerte, una vez más.

            Ruy no contestó. Agachó la cabeza con los ojos cerrados.

            —Nos echaste a patadas, Ruy, nos trataste como desconocidos que habíamos usurpado tu puesto en la Orden. Y nunca te lo hemos reprochado. Tampoco lo hicimos cuando anteriormente abandonaste la Orden junto a Don Carlos de Toledo y a Don Luis. Te fuiste persiguiendo sombras, enemigos ocultos, a las ordenes de un rey mortal. Despreciándonos. Con el recuerdo de una mujer amargando tu viejo corazón y con el consuelo de una botella de vino para apagarlo.

            Ruy contestó débilmente. Su voz sonaba apagada, apenas un susurro herido. Nada quedaba de la cólera que le había embargado anteriormente:

            —No sigas hablando de lo que desconoces. De los motivos que nos llevaron a dejar la Orden. No tienes derecho a hablar de ello.

            Pero Carlos se aproximó y apoyó las manos en los hombros de su compañero tratando de confortarlo.

            —No puedo ni imaginar los motivos, amigo mío, pero los disculpo. Porque os aprecio como a un padre y como tal os respeto. Pero me he preguntado durante años los motivos por los que nos trataste con tanta frialdad.

            Ruy se llevó las manos a la cabeza.

            —Llevo demasiado tiempo lamentando mi decisión en Toledo –musitó—. Mi vida se desmoronó entonces, y vosotros caísteis en una trampa que yo podría haber evitado. Cuando regresé a Constantinopla no podía miraros a la cara, amigo mío. Porque vinisteis a solicitar mi ayuda y os rechacé. Rechacé a la Orden del Fénix.

            Don Carlos tomó asiento de nuevo y elevó la vista al altar.

            —Ruy, tu naturaleza es lo que te hace sobrevivir al tiempo. Tu pasión por vivir es lo que te diferencia de los demás inmortales. Posees todavía la naturaleza de los primeros nacidos, y su poder.

            Ruy se acercó a su camarada y tomó asiento junto a él.

            —¿Cómo contener tanto poder sin enloquecer? – prosiguió Carlos —. Te admiro, Ruy. No has caído ni a la tentación de las tinieblas, como tu hermano, ni a la tentación de la muerte definitiva, como tantos de nuestros hermanos. Eres diferente a nosotros, puedes desenvolverte en el mundo de la magia con la facilidad de un hechicero arcano. Pero a veces eres demasiado imprevisible e implacable, como un huracán que lo destruye todo a su paso.

            —Me alejé de la Orden porque los ignobili la atacaban para derrotarme. Debía proteger a la orden alejándome de ella. Pero fue inútil. Urdieron la traición de Constantinopla para apresarme, Carlos.

            —¿Quién?

            —Estriba. Cayó derrotado, desconozco durante cuánto tiempo permanecerá caído.

            —Ruy no podemos combatir a los ignobili. La mayoría de ellos son demasiado poderosos para nosotros. Y Estriba a buen seguro que no se encontrará solo.

            —Por este causa me alejé de la Orden y os rechacé en Toledo. No persiguen a la Orden, no la temen porque permanecen ocultos en las sombras, urdiendo sus planes junto a los más tenebrosos de los vampiros. Desean mi muerte definitiva porque yo conozco sus oscuros secretos.

            —Y por ese motivo utilizamos la insignia de la Orden del Temple: para obrar con libertad, Ruy. Nos ocultamos para protegernos. Debes comprenderlo.

            Ruy asintió con la cabeza pensativo. La voz de Carlos retumbó en la capilla como un salmo durante la misa.

            —Cuando la Orden te necesitó acudiste a rescatarla. Como un hermano mayor que acude a proteger a su familia. Te lo agradecemos de corazón. Te debemos la vida, amigo mío.

            —No comparto vuestra decisión de acogeros a la Orden del Temple –afirmó Ruy severo—. Pero no puedo discutirla. Tú eres quien la dirige, y debo acatar tus decisiones.

            Carlos se incorporó y se acercó a la imagen de la virgen.

            —¿Incluso si te ordeno permanecer en Constantinopla combatiendo a los Defectori? Necesitamos aliados en esta cruenta guerra.

            Ruy se aproximó a su amigo y le mostró el pequeño trozo de pergamino.

            —Seguramente estarás al corriente de los hallazgos de Luis.

            Carlos estudió el pergamino en silencio durante unos minutos.

            —Sí —respondió.

            Devolvió el pergamino y se cruzó de brazos con la mirada baja.

            —Y estoy de acuerdo en que halló la tumba del Antiguo Zoe.

            —Luis tiene un don para presentir el futuro, debemos investigar quién proporcionó esta reliquia a los Defectori.

            Carlos continuó con la mirada fija en el suelo.

            —Hoy han llegado noticias de Venecia, Burgos, Antioquía y Tripoli. Necesitan nuestra ayuda para contener a los Defectori. Investigar algo que no es más que un rumor nos puede hacer perder valiosas ciudades. Tenemos otras preocupaciones, Ruy.

            —No estoy pidiendo nada a la Orden —replicó Ruy molesto.

            —Entonces eres libre de hacer lo que desees. No puedo retenerte con nosotros. Pero no podemos ayudarte.

            Ruy se dirigió hacia el portalón. La suave luz de las velas recortó su figura en el vano. Giró la cabeza y sonrió a su camarada. Se despidió inclinando levemente la cabeza y se precipitó en la profunda oscuridad de la noche.

            —Que los dioses te guarden, amigo mío —susurró Carlos, mientras clavaba la mirada en las tinieblas que cubrían el jardín de Mariona. Cerró la puerta de la ermita lentamente.

            Una sombra se escurrió sigilosa entre las piedras de la ermita, oculta a la mirada de Carlos. Un fuerte viento comenzó a soplar y agitó las ramas de los rosales.

            —Corren extraños rumores entre nuestra gente.

            La voz sorprendió a Carlos y se giró hacia la puerta de la ermita. Allí permanecía Mariona, apoyada en una columna.

            —Es descortés espiar a los invitados —reprochó Carlos molesto.

            —De nada me ha servido. No hablo castellano. Apenas he descifrado algunas palabras inconexas. Habláis demasiado rápido.

            Carlos sonrió. No se había percatado de que Ruy y él habían hablando en castellano con total naturalidad.

            —En todo caso no es correcto espiarnos.

            —Ésta es mi casa, puedo hacer lo que me plazca en ella.

            Carlos dio la espalda a la mujer y se alejó en dirección al salón principal.

            —Corren extraños rumores entre nuestra gente —repitió la Matriarca con tono burlón.

            Carlos se giró. Los ojos de la mujer chisporroteaban como brasas plateadas centelleantes.

            —No deseo conocer los rumores que propagan los vampiros —replicó agriamente—. Debo contener las tropelías que cometen tus hermanos vampiros.

            Mariona se aproximó a Carlos, quien retuvo el aliento impresionado por su belleza.

            —Dicen que Ruy se enamoró de un vampiro en el pasado.

            Carlos trató de alejarse del embrujo, pero apenas retrocedió dos pasos torpemente.

            —Lo desconocía.

            —¿Desconocías que uno de los tuyos se enamoró de un vampiro? —reprochó ella desafiante.

            Carlos guardó silencio. En verdad lo desconocía y se encontraba estupefacto. Era imposible que Ruy hubiera caído bajo la seducción de un vampiro.

            —Fue breve —continuó la Matriarca—. Apenas unas noches de pasión mientras viajaban juntos a través del Languedoc.

            —Es imposible – objetó Carlos confuso.

            —¿Imposible?

            Mariona se aproximó con rapidez. La luna iluminó su hermoso rostro, perfecto como una estatua plateada. Acarició el cabello del inmortal con un gesto rebosante de sensualidad, mientras acercaba sus labios al cuello. Percibió que Carlos se estremeció.

            —Lo sé porque me lo confesó su maestro —susurró—. Mientras se estremecía bajo el fuego de mis verdugos, confesó sus más ocultos secretos.

            Carlos logró sobreponerse al embrujo y se alejó de la mujer con determinación.

            —Urabi es el más poderoso de los nuestros. Es libre de actuar como desee.

            —¿Crees que podría enamorarse de mí?

            Carlos sacudió la cabeza furioso. Reprimió la ira y guardó silencio. Mariona sonrió y alzó la mirada a la luna.

            —Juntos seríamos infinitamente poderosos —dijo—. Incluso los más poderosos de nuestras estirpes tendrían que arrodillarse ante nosotros. Yo sería temida, la Dama de las Sombras. Y durante el día El Señor de la Luz gobernaría a los vuestros con mano de hierro. Incluso los dioses envidiarían nuestro poder.

            —Mi señora, lo que soñáis es imposible. Completamente imposible.

            Mariona no se inmutó. Permaneció contemplando la luna distraída.

            —Cuidate de mis sueños —sus palabras parecieron una advertencia.

            Y sus ojos se posaron en Carlos, de nuevo incandescentes como llamas salvajes. Su figura creció como influida por la luna, alta, poderosa y majestuosa como una diosa de la antigüedad. Las facciones de su rostro se afilaron y enmarcaron aquella mirada flamígera, inhumana y horrible. Su voz había cambiado, sonaba hueca, poderosa; a la vez fría y amenazadora, como surgida desde las profundidades de la tierra:

            —Cuidate de los sueños y de quien posee el poder para hacerlos realidad.

            Carlos corrió hacia la fiesta y la atravesó atropelladamente. Montó en su corcel sin mediar palabra y regresó a la Ciudadela de Petrion aterrorizado.

            Había descubierto el verdadero rostro de la Matriarca de la Noche.

 

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