En el Mundo de las Sombras, no todo es como parece…

Ni todo los errantes andan perdidos, como diría el poema del gran Tolkien. En este mundo no existe la línea que separa al “bueno” del “malo”, ya sea Inmortal, vampiro u otra raza. Si asistes a la lectura de las novelas, deja tu mente en blanco: ni todos los Inmortales son buenos, ni todos los vampiros son los malos. La mano de la traición la puede esgrimir un hermano de sangre, y en cualquier recodo del camino existe un enemigo oculto. Entra en el mundo medieval, en la historia de la Europa de finales del siglo XII y principio del siglo XIII. Recorre la mítica Constantinopla, el centro del mundo, leyendo las páginas de Inmortal, publicada en Marzo del 2011. Así mismo, en esta novela, puedes conocer el tenebroso submundo de Toledo, recorrer los peligrosos caminos de Castilla, Navarra y el Languedoc; si te habías preguntado cómo podría ser la Montpellier medieval, aquí podrás descubrirla con todo tipo de detalles. Y, por supuesto, la ciudad de las mil cúpulas, la antigua Bizancio, te aguarda con su lecho forrado de sedas doradas y crucifijos de plata.

Pero también podrás conocer el punto de vista de los vampiros, sus luchas internas, fraticidas, desde el punto de vista de un vampiro nada convencional.

Inmortal posee un transfondo amargo, un sentimiento de dolor y pérdida que le proporciona al protagonista, Urabi de Ukesh, un halo de melancolía algo irresistible mientras recorre la Europa Medieval.  Pero posee la peor de las vulnerabilidades que un Inmortal puede adolecer: Su corazón. En un mundo en el que las pasiones se enmascaran, Urabi de Ukesh no logra olvidar a aquellas personas que lograron dejar huella en su corazón. Y este recuerdo, la amargura de su pérdida, es algo que le lastra.  Pero su cólera, implacable, logra apartar en muchos momentos este dolor, para mostrarse como el temible Inmortal que preserva El Equilibrio.

Entra, amigo, en El Mundo de las Sombas. Nada es lo que parece…

”   -Somos afortunados al tenerte como escolta.

Ruy abrió los ojos. Ante él se encontraban dos figuras que le observaban atentamente. Una de ellas era una hermosa doncella, de largos cabellos oscuros, tez pálida como la cara de la luna y ojos claros. Era alta y de miembros largos y delicados. Vestía una túnica carmesí de seda ceñida por un cinto de cuero damasquinado. Un velo trasparente recogía su larga melena y una fina diadema de plata relucía en su frente. Ruy permaneció fascinado por la mujer. A su lado un hombre más delgado que ella le miraba fijamente. Su rostro era pálido como el de su compañera, pero grave y severo como una estatua de un rey antiguo. Su mirada era profunda y temible. Ruy agitó la cabeza como tratando de salir de un sueño y se incorporó lentamente.

-Por un momento has quedado fascinado –afirmó el compañero de la dama. Su voz era grave y gutural, autoritaria y soberbia.

-No entiendo por qué sois afortunados por acompañarme –contestó Ruy ásperamente. La dama sonrió. El fuego comenzaba a consumirse lentamente entre ellos y las sombras comenzaban a extenderse. Los ojos de ella brillaban como carbones al rojo vivo.”

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