Relato gratis: Mi Inmortal

 

Aquí tenéis el primero de los relatos cortos ambientados en El Mundo de las Sombras titulado “Mi Inmortal”. Una historia que relata el dolor del alma de una humana al perder a su amante Inmortal, un lamento amargo pero al mismo tiempo cargado de orgullo. Un relato intenso y muy emotivo.

Mi Inmortal:

 

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  Aún recuerda sus lágrimas cuando se despidieron. Cada mañana, después de tantas mañanas, el sol de cada amanecer trae consigo el viejo recuerdo de un amor que nunca olvidará. Después de tantos años, aún conserva la sonrisa que le arranca recordar de nuevo su mirada.

Pero ha pasado tanto tiempo que apenas permite recordad aquellos momentos. Cada día, año tras año, el amanecer trae consigo el mismo interrogante. ¿Me arrepiento?.

Porque ella, Alexia, amó a un Inmortal. Y ella le dejó marchar. Su corazón aún llora la pérdida, y aunque luego conoció otros hombres, jamás ninguno de ellos dejó tal huella en su interior.

Era Inmortal. Ella lo descubrió mucho antes que él. Era una noche de primavera, mientras ambos correteaban en la orilla de un pequeño riachuelo, dos niños aventureros y curiosos. Él era el escudero de su padre, Don Lores de Aquitania, Conde de Bordeux. Era demasiado joven, según la opinión de muchos miembros de la corte, pero el pequeño William era capaz de empuñar una espada con una sola mano a la edad de ocho años. Y no una espada de madera, era una pesada espada casi más alta que él mismo. Y aquella mañana no advirtió la profundidad de la poza donde se sumergió, ni la fuerza de la corriente, y desapareció en las aguas del río. Menospreció la fuerza de un pequeño río que conocía a la perfección y éste lo devoró. Ella corrió despavorida al castillo y en pocos minutos se organizó una batida a lo largo de todo el río. William fue hallado inconsciente varios kilómetros al sur del castillo. No respiraba y su rostro se encontraba amoratado por los golpes y la asfixia. Había muerto. Pero cuando uno de los criados de su padre presionó su pecho para extraer el agua alojada en los pulmones, William abrió los ojos y expulsó con un violento espasmo todo el agua que había tragado. Era un milagro. La corte del palacio clamó por un nuevo milagro divino obrado por San Antón, y durante una semana se celebraron numerosas misas en agradecimiento a la generosidad divina. Pero ella sospechaba que no era intervención divina. Ella sospechaba que William poseía un extraño poder que le proporcionaba habilidades extraordinarias.

Y se enamoró perdidamente de él. A medida que ambos crecían ella se convertía en una hermosa doncella de largos cabellos oscuros, tez morena y ojos profundos y sensuales. Los pretendientes acudieron a la corte como un enjambre atraídos por la sobrecogedora belleza de Alexia. Pero ella sólo amaba al joven William, el caballero más poderoso y hábil de la corte. Un muchacho alto y fornido, de mirada vivaz, ingenio agudo y sonrisa tímida. Pero un caballero pobre. Y la noche en la que el padre de Alexia le comunicó que había concertado su matrimonio con un poderoso señor vecino veinte años mayor que ella, el orgulloso muchacho se arrodilló ante él y le suplicó la oportunidad de conseguir la mano de su hija. Tan sólo solicitaba un año de plazo. El viejo Lores amaba a William como a un hijo propio, y sonrió con indulgencia. “Tienes un año”, concedió, “pero tras ese año debes ser más poderoso que messire Loec, Conde de Briex”, puesto que tengo que negarle la mano y seguramente me declarará la guerra.”

William abrazó a aquel que había sido un padre para él y corrió a comunicarle la noticia a Alexia. Partió de inmediato hacia un destino desconocido.

La guerra siempre habitaba aquellas tierras con la naturalidad que el viento sopla en sus rostros. Los ingleses atacaron la costa de Aquitania y William formó parte del ejército que se encaminó a detener su avance. Las noticias llegaban a la corte confusas y sombrías, historias de muerte, miseria, desesperación y crueldad. Cada visita que recibía messire Loras encogía el corazón de Alexia ante el temor de que sus noticias fueran nefastas para William. Pero el silencio se cernía sobre las acciones del joven caballero y ninguna noticia llegaba a la corte. Al cabo de varios meses, días antes de expirar el plazo marcado por messire Lores, una comitiva llegó a Bordeux. Y al frente marchaba William enfundado en una rutilante armadura, a lomos de un soberbio corcel de batalla y al frente de un ejército de mil soldados. Messire Lores abrazó al recién llegado y besó sus mejillas como las de un hijo. El corazón de Alexia rebosaba admiración y alegría, pero descubrió que el joven William había cambiado. Su mirada ya no brillaba con la alegría de antaño, ahora lucía apagada como si las atrocidades de la guerra le hubieran arrebatado la inocencia. Un año antes partió como un caballero enamorado y pobre en busca de honor, fortuna y gloria; y ahora había regresado como un poderoso caballero, Conde de Bergoix, pero con el alma malherida. De pronto Alexia albergó el temor de que el corazón de William hubiera olvidado el amor que sentía por ella. Cuando acudió aquella noche a sus aposentos, descubrió la tristeza y melancolía que arrasaban aquella mirada antaño límpida. Allí, al calor de la chimenea en la habitación del caballero William, ambos volvieron a recordar los tiempos en los que simplemente temían ser descubiertos en sus correrías nocturnas. Y Alexia logró arrancar una sonrisa del rostro fatigado de su amado. Aquella noche fue la primera que compartieron juntos, fundidos en un sólo cuerpo, arrastrados por la pasión y el amor acumulado durante largos años. Aquella noche ambos perdieron la inocencia, pero sellaron un vínculo inquebrantable. Y William volvió a sonreír.

Tantos años después Alexia recordaba con claridad aquella hermosa noche. El tiempo había arrugado su rostro y plateado su larga melena, pero aún permitía que conservase aquellos recuerdos. Recuerdos de largos días de estío recorriendo las tierras recién adquiridas por William, compartiendo el mismo corcel y alojándose en las granjas de sus súbditos, desconocedores de sus verdaderas identidades. La boda congregó a los señores más importantes de los alrededores y la presidió el Chambelán del Rey. Paradójicamente Alexia apenas guardaba recuerdos de aquel día tan importante para su vida, porque simplemente era un día más que transcurría junto su amado. Y para ella, todos los días fueron importantes.

El sol iluminaba con fuerza el rostro envejecido de Alexia. Aún conservaba la belleza que antaño había embargado los sentimientos de los hombres y el corazón de un Inmortal. ¿Estaría William contemplando el mismo amanecer?. ¿Alzaría la vista aquella mañana y recordaría el rostro de ella?.

Porque William la había amado con todas sus fuerzas, con la pasión que solo un Inmortal puede sentir. Lo sabía. Cuando ella dormía podía sentir su mirada fija en ella, como acariciando su cuerpo en la oscuridad de la noche. Le gustaba aquella sensación de seguridad que le concedía dormir protegida por un poderoso caballero Inmortal. Y durante las campañas en las que William debía servir al Rey ella se sentía desprotegida, como si le faltase el abrigo en una tormenta de invierno. Y el primer beso que recibía al regresar de la guerra era salado como un suspiro de mar. Y durante varios días él mantenía aquella mirada emborronada por la guerra y las calamidades. Alexia jamás quiso conocer las conquistas y las batallas en las que su esposo participó. Los juglares evitaban entonar las canciones que protagonizaba su marido, canciones épicas cantadas en todas las cortes de los grandes señores del país, pero prohibidas en su propio hogar. La gloria y el honor de su marido comenzaban y finalizaban en los límites de sus posesiones, como si deseara proteger su conciencia de las aberraciones cometidas en la guerra. Y en ocasiones, cuando Alexia besaba con dulzura las manos de William, le asaltaba la duda de conocer cuántas vidas había segado con aquellas mismas manos.

Pero una mañana de verano un viejo sacerdote interrumpió el idílico sueño en el que ambos vivían. Era Roberto de Amiens, un sacerdote sin parroquia que recorría las cortes del reino sin un rumbo establecido. Cuando llegó a Bergoix solicitó una audiencia con William a la que ella asistió. Recordaba aquel momento como el principio de un sufrimiento que tan sólo la muerte puede aliviar. Era alto, desgarbado, y vestía una sotana oscura sucia y remendada. Pero su mirada era inteligente, vivaz y penetrante.

-Mi señor -dijo con voz grave- recorro el país en busca de almas descarriadas que necesiten mi consejo e iluminación.

William lo miró profundamente, como si tratase de adivinar sus pensamientos. Ella se aferró las manos, nerviosa.

-Son numerosas las canciones que alaban vuestras hazañas, mi señor, pero también son prolijas en enumerar la increíble cantidad de heridas que habéis recibido en las batallas. Nuestro Señor ha deseado que sobreviváis a todas ellas, puesto que su Voluntad guía vuestro brazo.

El clérigo guardó silencio durante un instante.

-Pero mi señor, solo unos pocos como yo conocemos vuestra verdadera naturaleza. Y cuando las noticias se propaguen vos y vuestra mujer os encontraréis en un grave peligro.

El corazón de Alexia comenzó a latir desbocado.

-Mi señor, sois un Inmortal. Habéis sido bendecido por Dios con el don de la inmortalidad para combatir contra el pecado y la corrupción de las bestias que habitan nuestro mundo. Vuestras habilidades son sobrehumanas, mi señor. Pero como sois un elegido de los dioses, las mismas bestias que deben temeros os atacarán con la intención de destruiros. Debéis acudir a la llamada de vuestros hermanos, en Constantinopla. Mi señor, sois una oveja descarriada que debe regresar al redil.

William se inclinó lentamente. Se encontraba sentado en un hermoso sillón de madera tallada.

-¿Y porqué debería hacer tal cosa, clérigo? -preguntó con una ligera irritación.

-Porque vos sois una criatura de las Sombras, mi señor. Y las Sombras acudirán a vos con la intención de reclamaros. Porque existen criaturas que jamás podríais imaginar capaces de arrancaros todo lo que amáis, ancianos seres manipuladores que intentarán imponer su voluntad sobre la vuestra, mi señor. Porque Dios os llama a combatir a las sombras.

-Mi deseo es permanecer junto a mi esposa y engendrar descendientes que fortalezcan nuestra familia -replicó William con su orgullo caballeresco.

Pero el clérigo negó con la cabeza.

-Nunca podréis engendrar descendientes, mi señor. Y los años transcurrirán lentamente y tallarán el rostro y el cuerpo de vuestra hermosa mujer, pero vos permaneceréis intacto. Y tarde o temprano deberéis abandonar estas tierras, puesto que los habitantes comenzarán a murmurar sobre vuestra eterna juventud. Y os temerán, porque no tardará nadie en propagar el rumor de que habéis contraído un pacto con el diablo. Y entonces el propio Rey deberá actuar, mi señor, abrumado por las evidencias. Sabed, mi señor, que vuestros enemigos se encargarán de hundiros utilizando todas las armas que posean. Ahora debo marcharme, puesto que he cumplido con mi obligación. Permaneced aquí, y seguramente obtendréis un tiempo de paz, pero la Guerra de las Sombras acudirá a vos como un enjambre de insectos surgidos desde el infierno. Si deseáis partir, acudid a la Torre de la Muerte, en Constantinopla. Allí el Maestro Trocero os ayudará, pero deberéis renunciar a vuestro pasado como mortal.

Roberto terminó su discurso y antes de que William o Alexia tuvieran ocasión de hablar se giró y abandonó el salón. William permaneció en silencio con la mirada perdida en algún lugar de la estancia. Ella se incorporó y dejó a solas a su marido.

Aquella noche Alexia lo encontró apoyado en la ventana de su habitación. Era un lugar acogedor pero austero, con una cama amplia de colchón de plumas, algunos hermosos tapices que abrigaban las paredes y una mullida alfombra. Hacía calor y William vestía tan sólo unos pantalones de lino. Era un hombre musculoso, brazos firmes, amplias espaldas y pecho poderoso, una multitud de cicatrices recordaban cada episodio de su larga vida como guerrero. Ella se aproximó lentamente y acarició su espalda. Sonrió.

-No voy a abandonarte, Alexia -dijo él con la mirada perdida en las sombras que se extendían en el exterior-. Tampoco voy a renunciar a las tierras que he conseguido con mi esfuerzo y sacrificio. No puedo renunciar a ti, Alexia. Eres mi vida.

Sus ojos se empañaron durante un instante.

-William -dijo ella con la voz emocionada-. Desde hace muchos años sospechaba tu verdadera naturaleza. Jamás has enfermado y has eludido la muerte en múltiples ocasiones. Con tu increíble poder has conseguido todo lo que te has propuesto. Pero contestame, amor mío: cuando yo envejezca y muera, ¿seguirás habitando estas tierras?. Vivirás durante muchos años en un lugar que te recuerde a mí, al dolor que sientes al perderme. ¿Y qué harás, amor mío?.

-Aún quedan muchos años para que suceda -replicó William-. Aún no debemos preocuparnos.

Alexia apoyo el rostro en el hombro de su marido.

-Y cuando las horribles criaturas de las que ha hablado el clérigo acudan a combatir contra ti, ¿qué harás?. Desconoces tu verdadera naturaleza y la de tus enemigos. Amor mío, no te enfrentarás a seres humanos. Sólo Dios sabe qué criaturas horrendas habitan en las sombras.

-Yo te protegeré.

-No podrás protegerme de tu naturaleza, William.

-¿Y qué crees que debo hacer? -preguntó él con un suspiro.

Alexia sentía que el corazón se había detenido.

-Debemos marcharnos de estas tierras.

William se giró. Su mirada brillaba con el viejo orgullo de antaño.

-No voy a renunciar a las tierras que he conseguido derramando mucha sangre. No voy a convertirme en un peregrino. Me niego a huir.

Alexia inclinó la cabeza tratando de ocultar las lágrimas que comenzaban a brotar.

-William, tus hazañas son conocidas en todo el país. Lo perderás todo tarde o temprano.

-¿Y debo perderte también?.

Alexia alzó el rostro.

-Podemos viajar a Constantinopla, amor mío.

-No voy a marcharme de mis tierras como un hereje perseguido por la justicia. Y tú serás la señora de estas tierras.

Alexia no logró contener más el llanto y se derrumbó entre los brazos de William. Éste la condujo con delicadeza a la cama y allí besó sus labios con ternura. La noche transcurrió envuelta en el amargo sollozo de Alexia.

Había descubierto en la mirada de William el dolor de la decisión que había tomado.

La mañana llegó y Alexia despertó en la cama. Aún podía aspirar el dulce aroma de William impregnado en las sábanas. Pero el sabor salado de sus lágrimas recordó lo acontecido la noche pasada. Y volvió a llorar impotente y desconsolada. La mañana avanzó y Alexia se incorporó lentamente. Buscó una palangana y lavó su rostro arrasado por las lágrimas. Peinó su larga melena y buscó un hermoso vestido. Luego descendió en busca de un destino amargo.

Encontró a William sentado en el mismo sillón de madera en el que había recibido al clérigo la noche anterior.

-No has desayunado nada -reprochó él.

Su mirada se había cubierto por un manto de tristeza mucho más hondo que cualquier dolor humano. Alexia comprendió el profundo pesar que él sufría.

-No puedo perderte, William -contestó ella-. No puedo vivir un día sin tenerte a mi lado. No quiero vivir sin ti.

-Anoche escuchaste al clérigo -recordó William-. He tomado una decisión.

Alexia se acercó a su marido y se arrodilló frente a él, abrazándole las rodillas. Las lágrimas volvieron a brotar de su hermoso rostro una vez más.

-Voy a partir, amor mío -dijo él mientras acariciaba el pelo sedoso de su mujer. Cada palabra que pronunciaba le arrancaba un pedazo de vida-. No deseo condenarte a una vida que no mereces, amor mío. Juré a tu padre que velaría por ti, y lo haré.

-Marcharte no es velar por mí -sollozó ella.

-Partiré a la guerra y tú permanecerás en estas tierras. Te pertenecen tanto como a mí. Son tu futuro, y el futuro de tus hijos. No mereces otro destino. No puedes renunciar a ellas por mí.

William cerró los ojos abrumado por el dolor.

-Al cabo de un tiempo recibirás un mensajero con la noticia de mi muerte. Entonces serás libre para contraer matrimonio con otro señor. Y tendrás descendencia. Yo no puedo proporcionártela.

Alexia no contestó. Los sollozos ahogaron sus palabras. No pudo hablar.

Incluso tantos años después el dolor de aquel momento arrancaba las lágrimas a Alexia. Nada pudo hacer entonces, salvo lamentarse. Y cada día que transcurrió desde entonces maldijo su fragilidad. Si se hubiera opuesto, él habría variado sus planes. Pero aquel día ella no fue capaz. Maldijo miles de veces aquella conversación nocturna. Porque ella le había convencido aquella noche, y lo lamentaba.

Cuando William partió la despedida fue dulce y a la vez amarga. Se encontraban en el patio de armas y los soldados aguardaban dispuestos a su alrededor. Una nueva guerra esperaba de nuevo a las huestes del poderoso messiere William de Poitiers, Conde de Bergoix. Pero para aquel Inmortal y aquella humana no quedaba ninguna esperanza más. El abrazo fue cálido y prolongado. Los besos, suaves y dulces. Y Alexia jamás podrá olvidar la mirada de su amado, una mirada triste pero vivaz y enérgica. Entonces comprendió que la naturaleza de un ser como él no podía permanecer atado a unas tierras y una esposa humana, como si de un perro encadenado se tratase. Necesitaba la guerra, aunque ésta le produjese un dolor amargo. Podía descubrirlo en el brillo de sus ojos color miel, más allá de la tristeza que le provocaba aquella separación.

Pero aún así habría preferido el egoísmo de compartir su vida junto a él.

La comitiva partió y dejó tras de sí una nube de polvo. Los días transcurrieron amargos, tediosos y tristes como un funeral prolongado. Él ya no volvería. El Condado de Bergoix era una amplia extensión de terreno donde se podía encontrar numerosos poblados vasallos, frondosos bosques, ríos caudalosos y tierras de labranza fértiles, por lo que exigió toda la atención de Alexia en administrarlo con prudencia. Al cabo de varios meses un mensajero llegó procedente de la corte del Rey. Portaba una carta firmada por Su Majestad en la que informaba de la heroica muerte de su marido combatiendo en el campo de batalla frente al invasor inglés. Aquellas guerras sin sentido habían encumbrado a su marido y a la vez lo habían sepultado. Todo había terminado para ella. En la misma carta el Rey le concedía a ella el título de Condesa de Bergoix con la obligación de contraer matrimonio con un sobrino suyo. Aún con el corazón malherido Alexia envió al mensajero de vuelta con la respuesta afirmativa. Se casaría con el sobrino del Rey.

Aquella noche no volvió a llorar. Transcurrió lenta y plácida mientras ella se sumía en los recuerdos. Y fue una noche feliz, en la que de nuevo William acudió a ella con su sonrisa firme y su mirada vivaz y cálida.

Fue una novia hermosa, de nuevo ante el altar pero en aquella ocasión acompañada de un hombre al que no amaba. Aunque el paso del tiempo ayudó a crecer en ella un sentimiento de afecto tierno hacia su nuevo marido, su amor se había marchado con William. No pudo amar hasta que engendró a su primera hija. Entonces el amor materno sustituyó al amor pasional. Y los años cayeron uno tras otro. Pequeños tragos de amargo vino que evocan el viejo sabor de sus labios, los labios de un Inmortal.

Alexia tosió levemente. Se sentía cansada y débil. Regresó a la cama con paso vacilante.

Pero aún sentía un poso de orgullo en el interior de su corazón. Sabía que William no la olvidaría jamás. Porque había conquistado el corazón de un Inmortal. Seguramente él podría encontrarse en algún lugar remoto contemplando el mismo cielo que ella había contemplado. Estaba segura de ello.

Alexia no volvió a despertar. Expiró con una sonrisa en el rostro, feliz al cabo de una larga vida.

El entierro fue solemne, y acudieron todos los grandes señores de las tierras circundantes. Su marido lloró desconsolado la pérdida de su esposa, y los cuatro hijos que había engendrado se despidieron en silencio de su amada madre. Entre los asistentes al entierro se encontraba un caballero llegado de lejanas tierras. Su cabello era del color de la tierra en otoño, su rostro anguloso y hermoso enmarcaba unos ojos vivaces, enérgicos y orgullosos. Era de complexión corpulenta, de ademanes ágiles y voz cálida. Vestía ropas de calidad oscuras con un extraño escudo bordado en el pecho: un ave Fénix sobre un campo blanco. El extraño se acercó a la hija mayor de Alexia, Rosanne, e inclinó la cabeza con respeto:

-Sois un vivo reflejo de vuestra madre en su juventud -dijo él-. Mi nombre es Guillermo de Ceux, y mi padre conoció a vuestra madre cuando ambos eran jóvenes. Lamento con todo mi pesar la pérdida. Mi padre afirmaba que era una mujer extraordinaria.

Rosanne respondió con educación al cumplido y observó apesadumbrada la marcha del extranjero. Éste abandonó el cementerio con paso vivo y montó a lomos de un espléndido corcel.

Y se alejó lentamente con la mirada triste. De nuevo se alejaba de Alexia, pero esta vez para siempre.

Durante treinta años había recordado la calidez de sus labios. Por que él sabia que para ella, era su amor Inmortal.

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