¿Temes a las sombras?

Os dejo, amigos, un extracto de “El Filo de la Espada”, la segunda entrega de la saga de “El Mundo de las Sombras”

Palacio Arzobispal  de Constantinopla. Barrio Imperial.

Junio 1190. A.D.

            La noche se extendía con sus tenebrosos brazos implacables a lo largo de toda la villa.  El Cardenal Loy de Guiscard se detuvo y acercó la vela hacia uno de los tapices del pasillo. Había sentido un movimiento desde aquel lugar. Se aproximó y estudió el tapiz, pero no encontró nada. Se giró y lanzó un grito asustado tras retroceder varios pasos. La llama de la  vela tembló nerviosa. Una silueta se recortaba entre la penumbra del pasillo y se aproximaba hacia él lentamente.

            —¿Acaso temes a las sombras? –dijo la silueta con voz chillona y burlona.

            Loy suspiró aliviado. Descartó llamar a la guardia y recobró el ánimo.

            —No –respondió bruscamente—. ¿Qué quieres? Debería llamar a los guardias y encerrarte en una mazmorra por tu atrevimiento.

            El monje avanzó hasta que la débil luz iluminó parcialmente su rostro desdibujado. Sonrió grotescamente con aquellos labios deformemente alargados.

            —En lugar de agradecerme mis servicios, recibo reproches infundados y amenazas —el lunático agachó la cabeza exageradamente—. Soy un incomprendido.

            —Fuera de aquí –ordenó el Cardenal irritado—. No quiero tener más tratos contigo, asquerosa rata.

            —Ahora me insultas. ¿Es ésta la recompensa por haber acabado con la Orden del Fénix?

            —Tú no has hecho nada –repuso Loy—. No has tenido nada que ver.

            Una carcajada ahogada contestó las palabras del Cardenal.

            —Yo lo he planeado todo –afirmó el monje. Su voz se tornó dura y áspera; y junto a su mirada cargada de locura el Cardenal se estremeció espantado—.  Yo he sido quien ha movido los hilos como si de un guiñol en las sombras se tratara, estúpido cura.

            —Te equivocas –trató de decir el Cardenal, aún impresionado—. Mi familia ha conseguido el poder en Constantinopla, expulsando a la Orden del Fénix y tomando al cuerpo de Mariona poseído por el espíritu de Zoe. Hemos vencido: ostentamos todo el poder en el Mundo de las Sombras y retenemos el espíritu de uno de los Ancianos más poderosos. Ante nosotros todas las razas se inclinarán.

            La voz del Cardenal se había recuperado mientras pronunciaba estas palabras. Miró desafiante a su interlocutor, quien negó con la cabeza decepcionado. Se detuvo y fijó su mirada en el Cardenal. Éste sintió calor en su cuerpo.

            —Te equivocas. Gano yo. Siempre he ganado yo.

            El Cardenal titubeó y cuando trató de encontrar la figura deforme del monje éste había desaparecido. Cerró los ojos y luchó por recobrar la calma, pero sintió el movimiento de más figuras a su alrededor. Una de las estatuas que adornaban el pasillo comenzó a cobrar vida, girándose y retorciéndose hacia él. Loy gritó asustado. Las figuras de los tapices también comenzaron a moverse, inquietas en su cárcel de paño, y todas concentraron sus miradas en el Cardenal.  Escuchó una voz que susurraba desde las paredes y cimientos de la villa; una voz impersonal, tétrica y fría como la muerte:

            —Él siempre vence.

            El Cardenal se llevó las manos a los oídos, arrojando la vela al suelo. Corrió aterrorizado hasta su habitación.

            La llama se extendió por la alfombra como una lengua ígnea y comenzó a prender el pasillo.

            Aquella frase retumbaba en el interior de su cabeza como un funesto salmo:

            —Él siempre vence.

            —Él siempre vence.

            El Palacio del Arzobispo comenzó a poblarse de gritos de pánico, mientras el Cardenal permanecía encerrado en su despacho, ajeno al tumulto, con aquella voz retumbando en el interior de su cabeza:

            —Él siempre vence.

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