De Inmortales, vampiros y otras criaturas…

Al principio de los tiempos, en épocas ignoradas, habitaba el mundo una raza de hombres primigenios. Adoraban a los dioses y ofrecían la sangre de bueyes sagrados como ofrendas. Eran los tiempos de Caín y Abel, según los judíos y los cristianos. Un día, uno de estos dioses exigió un sacrificio humano, harto de consumir la sangre insípida de los animales sagrados. Caín tomó a su hermano pequeño y ofreció su sangre en sacrificio a su dios. El resto de los dioses, cuando descubrieron el sacrificio, repudiaron a Metisto, el dios que había provocado el sacrificio humano y desterraron a Caín, condenándole a vivir eternamente de la sangre de los animales. De esta forma surgieron los vampiros, casi tan antiguos como los orígenes del hombre. Pero hete aquí que al cabo de los años Caín y su descendencia adquirieron un poder sobrehumano, que rivalizaba con el de los dioses, y descubrieron que Caín había forjado una alianza con Metisto en la ciudad de Enoch. Juntaron entonces a los mejores guerreros de las tierras conocidas y les otorgaron el don de la vida eterna… la inmortalidad. Debían formar un ejército invencible y liderar a sus huestes hacia Enoch para destruirla piedra a piedra. Junto al don de la inmortalidad les regalaron numerosos dones, cada uno diferente del resto, a imagen y semejanza de ellos. Y a los servidores humanos les regalaron dones similares,  algunos de ellos incluso tan poderosos como los recibidos por sus hermanos mayores inmortales. Así nacieron los magos, sabios mortales cuya misión consistía en auxiliar a los inmortales. Y de esta manera formaron un ejército similar a un ejército de ángeles y asediaron las murallas de Enoch. Allí se libró la guerra más cruel de todas las habidas, en la que perecieron en ella miles de almas. Los vampiros descubrieron aterrorizados que no podían derrotar a los inmortales y firmaron la paz. Caín y algunos descendientes suyos escaparon al anochecer transformados en neblina  y desaparecieron para el resto de los tiempos. En las ruinas de la ciudad de Enoch se firmó la paz y se instauró el Equilibrio. Entonces los dioses, complacidos, llamaron de vuelta a los inmortales, pero no todos regresaron. Algunos acudieron a la llamada de Metisto y ofrecieron sus poderes al oscuro dios, escoltados por sus hermanos menores, los hechiceros. Los inmortales que regresaron encontraron la Muerte Definitiva, ya que con el paso de los años podrían llegar a ser tan poderosos como los mismos dioses. Pero la deserción de los Ignobili no les pasó desapercibida, y cuando escucharon los rumores de la deserción de Caín temieron por la estabilidad del Equilibrio, y por el destino de los humanos. Así fue como volvieron a convocar a los humanos más sabios junto a los más fuertes y los más hábiles, y les otorgaron de nuevo el don de la inmortalidad. Tomaron a unos pocos de ellos, una pequeña élite formada por hombres virtuosos, y les mostraron los secretos de la Senda del Acero, la disciplina que tendería un puente entre el espíritu del Inmortal con los Dioses, de manera que aseguraría que el alma del Inmortal jamás se corrompería. Sus habilidades les asemejarían a los Dioses, más poderosos aún que los Inmortales, y más fuertes; pero también les alejaría de sus semejantes, destinados a una vida solitaria. Vigilarían tanto a sus propios hermanos como al resto de las criaturas sobrehumanas que acechaban en las sombras”.

 

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