La Batalla de las Navas de Tolosa en “Sangre Inmortal”

Al igual que en las anteriores novelas de “El Mundo de las Sombras“, en Sangre Inmortal el lector tendrá la oportunidad de asistir al desenlace de una de las batallas más importantes en la historia de la Reconquista, en este caso contemplado desde el punto de vista de las Sombras. Si en “Inmortal” el lector descubrió las fascinantes calles de la Constantinopla medieval, en “El Filo de la Espada” asistió en primera línea de batalla a la toma de Constantinopla por parte de los Cruzados en la Cuarta Cruzada, y en “Tiempos Aciagos” recorrió las históricas ciudades de Praga, Constantinopla y Toledo, en esta última novela podréis disfrutar de todos estos ingredientes. Aquí tenéis un extracto de la novela, en el que se describe el inicio de tan emblemática batalla:

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Capítulo XXXV: La batalla de las Navas de Tolosa.


            Zarco contempló el ejército cruzado: perfectamente alineados, los diferentes cuerpos militares aguardaban con paciencia la orden de Don Diego. Su corcel piafó y pateó el suelo ansioso. Era un soberbio animal, regalo del propio Conde de Vizcaya aquella misma mañana; y después del semental color carbón que montaba, el mejor corcel de batalla que atesoraba. Su valor podría sobrepasar con creces el de varias villas de Castilla. El viento empujaba el olor de sudor, cuero y orín de los corceles, así como las voces de los imanes desde lo alto de la loma donde se hallaba el Califa. La vanguardia constaba de una primera línea compuesta por los caballeros más experimentados al servicio de Don Diego junto a los caballeros cruzados que ansiaban entrar en combate y honrar así la expedición. La segunda línea de la vanguardia la formaba la infantería venida desde Vizcaya junto a los escuderos de los caballeros, que avanzarían tras ellos para auxiliarles después de entrar en contacto con el enemigo. La intención de Don Diego era recuperar espacio después de la primera embestida, y evitar el despliegue de la caballería enemiga que a buen seguro les envolvería.

            “Pater Noster, qui es in caelis, sanctificetur nomeem Tuum…”

            Las voces de los soldados musitaban el Padrenuestro mientras algunos aferraban las cuentas de sus rosarios, las reliquias de algún mártir o un crucifijo bendecido. Carlos Diéguez permanecía cerca de su padre con la mirada clavada en los rostros del enemigo. Era un muchacho corpulento, de rostro rubicundo y mirada inteligente. Se cubría, al igual que los caballeros cruzados, con una armadura compuesta de placas y cota de malla, yelmo y escudo al brazo, y sostenía apoyada al estribo su lanza con el gallardete del Condado de Vizcaya. Había sido nombrado caballero al término de la misa matutina, y no mostraba ni miedo ni inquietud alguna.

            Pero Zarco albergaba serias dudas sobre el éxito de la batalla, puesto que el mar de enemigos que se encontraba frente a él parecía inagotable: hombres ansiosos de verter la sangre cristiana o morir en ello, apoyados por la temible caballería ligera en los costados que seguramente les ocasionaría grandes bajas con sus arcos de acero. Los estandartes de las diferentes tribus de las regiones más importantes del Imperio Almohade se alzaban como un bosque de madera y tela. Aunque tanto los corceles como los caballeros cristianos se encontraban protegidos de manera excelente por armaduras y cotas de malla, era posible que los numerosos arqueros y honderos que se entremezclaban con la primera línea enemiga les mermara empuje. Y aunque el ejército más poderoso de la cristiandad protegiera sus espaldas, temía que la caballería al mando del Conde Gonzalo Núñez de Lara no pudiera prestarles el necesario auxilio a tiempo. Comprobó una vez más los correajes de la silla de montar, afianzó el escudo en la mano siniestra y se limpió el sudor del rostro. No portaba yelmo puesto que precisaba poder mantener una muy buena visión durante toda la batalla. Había decidido emplear gran parte de su poder y voluntad en proteger a Carlos de la lluvia de saetas y piedras que recibirá con la carga de caballería, por lo que no podría perderle de vista en ningún momento ya que entonces su protección se desvanecería.

            De pronto, la voz de Don Diego se impuso a la de los imanes sarracenos de forma poderosa y vibrante:

            —¡Deus lo vult!

            Y sus caballeros respondieron al unísono elevando sus lanzas:

            —¡Deus lo vult!

            —¡Deus lo vult!

            Los corceles comenzaron a trotar ligeramente, y a medida que avanzaban su velocidad aumentaba lentamente, todas las bestias sincronizadas como un solo cuerpo entrenado para matar al enemigo. La experiencia y el entrenamiento habían convertido aquella acción en un acto rutinario, ejecutado casi de manera automática. Los primeros proyectiles impactaron sobre sus escudos y protecciones y no causaron baja alguna. La pendiente comenzó a elevarse y restó velocidad a la carga, y al cabo de unos instantes Zarco observó a un pequeño número de caballeros que se derrumbaban abatidos por los certeros impactos en los rostros o entre los pliegues de las armaduras: era tal la lluvia de flechas, piedras y otros objetos que los lugares menos protegidos parecían enormes puntos débiles. Aún así la carga irrumpió en las filas enemigas como un terrible oleaje sobre un castillo de arena, destrozando las débiles protecciones enemigas y causando numerosas pérdidas. Zarco perdió la lanza en el primer impacto con el enemigo y desenvainó Acero Rojo. El festín de sangre comenzó para la espada, puesto que el brazo incansable del Inmortal abatía enemigos por doquier. La segunda oleada, compuesta por la infantería de Don Diego, les proporcionó un instante de respiro, pero entonces la caballería sarracena los envolvió y comenzó a castigarles con severidad. Carlos perdió el escudo y Zarco le ofreció el suyo, aceptándolo de buen grado el castellano. El espacio para maniobrar era muy reducido, y la ventaja inicial de la caballería se había perdido por completo, dividiéndose en diferentes unidades de apenas un puñado de caballeros asistidos por algunos soldados a pie. Las flechas rasgaban el aire arrancando gritos de dolor cristianos, y las bestias malheridas agonizaban en el suelo tiñéndolo con un pequeño mar de sangre y vísceras. El enemigo, implacable, atacaba como una maraña de cuchillos, espadas y piedras. Pronto Zarco se concentró en mantenerse con vida, y al cabo de unos instantes descubrió que había perdido de vista a Carlos Diéguez.”

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