Me gusta la Espada y Brujería…

Me gustan las novelas de Espada y Brujería. No todas, que conste, pero en especial las novelas de R. E. Howard me fascinan. Es literatura sencilla, diseñada para ofrecer unos buenos momentos de entretenimiento, y los textos de Howard formaron los pilares de lo que hoy conocemos como fantasía, junto a otros autores del género. De esta manera, cuando quiero disfrutar de un buen rato de lectura, engancho una novela de Conan (incluso uno de los cómics que colecciono) y encuentro ese remanso de tranquilidad que muchas veces hace falta.

Conan el Cimmerio representa el espíritu de este género: libre, fresco y osado. Aquí os dejo un extracto del final de “Conan el Aventurero”:

“El pirata, recuperando su buen humor, sonrió a la jadeante tripulación.

Sancha se encontraba cerca de él. Por sus mejillas se deslizaban unas lágrimas de histeria. Los pantalones de Conan colgaban como harapos sucios manchados de sangre. El cinturón y la vaina de su espada habían desaparecido. El sable, que había arrojado a bordo desde el bote, estaba mellado y cubierto de sangre. Sus brazos, piernas, pecho y hombros parecían haber sufrido las mordeduras de una pantera. Pero el pirata sonrió, al tiempo que separaba sus poderosas piernas y hacía girar la rueda del timón exhibiendo su fantástica musculatura.

—¿Y ahora qué? —preguntó la muchacha en voz baja.

—¡El lobo de los mares! —exclamó Conan lanzando una carcajada—. Con una escasa tripulación hecha pedazos. Pero bueno, los hombres aún pueden trabajar a bordo, y siempre se pueden encontrar más marineros. Ven aquí, muchacha, y dame un beso.

—¿Un beso? —gritó Sancha histéricamente—. ¿Cómo puedes pensar en besos en un momento como éste?

Las carcajadas de Conan ahogaron el ruido de las velas al tomar viento. Luego levantó a la joven con un solo brazo y apretó con fiereza sus labios contra los de ella.

—¡Sólo pienso en la vida! —bramó—. ¡Los muertos, muertos están, y lo que ha pasado, ya no existe! Tengo un barco, hombres que saben pelear y una muchacha cuyos labios son como la miel. Eso es todo lo que deseo ahora. ¡Lamed vuestras heridas, muchachos! ¡Y abrid una barrica de vino! Vais a trabajar en este barco como jamás lo habéis hecho. ¡Malditos, bailad y cantad hasta que no podáis más! ¡Al diablo con los mares desiertos! ¡Navegaremos rumbo a lugares donde haya puertos y barcos mercantes que abordar.”

Conan el cimerio

Me gustaría referirme a aquellos lectores y críticos que consideran que el género de Fantasía y de Espada y Brujería son géneros menores. Y todo porque parece que no es una literatura “sesuda”, en el que se puedan extraer enseñanzas y en la que el autor es mediocre. Pues para aquellos que opinan esto, les dejo unas muestras de lo que el maestro Tolkien y R.E. Howard son capaces de escribir en esta “literatura menor”. Los primeros dos textos corresponden a El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. El último pertenece a una de las novelas de R.E. Howard:

“Llegó el alba, clara y brillante; un viento barrió el camino, apresurándose entre las hierbas gachas. De pronto Sombragris se detuvo y relinchó. Gandalf señaló allá adelante.Los herbazales se extendían hasta las lomas que se agrupaban al pie de las laderas y subían a numerosos valles todavía borrosos y oscuros que la luz del alba no había tocado aún y que se introducían serpeando en el corazón de las grandes montañas. Delante mismo de los viajeros la más ancha de estas cañadas se abría como una larga depresión entre las lomas. Lejos en el interior alcanzaron a ver la masa desmoronada de una montaña con un solo pico; a la entrada del valle se elevaba una cima solitaria, como un centinela. Alrededor, fluía el hilo plateado de un arroyo que saía del valle; sobre la cumbre, todavía muy lejos, vieron un reflejo del sol naciente, un resplandor de oro.

Al cabo de algún tiempo de cabalgata, la luz del día creció en el cielo, y Pippin, ahora despierto, miró alrededor. Un océano de bruma, que hacia el este se agigantaba en una sombra tenebrosa, se extendía a la izquierda; pero a la derecha, y desde el oeste, unas montañas enormes erguían las cabezas en una cadena que se interrumpía bruscamente, como si el río se hubiese precipitado a través de una gran barrera, excavando un valle ancho que sería terreno de batallas y discordias en tiempos por venir. Y allí donde terminaban las Montañas Blancas de Ered Nimrais, Pippin vio, como le había prometido Gandalf, la mole oscura del Monte Mindolluin, las profundas sombras bermejas de las altas gargantas, y la elevada cara de la montaña más blanca cada vez a la creciente luz del día. Allí, en un espolón, estaba la Ciudadela, rodeada por los siete muros de piedra, tan antiguos y poderosos que más que obra de hombres parecían tallados por gigantes en la osamenta misma de la montaña.

 Y entonces, ante los ojos maravillados de Pippin, el color de los muros cambió de un gris espectral al blanco, un blanco que la aurora arrebolaba apenas, y de improviso el sol trepó por encima de las sombras del este y un rayo bañó la cara de la ciudad. Y Pippin dejó escapar un grito de asombro, pues la Torre de Ecthelion, que se alzaba en el interior del muro más alto, resplandecía contra el cielo, rutilante como una espiga de perlas y plata, esbelta y armoniosa, y el pináculo centelleaba como una joya de cristal tallado; unas banderas blancas aparecieron de pronto en las almenas y flamearon en la brisa matutina, y Pippin oyó, alto y lejano, un repique claro y vibrante como de trompetas de plata.

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“El cielo era una cúpula de vapores rojizos y dorados que se iba oscureciendo en el cenit y que el horizonte oriental alcanzaba un tono violáceo al atardecer. Pero el ígneo resplandor del día que expiraba todavía teñía las blancas cumbres de las montañas con un engañoso tono rosado cálido y radiante. La luz arrojaba sombras de color azul oscuro sobre la helada superficie del gigantesco glaciar, que recorría como una serpiente de hielo los picos más altos descendiendo por los estrechos valles; entonces trazaba una curva frente al puerto de montaña y se alejaba hacia la izquierda, para serpentear entre las colinas y terminar como un riachuelo de aguas claras.”

Estas descripciones, y otras más, se pueden encontrar en muchos escritos de Espada y Brujería. Algunos puristas podrían afirmar que la obra de Tolkien no se le puede aplicar el género de Espada y Brujería, y entonces a mí gustaría hacerles recordar a Trancos el Montaraz, Gandalf el Gris, la magia de los Elfos, del Nigromante en el Hobbit, del Bosque Negro con las Arañas tejiendo trampas entre sus copas, de Ella-La Araña, de Sauron…de batallas épicas como la batalla de Cuernavilla, de los Campos del Pellennor o de las puertas de Mordor. Y entonces, quizá podría afirmar que se encuentran numerosos elementos de Espada y Brujería entre sus textos.

Y por eso me gusta.

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