Cuando un demonio ruge, incluso el Inmortal más poderoso se estremece…

 

Comprobadlo vosotros mismos, amigos lectores, en este extracto de “El Filo de la Espada”…

“Una forma se dibujó dentro del fuego con mayor nitidez, como si una puerta se hubiera abierto ante ellos, y surgió una figura humana. Era alto, extremadamente corpulento y se encontraba protegido por una armadura oscura como el manto de la noche. En su mano derecha portaba una espada envuelta en llamas, y su mano izquierda sostenía una espada corta, de hoja oscura y runas brillantes como ascuas. Ruy retrocedió.

—¡Fuera de aquí!— ordenó a Lanson y Herion.

Desenvainó Demoledora y se aproximó al demonio.

—Desconocía que seguías las órdenes de Galad —afirmó Ruy desafiante.

—Urabi de Ukesh —gruñó la bestia. Su voz parecía surgida desde los abismos de la tierra—. Acepté el encargo simplemente por tener el privilegio de matarte.

—Arioch, hace mucho tiempo desde nuestro último enfrentamiento. Y recuerdo que te derroté.

Lanson y Herion retrocedieron impresionados. Jamás se habían enfrentado a un demonio surgido de los fuegos del infierno.

—¡Espero que vuelvas a los infiernos!

Ruy atacó con la rapidez de una centella. Se aproximó y lanzó una estocada a la altura del vientre, pero Arioch logró detener el ataque rodando por el suelo, cerca de la pila de madera ardiente. Tomó un puñado de brasas incandescentes, las arrojó al aire y se convirtieron en una lluvia de fuego que atrapó a los tres inmortales. Ruy tardó menos de un segundo en evitar el ataque, pero fue insuficiente para advertir la siguiente embestida del demonio. La espada corta apenas rozó el costado derecho, pero Ruy se encogió de dolor y perdió las fuerzas en las piernas, cayendo de rodillas. Arioch se aproximó hacia Ruy ávido por probar la sangre de un enemigo tantos siglos odiado. Con la mano derecha se quitó el yelmo y su rostro, mitad cadavérico y mitad oscuridad, dibujó una sonrisa macabra. Pero la sonrisa se transformó en un doloroso lamento. Lanzó a Ruy contra una pared, reduciéndola a escombros, mientras se giraba hacía un peligro que había ignorado. Lanson y Herion le hicieron frente feroces como lobos acorralados, con las espadas manchadas por la sangre viscosa del demonio y el placer de un soberbio combate. Arioch se abalanzó hacia ellos, pero sus presas desaparecieron entre las sombras, para reaparecer a su espalda. Arioch se encogió de dolor al recibir los ataques de los inmortales, furioso e impotente. Alzó de nuevo la mano y el fuego que se extinguía en el callejón se avivó, obligando a Herion y Lanson a retroceder. El demonio aprovechó la distracción y se zambulló en las llamas como si fueran las aguas de un mar incandescente. Ruy había sido testigo del combate apoyado en una pared, y sonreía orgulloso cuando sus amigos acudieron a su auxilio. Se tapaba con las manos una terrible herida en el costado, y a sus pies permanecían dos espadas ensangrentadas.

—Cuidado —susurró dolorido—. Ésta no es una herida normal.

Escupió un charco de sangre. Comenzó a estremecerse víctima de un dolor agudo e insoportable. La herida había dejado de sangrar, pero comenzaba a extenderse una mancha oscura por su abdomen.

—Me arde el cuerpo —gimió dolorido—. ¡Llevadme a la Torre!”

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