Tres primeros capítulos de Tiempos Aciagos, libro I de La Guerra de las Sombras

Tiempos Aciagos

Capítulo I. Praga.

 

Últimos días de Mayo. 1204 A.D. Praga.

 

            La sombra se deslizaba sigilosa entre los callejones de la ciudad. Xabier corría tras ella siguiendo su rastro casi imperceptible. En su corazón ardía la necesidad de alcanzar a su presa y en su mente se apartaban las dudas que podrían haberle detenido en algún momento: ¿Sería capaz de enfrentarse a aquel ser que había derrotado al Golem del barrio judío?  Pero la pregunta yacía apartada en el pensamiento de Xabier, y cuando consiguiese alcanzar a su presa trataría de encontrar alguna solución. Las paredes de piedra de las casas del Barrio Antiguo  apenas parecían obstáculos insignificantes ante el deseo del Inmortal. Después de varios meses en la ciudad, por fin había encontrado la solución al problema. Y aquella carrera le ayudaba a desahogar su frustración acumulada. Praga era una ciudad  asombrosa, la más enigmática que había conocido, por encima de Toledo, Paris, Roma e incluso Constantinopla. En ella no reinaba un poderoso vampiro como en el resto de las ciudades conocidas. En cada distrito, protegido por gruesas murallas y patrullas nocturnas, gobernaba un pequeño señor que debía lealtad al Consejo de las Sombras, que se reunía en los salones del Palacio de Praga. Y solo uno de ellos era un vampiro.

“Un muro. La sombra se dirige al Barrio Nuevo”. Xabier frunció los labios contrariado.  En este barrio gobernaba Laernes de Viena, un vampiro poderoso aunque taciturno y solitario. Se extendían rumores por la ciudad que indicaban la presencia de ignobili  y defectori entre aquellos muros apenas inacabados en algunos tramos.. Laernes lo había negado sistemáticamente y nadie hasta ahora ha podido proporcionar pruebas al respecto. Era el único barrio en el que los vampiros podían cazar con libertad entre sus calles. En el resto de la ciudad estaba terminantemente prohibido, por lo que los vampiros se alimentaban de los humanos que se agolpan en el exterior de la ciudad o en el Barrio Nuevo.

“No es el mejor lugar para perseguir una sombra que acaba de derrotar al ser más poderoso que la magia Cabalística puede invocar”.

El muro no representó un gran obstáculo para Xabier. El centinela apenas pudo distinguir ni a la sombra ni al Inmortal que la perseguía. Ambos se  habían transformado en una ráfaga de viento nocturno. Una ráfaga gélida y sobrehumana.

Por fin, después de una marcha frenética, la sombra se detuvo frente a la fachada de la Iglesia de Santa Marta. Xabier se detuvo a varios metros de ella. Era una figura humana, alta y corpulenta. Un grueso nubarrón ocultó la luz de la luna y la oscuridad creció en la plaza. Xabier se abalanzó sobre la sombra y lanzó un mandoble al costado. El impacto fue terrible, casi como si hubiera golpeado una pared de mármol. El dolor fue insoportable y Xabier soltó la espada con la mano entumecida. La sombra retrocedió lentamente. No parecía herida. Xabier tomó la espada con la mano izquierda. La sombra alzó una mano y Xabier tropezó con un pequeño bache del suelo, pero consiguió recuperar el equilibrio. Alzó la vista hacia la sombra y le pareció que ésta sonrió en su interior. Tras su figura los muros de la iglesia se alzaban imponentes y amenazadores envueltos en la oscuridad de la noche. Volvió a atacar y la sombra retrocedió varios pasos más. Un bloque de piedra se desprendió de una de las paredes de la iglesia y golpeó a Xabier en el hombro izquierdo. La sombra se internó en el interior del edificio ante la mirada frustrada de su perseguidor. No podía continuar, puesto que era incapaz de  empuñar el arma. Se encontraba indefenso en el peor lugar de la ciudad.

El rumor de pasos precedió a las sombras que le rodearon. Podía distinguir en ellas el brillo inhumano de sus ojos, una sed de sangre imposible de agotar. Tomó la espada con la mano izquierda malherida y se irguió. La mano derecha parecía rota, aunque no le dolía. Se desembarazó de la capa y se aproximó hasta un pequeño claro iluminado por la luna. Pero de nuevo una inoportuna nube alejó la luz de la plazuela.

No lo deseaba, pero era inevitable. Se encontraba indefenso, rodeado por vampiros. Cerró los ojos y se concentró.

Una luz serpenteante comenzó a brillar en el pecho de Xabier dibujando un ave Fénix con las alas desplegadas, orgullosa y desafiante. Xabier empuñó la espada con la mano derecha y con la izquierda desenvainó un pequeño sable curvo. El dolor y el entumecimiento que había sentido anteriormente era ya un vago recuerdo. La luz que emanaba de la armadura iluminó la hoja de su espada, mostrando las runas que bailaban en el acero. Garra Negra, la espada maldita. El azote de los vampiros. Xabier abrió los ojos y una luz dorada centelleó en ellos fugazmente. Una de las sombras que se cernía sobre él masculló un nombre que se extendió entre el círculo de vampiros.

El Fénix Negro.

Habían atrapado al Fénix Negro, el Inmortal más implacable desde la caída del poderoso Urabi de Ukesh, su propio mentor. Y en su mano refulgía como con luz propia el arma maldita: Garra Negra.. El número de sombras comenzó a crecer alrededor del Inmortal.

Xabier aspiró profundamente.

Nox Irae.

Capítulo II: La Torre de la Muerte.

 

Diario de Santiago Martínez de Calatrava.

 9 de Enero del 1203 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla

 

            La noche es larga, madre. Es demasiado larga para mí, lo sabéis bien. He decidido comenzar a escribir estas líneas para ordenar mis pensamientos. Lo necesito. Además así podréis recibir noticias mías.

Desde los primeros años de mi infancia siempre he sido diferente a los demás, pero en el lugar al que me habéis enviado soy uno más. Lo que en nuestro humilde castillo era una diferencia para mí, aquí es una característica común. Y eso me agrada, pero a la vez me abruma. Agradezco de todo corazón que vos y el Maestro Helkias me hayáis enviado a Constantinopla con la carta de recomendación. Es lo único que podría haberme salvado de un desgraciado fin. No voy a ocultaros, madre, que nuestro padre jamás ha sentido amor por mí. Bastardo. Esa es la palabra que siempre aflora de sus labios cuando me impongo a mis hermanos mayores en las justas, o cuando nuestro maestro le expone mis progresos con los libros. Jamás me ha mirado con amor, y no se lo reprocho, puesto que ahora que he crecido estoy absolutamente seguro que no soy hijo suyo. Los años me han ayudado a comprender que el reconocer que su mujer ha tenido un hijo fruto de una aventura podría ser cuando menos incómodo. Qué injusto es el mundo que nos ha tocado vivir, Madre.

Escribo estas líneas en la biblioteca de la Torre cobijado por las sombras de la noche. Éste es mi baluarte personal cuando el insomnio me impide conciliar el sueño, algo que sucede con demasiada frecuencia. Leo todos los libros que puedo encontrar en las estanterías: los inventarios de comida, enseres, animales y demás, me entretengo en recorrer los pasillos de la biblioteca a oscuras, cazando los roedores que merodeaban por el lugar con mayor facilidad que la de un felino experimentado. Y cuando la luz del amanecer me indica que debo regresar a mi catre, junto mis compañeros, descubro que la vigilia me ha ayudado a descansar más que una docena de horas en el lecho más mullido. Habitualmente necesito un par de horas para reponer mis fuerzas, aunque cuando el día ha sido especialmente duro necesito descansar durante casi toda la noche, lo que no ha sucedido en mucho tiempo.

Me pregunto si te sentirás inquieta por mi, ya que no tuviste más remedio que aceptar la oferta que el Maestro Helkias nos hizo aquella noche calurosa de verano, cuando mi padre me perseguía con el ánimo de acabar con mi vida.  El alcohol y la certeza de un hijo bastardo que pone en peligro a sus hermanos mayores no son buenos consejeros. Comenzaré con el relato de lo acontecido desde el momento en el que abandoné Calatrava rumbo a Toledo junto al Maestro.

Apenas dos noches después de llegar a Toledo partí rumbo a un puerto de levante acompañado por uno de los primos de Helkias, un joven alto y delgado llamado Danyael. El viaje fue confuso, puesto que nunca había salido de los confines de nuestros dominios, salvo para combatir contra los sarracenos en alguna refriega en la frontera. Cabalgamos día y noche, substituyendo nuestros caballos por otros más frescos en las posadas donde apenas descansábamos unas horas, hasta que llegamos a un pequeño pueblo perteneciente a la Corona de Aragón. Mi estancia allí fue más breve aún: al amanecer partí en un extraño bajel, el Montsegur, capitaneado por un francés de mirada hosca. El trayecto duró apenas una semana, y transcurrió rápido gracias a un pequeño libro que me regaló Danyael cuando se despidió de mí en el puerto: es un libro hermoso de historias fantásticas sucedidas en tiempos bíblicos. Cuando llegamos al puerto de Constantinopla fui conducido hasta el lugar donde me encuentro ahora: La Torre de la Muerte. Es un recinto muy amplio, protegido por una alta muralla y con una torre inmensa en el centro. Según mis compañeros, el nombre de la torre viene por el desgraciado destino que algunos de los nuestros sufren cuando intentan escalar los muros sin protección alguna. Espero, Dios mediante, que jamás tenga la oportunidad de poner mi vida en semejante peligro. Este lugar es una escuela de combate, o un centro de adiestramiento donde los nobles tanto de la zona como de lugares lejanos envían a sus hijos a desarrollar sus conocimientos. Me sorprende, puesto que sería mucho más simple y barato enviar a los retoños a la corte de sus aliados como pajes de armas, pero la reputación de este lugar es intachable. Y por Dios que reconozco que si hubiera un infierno en la Tierra, ese es el patio central de la Torre cuando el Maestro Trocero se enfurece. Los aprendices estamos divididos de diferentes formas: los que provienen de una familia noble y al cabo de un periodo de tiempo abandonarán la Torre, que reciben una instrucción diferente a los demás, basada en equitación, habilidades de combate, caza y cetrería. Además son instruidos en las artes de las letras, los números y en la astrología. Aquellos que no tenemos familia a la que retornar recibimos una instrucción más simple, basada casi únicamente en el combate cuerpo a cuerpo, combate a distancia y algunas nociones más. Existe otro grupo de aprendices absolutamente diferente que reciben una instrucción mucho más dura y cruel que la que recibimos nosotros. A éste último grupo se accede desde el grupo en el que yo me encuentro: huérfanos o segundones sin posesiones más allá de estos muros, y entre nosotros la llamamos La Compañía de los Elegidos. Los maestros clavan sus miradas en nosotros casi como si fuésemos ganado, evaluando en todo momento nuestras habilidades, conocimientos y fortalezas. Cuando juzgan que uno de nosotros lo merece, simplemente le miran a los ojos, pronuncian su nombre y jamás le volveremos a ver entre nosotros tal como era. En las pocas ocasiones en las que nos cruzamos con ellos, su mirada en otro momento amistosa se transforma en un témpano de hielo cargado de desprecio. Muchos perecen en los agotadores entrenamientos que sufren a todas horas, cuando son obligados a entrenar durante toda una noche, o a marchar al exterior de la ciudad durante días con apenas horas de descanso. Y aquellos que logran superar la instrucción son enviados fuera de la Torre y no les volveremos a ver.

Tres años han pasado ya desde que llegué a estos muros, y he sido testigo de numerosos asaltos a la Torre por parte de enemigos embozados en sombras. Nosotros siempre hemos recibido órdenes tajantes de permanecer en nuestras estancias sin participar en la defensa de la Torre, algo que he juzgado innecesario ya que Trocero y sus hombres han sido siempre capaces de repeler los ataques. Ahora los todos los aprendices nobles han regresado a sus lugares de origen y el asedio al que nos someten los Cruzados nos impide recibir nuevos compañeros. Aunque nosotros no recibimos más información del exterior que la que los guardias de la Torre desean transmitirnos, percibimos en el aire el miedo y la desazón que recorren la ciudad. No tememos al futuro, puesto que si la ciudad cae, nuestra Torre sería un hueso demasiado duro de roer para los Cruzados. Obtendrían demasiadas bajas para tratar de conquistar un botín incierto. Pero, para ser sincero, las despensas de la Torre  así como las de los numerosos navíos que recorren el Mediterráneo bajo el auspicio del Maestro Trocero, se encuentran tan repletas como las del Rey de Castilla, si los libros de cuentas que reviso a menudo no mienten. Parece ser que el Maestro Trocero posee también una hacienda en la isla de Creta que le ofrece suculentos beneficios, aunque jamás he podido observar en él un sólo gesto de ostentación, ni en el vestir ni en la decoración de la Torre. Es cierto que no nos falta el alimento ni la ropa, y las armas con las que entrenamos son de la mejor calidad. Pero no he visto en mis tres años de estancia un sólo gesto de ostentación por parte de Trocero y sus hombres. Ni tan siquiera una simple capa recargada con adornos de oro. Nada. Es como si todas las riquezas las escondiesen en algún lugar subterráneo de la Torre o de la hacienda que poseen en Creta.

Cuando observo mi rostro reflejado en el agua de la palangana en la que me aseo todas las mañanas, me encuentro con el mismo rostro risueño y lampiño con el que entré, cuando apenas contaba veinte otoños. Y he visto cómo mis compañeros se han convertido en hombres ante mis ojos, algunos han conseguido formar parte de la guarnición de la Torre, otros han fallecido lamentablemente y unos pocos han pasado a formar parte de la Compañía de los Elegidos. Siempre he permanecido al margen, solitario, y en la mayoría de las ocasiones me escabullo hacia la biblioteca simplemente para obtener valiosos momentos de soledad. Apenas sí he conseguido despertar el interés fugaz de Trocero. Y aunque soy ahora mucho más corpulento, rápido e inteligente que antes, sigo sin merecer el licenciamiento. En ocasiones soy elegido para compartir el entrenamiento más liviano de los Elegidos, y es cuando en verdad disfruto desarrollando todas mis capacidades al máximo. Y entonces necesito descansar dos horas más de las habituales, quizá tres. Y descubro que al día siguiente soy más rápido y fuerte. Pero después vuelvo  a  la rutina de entrenamientos con espadas de madera y oponentes torpes y lentos, y el tedio me invade. Es cuando aguardo con todos mis deseos la llegada de la noche para entretener mi mente con los desafíos que mi cuerpo no ha recibido durante el día.

El sol se aclara, madre. Esconderé este pergamino dentro de uno de los libros que he consultado y regresaré cuando me sea posible. Espero que nadie dé con él, puesto que me encontraría en un grave aprieto.

 

 

16 de Enero de 1203 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla

La última semana ha sido verdaderamente intensa, madre. Apenas he encontrado un momento para acudir a mi cita noctámbula con la biblioteca. Parece que el Maestro Trocero comienza a confiar en mí poco a poco. Durante la última semana he formado parte de la guardia nocturna, algo novedoso y sin duda un presagio alentador. Me he vestido con la librea de la Torre, un ave muy parecido al ave fénix tejido sobre un manto azul, y durante seis noches he montado guardia junto a otros tres centinelas en la puerta de entrada. A pesar del honor recibido he seguido entrenándome con normalidad junto a mis compañeros, recibiendo apenas unas horas antes del anochecer  algo de descanso para reponer fuerzas. La prueba más dura a la que nos sometemos durante el día ha sido la que más me agrada: el combate espartano. Trocero nombra a diez de nosotros y nos pertrechamos como si de un combate se tratara: nos cubrimos con armaduras acolchadas y nos armamos con espadas sin filo y romas, aunque más pesadas que las verdaderas. Aquel que lo desee puede portar escudo u otra espada en la otra mano. Entonces Trocero señala a uno de nosotros y el elegido debe elegir el oponente a enfrentarse a él. El vencedor del combate se enfrenta a otro rival, que en este caso es elegido por Trocero. El objetivo es sobrevivir a todos los combates, y tengo el honor de ser uno de los pocos que lo han logrado en nuestro grupo de adiestramiento, junto a Basileus, que fue quien consiguió el logro antes que yo, y fue ascendido a la guardia de la Torre a las pocas semanas. Yo he conseguido el logro en cuatro ocasiones pero nunca he recibido recompensa alguna. En todo caso he recibido algún reproche en cuanto a la rapidez, a la técnica de combate o algún detalle nimio suficiente para desprestigiar mi victoria. Ayer conseguí la cuarta victoria. Vencí uno a uno a todos los rivales que Trocero señaló. Les derroté con rapidez, ahorrando energías al anticiparme a sus movimientos y golpeándoles en el rostro, en las rodillas o en la mano que empuñaban el arma. De esta manera consigo evitar gastar energía en esquivar o detener los golpes, aunque reconozco que asumo demasiados riesgos. Lo apuesto todo a cuatro estocadas como sumo. Cuatro ataques rápidos antes de que mi enemigo consiga recomponer la guardia y tomar la iniciativa. Y aunque me funciona, nunca es del agrado de Trocero, puesto que afirma que si mis rivales me atacaran con armas de verdad, yo no sería tan osado al tomar tantos riesgos. Y en caso de serlo, afirma con tono de reproche, mi osadía me conducirá a la tumba por el camino más rápido.

Durante estos días he trabado amistad con uno de los guardias de la Torre, Paul el Rojo. Le llaman así por su larga pelambrera de color bermejo y por su espesa barba del mismo color. Cuando habla conmigo parece que se está dirigiendo a su hijo. Gracias a él he ido descubriendo poco a poco el mundo que nos rodea. El ambiente en la ciudad cada día se enrarece más. El pueblo de Constantinopla no ama al nuevo emperador que los Cruzados han colocado en el trono, y la sedición crece en cada rincón como una enfermedad contagiosa. Durante la noche hemos recibido las visitas constantes de un grupo de jinetes embozados y sospecho que forman parte del ejército Cruzado que acampa en el exterior de la ciudad. No puedo creer que Trocero sea un traidor y Paul se niega a proporcionarme más información. Simplemente me contesta que nosotros no debemos juzgar las acciones de nuestros superiores, puesto que carecemos de toda la información necesaria. Quizá tenga razón.

20 de Enero de 1203.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla

 

            Hoy he podido combatir contra el Maestro Trocero. Él manejaba una espada de madera y yo una espada ancha de verdad. Todavía me palpita el corazón al recordar el combate. Creo que no esperaba que me atreviese a tomar la iniciativa, y cuando he sido el primero en lanzar el ataque he observado un atisbo de sorpresa reflejado en su mirada. Creo que esperaba que le mostrase más respeto, o quizá miedo. Trocero esquivó el golpe con fingida facilidad, retrocedió un paso y sonrió. Se movió rápido como un felino y casi me derriba de una rápida estocada en el pecho, pero conseguí detenerla a duras penas. Los siguientes ataques fueron tan rápidos y tan seguidos que apenas logré pensar, actué por instinto. Pero me mantuve firme y no cedí demasiado terreno, de manera que cuando encontré una pequeña oportunidad ataqué a la rodilla derecha de Trocero. Éste saltó y me lanzó un contraataque al cuello. Lo detuve con facilidad, pero descubrí que era una trampa: recibí un violento rodillazo en el estómago que me derribó jadeante. Pero apreté los dientes y me incorporé de inmediato, ignorando el dolor. Ataqué furioso. No recuerdo si fueron dos o tres estocadas, pero empeñé en ello todas mis fuerzas. Trocero sonrió. Detuvo mis ataques, me fintó un ataque al cuello y cuando alcé la espada para protegerme él se inclinó, realizó un arco descendente y me barrió los pies. En el mismo instante en el que mi espalda tocaba el suelo sentí la punta de la espada de madera apoyarse contra mi cuello. Solté mi arma y me rendí. Fue un combate extraordinario. El mejor de todos en los que he tenido ocasión de participar. Trocero me ayudó a incorporarme. Creo que me sonrió, si es que es capaz de sonreír de verdad.  Cuando regresé a la armería recibí la felicitación de Paul el Rojo. Nadie había resistido tanto tiempo al Maestro, me dijo. Me sonrió y se marchó. Si mi suerte no mejora en los próximos días, creo que es el momento de partir de la Torre. Siento desazón ante esta decisión, ya que la perspectiva de un futuro incierto lejos de mi hogar no es nada confortante, pero lo prefiero antes de seguir perdiendo el tiempo en la Torre. Quizá los Cruzados puedan apreciar mis servicios.

22 de Enero de 1203 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla

 

            Hoy  he contado mis intenciones a Paul y éste me ha respondido con una sonora carcajada. Y creo que los motivos por los que sonríe son muy fundados: soy pobre. No puedo comprarme un corcel, armadura, armas, ni siquiera puedo pagar las ropas que poseo en estos instantes. Cuando llegué a la ciudad lo hice no como un refugiado, sino como un hijo repudiado y desheredado. Ni tan siquiera el título de mi padre puede servirme para encontrar un valedor en las cortes de Europa. Y no soy caballero, lo que es un obstáculo prácticamente insalvable.

Y antes de marcharse, Paul me ha arrojado al rostro una verdad incontestable con esa sonrisa burlona que le caracteriza: Pertenezco a Trocero. Como la mayoría de los que forman parte de mi grupo. Compañeros oscuros, solitarios y silenciosos. Compañeros durante mucho tiempo, de los que ni ellos conocen mi nombre, ni yo el suyo. Así es la tétrica vida en esta Torre, madre mía.

¿Dónde me ha enviado Helkias?. ¿A una cárcel de piedra?.

2 de Febrero de 1203 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla

 

            He pasado demasiados días sumido en mis pensamientos pesimistas hasta que he encontrado la determinación suficiente para bajar a la biblioteca. Me cuesta encontrar fuerzas para escribir mis pensamientos. Releo el inicio de estas cartas y sinceramente dudo mucho que sea capaz de hacerlas llegar a Castilla. Me sorprendo al comprobar la inocente ilusión que me embargaba al principio, pero me sumerjo en un mar de desesperación cuando levanto la vista y contemplo la oscuridad que me rodea.  Escucho el sonido metálico de la instrucción nocturna a la que someten a la Compañía de los Elegidos y envidio la posibilidad de encontrar un mundo nuevo que se les ofrece más allá de sus sufrimientos.

23 de Febrero de 1203 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla

 

            Es evidente que Dios no muestra demasiado afecto por mí. Pero creo que en los últimos días  se ha sentido generoso conmigo, o quizá demasiado cruel. No obstante, lo sucedido durante la mañana siguiente a la última vez que escribí, el 3 de Febrero, es generosidad divina, como seguramente afirmaría Fray Lope, el confesor.

Aquella mañana formamos las tres compañías al completo en el patio principal. Hacía frío, pero el Maestro Trocero nos prohibió cubrirnos con nuestras capas de lana basta. Tiritábamos a la luz de la mañana bajo la atenta mirada de los guardias y el resto de la guarnición de la Torre,  mientras el Maestro se dirigía uno a uno y nos miró a los ojos. Cuando terminó, mencionó a cuatro de nosotros, entre los que yo no me encontraba, y les ordenó que se presentasen ante el Capitán Solio para formar parte de la guarnición. A lo demás, nos ordenó que nos preparásemos a comenzar con el entrenamiento de la mañana. Cuando me dirigí al ala occidental de la Torre, un edificio chato y alargado de madera y piedra donde se encuentran nuestros barracones, Paul se aproximó hasta mí y me ordenó acompañarle. Obedecí en silencio y atravesamos el patio. Nunca había tenido la ocasión de entrar en la Torre de la Muerte y no me sorprendió su interior: tan adusto y práctico como el resto de los edificios anexos. Entramos en una pequeña estancia donde el Maestro Trocero se hallaba sentado frente a una pesada mesa de madera. Sostenía entre sus manos un viejo pergamino y cuando me aproximé observé que se trataba de la carta que le había entregado el día que llegué a la Torre, tres años atrás. Despidió a Paul con la mirada y permaneció durante varios minutos en silencio. Me parecieron horas.

-Tu nombre es Santiago Martínez de Calatrava -dijo-, hijo menor de Don Martín de Calatrava, Conde de Guadiana y Consejero de Su Majestad el Rey Alfonso VIII de Castilla.

-En efecto, mi señor -contesté atribulado.

En aquel momento temía que el Maestro dispusiera lo necesario para devolverme a mi hogar, donde me aguardaría un destino más funesto que el que me aguardaba entre aquellos muros. O bien porque no se encontraba satisfecho de mis progresos (el Maestro Trocero nunca había estado satisfecho), o porque en realidad soy el tercer heredero de una de las casas más importantes de Castilla y allí corría peligro debido a la guerra con los Cruzados, seguramente me ordenaría regresar a Castilla.

Trocero se incorporó y se acercó a mí. Siguió mirándome fijamente. Parecía que deseaba entrar en el interior de mi mente.

-Necesito que seas sincero, Santiago.

Me armé de valor e interrumpí:

-Maestro, cuando dejé mi tierra oculté mi identidad. Ahora me llamo Zarco.

Decididamente Dios estuvo de mi lado en aquellos momentos, porque el Maestro sonrió. Fue una leve sonrisa, pero después de más de tres años, fue alentador.

-Bien, Zarco -prosiguió-. Debes contestarme a algunas preguntas lo más sinceramente posible.

Respiré profundamente y asentí con la cabeza.

-¿Qué haces durante la noche?.

La preguntá me dejó perplejo. Había descubierto mis visitas prohibidas a la biblioteca. Sin duda me expulsaría si le contaba la verdad. Pero no tenía otra opción. Me armé de valor y contesté:

-Maestro, me cuesta conciliar el sueño durante muchas noches. Reconozco que no debería, pero paso muchas noches en la biblioteca.

La mirada de Trocero se endureció, pero no la desvió de mis ojos.

-Estoy al corriente de tus visitas nocturnas a la biblioteca. ¿O acaso crees que somos tan negligentes como para permitir que alguien entre en nuestra biblioteca tan fácilmente?.

Baje la mirada avergonzado.

-Sólo consigo reponer fuerzas de esta manera, mi señor -repuse con la voz débil-. Siento como si tuviera demasiada energía en mi interior. Suelo necesitar apenas dos o tres horas de sueño.

Trocero se aproximó a la mesa, tomó el pergamino y lo arrojó a la chimenea. Estaba sentenciado.

-¿Conoces al Maestro Helkias?.

-Es amigo de nuestra familia desde hace muchos años.

-Recoge tus pertenencias -dijo sin mirarme a la cara-. Si es que conservas tus pertenencias. No desayunes. Presentate al Maestro Lyre. Está esperando junto a la puerta de la muralla.

No guardo pertenencia alguna, salvo estos pergaminos que escondo en la biblioteca, así que me dirigí inmediatamente hacia la puerta de salida de la Torre completamente desanimado. Albergaba la esperanza de recibir algunas monedas, algo de ropa y alguna espada o cuchillo que me permitiese ganarme la vida en la ciudad. Seguramente que una ciudad asediada necesitaría soldados, así que lo primero que me rondó la cabeza fue presentarme voluntario al ejército Bizantino. Sumido en estos pensamientos funestos llegué hasta la puerta principal. El Maestro Lyre es un hombre delgado, de mirada viva e inteligente y de mediana altura. Aquella mañana vestía una hermosa cota de malla. La sobrevesta lucía bordada el emblema de la Torre, el extraño ave fénix envuelto en llamas.

-Acompañame -dijo el Maestro mientras comenzaba a caminar hacia el ala oriental-. Tenemos trabajo.

Quedé sorprendido y tardé varios segundos en reaccionar.

-Maestro, ¿al menos me permitiréis llevarme algún arma? -pregunté confuso.

El Maestro Lyre se giró y me miró impaciente.

-Muchacho, no tengo todo el día para dedicarlo a contestar todas tus preguntas. Tendrás que aprender sobre la marcha. Y por todos los dioses, claro que podrás llevarte algún arma. Puedes llevarte el arma que desees si consigues entrar en la Orden del Fénix. Ahora date prisa.

Reaccioné como si una sombra me hubiera clavado un alfiler en las posaderas. ¡No iba a ser expulsado!. Corrí hasta el Maestro y contuve la alegría, aunque le corazón me latía frenético. le habría besado con toda mi alma. El Maestro me condujo hasta el ala oriental de la Torre, donde se alojan aquellos que pasan a formar parte de lo que los demás reclutas llamábamos la Compañía de los Elegidos, aunque ahora conocía el verdadero nombre: La Orden del Fénix. El exterior del edificio es idéntico al del ala occidental, pero el interior es completamente diferente. En el ala occidental todo el espacio lo ocupan dos grandes naves: una es el comedor y la otra es el dormitorio común. En este ala un amplio patio interior, parecido a una palestra de entrenamientos, ocupa casi todo el espacio. La estancia tiene puertas en todas las paredes, desde donde comenzaban a salir mis futuros compañeros. Vestían ropas de lana muy toscas y formaron dos filas frente al Maestro y a mí. El suelo de la palestra era de arena aplastada y la luz de la mañana iluminaba la estancia a través de numerosos ventanales abiertos en lo más alto de las paredes. El lugar era muy frío, sin ningún hogar que lo calentara, pero aún así nadie mostraba signo alguno de flaqueza. Era casi una veintena de jóvenes de mirada arrogante y dura, entre los que distinguí a varios compañeros que habían formado parte de mi compañía tiempo atrás. Yo me encontraba emocionado, nervioso y a la vez asombrado.

-Entra en aquella habitación y cambiate de ropa -dijo el Maestro mientras señalaba una puerta a mi derecha.

Ahora que han pasado nueve días desde aquel momento todavía me siento como un advenedizo dentro de un grupo de soldados expertos. Aquella mañana encontré las mismas ropas de lana basta que vestían mis compañeros, y cuando regresé a la palestra el grupo estaba combatiendo cuerpo a cuerpo. Fueron las primeras horas de lo que presiento que será una nueva etapa en mi vida.  El entrenamiento es inhumano, sin una rutina y siempre buscando quebrar nuestra voluntad al someternos al peor de los tormentos. Si bien es cierto que ahora tengo completa libertad para visitar la biblioteca durante la noche, en nueve noches he llegado a mi duro lecho tan agotado que he caído rendido al instante. Combatimos con armaduras lastradas y con armas melladas durante largas horas agotadoras. Debemos trepar por los muros ataviados con cotas de malla y todas nuestras armas al completo: espada ancha anudada en la espalda, daga, espada corta, arco, carcaj y una bolsa a los hombros con lastres. Aquellos que caen al suelo son conducidos a la sala de curación y al día siguiente regresan con las heridas restañadas. El Maestro Lyre afirma que allí hay cura para cualquier herida excepto la muerte. Y es cierto porque a pesar de la rudeza del entrenamiento, no hemos sufrido baja alguna. Las noches no las destinamos la descanso por completo, puesto que en algunas ocasiones nos obligan a levantarnos, propinándonos palizas con palos, piedras y patadas hasta que somos capaces de repeler los ataques. Entonces permanecemos toda la noche combatiendo, superando pruebas de agilidad en las que si cometemos un error somos violentamente golpeados por palos y mazas, debemos enfrentarnos a enemigos más numerosos que nosotros y con peores armas, en ocasiones no probamos bocado en dos días seguidos, el agua es racionada a apenas algunos tragos al amanecer y al anochecer… por Dios, en apenas nueve días he sufrido más calamidades y he recibido más golpes que en varias vidas anteriores. Y cada día es diferente, pero igual de duro o más. Escribo estas líneas con las últimas fuerzas que me quedan después de un día agotador. El catre me espera. Y hoy doy gracias porque aunque desconozco si Dios me ha sonreído o me ha maltratado, por lo menos siento cada día que estoy vivo y puedo afrontar cualquier obstáculo.

12 de Abril de 1203.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

            Cada noche que pasa mis recuerdos viajan hasta nuestro castillo en Calatrava y recuerdo vuestro rostro, madre. No siento añoranza, simplemente trato de no olvidar vuestro rostro ante el paso del tiempo.

Los últimos días han sido igual de duros que los primeros, pero mucho más interesantes. He tenido ocasión de conocer al resto de mis compañeros, algo que durante tres años me había negado a hacer, y he descubierto que existen lazos entre hombres que unen mucho más que unas robustas cadenas. Hace dos semanas salimos de expedición al exterior de la ciudad, sorteando el sitio de los Cruzados y atravesando valles, bosques y extensas praderas. La marcha fue aterradora, con descansos breves cada varias horas, a un ritmo rápido y ataviados con todo nuestro equipo. El Maestro Lyre marchaba el primero marcando un paso casi inhumano. Es un hombre extraordinario, apenas muestra signos de flaqueza. Parece que el cansancio y el hambre no hacen mella en él, es el primero en guardar ayuno y el primero en trepar a través de las paredes casi imposibles de escalar. Con su ejemplo nos obliga a superar nuestros límites continuamente.  En este grupo siempre encontraremos un hombro sobre el que apoyarnos cuando flaqueemos. Desde el Maestro hasta mí, que soy el último en llegar, somos todos hermanos. Somos la familia que nunca he tenido, y os doy las gracias a vos y al Maestro Helkias por conducirme hasta aquí. La soledad que siempre me había acompañado comienza ahora a alejarse. Y soy feliz.

Por otra parte he comenzado a conocer la historia de la Orden a la que pertenecemos como escuderos. Y hoy por fin he descubierto el verdadero mundo al que pertenecemos. Y estoy aterrado y todavía no doy crédito a lo que he oído. Aunque sí que es cierto que he podido contestar a numerosas incógnitas que me han surgido durante mucho tiempo.            La misteriosa naturaleza del Maestro Helkias, que nunca envejece, mis orígenes, mi verdadera naturaleza… todavía debo madurarlo todo antes de comenzar a creer en ello. Voy a exponértelo lo mejor que pueda, madre, porque así podré ordenar mis pensamientos.

Hoy he pasado todo el día junto al Maestro Lyre. Ha sido el único día libre que hemos recibido en mis casi cuatro años de estancia en la Torre, y hemos paseado por la ciudad durante todo el día.

Tanto él como yo, y como algunos de mis compañeros  somos Inmortales. Es difícil descubrirlo, puesto que entre los Inmortales no hay un rasgo común salvo el de la propia inmortalidad, y en sus primeros años pasan siempre desapercibidos. Sólo aquellos Inmortales de mayor experiencia y poder son capaces de encontrar a otro Inmortal. Los Dioses nos bendicen con diferentes poderes, según la propia naturaleza de cada individuo. Los que nos encontramos en la Torre de la Muerte podemos desarrollar nuestras habilidades físicas más allá de lo común, pero es necesario un entrenamiento adecuado destinado a mostrarnos el camino. Según caminábamos por las calles de la ciudad fue mostrándome el verdadero rostro del mundo en el que habitábamos. El Mundo de las Sombras, dijo. Un mundo gobernado por vampiros, seres sobrenaturales que se alimentan de sangre, tanto humana como animal. Son seres antiguos, ambiciosos, manipuladores y retorcidos. Los Dioses nos encomendaron la misión de velar por los humanos vigilando las actividades de los vampiros. Así pues, existe un código de comportamiento en el que está prohibido a todas las criaturas de las Sombras mostrar sus poderes en público y proclamar su verdadera naturaleza. Lo llaman “El Velo”, y es exactamente eso: un velo intangible que se extiende sobre los ojos de los mortales y que oculta el Mundo de las Sombras en el que nos hallamos. Antaño El Velo no existía, en tiempos bíblicos, y cuando el Maestro comenzó a hablarme de aquellos sucesos recordé el libro que había leído cuando viajaba hasta Constantinopla. Me pareció un libro de cuentos, a la imagen de Las Mil y Una Noches de los sarracenos, pero descubrí que Helkias me regaló el libro con la intención de comenzar a prepararme para la nueva vida que encontraría en la Torre de la Muerte. Era la historia de dos grandes guerras que se libraron en los muros de una ciudad mítica: Enoch, una ciudad gobernada por los vampiros que se mostraban a los humanos como grandes dioses. Los Ancianos vampiros esclavizaron a la raza humana que habitaba en los alrededores de la ciudad, cometiendo actos cruentos y salvajes. Los Dioses se enfurecieron y otorgaron el don de la Inmortalidad a un grupo de humanos que habitaba en una ciudad cercana a Enoch llamada Ebla. Ordenaron a sus servidores castigar a los vampiros arrasando Enoch y se desencadenó una época de grandes calamidades, marcada por las terroríficas batallas entre ambos bandos. Los Ancianos Vampiros invocaron a seres surgidos desde los infiernos formando hordas de demonios que asolaban la tierra reduciéndola a cenizas y escombros. Los Inmortales suplicaron ayuda a los Dioses, puesto que el enemigo era muy superior y corrían el peligro de ser aniquilados. Entonces los Dioses otorgaron diferentes dones a las familias de humanos: algunos les proporcionaron la capacidad de comprender los secretos arcanos de la naturaleza, desarrollando la magia en su interior. A otros les confirieron la capacidad de transformarse en enormes lobos, osos y águilas gigantescas que surcaban los cielos acosando a las huestes infernales. Fueron bautizados como Hombres – Bestia, y de aquella antigua raza sobreviven los Licántropos: humanos capaces de transformar sus cuerpos en extrañas mutaciones entre humano y lobo, con la capacidad de regenerar heridas casi instantáneamente, desarrollando una fuerza y agilidad sobrehumanas. Armados por artefactos surgidos desde la magia de los Hechiceros, bendecidos por sus sortilegios y escoltados por ejércitos de Hombres – Bestia, los Inmortales derrotaron a los vampiros y aniquilaron la ciudad de Enoch. Y cuando los vampiros se dispersaron jurando respetar El Velo, los Dioses impusieron a los Inmortales la tarea de mantener un Equilibrio de fuerzas entre los vampiros, los hombres – bestia y los hechiceros, puesto que los favoritos de los Dioses, los humanos, corrían peligro de volver a ser subyugados si cualquiera de estas razas lograse obtener más poder que las demás.

Pero el mal se extiende entre los corazones de todas las criaturas, y  uno de los  Inmortales más poderosos, un Semi-Dios llamado Metisto, no acató las órdenes de los Dioses y pactó con los Señores de las Tinieblas. Y entonces estalló una nueva guerra, en este caso protagonizada entre Inmortales que habían seguido los pasos de Metisto y sus hermanos Inmortales que permanecían fieles a los Dioses. Y en el ejército de los Ignobili, los Inmortales Infernales, acudieron como porta estandartes los ancianos de las familias vampiro que habían sobrevivido a la guerra anterior. Y la guerra se extendió por toda la tierra conocida y aniquiló miles de vidas humanas.

Pero toda esta historia no me la relató el Maestro Lyre. Lo que me contó fue el origen de  La Orden del Fénix,  que surgió hace muchos siglos con el objetivo de reclutar a todos los Inmortales y unirles para afrontar la tarea de mantener el Velo y el Equilibrio, además de alejar de ellos la terrible influencia de los Ignobili. Somos muy pocos, puesto que los Inmortales no somos capaces de reproducirse como los humanos, los vampiros, los hechiceros y los licántropos. Los Dioses eligen a un recién nacido humano y le otorgan el Don de la Inmortalidad y en muchas ocasiones éstos vagan por la tierra ignorando su verdadera naturaleza,  desconociendo el motivo por el cual sienten como necesidad combatir contra la injusticia, ciegos ante las enormes capacidades que pueden llegar a desarrollar si son adiestrados.

Y en estos tiempos ha surgido una nueva guerra, La Guerra de las Sombras, entre una facción de vampiros que se ha revelado contra el Equilibrio llamada Defectori. La mayoría de ellos son vampiros muy jóvenes, que se reproducen sin observar las leyes que rigen su mundo de sangre, atestando numerosas ciudades y pueblos de nuevos vampiros sedientos de sangre. Odian a los más antiguos de su raza porque les culpan de la debilidad que muestran al respetar a los humanos, y han encontrado en los tenebrosos brazos de los ignobili una ayuda vital para extender su nefasta influencia por todo el territorio conocido. Proclaman que los vampiros son los seres más poderosos de la creación y no deben vivir ocultos como ratas en alcantarillas.

Entonces comprendí muchas más cosas.

La Orden del Fénix tiene su fortaleza en Creta. Sus bases principales son Montpelier y la Torre de la Muerte, en Constantinopla. En Montpellier y Creta es donde se desarrolla la mayor actividad económica, vital para mantener la Orden, utilizando una amplia flota naval capitaneada por el Montsegur, la nave insignia. Es dirigida por el Capitán Herion, así como la Torre de la Muerte  por el Maestro Trocero y Creta es gobernada por el Maestre de la Orden, Luis Álvarez de Montemayor. Existe un cuerpo terrestre, la Compañía de los Hermanos Libres, que se constituye en el brazo armado de la Orden y se encuentra en las puertas de Constantinopla formando parte del ejército Cruzado. Cuando completemos nuestra instrucción formaremos parte de la Orden del Fénix y seremos destinados a cualquiera de las anteriores ciudades, o a la Compañía de los Hermanos Libres.

Aquellos humanos que muestran habilidades excepcionales son adiestrados junto a nosotros para desarrollar al máximo todo el potencial que poseen. No son tan poderosos como nosotros, pero  forman parte de nuestras tropas ya que nuestro número es muy escaso y siempre menguante. Son lo que antaño se podría conocer como Héroes, y así es como les llamamos. Algunos Inmortales les llaman con cariño Los Hermanos Menores, puesto que sus orígenes y el nuestro son comunes. Y cuando comienzan a envejecer se les proporcionan los medios suficientes para terminar sus años en paz, y muchos de ellos fundan familias numerosas. Y es en estas familias donde el número de Inmortales y Héroes es mayor que en las demás familias. Los Dioses son crueles, pero en ocasiones nos sonríen.

Así que cuando llegamos a la Torre al anochecer me he dirigido hasta la biblioteca para escribiros estas nuevas noticias, madre. Llegué como un niño asustado huyendo de mi familia, y he descubierto una nueva familia, y un futuro más esperanzador.

20 de Julio del 1203 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

            Comienzo a albergar serias dudas sobre la conveniencia de hacerte llegar este humilde diario, madre. Releo con una sonrisa el inicio del diario, y creo que la mano que escribió aquellas letras era bien diferente a la mía. Apenas me reconozco en ellas. Un muchacho apesadumbrado por la estupidez de un padre demasiado ciego para reconocer el orgullo que puede entrañar para su familia el poseer un descendiente Inmortal. Yo, paranoico, introvertido y temeroso, como un pájaro apresado en una jaula demasiado pequeña para él. Pero la puerta de esta jaula la he abierto, y no puedo pedirle más a la vida que lo que me está comenzando a ayudar a descubrir.

Y el entrenamiento es muy duro. Combatimos con una mano anudada a la espalda contra varios oponentes, aprendiendo a anticipar sus movimientos y esquivarlos, aprovechando la inercia de sus ataques para contraatacar. Combatimos en inferioridad contra numerosos enemigos, con un ojo vendado o con los dos ojos. Peleamos en las tinieblas de la noche contra nuestras propias sombras, aunque creo que parto con ventaja puesto que siempre he tenido muy buena vista en la oscuridad, es algo innato que con el entrenamiento he acentuado. No soy capaz de ver como a la luz del día, pero sí soy capaz de desenvolverme con mucha facilidad en las más oscuras tinieblas. Hemos aprendido la importancia de las armas arrojadizas, tanto el arco y las flechas como las dagas, piedras y otros artefactos que pueden inutilizar a un enemigo antes de entrar en combate. Si mi padre tuviese la ocasión de presenciar estos entrenamientos a buen seguro que se escandalizaría, puesto que en nada se parecen a los que practican los caballeros a la antigua usanza.

Y la rudeza de estos ejercicios nos conduce de manera habitual a las dependencias del Maestro Juan de Iruña. Es un Inmortal alto y delgado, de mirada inteligente y vivaz, muy habilidoso con las manos y un auténtico sabio. Si bien es cierto que es capaz de derribarnos a diez de nosotros en combate, como nos lo ha demostrado en numerosas ocasiones, sus verdaderas habilidades se basan en la capacidad de curar cualquier herida, identificar cualquier enfermedad mortal y proporcionar una cura. He aprendido que los Inmortales somos capaces de cicatrizar nuestras heridas con mayor rapidez que los humanos, pero cualquier herido en manos del Maestro Juan se recupera de sus dolencias en muy breve espacio de tiempo. Sus estancias se encuentran repletas de frascos de hierbas medicinales, libros, pergaminos, botes de cerámica y demás ungüentos que nos aplica para recuperar nuestras heridas. Yo he tenido la ocasión de visitar sus estancias en dos noches, herido por un tremendo golpe en la cabeza y con el brazo agarrotado e inflamado. Sus cuidados y una noche reparadora de sueño (he llegado a descansar durante cinco horas seguidas) obran milagros. En cierta medida, si somos apenas una veintena y si no estuviese el Maestro Juan entre nosotros no podríamos mantener la dureza de los entrenamientos. Sería imposible.

Madre, quiero hablarte de mis nuevos hermanos. Los veinte formamos parte de una familia especialmente unida. Los hermanos Morgen y Soygun son dos licántropos formidables en el combate y en las habilidades físicas, capaces de regenerar sus heridas en apenas segundos. Como futuros miembros de la Orden del Fénix tienen prohibido adoptar otra forma que no sea la humana o la lobuna, puesto que cuando se transforman en un gigantesco lobo de aspecto homínido pierden el control de sus actors y actúan llevados por su instinto y la sed de sangre. Para ello el Maestro Juan les entregó una cadena de plata que les impide tal transformación. En el grupo somos cuatro Inmortales: Eromud, Jason, Ulric y yo . Eromud es un hombre de pequeña estatura, de cuerpo fuerte pero fibroso y rápido como una centella. Trata a Morgen y Soygun como dos hermanos, y está tan unido a ellos como uña y carne. Jason es un griego más corpulento que Eromud y de mirada inteligente. Tan hábil y resistente como los demás en el combate, pero siempre acompaña al Maestro Juan en sus labores curativas, y durante la mayoría de las noches se enclaustra en su habitación absorto en numerosos volúmenes de libros y pergaminos en diferentes idiomas. Ulric es un gigante venido desde el frío norte, corpulento como un oso, de mirada azul como los lagos de su tierra natal y más duro que el mejor acero. Es capaz de levantar enormes bloques de piedra, saltar  grandes distancias sin impulso y vencer en combate cuerpo a cuerpo a los dos hermanos licántropos. Es noble, silencioso, inteligente y un extraordinario compañero. Siempre procura acompañar a Jason en sus labores, preguntando con inteligencia y ayudando en los emplastes y los vendajes. Si en alguna ocasión debo partir a una guerra, si Ulric me acompaña estaría más seguro que si partiese con un millar de soldados.  El resto de la compañía son catorce mortales cuyas extraordinarias capacidades físicas les permiten mantener el cruel nivel de entrenamiento que recibimos. Si bien es cierto que son los más asiduos a visitar al Maestro Juan, trabajan de manera incansable para suplir sus deficiencias con una voluntad férrea. En verdad, son auténticos Héroes humanos que tendrán que desenvolverse en un mundo hostil, plagado de amenazas. He trabado gran amistad con los hermanos licántropos y los tres Inmortales, pero también he estrechado lazos de amistad con Delio, uno de los catorce humanos. Fue compañero mío durante el tiempo que había pertenecido a la anterior compañía antes de ser designado a ésta, y tengo que reconocer que es más querido para mí que un hermano de sangre. Pero ya recibirás más noticias sobre mis nuevos compañeros más adelante, ahora debo marcharme puesto que el Maestro Trocero ha irrumpido en nuestras habitaciones como es costumbre en él, seguramente con alguna sorpresa nocturna preparada.

12 de Diciembre de 1203 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

            A medida que he ido profundizando en los conocimientos de nuestra Orden el temor se ha ido cerniendo lentamente sobre mi corazón. El Maestro Trocero me ha mostrado una zona de la biblioteca vedada a los visitantes habituales, un lugar en el que el Maestro Juan permanece durante muchas horas durante la noche. He tenido la ocasión de compartir sus valiosas enseñanzas, y a medida que he avanzado en los conocimientos del Mundo de las Sombras en el que nos desenvolvemos, es mayor mi incertidumbre. Me inquieta ser conocedor de las intrigas que los vampiros han tejido durante el transcurso de la historia, como grandes maestros de ajedrez que disputan partidas eternas, con miles de movimientos minuciosamente calculados, sacrificando peones con crueldad para cobrar piezas mayores. Un claro ejemplo de este juego de sombras es la propia Cruzada, cuyas tropas acampan en el exterior de la ciudad. Son los peones de grandes señores vampiros que se enfrentan entre sí por aumentar su poder e influencia. Y el papel que juega la Orden del Fénix se basa principalmente en vigilar estos juegos y castigar a aquellos que sobrepasan los límites del Velo y del Equilibrio. Y la nox irae, la temible noche en la que la Orden cabalga para ejecutar justicia contra los vampiros, es una noche de sangre, lamentos e ira. Así fue siempre, y así deberá ser. Porque somos la justicia de los Dioses, somos su implacable martillo que golpea contra las criaturas de las sombras. Pero, madre mía, somos demasiado pocos. No comprendo como Dios, o quizá los Dioses, ya no estoy tan seguro en mis creencias, toleran los actos de estas criaturas de la noche. Lo desconozco, pero cada vez que pienso en los grandes señores mortales, no dejo de sentir compasión por ellos. Porque son herramientas. Madre, tardaré mucho más tiempo en escribiros, ya que mis obligaciones tanto diurnas como nocturnas absorben toda mi atención. Pero no os olvido, madre.

19 de Abril de 1204 A.D

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

            Madre, en los últimos días he sido testigo de las mayores y atroces crueldades de las que tanto el ser humano como los vampiros son  capaces de perpetrar.  Desde el mes de Diciembre del pasado año hemos permanecido en guardia tanto la guarnición de la Torre como nosotros, puesto que nuestros aliados en el ejército Cruzado nos informaron que en cualquier momento lanzarían el ataque definitivo. Aunque hemos continuado con nuestro entrenamiento, el nivel de dureza ha sido reducido, lo que nuestros compañeros mortales han agradecido sobremanera. La ciudad se ha debatido convulsa durante estos últimos meses, puesto que los agentes de uno y otro bando han agitado a la muchedumbre como si de árboles cargados de fruta madura se tratasen. El propio Emperador, instalado en el trono gracias a los Cruzados, ha mantenido un doble juego con sus teóricos aliados: mostrando desprecio en algunas ocasiones para contentar a los nobles griegos, o rogándoles su ayuda cuando estos mismos nobles intrigan para derrotarlo. El odio que profesan los griegos hacia todo lo latino es tan profundo que seguramente permanecerá grabado en sus corazones durante siglos. Y fue a inicios el mes de Abril cuando una de estas intrigas, en la que el general cruzado Balduino de Flandes casi es asesinado en las puertas del palacio imperial, colmó la paciencia de los latinos. Al amanecer del día siguiente un poderoso frente de batalla compuesto por todas las naves cruzadas se aproximó hasta los muros que protegen la costa del Bósforo, y durante varios días el combate fue atroz. Pero en el segundo día de batalla los cruzados consiguieron penetrar entre las defensas bizantinas y se extendieron por sus calles como un reguero de acero, odio y maldad. Después de varios años de asedio, la ciudad más importante de la cristiandad había caído a manos de un ejército compuesto por hermanos cristianos. El Maestro Trocero nos distribuyó en varios grupos de diez soldados. Entre la guardia y nuestro grupo pudo formar diez unidades. Mi unidad fue enviada junto a otra más a proteger el refugio de uno de los aliados de la Orden, Michael Sweird. Cuatro unidades se encargaron de la protección de la Torre, dos unidades más se dirigieron al Foro de Constantino con la misión de apoyar a los Hermanos Libres y otras dos unidades fueron enviadas a proteger la cisterna de Mokius, donde se escondía otra familia aliada, los Sculo.

Fue destinado a mi unidad un Héroe llamado Valeo de Tarento, un italiano corpulento. Combatimos junto a otra unidad liderada por Morguen, el Licántropo, protegiendo con nuestras vidas la mansión Sweird junto a un pequeño grupo de hombres que formaban la guardia del vampiro. Y el combate fue largo y cruel, puesto que la mansión fue objetivo de numerosos grupos de Cruzados mortales con la codicia brillando en sus ojos, pero también fuimos atacados por bandas de vampiros ansiosos por probar la sangre de Michael Sweird. Y aunque durante la noche recibíamos la ayuda del propio señor vampiro y algunos vasallos suyos que se alojaban en la mansión, apenas conseguíamos detener las oleadas de ataques que noche y día llegaban hasta nosotros. Parecía que Dios había señalado nuestra ubicación para dirigir sobre nosotros toda su ira y su rabia. Parecía que los cadáveres que se amontonaban alrededor de la villa indicaban que allí se protegía algo de extremado valor, lo que atraía a las bandas de saqueadores una y otra vez. Pero tanto Valeo como Morguen se mostraron implacables e inflexibles, manteniéndose en pie durante tres días seguidos, sin obtener descanso y tomando algún refrigerio en los instantes de calma entre ataque y ataque. Yo también me mantuve firme, madre, ni mostré cobardía al enfrentarme a enemigos cuyas habilidades jamás había podido imaginar. Pues soy un elegido de Dios, madre. Y como tal me comporté.

Cuando la ira de los Cruzados terminó, la ciudad había sido asolada y sus habitantes aniquilados y humillados; sus mujeres e hijas violadas y degolladas sin conmiseración; y los edificios arrasados por una furia exterminadora sin precedentes. Si un ejército musulmán hubiera entrado en la ciudad no habría causado ni la mitad del sufrimiento y miseria que estos miserables Cruzados han ocasionado en la ciudad.

Regresamos a la Torre con la eterna gratitud de Michael Sweird gracias al éxito de nuestra misión. De los veinte soldados que habíamos acudido, tan sólo regresamos nueve: Valeo, Morguen, seis miembros de la guardia de la Torre y yo mismo. Cargamos a los caídos sobre un carromato y los enterramos en un cementerio situado cerca de la Torre. Los supervivientes hemos recibido en aquellos tres días de locura una instrucción más valiosa que tres años de adiestramiento en la Torre: hemos combatido, por primera vez, contra los que serán nuestros enemigos durante la eternidad. Y hemos vencido. Pero, como el Maestro Lyre nos recuerda siempre, La Guerra de las Sombras aún no ha terminado. Aún quedan por llegar tiempos aciagos.

2 de Junio de 1204 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

Esta mañana ha sido triste. Y no debería sentirme así, puesto que los diez compañeros que han sido nombrados miembros de la Orden del Fénix son mis hermanos, lo que significa que han completado el adiestramiento de forma satisfactoria. Me siento triste porque esto significa que me separaré de los hermanos licántropos, Morguen y Soygun, también de Delio, Valeo, Jason y Eromud. Incluso Paul el Rojo ha sido nombrado miembro de la Orden. Pero también me siento abatido porque  ante los ojos del Maestro Lyre yo no estoy preparado para formar parte de la Orden. Guardaba la esperanza de ser recompensado por el éxito de la misión de proteger la mansión Sweird, pero no ha sido así, parece ser. Hoy, antes de la hora del desayuno, el Maestro Trocero nos ha informado que la Orden del Fénix, por medio de los Hermanos Libres, ha recibido una importante misión en las tierras del reino de Hungría. Del éxito de esta misión depende en gran medida la supervivencia del Equilibrio. Y mientras escuchaba al Maestro mi corazón comenzaba a palpitar al presentir nuevas noticias. Estaba seguro de que sería enviado a la misión como un miembro más de la Orden. Me lo había ganado, puesto que había sido yo quien había dirigido la defensa de la mansión Sweird. Y no ha sido así, por lo que el día ha sido triste. Lo lamento, madre.

Julio 1204 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

            Después de la marcha de nuestros compañeros, la Compañía se ha visto reducida a la mitad. El Maestro Trocero dirigió los entrenamientos posteriores, esta vez más duros y cruentos que los anteriores. Nuestros hermanos han partido a la guerra y nosotros, según él, permanecemos entre estos muros recibiendo un rancho caliente y un lecho a cubierto. Presiento que ha acelerado nuestro aprendizaje ante la imperiosa necesidad de enviar refuerzos cuanto antes. Sólo Dios sabe a qué extraños peligros se estarán enfrentando nuestros hermanos en esas extrañas y peligrosas tierras. Pero no encuentro tiempo que perder pensando en ello, quizá mientras escriba esta carta, madre. Ulric ha ocupado el puesto de Jason y asiste al Maestro Juan en sus labores curativas. Yo, mientras, continúo investigando sobre la historia de nuestra estirpe y cada página me maravilla más que la anterior. Algún día, madre, os contaré algunos relatos aunque esto signifique una infracción contra el Velo, puesto que estaría revelando secretos a un mortal. Pero sois mi madre, el ser al que más amo en el mundo, y nada puedo ocultaros. He recopilado todas las cartas que he ido escribiendo durante estos años, las he encuadernado y he añadido más páginas en blanco. Cuando termine las páginas os enviaré el libro para que lo guardéis en la biblioteca familiar. Si es cierto que es más probable que nazca un Inmortal o un Héroe entre nuestra familia, deberíais entregarle el libro. Sería un honor y un orgullo.

Primeros días de Agosto de 1204 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

            No encuentro la utilidad de escribir  un diario si apenas dispongo del tiempo necesario para actualizarlo. Aunque a partir de ahora pueda disponer de más tiempo libre, porque mi instrucción ha terminado. Ayer por la mañana el Maestro Trocero nos ha reunido antes del desayuno, como ya ocurriese en ocasiones anteriores, y nos ha nombrado a los diez. Uno a uno nos ha dado un beso en cada mejilla y nos ha regalado un broche de oro con la forma de un ave fénix con las alas extendidas. Después nos ha conducido hasta la Torre principal, nuestro nuevo hogar hasta que seamos destinados.

Pero debíamos superar una última prueba. La más peligrosa.

La última prueba consiste en trepar por las paredes de la torre principal como si de un asalto se tratase. Sin cuerdas, sin protección alguna. Como si fuesen los muros de una ciudad enemiga y nosotros necesitáramos tomarla al asalto. Con la espada anudada a la espalda, con una pesada cota de malla y bajo la luz de la luna.

Ahora comprendo el motivo de la larga y dolorosa instrucción. Durante la última semana hemos escalado por los muros que rodean a la torre de igual forma, como un entrenamiento previo a la gran prueba final. Si a los aprendices de artesano se les exige una obra que demuestre sus conocimientos y habilidades, el Maestro Trocero nos exige a nosotros una obra maestra.

La luna iluminó las paredes de la Torre de la Muerte como si supiera que nuestra vida dependiera de ella. Observé a mis compañeros ascender lentamente antes de mí. Contuve el aliento, nervioso, y recé por el éxito de nuestra prueba. El Maestro Lyre trató de tranquilizarnos al informarnos que en los últimos años nadie había fracasado en la prueba. Pero ninguno de nosotros olvida que el nombre del lugar, La Torre de la Muerte, se debe a que en el pasado muchos desgraciados sí perecieron en la prueba, así que sus palabras nos parecen vacías.

Los tres primeros compañeros lograron completar la prueba y se encaramaron a las almenas de la Torre para observar nuestra ascensión. Me tocó el turno a mí.

Y de pronto sentí una alegría inmensa, a medida que ascendía por aquella pared de piedra. Porque descubrí que ascendía con increíble rapidez, mucho más rápido y con mayor facilidad que la de mis compañeros. El entrenamiento que había recibido me había preparado para superar la terrible prueba como si de una actividad rutinaria se tratase. Y sonreí. Cuando llegué a la azotea Ulric gritó de alegría y me palmoteó la espalda eufórico. Hoy por la mañana, en el desayuno,  me reconoció que mi mirada brillaba de forma extraña, como si dos carbones se hubieran encendido en mis ojos. Somos Inmortales, le contesté, y cada uno de nosotros diferentes.

Ayer por la  noche nadie fracasó en la prueba final.

Somos libres de vagar por toda la Torre cuando nuestras obligaciones nos lo permitan. Y esto significa que podremos acompañar al Maestro Trocero en la instrucción de los nuevos grupos de aprendices que han llegado, algo que me atrae enormemente, aunque de momento formaremos parte de la guarnición hasta recibir nuevas noticias. Después de la comida de mediodía el Maestro Juan nos ha equipado con nuestras nuevas ropas y armas. Ropas sencillas y útiles, con el emblema del Fénix bordado en el pecho. Luego nos hemos dirigido hasta las forjas, donde hemos elegido nuestras nuevas armaduras y los maestros armeros nos las han ajustado. Estamos obligados a vestir armaduras ligeras, puesto que nuestros enemigos son rápidos como centellas y las pesadas armaduras nada pueden hacer contra sus armas sobrenaturales. Yo he elegido una armadura de cuero endurecido sobre una fina cota de malla. Me protege el pecho un peto de cuero con el Fénix grabado en el centro y las grebas y guantaletes los he reforzado con una gruesa placa de acero. El Maestro Trocero me ha obsequiado con una hermosa cota de malla, aunque creo que algo endeble ya que es ligera como si de lana se tratase. Me ha emocionado saber que es un regalo del Maestro Helkias, enviado hace poco desde Toledo. He complementado mi atuendo con una hermosa capa negra, algo que me ha valido para que Ulric me bautizara como Zarco Mantoscuro. Confieso que el apodo me gusta.

Mediados de Agosto de 1204 A.D.

Biblioteca de la Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

            El día ha llegado. Mañana partiremos al amanecer rumbo a la fortaleza que los Hermanos Libres han levantado en las salvajes tierras de la Hungría Oriental. He podido descubrir en las miradas de mis compañeros la misma ansiedad que me invade por partir cuanto antes. Nuestros hermanos nos necesitan. Partiremos a la guerra.

Tengo que reconocer con gran pesar que estas líneas serán las últimas que os escriba, madre. Y también tengo que poner fin a esta farsa que llevo alimentando durante todos estos años. No enviaré el diario a Calatrava. No me puedo arriesgar a vulnerar el Velo por una razón tan simple. Según el Maestro Lyre, debo endurecer mi corazón y olvidar a los mortales que he amado. Soy un Inmortal miembro de la Orden del Fénix. Mientras escribo en este diario, mantengo viva la llama del recuerdo. Y según el Maestro, esto me hace vulnerable.

Adiós, pues, Madre. Parto a la Guerra. Me aguarda la Guerra de las Sombras, y corren tiempos aciagos…

 

Capítulo III. La Compañía de los Hermanos Libres.

 

 

1 de Junio de 1204. Torre de la Muerte.

Constantinopla.

 

 

            La sala principal de la Torre de la Muerte era amplia y confortable, aunque sencilla en la decoración. Las paredes estaban cubiertas por sencillos tapices y la luz de la mañana iluminaba la estancia a través de un amplio ventanal. El sonido metálico del entrechocar de aceros se filtraba con la brisa de la mañana.

-Mi corazón aún sigue llorando por las gentes de Constantinopla.

Alexander de Creta, el General de la Compañía de los Hermanos Libres, una Compañía que había jurado lealtad al Conde Balduino de Flandes en su aventura cruzada, se recostó inquieto sobre su asiento. Junto a él Sven de Otland mantenía la mirada fija en el ventanal, como perdida en el ajetreo de la ciudad. Ambos eran de aspecto similar, parecidos como hermanos.  Alexander era corpulento, de cabellos morenos y rostro adusto y afilado. Lanson era más alto que Alexander, de músculos poderosos como un toro, largos cabellos rubios y mirada azul penetrante y fiera. Vestían ropas de algodón fino y sobre ellas sendas armaduras compuestas, ligeras y cómodas para el combate. Lucían en el pecho el blasón de su compañía: sobre un fondo de plata un águila frente a un ave fénix en actitud de combate.

El Capitán de la Torre de la Muerte, Trocero, frució el ceño. A su lado, el Maestre de la Orden del Fenix, Luis Álvarez de Montemayor, compartía el gesto de desagrado. Trocero era aún más alto de que Sven, aunque de mirada más osca, de tez morena, barba oscura espesa y el cabello corto. Su voz era grave y gutural, como salida desde las entrañas de la tierra. En su pecho lucía el emblema de la Torre: sobre fondo de plata una torre enfrentada a un ave fénix. Luis Álvarez era más bajo que sus compañeros y mucho menos corpulento pero su mirada brillaba con autoridad.  Lucía en su pecho el emblema de la Orden del Fénix: sobre fondo plateado un ave fénix.

Sven señaló a uno de los soldados que practicaban en el patio de armas. Combatía con la mano derecha amarrada al costado y esgrimiendo una  maza con la mano izquierda. Se enfrentaba a tres enemigos y los mantenía a raya acosándoles golpe tras golpe, fintando cada ataque rival como si pudiese presentir cada movimiento suyo y contraatacando con fiereza.

-¿Quíén es? -preguntó impresionado.

Trocero y Alexander se aproximaron al ventanal. Trocero sonrió.

-Es un Inmortal enviado por Helkias desde Castilla -contestó mientras contemplaba cómo se desarrollaba el combate-. Es un guerrero magnífico, inteligente, rápido y creo que posee la capacidad de desarrollar magia. Pero aún no ha comprendido todavía las complejidades de nuestro mundo.

-Quiero que forme parte de la Compañía -afirmó Alexander-. Es magnífico. Necesitaremos sus habilidades.

Trocero se giró y dio la espalda al patio. Contempló el pergamino extendido sobre la mesa y se alejó del ventanal.

-Vuestra misión requiere de soldados con experiencia en el Mundo de las Sombras -replicó lentamente. Tomó el pergamino y volvió a leer algunas palabras escritas por su viejo amigo Luis-. Ese Inmortal no está preparado todavía.

El ejercicio había concluido con los tres asaltantes derribados.

-Trocero, debemos tomar por la fuerza el Paso de Oituz. Somos una fuerza extranjera que ha de reclamar los derechos que nos proporciona un pacto con un Rey al que no obedecen. Nos adentraremos en la zona más salvaje y peligrosa del este de Europa, plagada de vampiros ancianos, hombres lobo sin rastro alguno de humanidad, seguramente sea el refugio de hechiceros inmortales escondidos en sus refugios durante siglos, y además debemos asegurarnos la lealtad de un puñado de pueblos sometidos a la injusticia de los Szoke. Y me niegas la ayuda de un Inmortal.

-En la carta Luis nos informa que la Orden del Fénix ha encontrado  numerosos Inmortales y Héroes y nos los envía para que les formemos en sus capacidades -afirmó Trocero con voz severa- pero también me otorga a mí la potestad de elegir a aquellos que formarán parte de la Compañía de los Hermanos Libres. Y yo mantengo que ese Inmortal no está todavía preparado para partir.

Alexander inclinó la cabeza y se alejó del  ventanal.

-Como desees, Trocero -concedió-. Confío en tí, siempre he confiado.

Sven se aproximó a la mesa, tomó una jarra y escanció vino en una copa.

-En la carta Luis también nos habla sobre un extraño Códice.

Trocero se sirvió otra copa.

-Gracias a las influencias de su esposa, Constanza de Aragón y de Castilla, el Rey Hilmice I ha tenido acceso al Códice Veritas. Este Códice fue creado por Aoro, un miembro de la familia Veritas, con la intención de recoger en sus anales la historia conocida de los vampiros. El inicio del Códice es una serie de poemas  en los que un consejero, el Consejero de las Sombras, se dirige a su Rey describiendo el Mundo de las Sombras en el que nos encontramos. Se intercalan en estos poemas algunos augurios que el Anciano Aoro había profetizado, y que según aquellos que han tenido acceso al Códice se han cumplido fielmente. Se desconoce donde se encuentra toda la colección de pergaminos y libros que la componen, aunque multitud de sus fragmentos son atesorados por los miembros de la familia Veritas.

-Pero proporcionar este Códice a un mortal significa romper el Velo -afirmó Sven sorprendido.

-No exactamente -repuso Trocero-. Cuando un mortal cae bajo el embrujo y la manipulación de un vampiro es imposible romper estas cadenas que le subyugan, salvo si este mortal tiene la ocasión de leer la primera parte del Códice. Entonces las cadenas se rompen y el mortal abre los ojos al Mundo de las Sombras, reconociendo a los vampiros y a sus servidores ocultos en sus disfraces. Desde tiempos inmemoriales la familia Veritas ha permanecido fiel a la Orden del Fénix.  Aunque jamás han obrado abiertamente, son leales a nosotros. Quizá sean los más conscientes que nadie del peligro que su propia raza supone para el mundo mortal.

-Fue Anna Govella quien le permitió leer el Códice al Rey Hilmice. -continuó Alexander-. Al parecer la familia Szoke había utilizado su influencia sobre el Rey para conseguir los derechos de asentamiento en las tierras del paso de Oituz. Y en estas tierras fue hallado recientemente un yacimiento de Terra Vitae. La familia Szoke ha sido relacionada con los Ignobili e incluso con los Defectori, por lo que si tienen acceso a este material tan poderoso nuestros enemigos podrán disponer de él. Sven y yo conocemos bien a algunos miembros de esta familia de vampiros, y son despreciables.

Trocero asintió con la mirada.

-Fuimos advertidos de las intenciones de los Szoke por medio de los agentes que la Corte de Castilla mantiene en la corte húngara -añadió-. Luis y yo hemos estando completamente informados durante todos estos meses.

-¿La mujer del Rey es un agente vampiro? -preguntó sorprendido Alexander.

Trocero sonrió.

-Su Majestad, Doña Constanza de Castilla y Aragón, es Inmortal. Lo descubrió por casualidad Anna Govella en su última visita a Estzergom. Y por supuesto que le proporcionó el Códice y me informó de ello inmediatamente.

-Es muy interesante -dijo Alexander compartiendo la sonrisa del Maestro de la Torre..

-El Rey de Hungría es nuestro aliado -prosiguió Trocero-. Y tenemos una oportunidad vital para afirmar nuestra posición en la Guerra de la Sombras. Pero la situación en el oriente del reino de Hungría es caótica, puesto que la influencia del rey es mínima en esas tierras. Es una zona salvaje, alejada de la civilización. Por eso sois tan necesarios, Alexander.

Sven sonrió.

-Es sin duda una broma de los dioses -exclamó divertido-. Nos dirigiremos a la vanguardia de la Guerra de las Sombras. Yo estoy dispuesto a ir al fin del mundo, e incluso a acompañarte a los infiernos, Trocero.

El aludido devolvió la sonrisa con una inclinación de cabeza.

-Sois el orgullo de la Orden, amigos. Os prometo que os enviaré refuerzos en cuanto los tenga disponibles.

Alexander se incorporó y volvió a mirar a través del ventanal.

-Ruy me dijo en una ocasión, que cuando se avecina una tempestad los dioses envían sus guerreros para afrontarla -dijo con la mirada lánguida perdida en el horizonte-. Él nos encontró, así como otros más han encontrado a los que se entrenan en el patio. Me pregunto si la tempestad se cierne ya sobre nosotros.

-Lo desconocemos, amigo mío -replicó Trocero.

-Desconocemos tantas cosas de nuestro mundo -susurró Alexander-. Apenas hemos abierto los ojos en el Mundo de las Sombras y ya formamos parte de su cruenta guerra. Y henos aquí a dos Inmortales y un Señor de los Infiernos trazando la estrategia de la próxima batalla. ¿Dónde están nuestros señores más ancianos, Trocero?. ¿Dónde esta Urabi?.

La voz de Alexander se quebró cuando pronunció las últimas palabras. Mantuvo la mirada vidriosa en algún punto de las callejuelas de Constantinopla.

-Luis afirma que es imposible que hubiera muerto -continuó en voz baja- ¿pero dónde esta ahora que necesitamos su ayuda?.

Trocero se aproximó al ventanal y apoyó una mano en el hombro de Alexander.

-No olvides que eres Herion de Boecia, Inmortal nacido hace siglos y miembro de la Orden del Fénix y Capitán de la Compañía de los Hermanos Libres bajo la identidad de Alexander de Creta. No debes flaquear, amigo mío, porque eres tú quien debe guiar a tus hermanos más jóvenes en esta cruenta guerra. Urabi de Ukesh desapareció. Desconozco si partió en compañía de los dioses o si éstos le han negado el descanso. Yo presencié su marcha: se encontraba demasiado fatigado, triste y vencido. Necesitaba descansar, y este descanso puede durar un año o varios siglos. Lo desconozco. Se perdió en el horizonte y sentí una tristeza casi infinita, si es que alguien como yo puede sentir tristeza. Pero debemos continuar su trabajo. ¡Y junto a tí Lanson Varego está dispuesto a enfrentarse a todos los demonios surgidos desde los infiernos, si es preciso.!

Sven sonrió complacido.

-No continúes, maldito demonio -contestó Alexander compartiendo la sonrisa de su compañero-. Ahora muéstrame los mapas que Doña Constanza nos ha enviado. Tenemos una Guerra por delante, ¡por todos los dioses!, y quiero conocer el terreno en el que la tenemos que librar. No hay tiempo y debo dejarte una buena provisión de Aqua Vitae, ya que desconozco cuando volveré a la Torre. Ahora que Urabi no está con nosotros, ser el único que conoce el ritual de purificación es una losa demasiado pesada. Habéis gastado todas las reservas que os dejó Urabi y si quieres seguir torturando a esos muchachos es mejor que te deje una buena provisión.

-Mi entrenamiento quizá les salve la vida -gruñó Trocero- pero no pierdas el tiempo. Necesito mucha más Aqua Vitae si quiero enviarte refuerzos lo antes posible.

La Compañía de los Hermanos Libres abandonó Constantinopla con las primeras luces del amanecer. Una centena de hombres, algunos montados sobre corceles y otros a pie, atravesaron las puertas de la ciudad y se agruparon en una explanada a una milla de distancia de la ciudad. Los muros se alzaban orgullosos ante la luz creciente de la mañana, una ciudad malherida por la furia de sus hermanos cristianos.  El primer destino era la ciudad de Buda-Pest, donde aguardaba una delegación escogida por el Rey Hilmice que les acompañaría en el viaje. Su obligación sería prestarles ayuda en todo lo necesario, puesto que muchos de ellos no hablaban la multitud de dialectos de la zona.

La Compañía se dividía en diferentes centurias. Aunque mantenían el nombre original de la primera estructura de la Compañía, diferían en múltiples detalles a la disposición que Urabi de Ukesh, su anterior Capitán, había dispuesto. En parte porque casi la totalidad de sus componentes había sido aniquilada durante el asedio de Constantinopla, en parte porque las necesidades de la nueva misión así lo requerían, Alexander había nombrado nuevos Priores al mando de cada Centuria. Huro, un veterano cruzado, había recibido el honor de dirigir a la Centuria de los exploradores, una docena de exploradores expertos. Sven había sido nombrado Prior de la I Centuria, la destinada a la caballería, compuesta por una treintena de caballeros a lomos de magníficos corceles, los mejores encontrados en Constantinopla. Todos eran veteranos de la última cruzada, con una lealtad a la Compañía forjada a fuego y sangre en el pasado. Al mando de la II Centuria Alexander había nombrado a un Licántropo llamado Morguen a instancias de Trocero, quien mantenía que el hombre-bestia era el más idóneo para dirigir a los hombres en una misión tan peligrosa. Formaba la unidad un pequeño grupo de veteranos de la cruzada y los soldados que había adiestrado Trocero en la Torre. A cargo de la intendencia y del cuidado de enfermos y heridos se había encargado a un Inmortal llamado Jason ayudado por dos veteranos cruzados.  Durante el viaje Alexander y Sven pudieron conocer a los hombres que Trocero había alistado en la Compañía: los Inmortales Eromud y Jason, los hermanos licántropos Soygun y Morgen, media docena de Héroes que habían compartido instrucción junto a los Inmortales y los licántropos y una veintena de soldados que habían formado parte de la guarnición de la Torre. En total algo más de una centena de soldados que partía a combatir a un enemigo de número incierto en su propio territorio. Era paradójico, pero a pesar de estar compuesta por tres Centurias, la Compañía de los Hermanos Libres apenas sobrepasaba una centena de soldados.

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