Relato corto gratuito: La luz de su mirada.

Aquí tenéis La luz de su mirada, el lamento amargo de un Inmortal tras la pérdida de su amada mortal. Si en “Mi Inmortal” era Alexia, una noble mortal, quien se lamentaba de la pérdida de su amado William (personaje que entrará en acción tanto en “Tiempos Aciagos” como en “Sangre Inmortal”), aquí es Laernes de Milos, Inmortal nacido en el rigor de la clásica Esparta, quien llora la pérdida del amor de su vida, una mortal. Un relato desgarrador que muestra que un Inmortal, en realidad, también puede perder la pasión por la vida… y perecer. Aquí tenéis el relato gratis, también podéis descargarlo en la tienda Amazon. Este es el segundo volumen de “Historias de las Sombras“.

 

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 Reseña: Libros de Olethros:Relato muy breve, de estilo, tono, atmósfera y trama muy diferentes a las comunes en la serie de fantasía histórica en la que se entronca, que busca la sensibilidad del lector y no su simple entretenimiento y que apunta hacia opciones narrativas interesantes.

Opiniones de los lectores: Paul A. Wunderlich TOP 1000 COMENTARISTAS EN AMAZON

“Debo admitir que en este recuento me he quedado anonadado por el estilo de escritura por el autor, pues además de cautivarte inmediatamente, narra de una manera adictiva, de tal modo que no pude desprenderme de la lectura hasta finalizarla, de una sola sentada.

Es una novela corta, así que en menos de unas cuantas horas dedicadas la tienes entre la neurona. La recominendo, pues además de ser sabrosa como una lectura, es espeluznante, pues el sufrimiento de tener que vivir una vida–eterna–sin el amor conyugal parece ser la tortura más agobiante del universo. Además de ser lo previamente establecido, es una historia bella, que se sufre con el personaje, y transmite, eficientemente–y en pocas páginas–el mensaje doloroso e impresionante.”

            Ella estaba muerta y él intacto. No era justo.

            Acarició el suave rostro arrugado por el tiempo. Allí, ella lucía con luz propia mientras yacía en la cama de madera, inmersa en un colchón de hermosas violetas. Durante muchos años le había parecido que su mirada era como el destello violáceo de un millar de aquellas flores bajo el sol de la primavera. Agitó la cabeza desolado tratando de recordar, precisamente, cuantas primaveras habían vivido juntos. ¿Cuarenta?, no lo recordaba exactamente.

            La melancolía dibujó una suave sonrisa en su rostro cuando logró recordar el primer día que la luz de su mirada le iluminó. Eran muy jóvenes. Él no era un hombre todavía y ella apenas era un retoño de la hermosa flor en la que se convirtió pocos años después. Se conocieron en el foro. Hacía calor y él se despojó de la camisa de basto algodón que los hijos de los alfareros lucen en verano. Peleaba contra una tropa de chiquillos furiosos. Los venció a todos uno a uno.

            Observó el dorso de sus manos. Sus nudillos habían combatido contra innumerables enemigos, pero la palma de su mano tan sólo había acariciado a una mujer. Jamás deseó acariciar a ninguna otra.

            Aquellos orgullosos hijos de oligarcas trataron de forzarle a cargar en brazos a uno de ellos.

            -Alfarero -dijo el más altivo y orgulloso del grupo-, llévame a hombros a mi hogar. Me encuentro fatigado.

            Él, hijo de un humilde alfarero, cargó sobre sus hombros al hijo del hombre más importante de la ciudad. Pero no cargó hasta su hogar como pretendía. Le descargó sobre un enorme montón de estiércol, en una plaza cercana al foro. El lugar bullía de actividad y la carcajada se extendió inmediatamente por los alrededores.

            Y aquel día se encontraba en el centro del foro, sólo y combatiendo contra una docena de rabiosos amigos del humillado aristócrata. El sol lucía con fuerza en el cielo pero a él no le importó, porque combatía ante la flor más hermosa del jardín.

            Venció. Él siempre vence. Aunque hoy la tristeza haya conseguido lo que un millar de enemigos no lo haya logrado.

            La asamblea impuso sobre su padre una cuantiosa multa. Aún recuerda la mirada de su progenitor, a la vez recriminatoria y a la vez orgullosa. El brillo de sus ojos contradijeron lo que sus palabras pronunciaron. Luego, varias noches después, aquel brillo orgulloso fue fatal. Siempre le gustaba acudir a última hora de la noche a una taberna cercana, donde bebía hasta la embriaguez junto a varios de sus compañeros de gremio. No era una actitud ejemplar para un humilde alfarero, pero todos los hombres poseen debilidades. Eran noches de alcohol, disputas dialécticas y camaradería, pero nunca acudió a alguna de las numerosas meretrices que rondaban el lugar como moscas. Su padre amaba a su madre con todo su corazón y jamás mancilló su honor.

            Y el último aliento de su vida fue para ella.

            Uno de sus compañeros, un antiguo aprendiz que había logrado el reconocimiento de maestro, brindó por la victoria de su hijo. Era el triunfo de los humildes sobre los poderosos. Tras aquel brindis siguieron algunas proclamas contra el poder absoluto de los oligarcas, y en apenas unos instantes la taberna se convirtió en un pequeño campo de batalla. Cuando la guardia acudió era demasiado tarde para él. Había recibido una herida terrible en el pecho, y la sangre manaba a borbotones como un manantial de vida carmesí.

            -Oh, Marcela, ¡perdóname! -exclamó con su último aliento.

            En aquel entierro perdió parte de su alma. Hasta entonces había sido el momento más triste de su vida. Lloró con lágrimas amargas durante días y noches. Si no hubiera humillado a aquel muchacho engreído, su padre jamás habría encontrado la muerte en aquella taberna. Habría regresado tambaleante a su hogar.

            Los dioses son crueles.

            Al día siguiente una comitiva de la asamblea acudió a su casa para solicitar el pago de la multa. Su madre no pudo satisfacerlo, por lo que fueron sentenciados al destierro.

            El reflejo de la mirada violácea de la que entonces era una desconocida le despidió cuando emprendieron el exilio. Jamás olvidará aquella mirada apenada, iluminada por el intenso color de las lilas salpicado por el dolor de las lágrimas. Ella lloró por él por primera vez en su vida. No sería la única.

            Agitó el rostro. Aquel dolor había pasado hace muchos años. Yacía enterrando en lo más profundo de su ánima, olvidado por décadas de felicidad junto a ella. Ahora sus párpados permanecen cerrados, y sus hermosos ojos sin vida. Ya no llorarán más por él.

            Daría su alma por una nueva mirada de ella.

            Como el día de su regreso a la ciudad.

            Tan sólo diez años después acudió a la ciudad al frente de un pequeño pero poderoso ejército. La ciudad había sido asediada por los persas durante semanas. El hambre comenzaba a asolar las calles polvorientas. La sed cuarteó los labios de sus habitantes. Y él llegó al frente de los más crueles mercenarios de la región.

            Cuando fueron desterrados un familiar de su madre les acogió entre los muros de la poderosa Esparta. Y allí no tardó en labrarse un futuro de sangre y honor. Cuando los persas asolaron la ciudad, él fue enviado a liberar su antigua ciudad, una ciudad que había mandado al exilio a una madre desvalida y a su hijo.

            Pero él regresó porque anhelaba con todo su corazón sentir la calidez de aquella mirada violeta. La batalla fue intensa, cruel y dura. El asedio fue desbaratado y los persas huyeron aterrados por el odio que su mirada reflejaba. Cubierto de sangre, a lomos de un poderoso alazán arrebatado a un general enemigo y tocado por el yelmo espartano, recorrió las calles de la ciudad bajo el clamor enfervorecido de sus ciudadanos, aquellos mismos que se burlaron del oligarca cuando fue humillado en el foro. Aquellos que votaron en la asamblea su exilio.

            Y el desprecio brillaba en su mirada mientras recorría las calles. Llegaron ante la escalinata del edificio de la Asamblea. Allí los oligarcas aguardaban en lo alto sonrientes y jubilosos.

            Era la misma escoria que diez años antes les había arrojado fuera de la ciudad con una patada, como perros apestados. Ninguno de ellos le reconoció cuando ascendió por la escalinata. A sus pies las flores se extendían en un manto triunfal. Su odio se reflejó entre la abertura del yelmo. Recordó que aquel día el viento agitó los mechones de su cabello y sus ropas. Las túnicas de los oligarcas, con bordados de oro e incrustaciones de perlas, se agitaron sonrientes cuando él y sus lugartenientes accedieron al salón de la asamblea.

            Allí fue donde decidieron castigar con odio su travesura.

            Un joven oligarga se aproximó a él sonriente. Los dioses tienen un sentido muy cruel del humor. Era el mismo chiquillo al que había arrojado a la montaña de estiércol. Y su alegría se transformó en estupefacción cuando el chiquillo que le había humillado hace tiempo se despojó del yelmo.

            -Mi nombre es Laernes de Milos, hijo de Taernes de Milos y de Marcela de Etria.

            Su voz retumbó poderosa en la amplia sala.

            El miedo del joven oligarca se percibió cuando le reconoció.

            -Soy el hijo del alfarero al que mandasteis al exilio -sentenció con desprecio.

            Arrojó el yelmo y escupió al suelo. Las miradas de asombro le acompañaron mientras regresaba hasta su alazán. Montó sobre él y recorrió la plaza atestada de ciudadanos. Su mirada contenía la furia de un dios. No pronunció palabra alguna. Se abrió camino hacia el exterior de la ciudad. Cuando las puertas se abrieron ante él escuchó una voz a su espalda. Se giró.

            Era ella. Con su mirada luminosa como el amanecer en las montañas. Con una sonrisa tímida se aproximó a él. Le tocó el muslo con la mano. Una caricia como sólo ella es capaz de producir. Él la ayudó a montar. Era ligera. Ligera y hermosa. Se estremeció cuando ella se aferró a él. Su corazón latió tan desbocado como el del poderoso corcel que atravesó los caminos de Milos al galope.

            Ni él ni ella giraron la cabeza para despedirse de su ciudad natal. Jamás regresaron.

            Entonces desconocía el terrible don que los dioses le habían proporcionado. Era consciente de que jamás había enfermado. Las heridas que le había provocado el entrenamiento en Esparta sanaban más rápido que las de sus compañeros. Su fuerza y su habilidad, tan superiores a los demás, evidenciaron su verdadera naturaleza. Cuando regresó a Esparta, la verdad aguardaba en su humilde hogar.

            Teocio era un joven griego que había llegado a la ciudad al mismo tiempo que él, hace diez años. Cuando regresó del largo viaje él le enseñó que jamás podría encontrar la muerte a manos de un enemigo. La enfermedad pasaría de largo ante él, y la vejez jamás entumecería sus miembros. Laernes sonrió con la candidez de un joven. Contempló a su hermosa y reciente esposa y sonrió. Disfrutarían juntos de la eternidad.

            Pero Teocio negó con la cabeza.

            -Ella no es Inmortal, Laernes. Envejecerá con el paso de los años, mientras tú permanecerás joven. Los años le debilitarán y a la vez te fortalecerán. Ella posee el Don de la Muerte, y tú jamás tendrás ese Don. Y jamás tendréis descendencia.

            La juventud insufla fuerzas y esperanzas demasiado vanas. Él se negó a creerle. Era imposible. Él no podía perder a su flor. La luz de su mirada iluminaría su camino junto a él para siempre.

            -Durante un largo tiempo -vaticinó Teocio antes de marcharse-. Durante muchos años seréis felices. Pero no serás feliz para siempre. Ni tan siquiera un Inmortal puede afirmarlo. Y cuando ella se disponga a cruzar el río Aqueronte, serás tú quien coloque las monedas en sus labios

            Teocio estaba en lo cierto. Fue él, Laernes, quien depositó la moneda en sus labios fríos y sin vida. Las lágrimas volvieron a arrasar su rostro de nuevo.

            Porque los años pasaron como días junto a ella. Durante veinte años formó parte de la milicia espartana, obteniendo el reconocimiento que niegan a los bárbaros extranjeros. Siempre que retornaba a su hogar ella aguardaba apoyada en la entrada, con su mirada violeta y sus hermosos labios. Y los días parecían latidos de corazón: rápidos, intensos, ardientes. Pero el paso del tiempo comenzó a envejecer el rostro de ella y a él tan sólo añadía cicatrices en su poderoso torso. Y los habitantes de la ciudad comenzaron a temer que utilizara sortilegios oscuros para prologar la juventud.

            Decidieron emprender de nuevo la marcha. Una vez más, sin patria. Pero el hogar siempre permanecía en sus corazones, y allí donde se detenían compartían su calidez. Al cabo de un largo viaje decidieron asentarse en una pequeña explanada alejada de la civilización. Allí él construyó una casa de madera y adobe, sembró los campos y crió un pequeño rebaño de cabras.

            Lejos de la civilización habían encontrado su verdadero hogar.

            Las palabras de Teocio se repetían a menudo en sus pensamientos. Ella envejecía lentamente, mientras él conservaba las fuerzas y la juventud. Pero ella jamás quiso hablar de ello. Quizá porque conocía la respuesta, y escucharla de sus labios era el castigo más cruel que ambos podrían recibir.

            Pero cuando el miedo por la pérdida de su amada se hacía insoportable él se dirigía a los campos y trabajaba en ellos día y noche, incansable gracias al poder que los dioses le otorgaron. La mirada melancólica de ella le acompañaba en su trabajo, y sus suaves manos le lavaban cuando sus fuerzas le abandonaban y caía al suelo pedregoso desfallecido.

            Ella le conducía hasta el interior de la casa y allí le lavaba con cuidado y esmero. Él luchaba por mantenerse despierto; parecía un sueño dulce y agradable. Sus manos suaves y delicadas recorrían su cuerpo, sus labios sensuales y carnosos como fruta madura besaban sus cicatrices ásperas. Y el temor desaparecía de su corazón.

            Pero nada dura eternamente. Los dioses le concedieron un don que él no deseaba. No deseaba vivir para siempre, no deseaba el poder que la sangre Inmortal le proporcionaba.

            Levantó la mirada e imaginó una eternidad sin ella.

            Una eternidad sin sentir sus caricias.

            Una eternidad sin estremecerse entre sus brazos.

            Una eternidad sin paladear sus labios.

            Una eternidad bajo la oscuridad, sin la luz de su mirada que le guiaba.

            La fragancia de las violetas apenas consiguió aliviar el dolor que atenazaba su corazón. Como una herida mortal, una herida que le desgarraba el alma, él se sentía vacío. Colocó la cubierta de madera del féretro y lo depositó dentro de la fosa con la ayuda de varias cuerdas. Cubrió la fosa con la tierra que había arado durante tantos años.

            Y entonces sintió que su corazón había dejado de latir. Un hueco frío, insensible y a la vez cargado de tristeza, había ocupado el antiguo lugar de su corazón. Lo había enterrado junto a ella.

            Alzó la mirada al cielo, como si tratase de mirar a los ojos a los crueles dioses. ¿Por qué me habéis castigado a no volver a encontrarme junto a ella más allá de las aguas del río Aqueronte?. ¿Acaso esperáis que encuentre mi camino sin ella junto a mí?. De nuevo las lágrimas cubrieron su rostro de dolor y tristeza. Con el paso de los años olvidaría su rostro. Dentro de un siglo olvidará la belleza de su mirada. Y dentro de más tiempo, olvidará el amor que ahora siente por ella. ¿Es esa vuestra voluntad?.

            La noche cayó sobre él mientras se internaba entre la espesura del bosque. Cada paso le recordaba un día feliz vivido junto a ella. Cada paso significaba una dulce sonrisa. Y no quería detenerse.

            El sol se alzó y se puso sobre él cinco veces. Y a la sexta vez, él detuvo su caminar. Ya no le quedaban más días que recordad, ni más fuerzas para continuar con su camino.

            No tenía la luz que guiaba su corazón. La había perdido.

            Palpó su rostro y descubrió que se mostraba rugoso al tacto, envejecido. Se sintió cansado, como si demasiadas vidas de humanos hubieran transcurrido en aquella caminata sin destino. Se tumbó lentamente en el suelo. El cuerpo le dolía como jamás había dolido. Cada articulación elevaba un doloroso quejido y cuando consiguió tenderse por completo un coro de aflicción estremeció su alma. No tenía sentido luchar por continuar respirando. No tenía sentido sin ella.

            Relajó los músculos y dejó de pelear por mantener la vida dentro de su cuerpo. Cerró los ojos exhausto.

            Y la luz violácea de su mirada guió su camino.

Aquí puedes encontrar más historias ambientadas en El Mundo de las Sombras:

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